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Viernes, 01 Septiembre 2017 00:00

La Latina: profesora de Isabel

Se llamaba Beatriz Galindo, y supo dejar huella en la vida cultural y política del siglo XVI, algo verdaderamente extraño entre las mujeres de su época. No se sabe con certeza su fecha de nacimiento, que debió de ser en torno a 1465, en Salamanca, hija de un Comendador de la Reina y Caballero de Santiago. Nada más sabemos de sus primeros años, excepto su gran afición al estudio y su gran inteligencia. Sus padres, que no quisieron cortar sus aptitudes, pensaron en ingresarla en un convento, único lugar en el que las mujeres podían estudiar, pero hasta que le llegase la edad le pusieron profesores de gramática latina, entre los que se encontraba el humanista Antonio de Nebrija.

A los dieciséis años Beatriz ya dominaba el latín y conocía a los clásicos, lo cual hizo que su fama se extendiera por toda Salamanca, e incluso fuese invitada como lectora en su Universidad, algo extraordinario para una mujer, y además tan joven,

Su fama llegó a Madrid, y a la corte, y a Isabel la Católica, que quiso conocerla. Así se hizo, y tanto gustó la joven a la reina que le pidió que se quedase con ella como maestra, olvidándose de la entrada en el convento. Incluso la llevó con ella a las campañas militares, para que no se interrumpiesen las clases, que también recibían las damas de compañía; Isabel gustaba de la cultura y se leían los clásicos. Pronto la reina pudo redactar sus documentos en latín, la lengua internacional diplomática del momento.

En seguida Beatriz empezó a ser conocida como la Latina, y las familias más poderosas buscaban su amistad. Isabel la nombró su criada, que aunque ahora nos suene mal, en el Renacimiento significaba «criada con ella», es decir, apadrinada, como hacían muchos nobles con hijos de otros de menor rango, quedando así bajo su protección. Y para protegerla mejor, la reina concertó su casamiento con un capitán de su confianza, don Francisco Ramírez de Madrid, hombre que le doblaba en edad, viudo con cinco hijos. Juntos tuvieron otros dos, varones, Fernán y Onofre.

Y vivieron felices, aunque solo seis años: en 1521 estalló una rebelión de los mudéjares en la serranía de Ronda, y don Francisco participó en la campaña. Las tropas del rey cayeron en una emboscada, y los que no murieron peleando fueron pasados a cuchillo.

Beatriz es viuda. Y no queda bien situada en cuanto a haberes, porque el testamento de su marido lega casi todos sus bienes al hospital de la Concepción, nombrando a Beatriz beneficiaria del mismo. Y los dos hijos no reciben nada, lo que luego traerá graves problemas con el mayor.

Doña Beatriz desea retraerse de la vida pública y consagrarse al hospital, pero Isabel la quiere con ella. Su inteligencia es también política, y los reyes le piden consejo en asuntos de Estado, haciéndola su confidente. Es encargada de llevar la correspondencia y documentos confidenciales. Algo de lo que nunca se aprovechó. Sirvió a sus reyes, siguió con la construcción del hospital de la Concepción, y empleó lo que ganaba en dotar otros hospitales y monasterios y llevar a cabo un sinfín de obras de beneficencia. Madrid la adoraba.

El 26 de noviembre de 1504 muere Isabel. Su deseo era ser enterrada en Granada, y Beatriz se une al cortejo, en el que viaja durante un mes, soportando temperaturas bajo cero.

Después, ya no quiere saber nada de la corte. Su hijo Fernán le trae un grave disgusto: ofendido por no constar en el testamento de su padre, y acusando a su madre de malgastar el patrimonio, llega a entrar por la fuerza en las casas de caridad que Beatriz ha hecho construir para apoderarse de ellas. Un escándalo por el que incluso el rey tiene que intervenir. Como desagravio, Beatriz construye un nuevo monasterio, la Concepción Jerónima. Y consigue que se traslade un matadero, muy cercano a un hospital, porque los malos olores son nocivos para los enfermos; corrió con todos los gastos del traslado. Era una mujer extraordinaria.

Y a ella recurre el emperador Carlos también: a su llegada de Flandes va a verla para consultar asuntos de Estado que solo ella conocía…

Ya cerca de los setenta años, la Latina hace testamento. El 23 de noviembre de 1535 muere en Madrid, en un convento. Allí es enterrada.

Y en Madrid, en el barrio de La Latina, hoy hay un teatro de ese nombre donde estuvo su hospital. En la esquina, en la calle de Toledo, quedan restos de él.

Y su ejemplo, para todas las mujeres que, tras ella, siguieron estudiando.

Publicado en Maestra historia