Esfinge suscripción 2017

La justicia concebida e impartida por Don Quijote se refleja en muchos de los pasajes de esta obra inmortal. Uno de ellos sucede con el joven Andrés y su amo, el labrador Haldudo, episodio en el que el caballero andante se ve obligado a intervenir.

 Verdaderamente ha sido difícil abordar, siquiera brevemente, el estudio de las múltiples temáticas que el Quijote encierra. La lista sería interminable, pero no me resisto a esbozar algunos de los temas que la obra me suscitó.

 1) En primer lugar y como homenaje a mi mentor, actual catedrático de Derecho Internacional Público en la Universidad de Jaén, Juan Manuel de Faramiñan Gilbert, me hubiera gustado abordar la aventura del Yelmo de Mambrino, episodio que siempre le ha apasionado y que narra Cervantes en el capítulo 21 de la primera parte y su posterior secuencia del capítulo 45, con el reencuentro en la venta con el barbero, solucionándose el hecho con el cambio de las albardas y el pago de ocho reales, realizándole el barbero una cédula de recibo. La relación jurídica que existe en la adquisición de la posesión mediante despojo por haberla tomado por la fuerza, restituida posteriormente por la entrega de la albarda; y en cuanto al yelmo o bacía, se sustituye el vicio de la posesión por Don Quijote mediante la relación jurídica entre el cura y el barbero.

 2) Abordar la necesidad de la justicia como valor legitimador de las relaciones sociales, sobre la base del célebre pasaje del Quijote del bandolero Roque Guinart, donde Sancho dice: « Es tan buena la justicia que es necesario se use aun entre los mesmos ladrones ».

 3) Haber estudiado la mención a la Edad de Oro que aborda Cervantes en el discurso a los cabreros (Quijote, Parte 1.ª, capítulo 11): « Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío... ».

 4) O quizá haber estudiado el tratamiento a la mujer en el Quijote, con la gran cantidad de refranes que se recogen, como: «Entre el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler» (Parte II, capítulo 19); «La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa» (Parte II, capítulo 5); «La mujer y la gallina por andar se pierden aína» (Parte II, capítulo 49); «La mujer honesta en hacer algo es su fiesta» (Parte II, capítulo 5).

 5) Estudiar las relaciones entre un impuesto establecido en España en nuestra posguerra entre 1939 y 1945, denominado arbitrio del plato único, por el que se obligaba a comer un día a la semana en el almuerzo un solo plato y, con el ahorro que así hicieran en comida pagaran dicho impuesto, y el ideado por Cervantes y descrito en El coloquio de los perros .

 6) Abordar las sentencias de Sancho, gobernador de la ínsula de Barataria.

 7) Pero entre todos estos temas posibles me decanté por la obligación de todo caballero de restablecer el orden, de «desfacer entuertos», que todo caballero por fuero tiene entre sus prerrogativas. Esta potestad de impartir justicia, de aplicar la ley, la contempla Cervantes en la aventura del joven Andrés y Haldudo.

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 La aventura del joven Andrés y el labrador Haldudo

 Es la primera aventura que le acontece al Quijote, en la cual remedió un entuerto o agravio. Iba el caballero cabalgando sobre Rocinante camino de su aldea cuando de la espesura de un bosque salieron unas voces de queja. Acudió en socorro del doliente, que era un muchacho de quince años llamado Andrés, a quien su amo, el labrador Juan Haldudo el Rico, vecino de Quintanar, tenía atado a una encina, desnudo de medio cuerpo arriba, propinándole muchos azotes con una pretina, al tiempo que le reprendía. Don Quijote increpa al amo y le conmina a medirse con él, y, para evitarlo, Haldudo explica al caballero que está castigando a su criado:

 « Que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos; el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagarle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima, que miente ».

 «¿” Miente" delante de mí, ruin villano? –dijo Don Quijote–. Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego ».

 El labrador desató al criado, y, comprobado por Don Quijote que debía a Andrés el salario de nueve meses, en total sesenta y tres reales, alegó que se debían descontar tres pares de zapatos que les había dado, y un real de dos sangrías que le había hecho estando enfermo.

 «Bien está todo eso –replicó Don Quijote–; pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagasteis, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado: ansí que por esta parte, no os debe nada».

