Situarse frente al lienzo, inmaculado y blanco, frente a la piedra bruta, frente al silencio, impone un respeto sagrado. Es el inicio, en donde la idea pura, libre ahora de su cárcel de materia, va a fecundar el mundo de indefinida forma para «dar a luz» la obra de arte, fiel criatura de la divina inspiración.

La maestría es el poder de la voluntad sobre la materia, en elevación y descenso del mundo celeste, mansión de los arquetipos. Así se reúnen en el artista una serie de características que responden a esos dos aspectos fundamentales del arte: el elemento formal y el elemento interno.

El poder sobre la materia
Por un lado, el artista ha de desarrollar una capacidad de dominio sobre la materia que implica voluntad, constancia, conocimiento y capacidad de esfuerzo. El artista no se improvisa. Puede haber un gran potencial artístico pero esto no basta.

Cuántos de nosotros no hemos tenido un momento de inspiración musical o poética, pero cuando nos ponemos frente a un instrumento o un papel, nos sentimos inútiles. Somos incapaces de modelar sonidos o materia. Nos ponemos delante de un pedazo de barro o de una piedra... ¿y ahora qué hacemos?... Se fue... Percibimos la idea a veces, pero no somos capaces de plasmarla. Nos falta conocimiento y desarrollo técnico.

La Naturaleza del artista 2

La técnica se manifiesta como el control de las formas, capaz de introducirnos, como una mano, en la materia y hacerla dúctil a nuestra voluntad. Es un poder, un poder que requiere muchísima constancia, que requiere conocimientos, perseverancia y esfuerzo. Precisa de un constante perfeccionamiento de uno mismo, movido por el entusiasmo que produce en nosotros la pasión artística, el amor a la belleza.

Las diferentes habilidades se convierten en herramientas de nuestro ser, con las cuales vamos capacitando a nuestra personalidad. El proceso de perfeccionamiento, el conocimiento de las leyes de la materia y el comportamiento vivo de los materiales y formas, van a ser un verdadero instrumento de poder al servicio de la inspiración. Esa habilidad técnica, a la vez, nos alimenta, pues nos permite ir adentrándonos en el misterio de la forma, de sus secretos y de sus resonancias.

Sin embargo, para el artista la relación con la materia no ha de carecer de cariño y respeto, pues ve en la piedra el color o el sonido la misma vida que a él le anima a adentrarse en la creación. Una Vida Una de la que el artista, en cierta forma, trata de ser su mensajero.

Los materiales no se agreden sino que se transforman y mutan en un proceso que les es natural. La materia abordada de forma amable nos abre sus secretos: «Ayuda a la naturaleza y con ella trabaja y ella te considerará uno de los suyos y te prestará obediencia». Así enseñaban los viejos textos del Tíbet.

Es un viejo cortejo entre la naturaleza y el hombre. Los viejos sabios conocían sus secretos y nos recomendaban siempre el trato sereno y amable en un diálogo sincero con las plantas, las rocas, los ríos y montañas, los colores de la luz y los sonidos del viento. Las mutaciones y transformaciones de la materia, soporte formal de la etérea belleza, no se revelan solo al científico escrutador, sino al artista paciente que no entra en combate destructivo con la materia sino en diálogo profundo.

Hemos hablado del poder del artista sobre la materia, de la técnica (saber hacer) como poder que requiere una gran voluntad expresada en disciplina y constancia, amor a la naturaleza y conocimiento. A ello el artista debe unir otro poder interno.

El poder sobre uno mismo
Hablemos ahora del otro aspecto, más sutil e interno. Es preciso que el artista halle la inspiración, que sea capaz de acceder a esos principios bellos y estéticos que están en el mundo de las ideas, que sea capaz de servir como receptáculo o como canal, y para eso hace falta que esté afinado adecuadamente.

Al arte no se accede de abajo arriba (de lo grosero a lo sutil). Sin la necesaria inspiración, sin la resonancia interior armónica, no se puede producir la belleza.
Componer la belleza desde el mundo de las formas solamente es imitar, es unir trazos muertos para tratar de reproducir lo que reconocemos como bello o simplemente dicen que es bello. Pero no hay verdadera creación artística si no somos capaces de recrear también el alma que le da vida. La creación siempre es un acto espiritual, no un acto formal. Todo cuerpo, toda obra, ha de estar animada por un alma que le de el ser. Y el alma desciende a la materia a través de la inspiración.

El artista es instrumento e intérprete de la verdad y la belleza. Como tal, su calidad humana ha de ser alta, ya que parte de sí mismo se expresará en la obra, que será el resultado de esa verdad y belleza resonando en el instrumento-puente que es el artista.

