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Mayo 2011

África: historia, ritmo y misterio

Escrito por  Cinta Barreno
África: historia, ritmo y misterio

Cuando hablamos de África, no lo hacemos como lo hacemos cuando hablamos de Asia, América, Europa…, muchas veces nos referimos a África como si fuera un solo país. Seguramente, como decía el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2003), “África es una simplificación, por comodidad, que no existe en realidad”. Existe en la mente occidental, y quizás es porque realmente no acabamos de creernos esas líneas rectas dibujadas en los mapas por los colonizadores, que solo sirven para repartirse las influencias y poderes, y así, apropiarse de las riquezas que esconde este fascinante continente.


Los países que surgieron de estas líneas, que solo tuvieron en cuenta los accidentes geográficos y que en muchos casos, como nos contaron en Burkina Faso, separaron a tribus e incluso familias. Unieron a tribus rivales con los problemas de lucha de poder que esto más tarde conllevaría. Pero, en general, África está compuesta de innumerables áfricas que sobrepasan las fronteras dibujadas; cada comunidad más o menos numerosa tiene su propia cultura, sus propias costumbres, creencias y tabús, incluso su propia lengua. Un todo complejo y misterioso a la vez. Por eso los grandes antropólogos no hablan nunca de la cultura o religión africana, sabedores de que no existe, porque la naturaleza africana es de una diversidad casi infinita.
Por ejemplo, un instrumento muy común en el África subsahariana es el balafón, un instrumento idiófono de teclado de madera, con resonadores de calabaza. El balafón lo encontramos por todo el África subsahariana. A ojos de un inexperto todos los balafones serían iguales, pero no, cada región, cada tribu lo construye con su peculiaridad, que hace que suene distinto y que, según su sonido, pueda saberse su procedencia. En Burkina nos explicaron que las verdaderas fronteras del continente podrían ser dibujadas por el balafón.

El clima en África es extremadamente riguroso: el sol quema su piel, las lluvias torrenciales y la sequía surcan sus arrugas. Sus piedras, su vegetación, sus ríos… todo está moldeado por el clima extremo y por el tiempo; sí, el tiempo, porque esas formas caprichosas proporcionadas por la erosión, la belleza de los ancianos baobabs, sus sabanas y desiertos y la frondosidad de sus selvas denotan que estamos ante algo muy viejo, pero cargado de una formidable vitalidad.
África es una tierra fuerte y dura. Incluso para sus habitantes puede llegar a ser hostil, cosa que ha marcado mucho la forma de vivir de los africanos. Los colonizadores, que en otros continentes se aventuraron hacia el interior, aquí no tuvieron suficiente valor para entrar en sus profundidades y se quedaron en las costas del continente. Las crónicas medievales, las historias de la ruta de las especias y el café, ya nos hablan del peligro de esta tierra, de la dureza del continente.

ÁFRICA, UN MISTERIOSO Y VIEJO CONTINENTE

El mito cuenta que el nombre de la cadena montañosa del norte de África, el Atlas, proviene del mito griego del titán Atlas.
El gran titán Atlas participó en la Titanomaquia, la guerra entre las dos grandes razas de dioses antes de que existiera la humanidad, los titanes y los olímpicos; estos últimos, encabezados por Zeus, vencerían y reinarían en el Olimpo. Una vez vencidos los titanes, Zeus impuso un especial castigo a Atlas: le condenó a sostener sobre sus hombros los pilares de la bóveda celeste que separan el cielo de la tierra.
Según el mito, Atlas lleva a cabo esta tarea en el rincón más occidental conocido por los griegos, que es cerca de las Columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar.
En las noches claras y estrelladas, todavía se pueden oír los lamentos del gran titán, por el duro castigo infligido por Zeus.