 Pronunciada esta sentencia, su ejecución no pudo ser más decepcionante. Haldudo se excusa de pagar allí, alegando que no lleva consigo dinero y promete que lo hará en su casa. Aunque Andrés se resiste a acompañarle, persuadido por Don Quijote, acepta al fin y la escena concluye con que Haldudo, en cuanto se marcha el caballero, vuelve a atar a Andrés a la encina, propinándole una paliza, hasta dejarle por muerto.

 Hay que pensar que Cervantes no pudo idear el desenlace de otra forma, ya que, de acompañar Don Quijote a Haldudo a su casa, los otros labradores y las autoridades del pueblo le hubieran amparado y el descalabro del caballero hubiera sido mucho mayor. Pero la razón mayor al no asegurar el cumplimiento de la sentencia referida estriba en su absoluta confianza en que nadie se atrevería a violentar las órdenes dadas por un caballero andante.

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 El contenido de la sentencia

 Haldudo reprocha a Andrés su negligencia o descuido, a consecuencia del cual cada día le falta una oveja, lo cual parece ser admitido y reconocido por el muchacho. Andrés reconviene a Haldudo pidiéndole el pago de su salario, lo cual es la causa de los malos tratos de que es objeto y, condenado el labrador por Don Quijote a pagarlo, alega que se han de descontar los tres pares de zapatos y las dos sangrías, los cuales son compensados por el caballero con las lesiones que le ha causado con los referidos azotes.

 La sentencia dictada por Don Quijote no se basaba en la ley. El Fuero Viejo de Castilla la contradice en su libro 5, título III, libro 4.

 Este precedente legal es tomado en nuestro Código Civil en su artículo 1.584 en vigor que dice:

 «El amo será creído, salvo prueba en contrario: 1) Sobre el tanto del salario del sirviente doméstico 2) Sobre el pago de los salarios devengados en el año corriente».

 Por tanto, Don Quijote ha emitido una sentencia fundamentada exclusivamente en su conciencia, en su sentido innato de la justicia, prescindiendo y aun en contra de lo dispuesto en la ley; no está adecuado a norma preexistente, sino que está inspirado en el sentido de lo justo y en las reglas de la profesión de caballero andante, a cuyo cumplimiento acababa de comprometerse, que, entre otras cosas, imponían al que las profesaba la protección de los menesterosos y oprimidos, de los débiles, contra la opresión de los poderosos.

 Esta misma cualidad caballeresca la resalta Alfonso X el Sabio en su Segunda Partida, Título XXI, Ley VI.

 Esta aventura nos pone de manifiesto dos aspectos fundamentales que pasaremos a continuación a tratar: fuerza coactiva y ley, y la justicia como valor fundamental del caballero.

 Fuerza coactiva y ley

 Las relaciones entre ambas las expone Cervantes en el famoso discurso de Don Quijote sobre las letras y las armas en el capítulo 37. Empieza señalando la complementariedad de ambos términos; las armas no solo requieren esfuerzo corporal, sino que en ellas también interviene buena parte del entendimiento, del cual depende la estrategia militar; son, pues, armas y letras, manifestaciones del espíritu humano.

 Las armas representan la guerra, y también la fuerza coactiva del Estado para imponer el derecho en la vida interna de la sociedad. Las letras designan por antonomasia la ley.

 La preeminencia de las armas sobre las letras para el caballero andante la deduce Don Quijote de la mayor importancia del fin caballeresco que persiguen. El fin de las letras es realizar la justicia, o como dice Don Quijote:

 «Poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo; y entender y hacer que las buenas leyes se guarden».

 Por contra, el fin de las armas es la paz, «que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida», y que es sagrada misión del caballero.

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 La justicia como valor fundamental del caballero

 Cervantes nos describe a Don Quijote como un hidalgo al que las lecturas de los libros de caballería le llevan a la necesidad de ser caballero andante para, a continuación y tras una serie de conquistas y empresas, poder ingresar en la caballería, que era recibir esta calidad de manos de un caballero, tal y como disponía el trámite a seguir para ingresar en la caballería según la Ley 11 del título 21 de la Segunda Partida.

