Abril 2016

La literatura, imagen perfecta del ser humano

Escrito por  José Carlos Fernández
La literatura, imagen perfecta del ser humano

La literatura es la plasmación del pensamiento de quien escribe. Constituye un valioso instrumento que ha permitido reunir el pensamiento útil de aquellos que nos precedieron, pues lo que hoy heredamos es lo que superó la prueba del paso del tiempo. Un legado que recibimos y que alimentamos continuamente, y cuyo valor seguirá decantándose en el devenir de la historia.

No creemos en las soluciones escritas sobre ríos de tinta para la multitud desorientada, sino en esas pocas palabras que pueden grabarse a fuego en los nobles corazones (J. A. Livraga).

Aquello que caracteriza al ser humano es el pensamiento, la respuesta que en su mente da a todo lo que le rodea, el diálogo que en su interior se produce entre varios extraños e indefinidos personajes. La literatura es el reflejo en signos de ese pensamiento:

La literatura es el reflejo en signos de ese pensamiento: el grabado en piedra, papel, madera, piel, metales o, simplemente, impulsos electrónicos de este mismo pensamiento; luego podemos concluir que la literatura es la imagen perfecta del ser humano como tal. De hecho, en casi todas las tradiciones religiosas de la Antigüedad encontramos asociado al dios de la inteligencia (el pensamiento esclarecido por la sabiduría) y de la escritura con el creador del ser humano. Por ejemplo, en Egipto, el dios Thot, el escriba, creó al hombre modelando el barro del Nilo sobre la rueda del alfarero. Thot es el dios de la inteligencia, de la astronomía, de la cerámica y de todo lo que está relacionado con la transmisión del conocimiento y con la grabación de las ideas abstractas o de los acontecimientos en archivos perdurables. Es el dios que enseña a escribir a los seres humanos, otorgándoles el lenguaje sagrado jeroglífico, que imita las formas con las que los dioses modelaron la Naturaleza.

En Sumeria, es el dios Enki (o Nebo, en Babilonia), también dios de la inteligencia, del conocimiento oculto y de la escritura, quien va a crear al hombre con la sangre de un dios sacrificado y la naturaleza-abismo de Tiamat.

Entre los mayas nos encontramos a Itzamná, jefe de los dioses, primer sacerdote e inventor de la escritura. En el Códice de Madrid o Trocortesiano, aparece bogando en las aguas del espacio sobre una nave-serpiente, empuñando, a modo de armas mágicas, un pincel y un tintero, y profiriendo con su boca (el órgano mágico-creador por excelencia) un texto donde se halla escrita la serie de los números que rigen nuestra evolución. Él es el Logos creador, el Ojo de los Cielos (el Sol), el padre o benévolo protector de los hombres.

A través de la literatura, el ser humano manifiesta su mundo interior, le da forma a través de la palabra. La palabra Logos (que en griego expresa ideas como pensamiento, palabra, acción) define la posibilidad de hacer objetivo lo que es subjetivo e indefinido. La literatura es el arte que representa al Logos por excelencia, el Logos en su manifestación humana propiamente dicha.

La literatura abarca todo género que se pueda expresar con palabras: la poesía incorpora en ella el ritmo mágico proveniente de las musas; la oratoria embellece y otorga un poderío especial a través de la palabra hablada y del lenguaje de los gestos; el teatro incorpora la acción viva utilizando la tensión entre sus distintos personajes; la novela parece combinar todos estos géneros, convirtiéndose así en el género literario por excelencia. En la novela se expresa el libre curso del pensamiento humano, y así como en nuestra memoria podemos recordar descripciones de paisajes, conversaciones, reflexiones, en la novela se viaja a través de la mente de su autor, sin los estrechos límites de nuestra vida ordinaria.

La literatura como elemento de transmisión

heroe aquilesEl ser humano perpetúa sus tradiciones y su cultura de un modo explícito a través de la literatura. Textos como el Popol Vuh maya, la Biblia, los Vedas o el Mahabharata, la Ilíada, el Libro de la Oculta Morada egipcio, Las mil y una noches, los Libros de Confucio, etc., han sido archivo de sabiduría y conocimientos de generaciones incontables.

