Marzo 2008

Mujeres clave de la historia

Escrito por 
Mujeres clave de la historia

Descubre quién fue la pintora oficial de M. Antonieta, la primera escritora profesional, la consejera de papas y monarcas, premios Nóbel, pioneras informáticas…

“¡Manolo, la cena te la haces tú solo!”. Este eslogan, lanzado en una manifestación de mujeres en pro de la igualdad, no hubiera sido posible si no hubiera ya un cauce abierto para poder expresarlo. Podríamos pensar que la mujer nunca ha estado reconocida en el terreno social, político o cultural al mismo nivel que el hombre, pero siempre hubo mujeres que se supieron pasar por encima de las barreras sociales de su tiempo. Hoy, sus nombres son nuestro ejemplo. Tal vez nos asombremos de algunos pequeños descubrimientos, como el caso de una feminista en la Edad Media. Allí encontramos a Cristina de Pizan, a la que podemos considerar la primera escritora profesional, siéndolo por vocación y por necesidad.

Nació en el siglo XIV en Italia y, aunque su madre siempre se empeñó en que se dedicara a las tareas propias del hogar, ella, en cambio, se empeñó en llevarle la contraria siguiendo los pasos de su padre, del que heredó su interés por el estudio. Se trasladaron a Francia cuando Cristina tenía cuatro años. Su conocimiento del latín le abrió las puertas del mundo de los clásicos y del terreno monopolizado por los hombres: la teología, la filosofía y las ciencias.

Viuda a los 25 años, se encontró con tres hijos pequeños que alimentar, la muerte de un recién nacido y el deber de mantener a su madre, a una sobrina y a dos hermanos menores. Luchó durante trece años en un proceso judicial impensable para la época, que la colocó en el objetivo de las habladurías, pero al final consiguió que se le devolviera el dinero que era de su marido. Sin embargo, durante ese tiempo había que comer y con su pluma logró alimentar a su familia.

Algunas obras son autobiográficas; otras reflejan su visión de los acontecimientos de la época. También escribió versos y consejos pedagógicos. Pero, sobre todo, escribió defendiendo el derecho de la mujer a no estar sometida a una condición de servidumbre y obediencia con respecto al varón. Estaba convencida de que si a las mujeres se las educara de la misma manera que a los hombres, podrían tener las mismas facultades que ellos. Sus escritos provocaron un revuelo de envergadura entre los intelectuales de la época y fue particularmente atacada desde la universidad de París. Su fama traspasó las fronteras de Francia y hasta el rey de Inglaterra quiso atraerla a su corte. Tuvo conocimiento directo de la guerra, la peste y el hambre y al final de su vida se refugió en la paz del convento donde había profesado su hija, la única familia que le quedaba. Permaneció en el olvido hasta que en 1940 se imprimieron algunos fragmentos de su obra.

Pero el arte nos ha dejado más testimonios de mujeres. En plena Revolución francesa encontramos a Elizabeth Vigée Le Brun, retratista de fama en todas las cortes de la época. Nació en 1755 y quiso ser retratista como su padre. Aunque pocas mujeres ejercían esta profesión, ella creía que era más interesante que ser ramilletera. Cuando a los 13 años muere su padre, se ve obligada a ejercer como pintora en una actividad incesante que ya nunca abandonará. Siempre consideró que pintar era, además de su pasión, un deber que le había impuesto la vida y ante el que debía mostrarse digna. Pero pronto tuvo que enfrentarse a dificultades. Su estudio de pintura fue embargado por trabajar sin título, lo cual era contrario a los reglamentos. No se arredró y, a los 19 años, adquirió el título de maestro pintor, con derecho a ejercer y a enseñar. Más tarde se convertiría oficialmente en la pintora de la reina María Antonieta. Esto hizo que, al comenzar los desórdenes de París en 1789, huyera de Francia. Comenzó exilio de 12 años que la llevó a Italia, Austria y Rusia, donde la muerte de Catalina la Grande la sorprende cuando estaba preparando su retrato. Reclamada por los más altos representantes de la nobleza y de las familias reales, pinta a los grandes personajes de su momento, a muchos de los cuales conocemos hoy a través de sus cuadros.