Exceptuando el norte del continente, que siempre ha sido tierra de paso con el Mediterráneo como nexo de comunicación entre civilizaciones, y donde encontramos los grandes yacimientos arqueológicos de la gran civilización egipcia, o por ejemplo el pequeño tesoro de la ciudad romana de Volubilis, en el norte de Marruecos, o los castillos e iglesias de Etiopía, por lo que se refiere al África subsahariana, que serían todos aquellos países que no limitan con el mar Mediterráneo, apenas quedan vestigios de las grandes civilizaciones que allí se desarrollaron.
Esta falta de restos arqueológicos importantes y cierta leyenda sobre el “salvajismo” africano llevó a los investigadores a afirmar que en esta zona no se habían alcanzado estadios civilizados y religiosos avanzados.
Con posterioridad ha quedado claro que esto no es prueba suficiente, ya que en este continente se han encontrado restos humanos más antiguos que en Europa, y ya se dice que África es la cuna de las primeras civilizaciones del mundo.
Por tanto, es dable aceptar que lo que vemos hoy en el África subshariana no corresponde a etapas infantiles de la humanidad, sino posiblemente a fragmentos descompuestos de antiquísimos grupos humanos y culturas que antes del despertar de Europa ya estaban en extinción.

La investigación actual demuestra que las creencias y cultos africanos están en decadencia desde hace siglos. Se han ido perdiendo los contenidos de los ritos; se rememoran pasadas épocas de esplendor; se cede ante la presión de grupos humanos más organizados y se asimilan sus costumbres y creencias, como esta sucediendo con el islam.
Lo religioso y simbólico de África es hoy un resto, la cáscara de algo que fue, que con el correr del tiempo ha perdido su contenido metafísico, y que quizás, por la gran fuerza de ese contenido metafísico, hoy ha quedado en una suerte de superstición.

RESTOS ARQUEOLÓGICOS EN EL ÁFRICA SUBSAHARIANA

La arqueología de campo y los trabajos de recopilación histórica prueban que existieron en el África subsahariana grupos altamente civilizados, culturas muy ordenadas y florecientes, con gran empuje.
Se han encontrado restos de centros culturales que elevaron verdaderas ciudades, castillos y fortalezas que llegaron hasta el fin del Medievo europeo, que comerciaron con Bizancio, Venecia, Génova e incluso con portugueses y españoles, en los albores del Renacimiento europeo. De las tradiciones egipcias, griegas y fenicias se deduce que estos centros eran muy importantes y exportaban no solo grandes riquezas naturales, sino productos elaborados.

En Zimbabue se descubrieron las ruinas de unas construcciones de piedras con muy buena factura, con diseños de escaque y espinas, torres cónicas y murallas. Se encontraron tallas preciosas y animales hechos en oro batido; y también se encontró una vasija Ming y un frasco holandés de 1700. Por este motivo, se admite que fue una civilización bastante tardía que decayó sobre el s. XVII, pero lo cierto es que muy poco se sabe de su origen.
Por los restos, se deduce una vida religiosa activa, con altares, recintos especiales y animales sagrados.
Actualmente estas ruinas son generalmente temidas por los habitantes de la zona, quienes aseguran que en ellas moran los espíritus malignos y las sombras de los antiguos reyes.

Al sur de Egipto, en el llamado Nilo nubio, se encontraron los restos de una civilización, llamada Grupo X. Según parece, esta civilización existió en época de la conquista romana y perduró hasta el siglo VI. Los esqueletos encontrados son de gentes de raza negroide, y los restos hallados denotan que eran altamente civilizados, que mantenían un rígido sistema monárquico, una administración floreciente y una religión muy viva, pletórica de símbolos extraídos de las fuertes corrientes religiosas de pueblos como Egipto. Se encontraron representaciones de dioses-halcón, de Bes e Isis, que demuestran el perfecto conocimiento y utilización del simbolismo egipcio; también se encontraron representaciones de dioses griegos, como Afrodita, Pan y Zeus, símbolos romanos y persas e incluso cristianos.
El Grupo X es muy importante porque es la prueba de que hace más de 2000 años, el África subsahariana desarrolló elementos de civilización y religiosos con características propias.

