Enero 2007

Reflexiones sobre la vida y obra de Antonin Dvorak

Escrito por  Kamila Hermannová
Reflexiones sobre la vida y obra de Antonin Dvorak


Desde la senda espinosa a la música


Antonín Dvo?ak nació el 8 de septiembre en Nelahozeves, cerca de Kralupy, en el seno de una familia de carniceros. Ya desde pequeño mostró una fuerte vocación hacia la música, que se cultivaba en su casa.

Y a pesar de que el rumbo presumible de su trayectoria fue determinado firmemente por el oficio de su padre, ningún sacrificio fue bastante grande para él en su camino hacia los fundamentos de la música.

Aunque a los trece años se traslada a la casa de su tío en Zlonice para aprender el oficio de carnicero, desarrolla ante todo su profundo interés por la música, a la que se dedica en el tiempo libre y que estudia junto con A. Liehmann y J. Toman.

Tiene la oportunidad de concluir estudios de tres años en la escuela de órgano de Praga, y mientras, empieza a actuar en los conciertos como violinista.

Después de terminar sus estudios, llega a ser miembro de una pequeña orquesta praguense dirigida por Karel Komzák, que comienza a trabajar en el Teatro Prozatímní. Permanece allí hasta 1871; durante un cierto tiempo, bajo la batuta de Bed?ich Smetana.

Poco a poco, lo inverosímil pasa a ser realidad. Aunque viviendo en la pobreza y luchando frecuentemente con problemas de subsistencia, Dvorak empieza a componer, durante noches enteras, sus primeras piezas de música. Entre ellas las composiciones de cámara, como el cuarteto y el quinteto de cuerda; poco después aparece su primera sinfonía en do menor, que al parecer se perdió durante el transporte de correos a Alemania.

La primera obra que lo hizo célebre fue una pequeña cantata, compuesta con los versos del poema de Vít?zslav Hálek, Los herederos de la Montaña Blanca, que expresaba un fuerte sentimiento patriótico. Con el estreno de esta obra el 9 de marzo de 1873, que tuvo un gran éxito, Dvo?ák entró en el gran mundo de la Música. Desde aquel momento, su nombre llegó a ser notorio, primero frente al público checo, y después en el ámbito internacional.

El alumno de los grandes maestros

A pesar de que Dvo?ák nunca tuvo un maestro directo entre los famosos compositores, en el transcurso de su vida se encontró con muchos artistas importantes, no sólo a través de su música, sino de contactos personales, lo que influyó profundamente en su desarrollo artístico.

Sin embargo, uno de ellos influyó en él en calidad de maestro de música a través de su propio ejemplo. Era Brahms, que fue miembro del jurado que juzgaba las obras de los jóvenes talentos. Después de escuchar la Tercera Sinfonía de Dvo?ák, reconoció el gran talento que empezaba a brillar y advirtió enseguida a su Casa editorial. Así surgió la amistad que fue para el joven artista mucho más importante que el premio financiero que ganó en el concurso nacional. Dvo?ak nunca olvidó la ayuda de Brahms; cuando él mismo pasó a ser jurado, después de la muerte de Brahms, siempre fue atento y cuidadoso con los jóvenes compositores.

En el transcurso de su vida llegó a conocer a otros grandes genios, como Wagner y Tchaikovski. Cada uno de ellos dejó en él huellas imborrables; no obstante, el que más influyó en él fue Bed?ich Smetana. Es paradójico que precisamente esta relación sea calificada por muchos “observadores imparciales” como contradictoria y competitiva.

Tal vez no sea posible hoy, en este siglo de individualismo y competitividad, entender la espléndida relación, exenta de egoísmo, entre el maestro y el alumno, la instrucción y la entrega desinteresada de experiencias y la continua inspiración; el respeto y la devoción. En el verdadero arte no puede existir competencia, ya que el auténtico artista trata de servir de intermediario a sus prójimos, en relación con lo mejor que mana de sus fuentes internas. Y en las notas de Dvo?ák podemos fijarnos en la admiración y el respeto a todos los colaboradores en el campo de la música, ya que se inspiraban mutuamente e intercambiaban sus experiencias.

