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Viernes, 01 Septiembre 2017 00:00

La muerte de Troyano

En el monte Cer y muy cerca de un famoso edificio hecho construir por Trajano, el glorioso y oscuro emperador de origen español, habitaba un extraño y no menos misterioso personaje, conocido con el nombre de Troyano, famoso en la comarca porque nadie recordaba haberlo visto a la luz del día y por su afición a las correrías amorosas. Pesaba sobre él una maldición que le privaba de exponerse a los rayos del sol, y, guardándose de este peligro, marchaba todas las noches a Sirmio, en busca de una nueva aventura amorosa, y, para evitar que pudiera herirle la luz del día, daba de comer avena a los caballos, a fin de calcular el tiempo que ellos tardaban en comer. Cuando la avena se terminaba y el gallo cantaba anunciando el amanecer, Troyano huía velozmente en su caballo, para ocultarse de la luz.

Pero un día, el marido de una de sus amantes, a la que había visitado algunas noches, enterado de su presencia, le preparó una celada para darle muerte: sustituyó la avena de los caballos por arena, a fin de que ellos no dieran la señal de terminar la comida y mandó cortar la lengua a todos los gallos de la localidad. La jugada salió perfecta, porque Troyano, intuyendo que terminaba la noche, preguntó, extrañado, si ya habían comido los caballos; pero la respuesta fue negativa. A su pregunta de si los gallos habían cantado, acaso sin él oírlos, le fue contestado que no. Tranquilizado ante la coincidencia de ambas respuestas, supuso que aquella noche se le había hecho más larga que las demás, y se quedó con su amante, aguardando que llegara la hora de la despedida.

Troyano esperó inútilmente, y el tiempo fue pasando sin que observara ninguno de los dos avisos, hasta que las tinieblas de la noche se rasgaron y una difusa claridad empezó a extenderse, anunciando el nacimiento del sol. Comprendió Troyano que algo extraño había ocurrido aquella noche, y, veloz como el viento, se precipitó sobre el lomo de su caballo para huir al galope antes de que la claridad invadiese la noche. A los pocos momentos, viendo que el sol iba a salir ya del horizonte y no tendría tiempo de llegar al monte Cer, bajó rápidamente de su cabalgadura y fue a ocultarse en un pajar, a falta de otro refugio más cercano. Pero se dio el caso de que el dueño necesitó de aquella paja para sus animales, y en pleno día, cuando los rayos del sol caían casi perpendiculares, empezó a cargarla en su carreta quedando Troyano al descubierto ante el sol y sin defensa de nada que pudiera ocultarle, siendo disuelto por los rayos luminosos.

Leyenda de la antigua Yugoslavia

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Sábado, 01 Julio 2017 00:00

Hernando, el halconero

Vivía Hernando, el halconero, junto a la torre de Gasteiz. Era uno de los más diestros cazadores con arte de altanería y estaba reputado así entre todos los compañeros como el más entendido en su oficio. Hernando consiguió enseñar a un halcón, que era su preferido, al que cuidaba con más amor, y el que, en compensación, le traía las mejores piezas, las aves más montesinas, las que más difícilmente podrían derribar otros halcones. Negro, con ojos brillantes, el halcón iba erguido en el guante de Hernando, y al solo movimiento del brazo de este, se lanzaba como una flecha de basalto contra las aves que vanamente querían huir de él. Y así, entre Hernando y su halcón llegó a haber una relación íntima, un afecto casi humano.

Una tarde, la cacería había sido larga, y Hernando estaba cansado y sediento. Bajaba de un alto monte, a cuya cumbre había llegado después de penosa ascensión. El halconero buscaba con gran ansiedad una fuente en que refrescar su sedienta boca. Al fin, junto a una pequeña arboleda, vio con gran alegría una fuente que brillaba al sol del atardecer.

«¡Agua!», exclamó. Bajó del caballo y se echó de rodillas, para beber. El halcón volaba por encima de él. De pronto, cuando el halconero iba a aproximar a sus labios las manos, en que había recogido un poco de agua, la soltó con un grito de dolor. Había sentido un tremendo picotazo en el cuello. Se revolvió, irritado, y vio con extrañeza que había sido su propio halcón el que le había atacado. Quiso atraerlo, para sujetarlo en el guante, pero fue inútil: el halcón siguió volando. Y cada vez que el halconero quería beber, el halcón lo impedía, lanzándose feroz contra su dueño. Hasta que este, lleno de ira y desasosiego, puso una saeta en su ballesta y lanzándola contra el ave, la derribó, muerta en tierra. Mas cuando el cazador iba a recoger el cuerpo traspasado del que hasta entonces había sido su fiel compañero, vio con espanto que en el nacimiento de la fuente una enorme culebra había metido su cabeza y que, cerca, unas aves que habían bebido estaban muertas. El halconero comprendió, con gran dolor y confusión de su alma, que su halcón, con el inexplicable ataque, lo había salvado de una muerte cierta. Y entonces cogió el cuerpo del ave, que aún latía, y lo besó. Después le dio sepultura, ahuyentó a la culebra y alzó allí una fuente.

La fuente se encuentra cerca de la ermita de Santa Águeda, y cuenta la tradición que quien beba de esas aguas el 5 de febrero, fecha en que se celebra la romería, no tendrá mal alguno en el resto del año.

Leyenda del País Vasco

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