El papa Pío VI quiso que pintara su retrato y, a pesar de Elizabeth lo deseaba fervientemente, tuvo que rechazar el encargo porque el protocolo la obligaba a permanecer con un velo, lo cual imposibilitaba su labor de pintora. Su marido dilapidó sus ganancias en negocios de obras de arte, ya que Elizabeth no se pudo desembarazar del poder que las leyes atribuían al hombre. Durante su exilio, quebró el banco en el que guardaba sus ahorros y, cuando consiguió volver a reponerse, lo perdió a manos de unos ladrones. Esto la obligó a empezar de cero en varias ocasiones. La noche que regresó a Francia fue invitada a un concierto y recibió una acogida inesperada: todo el público se giró hacia ella y aplaudió. Incluso los músicos se levantaron y golpearon con sus arcos los violines en señal de respeto. Tal era su fama y su prestigio.

claraschumann.jpg¿Y qué decir de Clara? Clara Schumann fue la abnegación hecha mujer. Fue una de las pianistas más importantes del siglo XIX, esposa de Robert Schumann e inspiradora de Brahms, además de ser admirada por muchas personalidades de la época, como Goethe o Chopin. Su carrera de concertista comenzó a los 11 años y recorrió Europa en 40 ocasiones, siendo recibida con altos honores. Editó la música de su marido y la dio a conocer en los escenarios, además de componer su propia música.

Conoció al que sería su esposo cuando tenía 11 años y se casó con él a los 20, a pesar de la oposición paterna. Trabajaban juntos y estudiaban juntos. Su casa fue el escenario de conciertos de músicos como Brahms o Mendelsshon. Clara tuvo una gran fortaleza espiritual que le permitió afrontar una vida dedicada a su música y a sus ocho hijos, de los cuales perdió prematuramente a cuatro, siendo el único soporte de la familia durante muchos años, cuyos últimos años de vida fueron difíciles a causa de una enfermedad depresiva.

Hubo una voz femenina que sonó fuerte y clara a orillas del Rin. En pleno siglo XII, Hildegarda de Bingen, una mujer de armas tomar, fue abadesa, predicadora, compositora, poetisa, autora de una enciclopedia médica y de obras sobre cosmología y ética. Su celebridad llegó hasta las más altas autoridades estatales y eclesiásticas, que solicitaron su consejo en momentos de máxima tensión política y religiosa. Entre sus interlocutores figuran tres papas (Eugenio III, Anastasio IV y Adriano IV), varios monarcas (Conrado III, Federico Barbarroja, Enrique II de Inglaterra, Leonor de Aquitania y la emperatriz bizantina Irene), nobles, monjas y eclesiásticos de toda condición. Cuando fue amenazada con la excomunión si no desenterraba a un noble caído en desgracia al que había dado cristiana sepultura, la enérgica abadesa de casi 80 años no dudó en borrar toda señal de la tumba, trazar con su báculo una cruz en el aire y dejarle allí donde estaba.

Pero las mujeres también han sabido lanzarse a la aventura. Uno de los casos más notables es el de Alexandra David-Neel, exploradora, cantante de ópera, escritora y viajera incansable. Nació en 1868 en París y consiguió entrar en Lhasa, capital del Tíbet, cuando era una ciudad vedada a los occidentales. A los cuatro años era una lectora empedernida y a los cinco tocaba el piano. Desde muy joven consideró que la dependencia financiera con respecto a los hombres era la causa de muchas desgracias para las mujeres. Ya desde niña escandalizó a la sociedad de su tiempo viajando sola en bicicleta por España, Italia y Suiza. Vivió en Túnez, donde se casó y abandonó a su marido –con el que siempre mantuvo una buena relación– para recorrer gran parte de Oriente viajando por Egipto, Ceilán, India, Corea, Japón, China, Nepalalexandradavidneel.jpg y Tíbet. Su padre ya lo había dicho: “Mi hija tiene la piel blanca, pero su alma es amarilla”. En la India conoció a un joven tibetano de 14 años que se convertiría en su hijo adoptivo. Vivieron varios años en el Himalaya junto a los monjes budistas y, más tarde, en un monasterio de China. Aunque regresó a Occidente y recibió honores, prefirió regresar a Asia, donde la sorprendió la guerra en China cuando tenía 70 años. Finalmente, con 77 años, se instaló en Francia con su hijo y se dedicó a escribir sobre el budismo tibetano para poder sobrevivir. Escribió más de 30 obras sobre religiones orientales, filosofía y viajes. La víspera de cumplir sus 101 años, se presentó en la oficina municipal para renovar su pasaporte... por si acaso lo utilizaba.

También encontramos pioneras en el saber científico. Si nos vamos al siglo IV encontramos en Egipto –que era entonces una provincia romana– a Hipatia, una mujer singular. Hipatia enseñó astronomía, matemáticas, historia de las diferentes religiones y oratoria. Es recordada como una gran maestra y admirada por la magnitud de sus conocimientos. A su casa acudían estudiantes de Europa, Asia y África, atraídos por su fama. Fue una persona muy influyente en la sociedad de su tiempo. Los magistrados acudían a ella para consultarle sobre asuntos de la administración. Por su negativa a convertirse al cristianismo, perdió la vida en la persecución desatada por el obispo Cirilo. Pero, como la Historia va y vuelve, y lo que se consigue en un momento, se pierde en otro, ha habido que volver a insistir para abrir hueco a la mujer en la ciencia.

