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Marzo 2011

María Curie, el amor por la ciencia

Escrito por  Carina Paulinelli
María Curie, el amor por la ciencia

Por Carina Paulinelli

Maria Curie, uno de los personajes más fascinantes y admirables que nos regala la historia se atrevió a vivir un sueño muy alto para una joven campesina de su Polonia natal, en donde los recursos eran pocos y el amor al estudio una necesidad. Fue admirable por sus infinitos esfuerzos que nunca cesaron y sobre todo por su entereza moral, que muy bien definió Einstein años más tarde cuando dijo: “La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido”.

María Skladowska nació en una familia de escasos recursos, el 7 de noviembre de 1867 en Varsovia. La ciudad se encontraba bajo el dominio del Zar ruso Alejandro II. Ya desde bien pequeña demostró un gran afán por saber y aprender. Prefería coger un libro antes que salir a jugar con sus hermanos. También de manera precoz demostró tener una memoria brillante.

“La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido”


Lo que más le gustaba a María era instalarse con sus libros en la mesa grande del único salón de su casa, apoyarse sobre los codos con las manos en la frente y los pulgares tapándose las orejas para no oír a sus hermanos que también repasaban las lecciones en voz alta. De todas maneras, las precauciones que tomaba eran superfluas, porque al cabo de un instante, fascinada por la lectura, perdía la noción de cuanto ocurría a su alrededor. Lee manuales escolares, poesías, relatos de aventuras y otras obras que solía coger de la biblioteca de su padre.

Éstos fueron momentos muy felices para la joven María, sin contar la sombra que en ella recaía por no poder expresarse en su idioma natal, el polaco, y deber hacerlo en ruso. Aun así, veía el rostro fatigado del profesor Sklowdosky, su padre, debido a excesivas horas de trabajo y por el estado de salud de su madre la cual murió al poco tiempo. Por este entonces, María tenía 10 años.

Pasaron los años y aquella niña cuyo único ideal era aprender, se transformó en una joven, bella y comprometida con su historia y con su tiempo. Marie vivió en el siglo XIX, época de cambios, de nuevas corrientes de pensamiento, de importantes progresos a nivel científico. En los países libres éstas nuevas corrientes se desenvolvían a la luz pública, pero no ocurría lo mismo en Polonia, donde cualquier manifestación de nuevos pensamientos se consideraba sospechosa.

...no ocurría lo mismo en Polonia, donde cualquier manifestación de nuevos pensamientos se consideraba sospechosa.


María, de espíritu inquieto, se interesó por esas “atrevidas ideas” y junto a su hermana mayor Bronia fue admitida en unas sesiones llamadas “Universidad Volante” donde se daban clases de anatomía, historia y sociología. Estos cursos se hacían clandestinamente, en polaco, que estaba prohibido, en casa de una de las jóvenes, la señorita Piaseska. 40 años más tarde escribió sobre esa época:

“Aunque los medios de acción de aquella Universidad Volante eran pobres, seguiré creyendo que las ideas que nos guiaban entonces eran las únicas que nos podían conducir a un verdadero progreso, porque no podemos confiar en construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos. Por eso cada uno debe trabajar su propio perfeccionamiento aceptando su parte de responsabilidad en la vida, ya que el deber de cada uno es el de ayudar a aquellos a quienes podemos ser útiles”.

Pero la labor de la Universidad Volante no era únicamente completar la instrucción de los jóvenes, sino que ellos mismos, a la vez, hacían de educadores. A los 16 años es aquí donde María estaba: dando lecciones a las mujeres del pueblo, leyendo a las empleadas de un taller de confección y reuniendo libros en polaco para una pequeña biblioteca.

Pero sus sueños e ideales se ven frustrados. No hay medios para seguir una enseñanza superior en una ciudad cuya Universidad está cerrada a las mujeres. La joven, a su vez, se siente responsable de su padre y de sus hermanos, y sobre todo de su hermana Bronia que ya había terminado sus estudios y que quería ser médico y estudiar en París.

¿Cómo podría ayudar a su hermana? Pagar unos estudios en París era algo imposible para la familia. Pero para el espíritu de María no había imposibles. Desde muy joven su generosidad se plasmó de manera evidente tuvo una idea, loca y maravillosa: le propuso a su hermana una alianza, un pacto.

Este pacto consistía en que su hermana Bronia viajaría a París a estudiar y se mantendría durante el primer año con los ahorros que ya tenían. Mientras tanto, ella trabajaría de institutriz en casa de una familia que le proporcionaría casa, comida, ropa y una paga mensual. De ahí ahorraría dinero para enviarle a su hermana. Ésta no podía creer el ofrecimiento y no estaba de acuerdo en que María, igualmente preparada para el estudio, se sacrificase de esa manera durante años. Pero María ya lo había decidido, se haría de esa forma, primero viajaría Bronia a Francia, estudiaría medicina y cuando hubiese terminado sus estudios y trabajara como médico ayudaría económicamente a María en su viaje y en sus estudios en la universidad.