LA COLONIZACIÓN

África, actualmente, sufre una verdadera crisis humanitaria, en gran medida heredada del colonialismo europeo, que no supo, o no quiso, exportar valores como la famosa tríada de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad; o los derechos sociales conquistados en el viejo continente por sus gentes. Incluso el aparente oasis de paz en el que parecían estar los países del norte africano, estamos viendo, en estos momentos, que era un simple espejismo que se está desvaneciendo.

Sin entrar a tratar los problemas actuales derivados del colonialismo, de los equilibrios de poder de las grandes potencias por la explotación, o mejor dicho expoliación, de los recursos y grandes riquezas naturales del continente africano, lo que está claro y nadie puede negar a estas alturas es que detrás de las crueles y sangrientas guerras fratricidas que se produjeron en África durante el siglo XX, y que continúan en el siglo XXI, siempre hay algún interés occidental. Y es que, como nos decían con mucho humor en Burkina Faso, “lo mejor en África es ser pobre como nosotros, que no tenemos ninguna fuente de riqueza y por eso nadie se fija en nosotros”. La riqueza de Burkina Faso realmente está en la amabilidad, afabilidad, gentileza y en las sonrisas de sus gentes; estos valores no cotizan en bolsa; por eso los burkineses pueden vivir tranquilos y seguir sonriendo a la vida.

Formalmente el colonialismo estuvo presente en África desde la Conferencia de Berlín (1884-1885), cuando Inglaterra y Francia, principalmente, y después Bélgica, Alemania y Portugal, se repartieron el gran pastel que era África, hasta mediados del siglo XX, cuando África empezó a “liberarse”. Pero, realmente, la penetración colonial empezó mucho antes, sobre el siglo XV, y durante cinco siglos fue consolidándose. Y aunque la liberación colonial se produjo a mediados del siglo pasado, el yugo de Occidente sigue existiendo, aunque hay que decir que actualmente este yugo está muy amenazado por China, que con la construcción de infraestructuras, hospitales, escuelas, etc., está penetrando en África con pasos de gigante.
Con la descolonización rápida llega la independencia, el optimismo y la esperanza; supuestamente más libertad, un techo mejor, más comida, bienestar… pero no. Aparecen la decepción y el pesimismo, la encarnizada lucha por el poder entre las distintas tribus, que en cierto modo es resultado de la unión bajo las mismas fronteras de tribus históricamente rivales; elites y ejércitos corruptos y despiadados atesoran grandes fortunas al mismo tiempo que oprimen y dejan morir de hambre a los ciudadanos; mientras, el pensamiento intelectual y la ciencia viven fuera, en Estados Unidos o Europa.

Quizás el episodio más cruel e infame de la colonización, teniendo en cuenta que la historia aún debe juzgar las guerras fratricidas de los siglos XX y XXI, es el tráfico de esclavos, que se prolongó durante tres siglos. Miles de jóvenes africanos fueron transportados en las infectas bodegas de grandes buques para construir el futuro del nuevo mundo al otro lado del océano, mientras su continente quedaba diezmado de población.
La Isla de Gore, en Senegal, es el testigo silencioso que hoy intenta transmutar esas atrocidades en memoria histórica de lo que no debería volver a suceder nunca jamás en ningún rincón del mundo.

ÁFRICA MÁS ALLÁ DE SUS FRONTERAS

Dicen que los africanos son desconfiados, siempre tienen que estar atentos y preparados ante los “ataques” de su entorno. Esto, unido a la superstición, hace que todos lleven talismanes y que los caminos africanos estén llenos de fetiches que salvaguardan a sus transeúntes. Hasta la aparición del coche no había carreteras, solo caminos por donde pasaban la gente y los animales. Cada tribu tenía, y aún tiene, sus caminos, que se entrecruzan unos con otros; por eso, incluso hoy, es peligroso adentrarse por los senderos sin alguien que realmente los conozca; muchos de ellos, con la construcción de las carreteras, han quedado en desuso.