La Naturaleza del artista 1

Entender el arte simplemente como la manifestación del mundo psicológico y onírico del artista es haber reducido el arte a muy poca cosa; a veces es haberlo reducido al triste espectáculo del caos y la miseria humana que puebla el interior del autor.

La verdadera obra de arte ha de ser algo más. Si bien es cierto que participará de la naturaleza del autor (de ahí la necesaria riqueza y nobleza del interior), debe trascenderlo y hallar su raíz en los mismos arquetipos donde el artista accede con su inspiración.

Es la doble naturaleza del alma, sensible e inteligible, mortal e inmortal, la que le hace al artista ser puente y frontera entre lo visible e invisible, entre lo terrestre y lo celeste.

La inspiración tiene alas y por ello el arte es hijo de la libertad de espíritu (como diría Schiller), no de los instintos. Es el espíritu el que es capaz de volar libre hacia el ideal de Belleza. Si está oprimido por lo grosero, por la oscuridad de una personalidad desordenada o «enferma», solo reflejará ansia de libertad, pero no un vuelo libre y elevado.  

Si el alma-puente está firme y despierta, el viento de la inspiración nos recorre realizando el prodigio, y el entusiasmo abre el camino heroico al verdadero sacerdocio artístico.

Pero si el alma no reconoce su naturaleza inmortal afirmada en lo celeste, entonces no se construye el puente, nos perdemos en los torbellinos espirales de esta orilla material y, convertida el alma en un espejo, solo vemos reflejos de nosotros mismos y sombras quiméricas, reacciones automáticas producidas por el roce con el mundo.

Es el artista, entonces, un puente que une las dos orillas, el mundo formal y el mundo de elevadas ideas. Es un instrumento a través del cual suena una sutil melodía. Por lo tanto, ha de ser un buen puente, un extraordinario y afinado instrumento.

Así, el artista requiere un constante perfeccionamiento, no solo de su capacidad técnica sino de su naturaleza interna. El artista nace como vocación, pero se hace a través de su realización. Y en ese proceso de realización tiene una especial importancia la afinación correcta del instrumento, que es la personalidad del artista. Esta afinación significa haber ajustado bien nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros impulsos, y manteniendo el control sobre nosotros mismos, tensar cada una de las cuerdas adecuada y armónicamente, ni demasiado porque se romperían, ni muy poco porque no sonarían. Por ello el artista debe afinar cada uno de los aspectos de su vida, en lo psicológico, en lo mental y en lo vital para que pueda producir una cierta melodía y en nuestro instrumento-personalidad pueda «sonar» el soplo de alguna musa.

Esta conjunción de factores, dominio de la técnica, dominio de uno mismo y equilibrio interno, ha de expresarse también en el control de la imaginación. En realidad, proceden de ella. Es la imaginación el campo donde primero se ha de dibujar cualquier creación artística o impronta que la inspiración atrape. La imaginación, entonces, ha de obedecer a la voluntad, abierta a la intuición, sí, pero evitando el caos anárquico de una fantasía que no reconoce dueño. Será la concentración, la agilidad y ductilidad de una mente atenta y serena una de sus mejores herramientas.

Es esa serenidad mental uno de los factores que contribuyen a la receptividad. Un silencio y una calma de la personalidad que se manifiesta en el artista consumado, fruto de un cierto desapego de las «cosas de este mundo».

El silencio favorece la receptividad y la resonancia de los armónicos del arte. El silencio es apaciguamiento de nuestro parloteo mental, de nuestra excitación banal y superficial. Es serenidad que nace del alejamiento de las vicisitudes cotidianas. Una mente embotada y una psique alterada no son el mejor estado para la receptividad estética.
Pero la serenidad es una actitud interior que se puede mantener en medio de la agitación y la acción. Se trata de permanecer en el centro de nosotros mismos aun en medio del combate, sin perder el control ni la inspiración. Aunque se mueva el mundo y se puedan estar moviendo todas las cosas, uno sabe permanecer en su seguridad interior unido a su centro de fuerza.

También es cierto que hay una estrecha relación entre el Bien y la Belleza. Un alma buena es más receptiva a elevadas inspiraciones que un intelectualoide lleno de discursos y argumentos. La bondad de corazón es una llave misteriosa que abre todas las puertas internas y externas. Tal vez por ello Platón expuso inefablemente unidos el amor y la belleza.

El egoísmo, por el contrario, nos cierra sobre nosotros mismos y nuestra personalidad, aislándonos de todas las fuentes superiores de inspiración.

