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Diciembre 2013

Camino de Damasco

Escrito por  M.ª Ángeles Fernández
Camino de Damasco

Caravaggio es sin duda uno de los pintores que más mensajes ha dejado ocultos en sus cuadros. Este, Pablo caído ante la Luz en su camino hacia Damasco, es uno de ellos. Michelangelo Merisi organiza la escena en un rectángulo en el que destacan dos bloques. El fondo es oscuro, negro, como tanto le gusta a él. No hay por tanto punto de fuga, porque no es necesario ir hacia ningún interior, toda la idea se desarrolla en este primer plano.


El bloque inferior lo ocupa Pablo, caído, con la cabeza hacia nosotros porque es eso lo que interesa en él, su cabeza, su mente, sumida en un caos de ideas a causa de su caída. Y sus brazos se extienden, formando un ángulo que cierra la escena, hacia el verdadero protagonista.


Porque el protagonista del cuadro no es Pablo: es el caballo.


El caballo que ocupa por completo el bloque superior, en parte fundido en el fondo, en parte cubierto con la mancha blanca de su pelaje, que atrae indefectiblemente nuestra mirada.


¿Por qué el caballo? Porque es la materia, la materia a la que se aferraba en su camino de vida la espiritualidad del hombre, en la que se anclaba, y ha necesitado caer de ella, liberarse de ella, para elevarse hacia lo más alto partiendo de lo más bajo, donde se encuentra. El caballo alza la pata y nos muestra su pezuña: es lo material inanimado que se ancla en la tierra y empieza a despegarse de ella con esfuerzo.


Observad el rostro de Pablo: no es el de un hombre que acaba de recibir un gran golpe, sino el de alguien que, como en sueños, como atendiendo a una visión interior, inicia un Camino. Un nuevo Sendero.


Llama también la atención el otro personaje, el criado, que sujeta al caballo con tranquilidad, sin mirar siquiera al amo caído y que parece solicitar su ayuda. Su rostro es impasible.


¿Por qué? ¿No es extraña su actitud? No: porque él es también materia todavía, no ha sido tocado por la Luz. Y por eso sólo se ocupa del otro ser material. Lo espiritual aún no lo ha rozado, no lo reconoce. No es un mal criado: es que no es capaz, todavía, de hacer otra cosa.


¿Un casi tratado de esoterismo en un tema tan sencillo por conocido? Pues sí. Porque el autor se llama Caravaggio. Aventurero, pendenciero, muerto de una estocada en una pelea. Pero un alma que buscó, él también, siempre la Luz.

 

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