Finalmente el pacto entre las dos hermanas se cumplió. Bronia viajó a París, comenzó sus estudios y María viajó a un pueblo, lejos de su familia, para instalarse como institutriz en una casa ajena. Esos fueron años muy duros para ella, sus únicos compañeros eran los vientos del oeste y la melancolía caía poco a poco, como fina lluvia, sobre su alma. Pero su voluntad podía más que esas penas y estableció así su primer principio: “No dejarse abatir ni por los seres ni por los acontecimientos” principio que vivió hasta el último de sus días. Pasaron 6 años desde que su hermana viajó a Francia, y a pesar de los altibajos, María tenía muy claro cual era su futuro, cual era su sueño y sobre todo, lo más importante: estaba dispuesta a sacrificarse para lograrlo.

María tenía muy claro cual era su futuro, cual era su sueño


Finalmente llegó el día tan esperado, María viajó a París donde Bronia le espera. Sus primero años fueron realmente duros. Las habitaciones donde se hospedó eran realmente pequeñas e incómodas, pero finalmente pudo alquilar una buhardilla iluminada por un tragaluz, sin calefacción, ni luz, ni agua. Los únicos muebles de los que disponía eran: una cama plegable con el colchón que se trajo en el tren desde Polonia, una pequeña estufa, una mesa blanca de madera, una silla, una lámpara de petróleo, una vasija y un pequeño fuego tan grande como el platillo de una taza de café que le sirvió durante 3 años para calentar las comidas. También poseía un baúl que le servía a la vez de asiento, cómoda y armario para sus dos únicos vestidos que cosía y recosía infinidad de veces, y un solo par de zapatos.

Se entregó completamente al estudio y, feliz por sus progresos, sintió que podía aprender todo lo que el hombres había descubierto hasta ese momento. Continuó sus cursos de matemáticas, física y química, y su profesor le pidió ayuda para unas investigaciones poco importantes que le permitieron trabajar en el laboratorio de física de la Sorbona. María estaba feliz en ese clima de laboratorio que hasta su último día prefirió a todo lo demás. Dentro del programa de su vida había borrado el amor y el matrimonio, su única pasión era la ciencia.

Así lo había decretado esta joven de 26 años que vivía sola en París y que frecuentaba diariamente la Sorbona y sus laboratorios junto a una infinidad de jóvenes.

Pero el destino la llevó por caminos que no esperaba y en ese camino se encontró con un ser especial y único como ella: Pedro Curie, entregado de cuerpo y alma a las investigaciones científicas. Por supuesto ninguno había reparado en el otro hasta que coincidieron en una cena y la conversación se tornó inmediatamente en un diálogo científico. María le planteó cuestiones y escuchó atentamente las sugerencias de Pedro y éste a la vez le explicó sus proyectos. Hasta que se finalmente se dio cuenta de que estaba hablando con una mujer de sus trabajos, empleando términos técnicos, fórmulas complicadas y que ésta mujer, joven y encantadora comprende y discute con él ciertos detalles con mucha claridad. De este modo comenzó un lazo de amor y admiración que jamás se rompió, ni siquiera con la muerte de Pedro.

Esta unión no fue casual, un Ideal común atrajo a estas almas excepcionales: el amor a la ciencia. Los trabajos de María aumentan. Ahora es la señora de Pedro Curie, que estudia, trabaja, hace sus experimentos en el laboratorio, que atiende su casa, a su esposo y a sus hijas.

Llegamos al año 1897, María tenía 30 años y dos licenciaturas: una en física y otra en matemáticas, y en un pobre laboratorio de la Escuela de Física piensa en el doctorado. Buscaba un tema útil y original. Entonces con ayuda de su esposo, investigaron los más recientes trabajos de física para encontrar el tema de su tesis. María buscó con la misma curiosidad y audacia de los exploradores, con el mismo instinto  que la empujó a abandonar Varsovia para descubrir París y la Sorbona. Estudió con atención los últimos estudios experimentales y se detuvo en los trabajos del físico francés Bequerel publicados el año anterior. Bequerel había estudiado las sales de un “metal raro” el uranio, y observó un fenómeno imprevisto e incomprensible: que las sales de uranio emitían espontáneamente, es decir sin acción previa de la luz, rayos de naturaleza desconocida. Este fenómeno, es al que años más tarde, María daría el nombre de radiactividad. El origen de esa radiación era un enigma que intrigaba y maravillaba al matrimonio Curie. Aquí estaba, el enigma, el desafío, el tema de investigación, un tema cuyo campo de exploración se hallaba completamente virgen.