 El nombramiento como caballero implica el estricto cumplimiento y servicio de una serie de valores en los que destaca la justicia; así igualmente nos lo describen Las Partidas.

 Don Quijote es el caballero que lucha con ciega confianza contra los prejuicios sociales sin medir sus fuerzas, rayando en lo sublime, amando la caballería porque su carácter de derecho nobiliario le permite sobreponerse a la jurisdicción ordinaria, con un espíritu recto y en aras de sus grandes causas.

Cervantes nos relata situaciones que para el resto de gentes, incluido Sancho, son incomprensibles, están fuera de contexto. Su locura, su hermosa locura de autoproclamarse el brazo ejecutor de la Justicia no nos hace pensar, como a primera vista pudiera parecer en un demente. Un caballero, a veces fuera de contexto, distorsionado, casi de otra época, se enfrenta con los valores imperantes, con solo las escasas armas de una lanza demacrada, un caballo desfallecido, una armadura oxidada; pero un honor, una rectitud en su actuar como caballero andante que hacen de Don Quijote un loco. Una bendita locura que hoy día echamos de menos.

Publicado en Literatura

2016 es el año en el que se conmemora el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, el escritor que regaló al mundo una obra inmortal, creador de un personaje, Don Quijote. Don quijote, que personifica las más nobles aspiraciones del espíritu humano. Su influencia en las manifestaciones artísticas posteriores ha sido importantísima, reflejándose en la literatura, la música y el cine.

El hombre de la Mancha es una película de 1972, dirigida por Arthur Hiller, que recoge el espíritu quijotesco y lo plasma en una cinta inolvidable que incluye números musicales recordados por todos, como Un sueño imposibl , gracias al buen hacer del músico Mitch Leigh y el guion de Dale Wasseman. La interpretación de Peter O’Toole y Sophia Loren permite que la historia llegue con toda su fuerza al espectador.

Cervantes aparece como protagonista, y en él reconocemos algunos datos biográficos, como el haber estado preso durante mucho tiempo y el padecer una situación económica precaria. En el filme, Cervantes es un escritor cuya posesión más valiosa es un manuscrito en el que ha vertido los frutos de sus constantes preguntas acerca del sentido de la vida y de cómo deberíamos vivirla: « He estado muchas veces en la cárcel, y a menudo he pensado que el mundo también es una cárcel », oímos decir al Cervantes cinematográfico, entroncando así esta reflexión con la concepción filosófica del alma prisionera, que necesita avanzar en el conocimiento para liberarse de sus barrotes y descubrir su verdadera naturaleza.

Su presencia en una cárcel poblada por truhanes y rufianes, a la que ha sido arrojado por el brazo secular, hace destacar su condición de caballero, con un código de honor que intenta mantener en un juicio sumario al que es sometido por la bárbara concurrencia como único medio para defender su tesoro más valioso: un manuscrito que intenta proteger a toda costa. Cuando uno de los presos le confía que vive de la traición y que le gusta su oficio, Cervantes le increpa: «¿Y os gustáis vos mismo?».

El hombre de la Mancha 1

 

A partir de aquí todo el guion está salpicado de reflexiones de este tipo, preguntas acerca de lo que es verdaderamente importante en la vida.

La acusación contra Miguel de Cervantes es contundente: le acusan de ser un idealista, un poeta y un hombre honrado. Los poetas, según estos villanos, hacen mal, pues ocultan al ser humano la visión de la realidad cuando recitan sus necias historias.

Apasionadamente, Cervantes ratifica el lugar preferente que la literatura da a la imaginación, que es la única herramienta que permite al hombre dar vida a un sueño, en contraposición a lo que ellos llaman «realidad», calificada por el escritor como una cárcel de piedra que aplasta el espíritu humano.

Como artimaña para salvar su preciado legajo, propone escenificar lo que en él está escrito, implicando a todos los presos para que participen en su representación, interviniendo cada uno con el personaje más acorde con su condición, ante el argumento de que eso les ayudará a pasar el tiempo entretenidos mientras cumplen su penoso encierro. Es entonces cuando les inicia en la historia de un hidalgo rural entrado en años que se plantea el problema de cómo mejorar un mundo en el que las prácticas egoístas reportan beneficios y la virtud no obtiene ninguno. El fraude, el engaño y la maldad se mezclan y confunden con la verdad y la sinceridad.