Es verdad que en muchas zonas del continente hoy en día el ser humano ha domesticado, hasta cierto punto, la tierra, pero en general, en África el ser humano y su entorno parecen entrar en contradicción: la dureza del clima, la inmensidad del continente, chocan con un ser humano indefenso, descalzo y pobre; en África todo está lejos. Para ir de un sitio a otro se tienen que atravesar grandes zonas desérticas y despobladas. Esto hizo que, hasta hace relativamente poco, los africanos vivieran en grupos aislados amenazados por la sequía y la hambruna, e incluso por animales salvajes y la malaria, ese enemigo invisible tan presente en los terrenos húmedos situados a poca altura sobre el nivel del mar que afecta a millones de africanos. Hay varios tipos de malaria, pero en África hasta el más benigno hace estragos entre la población, por una parte debido al clima húmedo y caluroso, y por otro, a la desnutrición que sufre la mayor parte de la población del continente. Estos factores no ayudan a superar la más leve de las indisposiciones que ocasiona esta enfermedad.
Estos grupos se movían huyendo del hambre y la sequía; durante siglos, el africano se ha desplazado para asegurar su supervivencia. Para algunos antropólogos este “nomadismo” forzado sería el que explicaría la precariedad y la provisionalidad de la sociedad africana.

LA ORGANIZACIÓN TRIBAL

La mayor parte de tribus hoy en día ya son totalmente sedentarias. Las fronteras dibujadas por los colonizadores ya no permiten tanta facilidad de movimiento como antaño, pero su organización todavía persiste, y las amenazas de siempre, la sequía, el hambre, la malaria…, siguen acechando a sus habitantes e incluso han aparecido nuevas amenazas como el sida y los señores de la guerra.

Las tribus o federaciones, como las llaman los africanos, están formadas por distintos clanes que a su vez están formados por familias. Se pertenece a un clan cuando se cree que se tienen antepasados comunes. A la cabeza de la tribu está el rey, y a su vez cada clan tiene su jefe. El rey será escogido por el Consejo de Ancianos, que está formado por los jefes de cada clan y por aquellos que ostenten cargos.
Para la elección del rey puede haber varios candidatos. Esta elección no es ninguna tontería, puesto que de ella depende el buen funcionamiento y la suerte de la comunidad. Por eso, el elegido tendrá que pasar una serie de pruebas que lo validarán para el cargo. Al igual que el rey, los distintos jefes del clan también deberán pasar sus pruebas.

Las tribus africanas no solo las forman los vivos, sino también los antepasados, que para los africanos no están totalmente muertos. Según las creencias estos juegan un papel importantísimo para que el clan y la tribu tengan suerte; por eso, en la elección de sus jefes también tienen que estar de acuerdo los viejos lares. La validación de los jefes y reyes por parte de los antepasados se hace a través de señales que los chamanes perciben en la naturaleza o en los sacrificios de animales, como gallinas. Una vez escogido, el jefe tendrá el importante papel de ser el mensajero de los antepasados: es el encargado de transmitir a los vivos la voluntad de los viejos lares. Es él quien les pide perdón y hace los ritos y sacrificios en caso de que alguien de la comunidad haya cometido un agravio.
El África subsahariana está inmerso en un proceso de islamización. Es divertido ver cómo convive el islam con el culto a los antepasados y la gran superstición existente. Los imames luchan contra ello, pero está tan arraigado en las comunidades que no consiguen erradicarlo. En todas las casas hay fetiches y talismanes que esconden cuando saben de la visita de un imam, o simplemente los tienen, más o menos, escondidos en rincones poco visibles del hogar.

