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Diciembre 2014

El hombre más gordo ha fallecido

Escrito por  Francisco Capacete González
El hombre más gordo ha fallecido

Engordar sin límite lleva al colapso, consumir sin medida lleva a la autodestrucción. La sociedad occidental moderna, la que marca las pautas de la economía mundial, no quiere aceptar que no basta con mirar hacia otro lado para que las consecuencias no se produzcan. He aquí una imagen del mundo en el que vivimos.

El mexicano Manuel Uribe, famoso por llegar a obtener el récord Guinness por ser el hombre más gordo del mundo, cuando pesaba 560 kilogramos, falleció hace unos meses en el Estado de Nuevo León por insuficiencia hepática. Una vida sedentaria, malos hábitos alimenticios y un desorden genético fueron las causas que le llevaron a engordar y a morir.

El caso de “Meme”, como le llamaban sus amigos, es una metáfora de lo que le está ocurriendo al mundo y una advertencia del colapso al que vamos a llegar.

Las cifras del consumismo son espeluznantes. En el mundo se consumen cada año unos tres mil millones de barriles de petróleo. Cada barril contiene unos 159 litros. Así que la operación matemática es sencilla. Cada año se consumen en el mundo 477.000 millones de litros de petróleo. En EE.UU., cada ciudadano consume cada año, de media, 2842 metros cúbicos de agua. En India, el consumo per cápita es de 1089 metros cúbicos, mientras que un ciudadano chino gasta 1071 metros cúbicos. Por lo que respecta a España, cada ciudadano gasta una media de 2461 metros cúbicos al año.

En el año 2011 se vendieron en el mundo 462 millones de smartphones, 30 millones de netbooks, 63 millones de tabletas táctiles, 630 millones de ordenadores equipados con Windows 7. Cada año, solo en Europa, se consumen 300 millones de cartuchos de tinta. Por otro lado, la población mundial gasta anualmente unos tres mil quinientos millones de dólares en productos anti-edad.

En el año 2008 se produjeron 280 millones de toneladas de carne procedente de la ganadería para su consumo. El consumo mundial de trigo supera los 679 millones de toneladas anuales. Se comen cada año unos 30.000 millones de pizzas, 100 millones de barritas de chocolate y 132 millones de toneladas de pescado.

Estos son unos pocos datos de lo que la humanidad consume cada año. ¡Es una locura consumista! Como Manuel Uribe, la sociedad ha adquirido malos hábitos “alimenticios”, como producir alocadamente novedades. Sobre todo, en el campo tecnológico, los consumidores de a pie corren desesperados a comprar los últimos modelos de lo que sea. Lo importante es comprar la última novedad. Otro mal hábito alimenticio/consumista es tirar directamente a la basura lo que sobra, sin reducir lo que se compra. Por ejemplo, si nos ha sobrado arroz en la comida es que no necesitamos tanto arroz como hemos comprado, por lo que la próxima vez que vayamos a la tienda deberíamos comprar menos arroz. Este sería el buen hábito, pero ¿quién lo hace?

Tenemos desórdenes genéticos graves. La herencia cultural conforma los genes de una sociedad. La herencia ideológica de gran parte de la humanidad –sus genes culturales– es, entre otros, el sistema de mercado. El desorden es habernos creído que no solamente es bueno y legítimo, sino que es el único medio de desarrollo de los países. En realidad, el sistema de mercado es el único medio que permite que las economías crezcan comprando y vendiendo. Pero que las economías crezcan en cantidad no es, ni mucho menos, el único medio para que la humanidad avance. Esta herencia ideológica hace que se produzca constantemente sin mirar si es necesario lo que se produce. Es un desorden genético que produce obesidad mórbida.

La chocolatina que nos tienta

consumismoSi seguimos así, vamos a explotar. Recuerdo una escena escabrosa de la película “The Meaning of Life”, de los Monty Python, en la que un caballero obeso entra a comer en un restaurante de categoría, mientras en la pecera unos pequeños pececitos observan curiosos. El cliente come y come, y come hasta que ya no puede más. Ha llegado al límite y, sin embargo, la tentación de comer continúa. El camarero, en un acto de rebeldía/venganza, le acerca una fina chocolatina como regalo. Pero esa delgadísima chocolatina produce el desenlace fatal: ¡el comensal explota!

Otra alegoría de la sociedad actual. Vamos a explotar de obesidad mórbida. Gastamos materias primas, dejamos a la Tierra sin agua potable, se compran y venden seres humanos para el más atroz consumo de carne, que es la esclavitud sexual. Pero lo más grave de todo esto es que se ha perdido el sentido de la vida humana, eclipsado por el puro hábito de consumir. ¿Para qué la vida? Para consumir, para comer, comprar, beber, drogarse, ganar dinero, jugar con la videoconsola, disponer del último modelo de móvil, y un largo y triste etcétera. ¿Quién tiene como fundamento de su vida y de su felicidad a Dios, la espiritualidad, el desarrollo de la conciencia o los ideales de justicia y fraternidad?

¡Vamos a explotar! Ya no hay vuelta atrás. Los científicos ya han avisado de que el cambio climático es irreversible. En 50 años nos quedamos sin petróleo. Nos vamos a quedar sin abejas y, por tanto, sin vegetales para comer. Los niños y jóvenes adquieren comportamientos más tiránicos y violentos debido a una falta de real pedagogía. Cuando sean grandes ¿qué pasará? Y van a ser grandes en 5, 10 ó 15 años.

Hace una década este artículo podría haber sido calificado de catastrofista. Hoy no. Me atrevo a afirmar que estamos en un momento histórico apocalíptico. La sociedad en la que vivimos, el mundo tal y como lo entendemos muere irreversiblemente. Pero lo que no va a terminar es la vida en la Tierra, como tampoco va a desaparecer la humanidad. Tal y como nos enseña la historia, lo que va a colapsar es una forma civilizatoria, la occidental materialista. Estamos ya metidos de lleno en una nueva edad media a la que le seguirá el nacimiento de una nueva civilización más natural, más humana y más consciente. Es por ello por lo que debemos comenzar a formarnos para sobrevivir al cambio.

La filosofía nos enseña a superar los viejos hábitos, a desarrollar los reflejos internos y establecer los cambios necesarios para adaptarnos a las nuevas condiciones de vida. Todo ello con la finalidad de seguir evolucionando en consonancia con el resto de seres de este planeta y en armonía con el mismo planeta. No está todo perdido, está todo por ganar. Si somos capaces de reaccionar con conciencia, daremos un paso adelante en la afirmación del ser humano como un microcosmos armónico, inteligente y voluntarioso, que refleje este maravilloso universo en el que viajamos hacia la perfección.

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