Nace el caballero andante

A partir de ahora empezamos a conocer a Don Quijote, que abandona la melancólica carga de la cordura y concibe el estrafalario proyecto de convertirse en caballero andante  para enderezar entuertos y proteger al débil y al desvalido. El esforzado caballero Don Quijote de la Mancha ha dejado de ser el cuerdo Alonso Quijano.

El idealismo en estado puro, que no ve obstáculos más allá de su deber y su voluntad, es defendido sin decaer a través de los personajes de Cervantes y Don Quijote en toda la trama. El espectador se emociona con sus lances, y aunque se producen situaciones ridículas que a veces provoca el aguerrido héroe, hay algo que nos solidariza con su admirable misión, a pesar de que la película nos arranca una sonrisa de vez en cuando porque, sin perder la dignidad de los sucesos, se producen situaciones cómicas frecuentemente.

Así, ante el desafío que Don Quijote lanza al mundo, van cabalgando caballero y escudero buscando –y en no pocas ocasiones provocando– aventuras llenas de honor: « Escúchame, inhóspito e insoportable mundo, eres infame y libertino, pero un caballero que enarbola valerosamente su bandera, arroja su guante ante ti. Yo soy el señor de La Mancha, mi destino me llama y yo acudo. Sean cuales sean los vientos de la fortuna, yo camino hacia la gloria ».

Sancho es el compañero que le abruma con sus proverbios, de los que parece tener llena la panza, según le recrimina, y representa el más conmovedor ejemplo de fidelidad y espíritu de servicio. Él no alcanza a ver la grandeza de las hazañas que su señor intenta compartir, aunque le gustaría; es más, su voz sincera declara humildemente con frecuencia lo que sus ojos ven, aunque admira lo que solo su amo es capaz de vislumbrar: « Me gusta la aventura, pero resulta curioso que este camino que conduce a la gloria se parece mucho al que lleva a El Toboso, donde se compran gallinas muy baratas ». Sin embargo, jamás le abandona, ni siquiera con su pensamiento.

El Gran Encantador encarna al mayor de sus enemigos: sus pensamientos son fríos; su alma, negra y retorcida; sus ojos son puñales acerados y donde pone su planta no crece la hierba. Él es el que roba el honor de la victoria a Don Quijote transformando al peligroso gigante en un molino de viento; al menos, así lo ve el Caballero de la Triste Figura.

El Cervantes prisionero mueve continuamente a sus personajes dentro de la prisión, habiéndose ganado por el momento su atención y también su consentimiento, ya que los cautivos se identifican con los avatares que sufren los seres inventados que interpretan. Las dichas, burlas, angustias y tropelías que se relatan les resultan cercanas.

La lógica contra el idealismo

Otros personajes hacen su aparición, como el bachiller Sansón Carrasco, hombre de estudios, inteligente y lógico, « portador de su importancia como si temiera que se le fuera a romper ». Y, cómo no, Dulcinea, « porque un caballero sin dama es igual que un caballero sin alma. ¿A quién dedicaría, si no, sus hazañas? ».

La vigilia que Don Quijote realiza velando sus armas antes de ser armado caballero en la venta (o en el castillo, según su parecer) tiene como propósito serenar su espíritu. Ha declarado tener méritos para recibir tal distinción: « Noble señor, soy valiente y cortés, arrojado y generoso, afable y paciente », y bajo el cielo nocturno plagado de estrellas, se recuerda a sí mismo su deber de ver la vida como debería ser. « No debes amar nunca lo que eres, sino lo que puedes llegar a ser », se dice a sí mismo. « Yo voy caminando en un mundo de hierro para convertirlo en un mundo de oro », afirma en el silencio de la noche.

Dulcinea, interpretada magistralmente por Sophia Loren, es la patente muestra de la influencia positiva que supone esta actitud. A pesar de que repite fieramente al caballero que ella es Aldonza, la muchacha de la cocina a la que los hombres se rifan y reparten, Don Quijote manifiesta una y otra vez que él ve quién es realmente, una mujer con el alma noble por la que merece la pena desafiar al mal. Aldonza le suplica que no la torture así, pues es capaz de lidiar con los malos tratos, la pobreza y la violencia, pero algo se clava en su alma cuando recibe ternura. La transformación que sufre a lo largo de la película es la más evidente.

