Esfinge suscripción 2017

Marzo 2016

Hattusas: el misterio del corazón de jade

Escrito por  José Carlos Fernández
Hattusas: el misterio del corazón de jade

Viajar al corazón del Imperio hitita, a la ciudad de Hattusas, es una experiencia formidable. Enclavada en el centro de Anatolia, entre montañas y peñascos que surgen del altiplano, cientos de templos (de los que apenas queda el trazado) y residencias oficiales se extienden por una superficie de más de 2 kilómetros cuadrados.

Nosotros usamos el jade para ayudar a nuestro espíritu humano a expulsar los malos pensamientos de la mente.

En el Libro de los ritos, uno de los cinco clásicos de la antigua China, un discípulo le pregunta a Confucio sobre el valor y el significado del jade:

–¿Por qué el sabio estima el jade y no la piedra «Huen»? ¿Será acaso porque el jade es escaso y la piedra «Huen» más abundante?

–No es porque la piedra «Huen» se encuentre en abundancia por lo que ella tiene más mezquino precio, y no es porque el jade sea más escaso por lo que él es tan estimado por el hombre sabio. La razón es que, desde tiempos antiguos, el sabio ha comparado el jade a la virtud. A sus ojos, el pulido y el brillo del jade representan la virtud humana. Su cohesión y dureza extrema simbolizan la seguridad de la inteligencia bien orientada. Sus ángulos, que no cortan aunque parezcan afilados, son emblemas de justicia. Y las perlas de jade que penden del bonete y cinturón de los grandes oficiales del Estado son representaciones del rito y del ceremonial.

En época hitita, y ya en su decadencia, Hattusas fue arrasada por un incendio, hacia el año 1178 a. C., y sobre sus ruinas se alzó una nueva ciudad luvita o neohitita.

Hattusa puerta del reyEl rey Supiluliuma I (en torno al 1340 a.C.) la engrandeció hasta su culmen y la dividió en dos recintos: uno, una ciudad interna con la acrópolis, templos y edificios administrativos; al sur, la ciudad o recinto más externo, donde también hallamos cuatro templos y estructuras residenciales, así como los pórticos con esfinges, dioses guerreros y palacios de residencia. Fuera de la ciudad estaban los cementerios y crematorios. A varios kilómetros, y vinculado a la ciudad por una avenida ceremonial, se halla aún, esculpido en la roca, el Santuario de Yasilikaya, con sus reyes y dioses en relieve, entre los que destaca el dios espada, el de la tormenta –Teshub– y la diosa del amor y la guerra Shaushka, la diosa hitita equivalente a la Innana sumeria, y los 12 dioses del inframundo.

En la ciudad baja –que es la más antigua– se encuentra el llamado Templo Mayor o Templo I de Hattusas, imponente estructura con piedras megalíticas. Sabemos, por los textos, que los templos debían de ser unos 14 –de los cuales solo se han encontrado siete–, y que eran divididos en «edificios sagrados» o Karimmi y Casas de los Dioses, Siunas pir/parna, además de recintos santos que estaban al aire libre, recibiendo directamente la bendición de la luz del cielo y de la lluvia.

La complejidad del Templo Mayor es grande, pues estaba rodeado de todo tipo de edificios de los que se desconoce el uso. Se piensa que el templo propiamente dicho debía de constar, como todos ellos, de una gran pórtico, de un estanque sagrado para las purificaciones y de un patio, que conducía a la sala de culto, equivalente quizás a la sala de la barca de los templos egipcios, y finalmente, al sanctasanctórum, donde estaría la imagen del dios, o de la diosa en este caso, pues estaba consagrado a la diosa sol Arinna.

Ha llegado hasta nosotros un himno compuesto por el rey Hattusil III, que dice:

«¡Oh diosa sol Arinna, reina de todas las tierras! Tu nombre es diosa sol de Arinna en el país de Hatti, pero en el país que tú has creado, el país de los cedros, tu nombre es Hepat, y Puduhepa –la esposa del rey– ha estado siempre a tu servicio».

Es importante destacar que el santuario más importante de culto a esta Diosa Madre de la Luz se hacía a un día de marcha desde Hattusas, por lo cual, quizás se trate del santuario Alaca Hüyük, centro especialmente sagrado entre los hititas, desde, por lo menos, el 2500 a.C.

La misteriosa piedra verde

Hattusa jose carlos fernandezEn una de las dependencias del templo, cerca de la entrada, hay una sala pequeña donde se encuentra una piedra cúbica verde, de gran belleza. Su color y un no sé qué de su presencia destacan en medio de las ruinas del templo, como un testimonio vivo, y no muerto, de otra época, como si hubiese llegado intacto hasta nosotros y silenciosa y nos quisiese revelar lo que es y cuanto sabe. Sorprende enormemente que aún esté ahí, pues es de jade. Es admirable que ninguno de los pueblos que atacaron a los hititas, o de cuantos expoliaron la ciudad después, se la haya llevado. Desconocemos lo que dice al respecto el informe de la excavación arqueológica, si la encontraron en ese mismo lugar, o qué había junto a ella. Dicen los expertos que la piedra es nefrita, pues lo que llamamos jade, hace no mucho tiempo que se descubrió que puede ser jadeíta o nefrita, piedras muy semejantes pero de diferente composición química.