Todo hombre que transita esta difícil senda que es la vida, es, de un modo u otro, nuestro hermano. Las respuestas que haya obtenido ante el inabarcable misterio de la existencia no nos deben ser extrañas. Siendo la naturaleza humana una, las soluciones que se hayan dado ante la pregunta de la Esfinge pueden ayudarnos, antes o después. Es más fácil la senda siguiendo, sin inercias, las huellas de nuestros predecesores. Como dirían los estoicos, nada de lo que es humano nos debe ser ajeno. Así, la literatura refleja fielmente las respuestas del «alma dignificada que sin cesar luchó, cual héroe taciturno (...) de quien desnudo y solo, la dura tierra holló» (del poema Muerte, de Amado Nervo).

A través de la literatura podemos observar el alma, sin tapujos ni impedimentos, de quien quiso dejar escrito el misterio de su existencia. De ahí ese familiar «temor sagrado» cuando abrimos la primera página de un libro desconocido.

Para el amante, las miradas del amado constituyen su alimento. Para el filósofo, las respuestas que otorga la Naturaleza a través de sus leyes inmutables. El héroe se alimenta de dificultades y de un destino trágico. El poeta, del misterio y del fulgor de la vida, de su mágica excelencia, como el brillo de la luna en el ondular de las aguas. El místico, del amor a Dios y de la unidad que con Él presiente. Pero el hombre... ¿de qué se alimenta su alma? Quizás de todo esto y mucho más, pues en todo ser humano duerme el poeta, el héroe, el amante y el amado... Quizás el ser humano como tal se alimente de todo hallazgo, de toda conquista o respuesta de otro, y quizás esto sea lo que sustenta el Templo de la Fraternidad Humana.

La literatura, alimento del pensamiento

El cuerpo se nutre de los alimentos físicos. Nuestra vitalidad, del movimiento. Nuestra psique, de sentimientos, emociones y pasiones. Nuestra alma, de exaltados ideales, de maravillosas concepciones abstractas. Pero nuestra mente se nutre de pensamientos, de palabras, de conversaciones, de lecturas... De ahí la importancia de la literatura, que puede ser un vehículo de expresión de lo ideal, pero que siempre será una fuente de pensamientos.

A través de la literatura, nuestra alma puede remontarse y contemplar la existencia desde donde aún no hemos llegado, contemplar paisajes que la conmueven por su belleza, ver colores más vivos, pasiones más ardientes, percibir por momentos responsabilidades que sola no podría ni imaginar, detenerse en detalles a los que jamás prestó atención, elevar, con el poeta, «las ansias grandes de este vivir pequeño». Contemplar, en definitiva, la vida como un espectador, a través de los ojos ardientes de quienes nos precedieron.

Los lectores de Guerra y Paz de Tolstoi recordarán, estremecidos, los colores tan vivos con que pinta a todos sus personajes, las conversaciones, desafíos... tanto, que al terminar la lectura la vida aparece como sin luz, como si uno estuviese en el interior de una caverna.

El idiota de Dostoievsky raya en la locura divina. La penetración psicológica del príncipe Mishkin, su dulce bondad y amorosa ternura a todos los que a él se acercan, es por completo inaccesible a los ojos de nuestra alma. Si tratásemos de imaginar un personaje perfectamente bueno, no llegaríamos a la sombra de la sombra de la obra de Dostoievsky.

¿Quién no ha sentido su alma transportada ante la música, belleza, misterio y melancolía de las Sonatas de Valle-Inclán, o ha derramado lágrimas de dulce ternura leyendo las Cartas de las heroidas, de Ovidio, o se ha sobrecogido por la penetración del eterno femenino en las obras de Eurípides?

