Julio 2013

Ars Moriendi

Escrito por  Mª Ángeles Fernández
Ars Moriendi

A fines del siglo XIV la muerte aparece en el arte en toda su verdad, esculpida en sobrecogedoras estatuas yacentes. En los manuscritos aparece un poco más tarde; hacia 1410 el Libro de Horas del duque de Berry muestra una imagen terrible de un cadáver, poderoso y sombrío, espantable y atrayente. En 1425 se pinta la extraordinaria Danza macabra de los inocentes de París, y a su imagen van apareciendo temas similares en otros puntos de Europa. Con todo, los orígenes son aún más lejanos: en el XII aparece el germen en una poesía que trata a la muerte como "la mano que todo lo agarra", y hace descripciones que podrían acoplarse a la Danza macabra. Esa obra mágica que ha sabido hacer visibles algunos sentimientos primordiales del alma, como los que se describen en el Ars Moriendi: el arte de morir. La más difícil de todas las artes.
La imagen de la muerte está presente en todo a fines de la Edad Media: en cementerios, iglesias, fiestas. arte. Y en ella, en las tumbas, se cuenta la historia de cada país. Porque los muertos sí son, ya, eternos. Valga de ejemplo, ya en el XVII, el francés Gaignières, que pasó su vida dibujando lápidas y esculturas funerarias, y en ellas plasmó, en 30 volúmenes, historias que sin él habrían desaparecido, porque los modelos ya no existen.
Generaciones de inmóviles guerreros y dormidas damas nos hacen preguntarnos por sus vidas. Combatientes y enamorados, que todo es uno.
En el siglo XVI podemos ver el, quizá, máximo exponente de la pintura mortuoria, una impresionante historia apocalíptica digna de verse centímetro a centímetro: el Triunfo de la Muerte, de Brueghel. Solo puede definirse como desolación. Toda vegetación ha muerto, y un ejército esquelético y sonriente extermina a los últimos vivos sobre la Tierra, incluso ayudados por una gran máquina que los va empujando hacia un enorme reducto flanqueado por tapas de ataúd. El tiempo se acaba, como le dice a un rey caído el reloj de arena implacable que le muestra un esqueleto. El horizonte del cuadro, en su árida desolación, es aún más terrible si cabe.
Sin embargo, en una esquina, una pareja toca música, como si aquello no fuese con ellos. ¿Estupidez o indiferencia?
O resignación. Porque, tras ellos, la muerte sonríe.

 

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