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Agosto 2013

Teletransporte: enlazados más allá de la distancia

Escrito por  Sara Ortiz Rous
Teletransporte: enlazados más allá de la distancia

La clave para el teletransporte cuántico reside en un famoso artículo de 1935 escrito por Albert Einstein y sus compañeros Boris Podolsky y Nathan Rosen. Lo llamaron el experimento EPR (las iniciales de los tres autores). Cuando fuera probado, este experimento pretendía acabar con las probabilidades en la física cuántica e incluso con la misma teoría. Explico la idea:
Si dos electrones vibran inicialmente al unísono (un estado llamado coherencia), pueden permanecer en sincronización ondulatoria incluso separados una gran distancia (años luz), pues sigue habiendo una onda de Schrödinger invisible que los conecta como un cordón umbilical. El giro de un electrón se llama espín, y tiene dos posibilidades (arriba y abajo), y antes de hacer una medida (he ahí la probabilidad cuántica) el espín no es ni hacia arriba ni hacia abajo, sino que existen los dos estados simultáneamente. Una vez hecha la observación, la función de onda colapsa y deja la partícula en un estado definido, y por tanto, también la que está sincronizada con ella.
En 1980 Alain Aspect, en Francia, consiguió realizar el experimento, pero en el sentido contrario al pretendido por Einstein y sus compañeros: determinaron el espín de un electrón, y la información fue transmitida inmediatamente al otro con una velocidad superior a la de la luz. Este fenómeno se llama hoy entrelazamiento cuántico.
Si sacamos consecuencias personales, significa que ¡lo que nos ocurre a nosotros afecta de manera instantánea a cosas en lejanos confines del universo, puesto que nuestras funciones de onda estuvieron enlazadas en el comienzo del tiempo!
Entonces, ¿estaba Einstein equivocado? ¿Hay algo que viaja más rápido que la luz? En realidad, aún no había un error: la información sí viajaba más rápida que la velocidad de la luz, pero era aleatoria y, por ello, inútil. No se podía enviar un mensaje real o un código Morse. Es lo mismo que el siguiente ejemplo: supongamos que un amigo lleva siempre un calcetín rojo y otro verde; supongamos que miramos un pie y vemos que el calcetín es verde. Sabemos que el otro calcetín es rojo inmediatamente, “a mayor velocidad que la luz”, pero es una información inútil. En ese momento no se podía enviar una información útil.
Pero todo cambió cuando en 1993, científicos de IBM dirigidos por Charles Bennett demostraron que era físicamente posible teletransportar objetos, al menos a nivel atómico: podían transportar toda la información de dentro de una partícula, no solo el espín.
En 1997 se teletransportaron fotones de luz ultravioleta en la Universidad de Innsbruck; en 2004 la Universidad de Viena teletransportó partículas de luz por debajo del río Danubio. En 2006 físicos del Instituto Niels Bohr de Copenhague y el Instituto Max Planck de Alemania lograron teletransportar un gas de átomos de cesio (billones de átomos) a una distancia de medio metro.
Desde 2007 el teletransporte ha cambiado de línea y se intenta creando un condensado Bose Einstein –que es un estado de la materia a una temperatura cercana al cero absoluto, solo posible en laboratorio, donde los átomos se ponen en el estado de energía más baja y vibran al unísono–, pero evidentemente aún estamos a siglos de planteárnoslo con la vida.
Algunos aventuran que quizás en unas pocas décadas sean capaces de transportar una molécula de ADN y un primer virus… y de ahí a teletransportar un ser humano… hay ¡no un mundo, sino un universo! Nunca mejor dicho.
De momento hay que tener en cuenta que la información del primer átomo se destruye, es decir, significa que el ser teletransportado moriría, pero aparece en otro lugar con toda la información. Parecería que nos podemos tranquilizar, pero todavía no sabemos crear vida, es decir, no sabemos cómo codificar la vida ni de una bacteria, así que... sigue el misterio. ¿Se podrá teletransportar un ser vivo sin matarlo?
Los sentimientos del corazón también son energía, tan intensa y enlazada como la cuántica; en palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, unos lazos que forman siempre una unidad:
Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan y, al besarse,
forman una sola llama.

Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y, al juntarse allá en el cielo,
forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan;
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden;
eso son nuestras dos almas.

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