Las tribus están perfectamente organizadas con sus leyes y mecanismos para el cumplimento. Pueden ser colectividades muy importantes y poderosas que aglutinan a miles de personas, y son comunidades territoriales, culturales y políticas. Por eso es muy importante que los gobernantes de los distintos países tengan el apoyo de estos reyes y jefes de clan.
Las fronteras africanas son muy nuevas y la gente del campo todavía no siente la pertenencia a un país, como quizás puedan sentir los habitantes de las grandes urbes. La gente pertenece a su clan, y los gobernantes lo saben.
Lo que cohesiona verdaderamente a las comunidades, más que las banderas y fronteras, son las tradiciones, los ritos, el culto a los antepasados; por tanto, más que el aspecto territorial y material, lo que une realmente a las tribus es el aspecto espiritual. Cuando te alejas de las ciudades y entras en contacto con el África rural todavía es muy palpable.
La cohesión y el poder de las tribus es fuerte. Esto hace que a ojos de un occidental que va de vacaciones a algún país africano, haya cierta sensación de caos y descontrol, porque no existe un Estado propiamente. Los altercados se resuelven dentro de la propia tribu y solo en caso de que los conflictos superen a la tribu interviene el Estado.



En los países totalmente islamizados del norte de África, como Egipto o Marruecos, o en la curiosa Etiopía, esto no es tan acentuado. Teniendo en cuenta que África se compone de innumerables áfricas, en la sociedad africana actual tendríamos, por un lado, las grandes metrópolis más o menos occidentalizadas, y por otro lado, fuera de las ciudades, encontramos una sociedad todavía tribal.

UN CONTINENTE QUE ANDA A SU RITMO

En África la gente, sobre todo, anda.
Sus gentes hacen kilómetros y kilómetros andando o en precarias bicicletas, para ir al mercado del pueblo vecino a comprar o vender, para ir a visitar a un familiar enfermo, para ir al colegio… Los coches allí pertenecen solo a una pequeña minoría.
Hay autobuses y minibuses para ir de un pueblo a otro, pero no todo el mundo puede permitirse ir en autobús; y cuanto más pobre es el país, más gente anda por las carreteras.
Otra forma de desplazarse, curiosa y muy sorprendente para los ojos occidentales, es viajar sobre la carga de camiones destartalados, que seguramente en la mayor parte de los países del norte estarían en un desguace. A cambio de un bajo precio, comida u otros bienes, el conductor permite que la gente, adultos, ancianos y niños, se suban y se coloquen lo más cómodamente posible sobre la carga. De esta forma va acompañado y siempre hay alguien que ofrece un poco más, y entonces tiene derecho a la cabina, y obtiene alguna cosa.

Las carreteras, pistas anchas, han sido un alivio para los africanos; antaño los recorridos los hacían por senderos que tenían que cuidar continuamente porque la vegetación los invadía, tal cual los baobabs invadían el pequeño planeta del Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Los siguen utilizando porque los poblados, en muchos casos, están a kilómetros de la carretera, pero al menos, parte del trayecto lo realizan por la carretera.

Bajo un sol asfixiante, es fascinante la sinfonía de colores de las vestimentas de la gente, y en función de ellas, adivinar a qué tribu pertenecen. La compenetración de animales, vehículos y personas que vas encontrando por estas pistas es fascinante; escuchar el bullicio de la gente hablando, negociando y riendo; ver la agilidad con la que las mujeres cargan a sus niños a la espalda al tiempo que se colocan el cuenco sobre la cabeza sin que se sostenga con nada, y el elegante ritmo con el que andan con toda esa carga; participar en una conversación donde las miradas y las sonrisas se convierten en palabras. Verdaderamente, la carretera africana es un elemento socializador.

