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Abril 2017

Don Quijote: la justicia del caballero andante

Escrito por  Lisardo García
Justicia en Don Quijote Justicia en Don Quijote

La justicia concebida e impartida por Don Quijote se refleja en muchos de los pasajes de esta obra inmortal. Uno de ellos sucede con el joven Andrés y su amo, el labrador Haldudo, episodio en el que el caballero andante se ve obligado a intervenir.

 Verdaderamente ha sido difícil abordar, siquiera brevemente, el estudio de las múltiples temáticas que el Quijote encierra. La lista sería interminable, pero no me resisto a esbozar algunos de los temas que la obra me suscitó.

 1) En primer lugar y como homenaje a mi mentor, actual catedrático de Derecho Internacional Público en la Universidad de Jaén, Juan Manuel de Faramiñan Gilbert, me hubiera gustado abordar la aventura del Yelmo de Mambrino, episodio que siempre le ha apasionado y que narra Cervantes en el capítulo 21 de la primera parte y su posterior secuencia del capítulo 45, con el reencuentro en la venta con el barbero, solucionándose el hecho con el cambio de las albardas y el pago de ocho reales, realizándole el barbero una cédula de recibo. La relación jurídica que existe en la adquisición de la posesión mediante despojo por haberla tomado por la fuerza, restituida posteriormente por la entrega de la albarda; y en cuanto al yelmo o bacía, se sustituye el vicio de la posesión por Don Quijote mediante la relación jurídica entre el cura y el barbero.

 2) Abordar la necesidad de la justicia como valor legitimador de las relaciones sociales, sobre la base del célebre pasaje del Quijote del bandolero Roque Guinart, donde Sancho dice: « Es tan buena la justicia que es necesario se use aun entre los mesmos ladrones ».

 3) Haber estudiado la mención a la Edad de Oro que aborda Cervantes en el discurso a los cabreros (Quijote, Parte 1.ª, capítulo 11): « Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío... ».

 4) O quizá haber estudiado el tratamiento a la mujer en el Quijote, con la gran cantidad de refranes que se recogen, como: «Entre el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler» (Parte II, capítulo 19); «La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa» (Parte II, capítulo 5); «La mujer y la gallina por andar se pierden aína» (Parte II, capítulo 49); «La mujer honesta en hacer algo es su fiesta» (Parte II, capítulo 5).

 5) Estudiar las relaciones entre un impuesto establecido en España en nuestra posguerra entre 1939 y 1945, denominado arbitrio del plato único, por el que se obligaba a comer un día a la semana en el almuerzo un solo plato y, con el ahorro que así hicieran en comida pagaran dicho impuesto, y el ideado por Cervantes y descrito en El coloquio de los perros .

 6) Abordar las sentencias de Sancho, gobernador de la ínsula de Barataria.

 7) Pero entre todos estos temas posibles me decanté por la obligación de todo caballero de restablecer el orden, de «desfacer entuertos», que todo caballero por fuero tiene entre sus prerrogativas. Esta potestad de impartir justicia, de aplicar la ley, la contempla Cervantes en la aventura del joven Andrés y Haldudo.

la justicia en el Quijote 2

 La aventura del joven Andrés y el labrador Haldudo

 Es la primera aventura que le acontece al Quijote, en la cual remedió un entuerto o agravio. Iba el caballero cabalgando sobre Rocinante camino de su aldea cuando de la espesura de un bosque salieron unas voces de queja. Acudió en socorro del doliente, que era un muchacho de quince años llamado Andrés, a quien su amo, el labrador Juan Haldudo el Rico, vecino de Quintanar, tenía atado a una encina, desnudo de medio cuerpo arriba, propinándole muchos azotes con una pretina, al tiempo que le reprendía. Don Quijote increpa al amo y le conmina a medirse con él, y, para evitarlo, Haldudo explica al caballero que está castigando a su criado:

 « Que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos; el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagarle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima, que miente ».

 «¿” Miente" delante de mí, ruin villano? –dijo Don Quijote–. Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego ».

 El labrador desató al criado, y, comprobado por Don Quijote que debía a Andrés el salario de nueve meses, en total sesenta y tres reales, alegó que se debían descontar tres pares de zapatos que les había dado, y un real de dos sangrías que le había hecho estando enfermo.

 «Bien está todo eso –replicó Don Quijote–; pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagasteis, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado: ansí que por esta parte, no os debe nada».

 Pronunciada esta sentencia, su ejecución no pudo ser más decepcionante. Haldudo se excusa de pagar allí, alegando que no lleva consigo dinero y promete que lo hará en su casa. Aunque Andrés se resiste a acompañarle, persuadido por Don Quijote, acepta al fin y la escena concluye con que Haldudo, en cuanto se marcha el caballero, vuelve a atar a Andrés a la encina, propinándole una paliza, hasta dejarle por muerto.

