Noviembre 2015

La torre de Babel

Escrito por  M.ª Ángeles Fernández
La torre de Babel

Cuenta mi historia el Génesis: «Era entonces la Tierra una lengua y unas mismas palabras…»; «…y dijeron: edifiquemos una torre cuya cúspide llegue al cielo…».

Los hombres pensaron poder huir de Dios subiendo escaleras. Por si los diluvios. Qué absurdo ha sido siempre el hombre cuando ha querido medir al Creador con su propio rasero de inteligencia. Yo supongo que a Él hasta le hizo gracia la niñería y se limitó a confundir las lenguas y hacer que nadie se entendiera: «…y fue llamado su nombre Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de todos los hombres y los esparció sobre la faz de la Tierra».

Dicen que en mí está el origen de todos los idiomas. He excitado la fantasía de cientos de generaciones. Desde los piadosos artesanos que esculpían ingenuas versiones de mi altivez en los muros de las catedrales, hasta los genios como Brueghel, que me ha pintado más hermosa, más misteriosa que ningún otro.

Sin embargo, solo algunos acudieron a las descripciones existentes de cómo fui de verdad. Una de ellas se basa en las ruinas que encontró Alejandro Magno, y que la muerte le impidió excavar. Otra la escribió Herodoto, coincidiendo con los zigurats de Babilonia, porque me vio en uno de sus viajes. Y en vuestros años veinte me localizaron de nuevo, en la aldea de Hilleh, en Irak. Soy muy, muy grande, de ladrillo cocido, con restos de escaleras para ir subiendo, subiendo, hasta el cielo, hasta los mismos pies de Dios.

Mi nombre, Babel, ¿por qué me lo pusieron? ¿Del sagrado nombre de Babilonia, Bab-ili, «La Puerta de Dios»? ¿Del hebreo Balal, «confusión»? ¿Cuál de los dos pueblos me nombró? Ni yo misma lo sé. Empecé a oírlo, y supe que era mi nombre, por los siglos de los siglos. Y noté a los hombres, ilusos, ingenuos, subir por mis escalinatas nunca terminadas, escalones a ningún sitio, puertas a la nada. Me quedé como un inmenso sueño petrificado, alzado hacia los cielos, vacío. Jamás habitado. Jamás vivido.

Me dejaron sola. En el infinito silencio que queda cuando callan las herramientas:

«…y desde allí los esparció Jehová, y dejaron de edificar la torre».

En la absoluta soledad del abandono.

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