Todo esto tiene su propio ritmo y tiempo. Y es precisamente el tempo del continente lo que más desespera al recién llegado. Como explica Ryszard Kapuscinski, “la concepción del tiempo del occidental y del africano es completamente distinta: el occidental vive para el tiempo y el africano domina el tiempo”. Hasta que el occidental no acepta que el tiempo está en su interior y que él es el dueño de pararlo y ponerlo en marcha, se desespera y se irrita. Una vez aceptado todo cambia y África resulta encantadora. Las esperas en las estaciones de autobús, en la carretera, dentro del minibús, en una tienda… se convierten en ventanas, puntos de observación fascinantes que muestran un país y su gente de forma natural y sencilla. Descubren que los seres humanos, más allá del al color de la piel y las facciones, no somos tan distintos: nos emocionamos y enfadamos por las mismas cosas; amamos y nos preocupamos de nuestros niños y ancianos de la misma manera; nos reímos y lloramos; y todos, todos tenemos sueños.

¿POR QUÉ ÁFRICA ATRAE TANTO?

Muchos son los viajeros que quedan atrapados por la belleza y la diversidad africanas. Hay especialistas (psicólogos, antropólogos…) que explican esta fascinación diciendo que África nos conecta con nuestros ancestros; el resonar de los tambores, tan típicos de las películas de Tarzán, nos transporta a nuestros primitivos orígenes.
Pero no es solo eso. En África todo es intenso y sensual: los colores son más vivos: el color de la tierra, el verde de la poca vegetación de la sabana, el abanico de verdes y la paleta de colores de las flores en las zonas selváticas; el azul del mar, el dorado de la arena; esa sensación de infinito de sus desiertos; el brillo de las estrellas en la inmensidad de la noche; la exuberante vegetación de las zonas húmedas; las formas caprichosas de la erosión; la majestuosidad de los baobabs; la intensidad de las lluvias y el asfixiante calor húmedo; la peligrosidad de sus otros habitantes, animales grandes o pequeños; los colores de la vestimenta de sus pueblos; el bullicio de los mercados; la sonrisa y la mirada de su gente.
Y es esta sensual manifestación de la naturaleza, quizás energía vital, la que atrapa, la que fascina y a la vez te hace sentir muy pequeño e indefenso ante tal demostración de intensidad.

La primera vez que pisé el continente africano fue para visitar Etiopía, un país curioso y muy interesante, con una rica historia que te hace soñar con el misterioso reino del preste Juan, la reina de Saba y el Arca de la Alianza, las rutas del café… Caminando entre la gente, los rebaños y algún que otro coche, por esas pistas de tierra, que son auténticas autopistas para los africanos, me sorprendió la fuerza que emanaba de esa tierra. Unos años después, en Burkina Faso, esa fuerza volvería a sorprenderme con más énfasis.
No se trata de una fuerza que proviene directamente del legado histórico, sino una fuerza que te acecha desde la propia tierra, esa tierra roja y anaranjada, de la que acabas formando parte aunque no quieras, por el polvo que de ella acabas tragando. Una tierra que ha visto levantarse y caer muchas civilizaciones, que continuamente debe defenderse de los azotes del clima las guerras intestinas, que allí casi siempre son extremos.
Es precisamente la fuerza de la resistencia y la perseverancia, esa lucha equilibrada entre los elementos, la que sorprende y despierta un profundo respeto por esa maravillosa tierra. Un respeto que el capitalismo ha perdido despreciándola, expoliando sus riquezas, ultrajando a sus gentes y convirtiéndola en un almacén de residuos.

África es un continente cuya historia aún guarda tantos misterios que ni el origen de su nombre logramos conocer con certeza. Por un lado, su nombre puede provenir del latín aprica, que significa soleado, o del griego aphfrike, sin frío; pero también podría provenir de la palabra griega aphros, que significa espuma; así, África significaría “allí donde el mar hace la espuma”; y es precisamente este significado el que relaciona África con el lugar donde nació la diosa Afrodita, “la surgida de la espuma”, la diosa de la belleza y el amor.

Puestos a escoger, seamos románticos. Quizás Afrodita bendijo este maravilloso continente, posible lugar de su nacimiento, con su atributo más conocido: la belleza.
¿Por qué no? Podría ser que la belleza sensual de África, que tanto fascina al viajero, fuera la bendición de Afrodita.

CINTA BARRENO
Corresponsal de Esfinge en Tarragona

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