Lunes, 01 Enero 2018 00:00

El respeto hacia todos los peregrinos

Uno se encuentra en el Camino de Santiago con todo tipo de personas: agradables y desagradables, silenciosas y alborotadoras, humildes y engreídas…

Cerca de un final de etapa, los Arcos, en Navarra, decidimos parar en una aldea para comprar un bocadillo. Tras pedirlo en un bar, entraron otras tres personas. Al salir a la terraza y sentarnos en una mesa, vimos al grupo salir del bar con el gesto torcido. Se sentaron cerca y, con el lenguaje común de los peregrinos, nos dieron a entender que se había acabado el pan. Les ofrecimos uno de nuestros bocadillos; tuve que insistir, pues no querían aceptarlo. Reanudamos la marcha, y unas dos horas después, a punto de llegar a los Arcos, con un calor sofocante, paramos a descansar. Al cabo de unos minutos llegaron los tres italianos y ocurrió algo maravilloso. Entre risas, empezaron a hacer juegos de manos y todo tipo de trucos. Mi pareja y yo, sentados en medio del camino, asistimos boquiabiertos a un espectáculo de magia fantástico: eran prestidigitadores profesionales.

Por la noche, en animada charla en el albergue, un fanfarrón relataba que había hecho la etapa en tres horas. Mi pareja y yo habíamos empezado la jornada a las ocho de la mañana y terminábamos rendidos a las cuatro de la tarde, con más de 30 km recorridos. Sentimos vergüenza ajena. Nos levantamos y dimos un paseo antes de acostarnos. Comentamos entonces la gran diferencia entre los entrañables italianos y el vanidoso que tan solo quería lucirse. Sin embargo, ver a todos compartir el Camino como uno mismo provocaba un sentimiento de respeto generalizado, incluso para aquel pobre fanfarrón… Lo vimos al día siguiente; finalizó la etapa muy tarde, ayudando a un chico que llevaba las dos piernas vendadas...

Pienso en esto algunas veces. En el trabajo, en la universidad, en vacaciones, conocemos nuevas caras. A veces, surge una amistad rápidamente; en otras ocasiones, un gesto basta para que aparezcan suspicacias. No negaré valor a ciertas intuiciones que nos hacen ser desconfiados, pero eso no puede convertirse en una norma de vida. El Camino enseña a no juzgar a primera vista, a respetar a todo aquel que se esfuerza por conseguir su meta, por superarse cada día. Entonces, que nos caiga mejor o peor pasa a ser algo muy secundario.

Publicado en Buen camino

El Camino, más allá de la experiencia particular de cada uno, nunca deja indiferente. Y viene siendo así desde hace más de mil años... En realidad, el ser humano siempre ha recorrido largas distancias buscando lugares que anhela.

En ocasiones, elegimos un destino maravilloso y, al verlo, sufrimos una decepción. Otras veces, llegamos a un lugar con menos encanto a priori, y nos resulta impactante. Quizá, si lo pensamos, lo que hace extraordinario un castillo, una montaña, una calle, un río…, es el esfuerzo por alcanzarlo, esfuerzo que ha transformado nuestra visión y nuestra actitud. Por el contrario, un paisaje fabuloso puede resultarnos anodino si nada nos ha costado tenerlo delante.

Es fácil, en general, comparar el Camino de Santiago con el sendero de la vida, de nuestra propia vida, y obtener valiosos consejos. Santiago sería el objetivo a largo plazo de un proyecto que nos hemos propuesto; cada etapa es una meta parcial a realizar con constancia; una mochila cargada en exceso nos indica claramente que deberíamos elegir mejor nuestras preocupaciones para andar ligeros de equipaje si queremos llegar lejos… Pero empecemos ya.

Comienza la aventura

Tras un largo viaje en coche, llegamos a Sangüesa, en Navarra. Allí nos esperaba un taxista que nos llevó hasta Jaca. Todo estaba medido, pero, al llegar a Jaca, vimos que había cambiado el horario del autobús. Perdimos un tiempo precioso. Dos horas después de lo previsto llegamos a Somport, sellamos las credenciales en un hostal e iniciamos la ruta a pie. Estábamos solos, con la única excepción de un irlandés que perdimos de vista en cuestión de minutos.

En la montaña se hace de noche rápido. No nos preocupaba, pues cerca de la frontera aparecía marcado un camping en la guía. Al llegar allí, ¡estaba cerrado! La noche se nos echó encima cruzando un bosque. Pasamos junto a unas casas cargados de mal humor y decidimos acampar en un prado. Sacamos las cosas y comprobamos que las piquetas de la tienda y el martillo se habían quedado en el coche. Plantamos la tienda como pudimos. Desde el inicio de la ruta, programada con detalle, todo había salido mal: «¿Esto es el maravilloso Camino de Santiago?».

Sin embargo, antes de dormir en la pequeña tienda, empezamos a entender que los contratiempos constituían parte del viaje: sin ellos el Camino no tendría sentido; solo hacía falta cambiar de actitud y la realidad también cambiaría.

Una cosa es programar en el papel; otra, las situaciones que aparecen en la «ruta» cotidiana. Al realizar un proyecto acumulamos datos, fijamos fechas y, cuando lo vemos claro, nos ponemos en marcha… y surgen los problemas: «¡Pero si todo estaba tan claro y era tan fácil sobre el papel!».

Esos imprevistos están en la vida. Gracias a ellos desarrollamos habilidades y adquirimos experiencia. Nuestra capacidad de superación aparece en la medida en que enfrentamos retos, corremos riesgos y buscamos soluciones a las circunstancias adversas.

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