La salida al mundo

En 1873 el compositor contrae matrimonio con Anna ?ermáková, hija de un orfebre, a la
 que daba clases de musicología, y pronto se convierte en padre.

Como tiene grandes problemas para mantener económicamente a su familia, sigue dedicándose a su trabajo, aunque no demasiado remunerado, y sus composiciones empiezan a convertirse en obras de relieve mundial: Los duetos de Moravia, el famoso oratorio Stabat Mater, Las danzas eslavas. Comienza una serie de viajes al extranjero en los cuales cosecha éxitos, aplausos y alabanzas. En 1884, dentro del marco de una gira de conciertos, visitó por primera vez Inglaterra, que lo acogería muchas veces.

En este período nacen numerosas obras, ya que los años ochenta son para Dvo?ák muy fructíferos. Pasa a ser profesor de ciencia superior de composición en el Conservatorio de Música de Praga y es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge, así como por la Universidad checa. A pesar de todo, sigue siendo modesto y ensimismado, tal vez consciente de que la fama es efímera y fugaz si no deja detrás huellas profundas.

Recibe la oferta de la plaza de Director en el Conservatorio Nacional de Nueva York, y vive en América con su familia hasta 1895, en que trae a su patria la que es acaso la más importante de sus obras: la Sinfonía del Nuevo Mundo.

Esperanza para El Nuevo Mundo

El viaje de Dvo?ak a América marca el período más significativo de su vida. Él mismo anota en sus cartas y glosas que ese período fue para él algo nuevo por completo, trascendental. Constató que América era un lugar cuya vida musical estaba entre sueños todavía y había que despertarla. Del mismo modo que se inspiró en la tradición eslava, decidió también allí, en América, penetrar en las raíces de la música autóctona para despertar el espíritu dormido de la tradición y encontrar lo mejor que llevaba dentro el pueblo americano.

El Conservatorio Nacional de América recibió a Dvo?ák con los brazos abiertos, igual que el público. Pronto pasó a ser célebre y fue considerado “el padre” que devolvería la música del continente de nuevo a la vida.

Cuando reflexionamos sobre el nombre de la Sinfonía del Nuevo Mundo, no es posible omitir que Antonín Dvo?ák, durante su estancia en América, trató de introducir un concepto “nuevo” de las posibilidades culturales del hombre y de la “nueva” visión de las relaciones entre los hombres. Con todas sus fuerzas quiso abrir una brecha en la pared del “viejo” pensamiento y modo de vivir. Actuó públicamente en contra del extendido racismo norteamericano, y el Conservatorio Nacional de América fue incluso el primero en admitir a los estudiantes de raza negra.

Organizó también un gran concierto benéfico (lo que era hasta cierto punto inusual) y entregó sus ganancias a los pobres. Admiraba los cánticos espirituales negros, y anheló la posibilidad de una cultura para todos. Pese a los prejuicios de su época, no hacía distinción entre los hombres desde el punto de vista social, económico o de cualquier otro tipo.

Después de regresar a Praga, Dvo?ák sigue trabajando en su plaza del Conservatorio. En 1901 es nombrado director. Se dedica ante todo a la ópera, y así nacen las famosas óperas El diablo y Cachita, Rusalka, Ondina y Armida, la última ópera de Dvo?ák, cuyo estreno tuvo lugar en 1904. El 1 de mayo del mismo año el Maestro falleció.

Se fue a la otra orilla de la vida de una manera digna y tranquila, del mismo en que vivió. Y su legado permanece en los corazones de aquellos que con asombro escuchan sus obras, que expresan modestia y describen la trayectoria de un hombre común y sencillo, que tuvo una firme voluntad y paciencia y llegó a ser Maestro; de un hombre que puso en sus obras la chispa de la inmortalidad y del esfuerzo de un ser humano por expresar, con ayuda de una armonía de tonos, el sentido, el objetivo y la diversidad de la vida; del hombre que soñó con un mundo nuevo y mejor, sin perjuicios raciales, sin violencia; un mundo lleno de cultura y solidaridad humana.

Kamila Hermannová

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