Lo curioso es que ambas tienen un aspecto semejante, la misma densidad, en torno a tres veces el peso del agua (solo ligeramente mayor la jadeíta), la misma dureza (un poco más de 6 la jadeíta y un poco menos la nefrita), de modo que solo mediante análisis químico se descubrió que eran diferentes. La jadeíta es un silicato de aluminio y sodio; su fórmula es Na (Al,Fe3+)Si2O6, mientras que la nefrita es un silicato cálcico de hierro y magnesio, Ca2(Mg,Fe2+)5(Si8O22)(OH)2 y se diferencia de la jadeíta porque su brillo es aceitoso y se astilla al fracturarse.

Los chinos decían que el jade era puro amor y pura esencia del yang cristalizada, o sea, la luz del cielo petrificada, y le atribuían, como los mayas, todo tipo de bendiciones médicas, emocionales y aun espirituales. Era, como el Grial en la tradición artúrica –que en las versiones más antiguas también es una piedra verde, surgida de la frente de Lucifer-Venus–, el alimento de los inmortales. Muchas almas, nobles y sensibles, sienten una necesidad imperiosa de abrazar esta joya de Hattusas al verla la primera vez, tal es su irradiación de amor y belleza.

Hay continuas referencias en la web de que esta piedra cúbica de jade, de un metro cúbico aproximadamente (o sea, con un peso de unas tres toneladas), fue un presente egipcio al rey hitita, en esa fértil relación diplomática –para muchos estudiosos, el primer tratado de paz bien documentado de la Historia– que se estableció tras la batalla de Kadesh, entre el faraón Ramsés II y el rey hitita Muwatalli, en torno al 1274 a.C. Hay textos egipcios que mencionan el envío de estatuas sanadoras, mágicas, como la del dios Khonsú, con todo su cortejo triunfal, a la princesa de Bakhtlán, aquejada de una enfermedad incurable o posesión demoníaca de la que fue liberada felizmente por este dios halcón.

Por desgracia, sobre la procedencia egipcia de esta piedra cúbica verde, no he encontrado ninguna fuente histórica ni referencia precisa al respecto. Aunque los egipcios usaron el jade, fue siempre en cantidades ínfimas, solo en su joyería mágica, no en su estatuaria. En la obra Ancient Egyptian Materials and Technology, escrita por Paul T. Nicholson e Ian Shaw, se dice que «No hay fuentes conocidas, antiguas o modernas que refieran el uso ni de la jadeíta ni de la nefrita, por lo que los pocos artefactos que han sido identificados de jade deben de haber sido importados del Turkestán o de Cachemira. Tanto el jaspe verde como la serpentina son confundidos fácilmente con la nefrita. Dada la falta aparente de fuentes de jade en Egipto, debemos destacar que muchas hachas del Neolítico europeo han sido confeccionadas en jade, aunque no hemos identificado de dónde procede este». Y, sin embargo, el mismo autor dice que un anillo de la tumba de Tutankhamón es de jade, así como el amuleto egipcio «dos dedos» de una colección privada de Nueva York, y la cabeza de un hacha de época predinástica, también este último en el Museo de El Cairo (de nefrita; los anteriores mencionados, de jadeíta). Y esta misma obra reconoce que aunque no tengamos fuentes escritas ni casi artefactos, en el mismo Egipto hay un yacimiento de nefrita, el material en el que, recordemos, está tallada la piedra cúbica verde de Hattusas.

¿Altar o piedra oracular?

Otra cuestión es a qué uso se destinaba dicha piedra. ¿Era un altar a un dios, quizás aun, el altar a la diosa de la luz Arinna? Para los chinos, y no olvidemos la transversalidad de todos estos conocimientos a través de las Escuelas de Misterios, el jade es la luz petrificada misma del cielo; ¡qué mejor altar para rendir culto a esta diosa! O quizás era una piedra oracular, pues en Egipto, los tronos de los dioses son piedras cúbicas, y aún en la Edad Media, la voz del Maestro, interpretada con la seriedad de un oráculo, era «divina» porque provenía de la Cátedra, que significa «asiento», y Filón de Alejandría llamaba Petra al Logos. O quizás era usado para realizar ciertos ejercicios espirituales en que esta piedra era una ayuda fundamental o aún sine qua non.

No lo he dicho antes, pero lo menciono ahora: tuve la oportunidad de realizar el viaje a Hattusas convidado y acompañado por mi amigo y mentor de juventud, el profesor Antonio Romero, a quien agradezco de corazón la oportunidad. Dado que el estanque para las abluciones estaba justo antes en el camino de entrada al interior del templo, él dice, con muy buen criterio, que quizás se realizaba ante esta piedra un tipo de purificación basado en prácticas que hoy desconocemos. Recordemos la máxima china con que iniciamos el artículo: Nosotros usamos el jade para ayudar a nuestro espíritu humano a expulsar los malos pensamientos de la mente.

Quizás después de la limpieza con el «agua sagrada» se realizaba una limpieza mental, para que el alma llegase a la presencia de la diosa desnuda de parásitos, transparente, o pura luz, para fundirse así con la Luz que evocaba su presencia. Era necesario así apartar todo tipo de vibraciones perversas, del mismo modo que los rayos de sol deshacen los jirones de niebla dejando el aire límpido y transparente. Quizás las vibraciones etéricas de ese jade, gigantesco, junto con las energías sutiles despertadas o proyectadas por los magos sobre esta piedra cúbica, convertida así en artefacto mágico, permitían esa purificación mental, siempre la más difícil de todas.

Cuántas preguntas, cuántos misterios; silenciosa permanece con su irradiación de amor esta poderosa joya de jade, en la antigua capital del Imperio hitita, como un corazón verde palpitante, el corazón verde de Hattusas.

Inicia sesión para enviar comentarios