Si la bondad de corazón es una predisposición hacia lo bueno y lo justo, si nos lleva a trascender nuestra personalidad egoísta e impulsiva y ser más receptivos al influjo de nuestro verdadero ser, ¿no habría de producir similar transformación en el artista con respecto a la Belleza?

Transmutación de la mirada
Puesto que el arte trata de hacer visible lo que el alma ve, es preciso entonces una metamorfosis de nuestra visión interior, una suerte de transformación en nuestra capacidad de ver y en la calidad de nuestra mirada.

El artista desvela lo invisible porque lo ve, y no lo explica sino que lo muestra. Para ello el artista no solo tiene que mirar dentro de sí, sino a través de sí, salir de la oscura caverna de las propias pequeñeces e ignorancias, contemplar el mundo en su inmensidad y profundidad, temblar humilde por amor a la belleza o alzarse heroico contra la oscura opresión; he ahí la verdadera disposición para la inspiración.

Su elevación de la atención le desvela al artista lo mejor, los escondidos canales por donde la vida, en sus diferentes planos de manifestación, discurre en belleza trasformadora. Halla las múltiples llaves que la naturaleza guarda para poder recorrerla y recorrernos hasta las cumbres de nosotros mismos.

El artista, cuando mira, oye o siente, puede trascender la razón y el sentimiento, quedando solo la contemplación pura y serena capaz de captar un leve misterio. Su mirada es distinta, pues participa de un mundo más allá de lo aparente, donde lo visible y lo invisible forman una unidad total.

Su mirada está presta siempre a percibir las múltiples armonías, bellezas escondidas que atestiguan la Divina Belleza, pues esta puede descubrirse en todas partes: una hoja que cae, el humo de una hoguera, un gesto, el trueno, pueden despertar la inspiración. Hay una grandeza en el artista que reconoce la belleza por igual en lo grande y en lo pequeño, en lo sencillo y en lo complejo, pues da valor, no a la cosa en sí, sino a la belleza que se expresa en ella.

Una mirada así solo es fruto de la dulcificación del alma y de un impulso vital de alcanzar la perfección.

A veces el artista, a través de su obra, no esconde lo grosero, ni el dolor, ni el caos, sino que lo transmuta en una finalidad alquímica, lo interpreta en un pasaje de oportunidades donde la vida necesariamente se resuelve en una finalidad que trasciende el bien y el mal, el juego de sombras, para alcanzar en totalidad su realización plena. El arte trata de provocar un estado de conciencia receptivo a elementos elevados, despertando esa conciencia del hombre.

La mirada del artista ve, su atención revela la realidad más sutil y profunda de los hechos y la vida porque no ha perdido la capacidad de asombro. Es la misma capacidad que hace al hombre ser filósofo, recreando cada día la mirada para recibir la ofrenda de un nuevo secreto.

Entusiasmo-inspiración

Es difícil saber de dónde nace la inspiración, pero sí es cierto que en ella interviene en buena parte el entusiasmo, esa divina locura o furor heroico que describiese Bruno.

Serenidad y entusiasmo, ¡qué paradoja! Pero el artista ha de convivir con la paradoja como en la vida. Serenidad es orden en la personalidad, y el entusiasmo es elevación del alma. Del equilibrio de estos aspectos, pasivo y activo, receptivo y conquistador, surgirá el artista.

La inspiración nace del entusiasmo, necesitará de un orden para expresarse y descender, pero no nace de ese orden, sino de ese fuego interior que nos exalta y purifica por dentro convirtiéndonos en instrumentos de algo superior.

Dudo de que la genialidad se asiente en lo que la comodidad entiende como «mesura».

A veces el equilibrio y la mesura se interpretan como una justificación que, dando prerrogativas a la personalidad animal y sus inclinaciones, apaga el fuego del espíritu en aras de un supuesto «justo medio» que nos dará la «paz».

Tal vez la excelsa inspiración nazca de una fuerte inclinación de la balanza hacia la arrebatada locura del espíritu que se lanza a la conquista de las más elevadas metas.
Tal vez la paz interna no nazca de la comodidad, sea física o psicológica, sino de la afirmación del ser del artista, y el fiel de la balanza esté allí donde su corazón reconozca lo auténtico y lo bello.

El entusiasmo se vive como un amor hacia lo bello y lo bueno, como un arrebato hacia ideales de perfección, que moviliza el alma y nos libera del apego a las cosas materiales. Es una capacidad de soñar y hacer prodigios.

El entusiasmo es amor, y el amor es entusiasmo, y no hay verdadero artista si no hay verdadera capacidad de amar. Recordando a Giordano Bruno diremos que « El amor da la posibilidad de realizar los más altos sueños y da grandeza a las cosas amadas ». Al artista, el amor le revela la grandeza y belleza del mundo.

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