El hombre de la Mancha 2

Tanto insiste su abnegado admirador en defender lo que él llama su credo, que Aldonza le pide que le explique en qué consiste. « Es la misión de todo caballero andante. Es su deber. No, es su privilegio ». Es entonces cuando suenan las notas de «Un sueño imposible», el famoso tema que resume su ideario y en el que, entre otras cosas, se dice: « Soñar lo imposible, vencer al invicto enemigo, sufrir el dolor insufrible, morir por un noble ideal. Acudir adonde los más bravos no se atreven, defender lo que no tiene defensores, amar desde lejos con castidad y pureza, intentar, cuando ya el brazo se encuentra rendido, alcanzar la inalcanzable estrella. Mi misión es seguir esa estrella sin importar el esfuerzo, sin importar cuán lejos esté, pelear por lo justo, sin duda ni pausa, defender la virtud aunque deba pisar el infierno. Porque sé que si logro ser fiel a tan noble ideal, dormirá mi alma en paz al llegar el instante final. Y será este un mundo mejor, porque yo, sin rendirme jamás, busqué un sueño imposible ».

Entre suceso y suceso, en la prisión se nos muestra al Cervantes que se defiende, al bribón que le juzga y al perillán que ejerce de fiscal, que arremete contra él: «¿Por qué a los poetas os fascinan los locos de tal manera? Unos y otros volvéis la espalda a la vida ». « No » , enfatiza el escritor . « Seleccionamos lo mejor de la vida ».

« Pero es que el hombre debe aceptar la vida tal como es », insiste el dedo acusador.

Cervantes argumenta con desdén: « La vida tal como es... He sido soldado y he sido esclavo. He visto a mis compañeros sucumbir en combate o morir lentamente. Eran hombres que habían visto la vida tal como es. Y murieron desesperados, sin gloria, sin pronunciar heroicas palabras, con sus ojos llenos de atroz confusión, inquiriendo solo “por qué”. No creo que con ello estuvieran preguntando que por qué morían, sino por qué nunca habían vivido. Y es locura, sobre todo, ver esta vida como es y no como en justicia debería ser ».

La derrota de la cordura

Volvemos con Don Quijote y, por fin, la añagaza del Caballero de los Espejos consigue su objetivo: Don Quijote cae y regresa Alonso Quijano, aunque con la mente abatida. Postrado en su lecho y rodeado de su familia en sus últimos momentos, recibe la visita de Sancho y Aldonza. Sancho, tan natural como siempre: « Señor, tenéis que vivir muchos años. Morirse es malgastar la salud ». Aldonza, transformada, vestida recatadamente más al estilo de Dulcinea que al de la mujer que ha sido hasta ahora.

Su presencia revive por unos minutos al caballero andante, que dice sus últimas palabras, levantándose del lecho: «¿Qué es la enfermedad para el cuerpo de un caballero andante? ¿Qué importan las heridas? Por cada vez que caiga, otra vez volverá a alzarse con simpar fiereza, y ¡ay de los malvados! ».

Después, el silencio, el dolor, la pérdida.

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Sancho vuelve a ser los ojos de lo real: « Mi amo ha muerto ». Dulcinea (que no Aldonza) lo rescata de su visión: « No. Un hombre ha muerto. Tal vez un hombre bueno. Pero Don Quijote no está muerto ».

Dos significativos fotogramas aparecen al final de la escena.

Sancho y Dulcinea, abatidos en el exterior de la hacienda donde acaba de terminar la vida de Alonso Quijano, meditan en su dolor. A través de la puerta, en el patio, varios hombres avivan denodadamente una hoguera quemando todos los libros que encuentran. Todo un mensaje.

Dulcinea ha dejado de ser Aldonza. Vestida con recato, erguida y mirando al frente, comienza a recorrer un camino que se pierde delante, en el horizonte. Todo un desafío.

En la cárcel, Cervantes es llamado a enfrentarse con su destino. Camina con paso firme ascendiendo por las escaleras que dan salida a la prisión y sujetando con decisión el manuscrito bajo el brazo.

El hombre de La Mancha. Un clásico del cine musical.

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