María buscó con la misma curiosidad y audacia de los exploradores


Con el tema de su doctorado ya decidido, solo faltaba encontrar un sitio en donde desarrollar los experimentos. Tras muchas gestiones por parte de Pedro lograron que el director de la Escuela de Física le concediese a María un taller, cerrado con vidrieras, ubicado detrás de la escuela. Pero María no pierde la paciencia, y aunque no tenía una instalación eléctrica adecuada, se las ingenió para hacer funcionar sus aparatos.  Pedro, que había seguido cono un interés apasionado los progresos de las investigaciones de María, decidió abandonar momentáneamente sus estudios y unir sus esfuerzos a los María.

Y así pasaron días, meses y años trabajando en ese taller-laboratorio, cargado de sueños, esfuerzos e incomodidades. Años en los cuales escribió: “La vida no es fácil para ninguno de nosotros. Pero ¡que importa! Hay que perseverar, y sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que creer que se está dotado para alguna cosa y ello hay que alcanzarlo cueste lo que cueste”. María sabía que existía esa sustancia a la que dieron el nombre de Radio. Sus teorías y razonamientos fueron comprendidos, pero la ciencia no podía aceptar definitivamente la existencia de este cuerpo nuevo hasta que no se pudiese ver, hasta que no se pudiese pesar y examinar. Hasta el momento nadie había visto el radio y los químicos le decían: “Si no hay peso atómico, no hay radio. Muéstrenos el radio y entonces le creeremos”.

Esto significaba un sobre esfuerzo para el matrimonio Curie. Necesitaban grandes cantidades de materia prima para obtener una mínima cantidad de RADIO, ¿cómo pagarían los gastos? ¿En qué local harían el trabajo?

Y como muchas veces sucede, el ingenio suplió la fortuna. Como no podían comprar el mineral que esconde el radio, pensaron en que si el radio está en el mineral, también lo podrían encontrar en sus residuos, lo cual abarataría en gran escala su precio. Y así fue, con sus pocos ahorros compraron y pagaron el traslado hasta París de 1 tonelada de residuos de uranio.

El matrimonio empezó el duro trabajo. El taller-laboratorio daba a un patio, y al fondo de éste había un hangar destruido, sin suelo y con un techo de cristales en estado lamentable por donde pasaba la lluvia. En verano, debido al techo de vidrio, era como un invernadero; en invierno, se helaban.


En verano, debido al techo de vidrio, era como un invernadero; en invierno, se helaban.


Sobre las dificultades climáticas y económicas escriben: “No tenemos dinero, ni laboratorio, ni ayuda para llevar a cabo esta labor tan importante y difícil”. Pero continúan trabajando en estas condiciones durante 3 largos años. María estudió kilo por kilo las toneladas de residuos que le fueron enviando en. Poco a poco se iba acercando a su objetivo y 45 meses después de que hubiesen anunciado la probable existencia del RADIO, en el 1902 María logra la victoria en esa lucha que la llevó a obtener “un decigramo” de radio puro. Pudo comprobar el peso atómico de la nueva sustancia y los químicos incrédulos admitieron oficialmente la existencia del RADIO. Esa misma noche el matrimonio Curie en vez de descansar fueron al hangar a ver nuevamente ese maravilloso elemento: se dirigieron en silencio y al entrar sin alumbrar, a oscuras descubrieron que el radio tiene más que un buen color, es luminoso.

En una ocasión que le ofrecieron a Pedro una condecoración, éste respondió de buen grado: “Agradezco las buenas intenciones del señor Ministro, pero debo informarle que no siento la necesidad de ser condecorado, pero sí en cambio, tengo la necesidad de poseer un laboratorio”. Pedro no concebía que a un hombre de ciencia se le negaran los medios para trabajar y que al mismo tiempo se lo estimulase con una pequeña cruz esmaltada colgada de una cinta de seda roja.

El radio era un hecho, ahora había que comenzar a estudiar sus propiedades y utilidades. Y sucedió un último y conmovedor milagro: “el radio podía ser utilizado para el bienestar de los seres humanos y ayudar a combatir enfermedades” y Pedro Curie, indiferente al peligro, expuso inmediatamente su brazo a la acción del radio. Para su alegría tenía una lesión. La observó, siguió su evolución y apuntó los resultados. Al cabo de unos meses vieron que la piel destruida por la acción del RADIO volvió a estar sano.