Uno de los casos más conocidos es el de Marie Curie, que no solo fue la primera mujer en recibir un Premio Nobel, sino que lo recibió dos veces, el de Física en 1903 y el de Química en 1911. También fue la primera mujer en impartir clases en la universidad de París. Nació en Polonia en 1867. En su país no se permitía el acceso a la universidad de las mujeres, pero su hermana mayor la abrió camino al marcharse a Francia y graduarse allí como médico. María también fue a París y estudió en la Sorbona. El poco dinero que tenía lo invertía en libros, privándose de comer y de comprar carbón para calentarse. Se licenció en dos carreras: física y matemáticas.

Se casó con Pierre Curie y pasaron su luna de miel recorriendo en bicicleta varios pueblos y comiendo a base de pan, fruta y queso. Juntos prosiguieron sus investigaciones hasta que la muerte accidental de él los separó. Madame Curie se vio obligada a llevar una vida de disciplina y privaciones, trabajando junto a su marido en condiciones precarias en un cobertizo de la escuela de Física de París. El hambre y el frío no impidieron que continuara con su investigación. Murió a causa de una leucemia provocada por el contacto con sustancias radioactivas, que eran el objeto de sus estudios.

No fue la única que se vio obligada a sufrir privaciones. Sophie Germain tuvo que estudiar con el nombre de “señor Leblanc”, a causa de los prejuicios que existían contra las mujeres matemáticas. Nació en 1776 en París. A los 13 años, en plena Revolución, se refugió en los libros de la biblioteca de su padre. Cuando leyó que Arquímedes murió en la guerra mientras meditaba en un problema de geometría, quedó impresionada por la capacidad de las matemáticas de absorber la atención y decidió dedicarse a su estudio. Lo malo es que sus padres no entendían esa inclinación tan rara que su hija manifestaba. Para que no leyera a escondidas por la noche, decidieron dejarla sin luz y sin calefacción. Mientras su familia dormía, Sophie se envolvía en mantas y estudiaba a la luz de una vela que previamente había escondido. El teorema que lleva su nombre fue el resultado más importante del siglo XIX, ya que recorría buena parte del camino hacia la solución de la ecuación de Fermat, que se había convertido en un desafío para los matemáticos desde el siglo XVII. En 1816 consiguió el Premio Extraordinario de las Ciencias Matemáticas que la Academia de Ciencias de París otorgaba al mejor estudio que explicara mediante una teoría matemática el comportamiento de las superficies elásticas.

En otros casos, las mujeres han tardado en ver reconocida suadabyon.jpg labor o lo ha sido después de su muerte. Augusta Ada Byron fue hija del famoso poeta inglés lord Byron y de su esposa, la matemática Annabella Milbanke. Su contribución se refiere al campo de programas para ordenadores. De hecho, existe un lenguaje de programación diseñado en los años 70 para aplicaciones aeroespaciales que se llama ADA en su honor. Esta pionera en el campo de la informática describió en 1843 la primera computadora programable automática de la historia, el ingenio analítico de Charles Babbage. Fue Ada quien lo perfeccionó hasta hacer practicables los programas. Publicó el primer artículo científico sobre programación de computadoras de la historia, siendo único en su género durante más de un siglo. Ada llegó incluso a plantear programas capaces de componer música. Su trabajo fue olvidado hasta que en 1953 fue rescatado.

En contrapartida también ha habido momentos más favorables para la mujer. Si nos vamos al lejano Egipto (por irnos lejos) tal vez nos asombremos del inmenso respeto de que era objeto. Las egipcias conocieron un mundo en el que la mujer no era la rival del hombre.

Como esposa, la mujer egipcia se sabía protegida de una separación abusiva e injusta. Como madre, los egipcios consideraban que estar encinta era “realizar un trabajo”. La viuda no tenía que temer por su situación material. Heredaba los bienes familiares y se encargaba de administrarlos. La mujer egipcia disfrutaba de autonomía jurídica a lo largo de toda su existencia y nadie podía despojarla de sus bienes, de los que disponía a su antojo.

Ninguna labor le estaba vedada, ninguna profesión, prohibida. Los testimonios llegados hasta nosotros hablan por sí mismos. Podían ser reinas-faraón al timón del Estado. Podían ser la cabeza de un colegio sacerdotal, por encima de otros hombres, guardianas de los textos sagrados, escribas, jefas de empresa, especialistas en finanzas, propietarias rurales, jefas de obras, pilotos de barco, peluqueras, cantoras o danzarinas.

Es reconfortante pensar que alguna vez las mujeres y los hombres fueron iguales en derechos sin tener que competir entre ellos. Es reconfortante también saber que, incluso en las condiciones más adversas, la tenacidad y la convicción pueden superar cualquier impedimento. En el mes en que se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, rendimos homenaje a aquellas mujeres que abrieron camino.

Esmeralda Merino

Inicia sesión para enviar comentarios