 Hay que pensar que Cervantes no pudo idear el desenlace de otra forma, ya que, de acompañar Don Quijote a Haldudo a su casa, los otros labradores y las autoridades del pueblo le hubieran amparado y el descalabro del caballero hubiera sido mucho mayor. Pero la razón mayor al no asegurar el cumplimiento de la sentencia referida estriba en su absoluta confianza en que nadie se atrevería a violentar las órdenes dadas por un caballero andante.

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 El contenido de la sentencia

 Haldudo reprocha a Andrés su negligencia o descuido, a consecuencia del cual cada día le falta una oveja, lo cual parece ser admitido y reconocido por el muchacho. Andrés reconviene a Haldudo pidiéndole el pago de su salario, lo cual es la causa de los malos tratos de que es objeto y, condenado el labrador por Don Quijote a pagarlo, alega que se han de descontar los tres pares de zapatos y las dos sangrías, los cuales son compensados por el caballero con las lesiones que le ha causado con los referidos azotes.

 La sentencia dictada por Don Quijote no se basaba en la ley. El Fuero Viejo de Castilla la contradice en su libro 5, título III, libro 4.

 Este precedente legal es tomado en nuestro Código Civil en su artículo 1.584 en vigor que dice:

 «El amo será creído, salvo prueba en contrario: 1) Sobre el tanto del salario del sirviente doméstico 2) Sobre el pago de los salarios devengados en el año corriente».

 Por tanto, Don Quijote ha emitido una sentencia fundamentada exclusivamente en su conciencia, en su sentido innato de la justicia, prescindiendo y aun en contra de lo dispuesto en la ley; no está adecuado a norma preexistente, sino que está inspirado en el sentido de lo justo y en las reglas de la profesión de caballero andante, a cuyo cumplimiento acababa de comprometerse, que, entre otras cosas, imponían al que las profesaba la protección de los menesterosos y oprimidos, de los débiles, contra la opresión de los poderosos.

 Esta misma cualidad caballeresca la resalta Alfonso X el Sabio en su Segunda Partida, Título XXI, Ley VI.

 Esta aventura nos pone de manifiesto dos aspectos fundamentales que pasaremos a continuación a tratar: fuerza coactiva y ley, y la justicia como valor fundamental del caballero.

 Fuerza coactiva y ley

 Las relaciones entre ambas las expone Cervantes en el famoso discurso de Don Quijote sobre las letras y las armas en el capítulo 37. Empieza señalando la complementariedad de ambos términos; las armas no solo requieren esfuerzo corporal, sino que en ellas también interviene buena parte del entendimiento, del cual depende la estrategia militar; son, pues, armas y letras, manifestaciones del espíritu humano.

 Las armas representan la guerra, y también la fuerza coactiva del Estado para imponer el derecho en la vida interna de la sociedad. Las letras designan por antonomasia la ley.

 La preeminencia de las armas sobre las letras para el caballero andante la deduce Don Quijote de la mayor importancia del fin caballeresco que persiguen. El fin de las letras es realizar la justicia, o como dice Don Quijote:

 «Poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo; y entender y hacer que las buenas leyes se guarden».

 Por contra, el fin de las armas es la paz, «que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida», y que es sagrada misión del caballero.

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 La justicia como valor fundamental del caballero

 Cervantes nos describe a Don Quijote como un hidalgo al que las lecturas de los libros de caballería le llevan a la necesidad de ser caballero andante para, a continuación y tras una serie de conquistas y empresas, poder ingresar en la caballería, que era recibir esta calidad de manos de un caballero, tal y como disponía el trámite a seguir para ingresar en la caballería según la Ley 11 del título 21 de la Segunda Partida.

 El nombramiento como caballero implica el estricto cumplimiento y servicio de una serie de valores en los que destaca la justicia; así igualmente nos lo describen Las Partidas.

 Don Quijote es el caballero que lucha con ciega confianza contra los prejuicios sociales sin medir sus fuerzas, rayando en lo sublime, amando la caballería porque su carácter de derecho nobiliario le permite sobreponerse a la jurisdicción ordinaria, con un espíritu recto y en aras de sus grandes causas.

Cervantes nos relata situaciones que para el resto de gentes, incluido Sancho, son incomprensibles, están fuera de contexto. Su locura, su hermosa locura de autoproclamarse el brazo ejecutor de la Justicia no nos hace pensar, como a primera vista pudiera parecer en un demente. Un caballero, a veces fuera de contexto, distorsionado, casi de otra época, se enfrenta con los valores imperantes, con solo las escasas armas de una lanza demacrada, un caballo desfallecido, una armadura oxidada; pero un honor, una rectitud en su actuar como caballero andante que hacen de Don Quijote un loco. Una bendita locura que hoy día echamos de menos.

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