El mundo científico se revolucionó y empezaron a preparar una industria del RADIO. Querían fundar una fábrica que lo produjese para facilitárselo a los médicos.

Y es aquí cuando los Curie estudiaron las opciones que les ofrecía el RADIO: por un lado se podía dar al mundo, sin restricción alguna, el procedimiento de la obtención del radio; por otro lado podían considerarse como propietarios del descubrimiento, patentarlo y asegurar los derechos sobre su fabricación en el mundo, lo cual les haría sumamente ricos.

María, inmediatamente renunció a un futuro de riqueza y con ello a la posibilidad de tener el tan ansiado y necesitado laboratorio: “¡Imposible! El radio es de la naturaleza y por lo tanto les pertenece a todos. Es injusto sacar beneficio de un elemento que servirá para curar a los enfermos”. Y de este modo plasmó su Ideal de ser útil. Puso su vida y su genio  al servicio de la humanidad rechazando algo que hoy parece ser la finalidad de la vida de muchas personas, la riqueza material.

María, inmediatamente renunció a un futuro de riqueza


En 1903, 5 años después que María eligiera el tema de su tesis, presentó su trabajo ante el tribunal de la Sorbona en la“sala de los estudiantes” para mostrar su trabajo sobre sustancias radiactivas. Físicos, químicos y hombres de ciencia se apretujaban en la pequeña sala para poder ver y oír a esa tímida mujer que presentaba su tesis doctoral en la Universidad después de haber hecho uno de los descubrimientos más grandes del siglo.

Enseguida llegaron los reconocimientos a su gran labor. Premios, medallas y el Premio Nóbel de Física en 1903.

María continuó trabajando, estudiando y dando clases. Pedro fue nombrado Profesor de la Sorbona y obtuvo, con mucho esfuerzo, un nuevo laboratorio con María a su cargo.

En el año 1906 murió su esposo Pedro Curie. Fueron momentos difíciles para ella, pero siguió trabajando para ganar dinero para sus hijas y para ella misma rechazando una pensión que le ofrecieron. Mientras tanto en la Sorbona tenían el gran dilema de quién reemplazaría Pedro Curie en su cátedra y tras largas deliberaciones decidieron que María era realmente la persona más adecuada para ese puesto.  De este modo, saltándose normas y tradiciones por las que una mujer no “debía” tener semejante cargo, nombran a la Sra. Curie “Encargada de curso”, siendo la primera vez que se concede a una mujer un puesto en la enseñanza superior francesa.

En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y María quería ser útil. Aprovecha sus conocimientos de radiología para crear puestos de rayos X portátiles y ligeros para seguir a los ejércitos en sus desplazamientos. Se embarca en otro proyecto para ayudar a la infinidad de heridos que llegan de los frentes  repartiendo información de la universidad a los hospitales de París y crea el primer “coche radiológico”, un puesto móvil de rayos X que circula de hospital en hospital en agosto de 1914. Éstos coches, conocidos en la zona de guerra con el nombre de “pequeños Curie” los va equipando María desde su laboratorio. Consigue, no sin esfuerzos, 20 coches que puso rápidamente en circulación. María se quedó con uno de estos coches en cuyo exterior pintó una cruz roja y la bandera francesa, e inició esa vida de aventuras que tanto la caracteriza.


En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y María quería ser útil.


Así llegó Maria al atardecer de su vida. Sus últimos días transcurrieron como no podía ser de otra manera, trabajando arduamente en el laboratorio. Un día del mes de julio de 1934, a los 67 años, murió debido a una anemia aplásica muy fuerte causada en parte por los efectos de su sobreexposicion a la radiación a lo largo de su vida.

Ella sabía que sus esfuerzos servirían para que otros continuasen investigando y así formar esa cadena maravillosa que es la vida cuando se la entiende como un suceso de hechos, un conjunto de eslabones. Amaba la historia y quiso formar parte de ella, la consideraba un pedestal en donde poder construir un futuro. Se sintió parte de la historia y del presente, por eso no desperdició un minuto de su tiempo, que era algo muy valioso para ella, 1 hora de tiempo era 1 hora de vida que podía aprovechar para ser útil y decidió vivir una vida útil, decidió que su vida no sería en vano.

Así como vivió, dejó huella en la historia, en la ciencia y en el futuro, y como dice este poema que tanto le gustaba, tomó la antorcha del poder y construyó un porvenir.

“Buscad el claro rayo de la verdad:
Buscad las rutas ignoradas y nuevas.
Cuando la mirada del hombre se ponga a lo lejos,
No le faltarán las divinas sorpresas.
Venid, tomad la antorcha del saber.
Haced una obra nueva con el trabajo de los siglos,
Y construid el palacio del porvenir”.
(Asnyk)

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