¿No hemos reído leyendo de niños El Quijote, reflexionado, al leerlo de nuevo en la juventud, y llorado con lágrimas de agradecimiento en una tercera lectura, al comprender lo difícil que es mantener los ideales en alto, como estandartes al viento, cuando los años y las dificultades, las desesperanzas y frustraciones roen el corazón de nuestra interna juventud? Es, sin duda, la obra más grandiosa de la lengua castellana.

Hemos escuchado los vigorosos y paternales consejos de Séneca en sus Cartas a Lucilio; la lucha interior, el sentido de fraternidad en las Cartas de su amado discípulo, Pablo de Tarso.

¿Qué joven de alma noble no ha despertado su vocación heroica, la necesidad de combatir las sombras y el deseo de establecer el reinado de lo Bueno, lo Justo y lo Bello, al leer El señor de los anillos de Tolkien? ¿Quién no ha sentido los primeros sones del misterio y de lo oculto en el Zanoni de Bulwer Lytton, y escuchado una llamada a la prudencia de no emprender una senda escarpada que no es para el común de los mortales?

O al sumergirnos en las obras de Shakespeare, ¿no hemos sentido palpitar el abismo de lo humano? ¿No hemos visto reflejado el arquetipo del hombre en el diamante de la inabarcable inteligencia de este autor?, autor de quien se ha dicho que, junto con Esquilo, constituye una de las esfinges intelectuales de nuestro ciclo histórico.

Palabras que resuenan

Shakespeare quizás sea el más grande de los escritores. Tan, tan grande, que jamás se le ve reflejado en su obra, sino tan solo la lejanía a la que mira.

En Isis sin velo, de H.P.Blavatsky, hemos experimentado una llamada poderosa y no postergable, de un Misterio vivo que golpea las puertas del alma, y la hace salir de su cómodo letargo. Como en la resurrección de Lázaro, hemos despertado de un sueño profundo y hemos sabido que el ser humano nunca ha estado solo, sino que toda su historia está surcada de luminarias que le invitan a descubrir su naturaleza inmortal, sus poderes latentes, y a estrechar en poderoso e irrompible abrazo a todos los hombres, sus hermanos. Y en la Doctrina Secreta, de la misma autora, nos hemos sentido estremecidos, deslumbrados e impulsados a transitar este Misterio, esa luz sin límites que se desprende al levantar una punta del velo de Isis.

Desde que el ser humano consiguió cristalizar las ideas en grafías, en letras, estas se convirtieron en el medio más simple y claro para expresar el pensamiento.

Séneca nos dijo que cual es el lenguaje de los hombres, así es su vida. La afirmación inversa es también cierta. Debemos, pues, acudir a los gigantes del pensamiento humano, y a aquellos cuyo legado es invariable a través de los milenios, aquellos que portan la antorcha de la civilización, a los que llamamos clásicos, no por lo antiguos, sino porque probaron su valía ante las fauces devoradoras del tiempo.

Un libro mediocre, por más que se convierta en un best-seller, no propaga su mensaje más de un siglo. Escritores que fueron idolatrados en su tiempo, transcurridas dos generaciones (y somos, creo, demasiado benévolos en esta apreciación), se sumergieron en el olvido absoluto. Sin embargo, el legado de los «divinos» se acrecienta con los siglos, y aun con los milenios.

Si Nietzsche afirmaba que solo merece ser escrito un libro que su autor hubiera podido haberlo escrito con su sangre, quizás solo merezca ser leído el libro que no nos importaría aprenderlo de memoria. Con este criterio reservaríamos nuestro tiempo, que es nuestra vida, para aquellos que verdaderamente mereciesen nuestra dedicación.

Jamás el ser humano ha tenido un acceso tan fácil a obras tan sublimes, escritas desde las cumbres del pensamiento humano. Buscarlas, leerlas, asimilarlas, es un verdadero tesoro, como lo es aplicar sus enseñanzas, vivas, que son la llave que permitirá avanzar hacia un Hombre Nuevo y Mejor, y por ende, hacia un Mundo Nuevo y Mejor.

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