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Agosto 2015

El ser humano desde la aurora del universo

Escrito por  Ananda
El ser humano desde la aurora del universo

Amanece en el cosmos. Los divinos modeladores de las formas idean en sus sapientísimas mentes los cuerpos de los mundos, de los soles, de los planetas y de los hombres. Los Constructores Celestes recorren los talleres del universo, contemplando la Obra. Purusha y Prakriti se lanzan a la vida objetivada. Purusha y Prakriti, espíritu y materia, alentarán una vez más el gran ser del «Animal Sagrado».

Poco a poco, la creación entera comenzará a despertar de su largo sueño en el regazo de Aquello que escapa a las definiciones. El Supremo Ejército de los Dioses ocupará cada uno el lugar que le corresponde en la gigantesca tarea. Así, alguien hace girar la Rueda de la Existencia, y todo comienza a respirar, a moverse. En un lugar perdido del cosmos, en una de las tantas galaxias, nidal de millones y millones de soles, y entre ellos, en un diminuto planeta que una vez se juzgó a sí mismo por la boca de sus ocupantes el centro del mundo, aleteará también, la sombra, el proyecto de un plan a realizarse en el tiempo. Cuando todo esté ya firme en él, llegará su ocupante, el hombre, con un largo pasado que no puede recordar, pues lo prohíbe su olvido –inteligentemente proyectado por la Sabiduría Suprema– y con un vastísimo futuro a recorrer, en el que es menester que despierten los ojos de su espíritu.

La pena de cargar con una mente, el horror de escuchar sus aullidos, la desesperación de sentir sus preguntas y no hallar las respuestas para muchas de las mismas, no le será dado todavía. Dormirá feliz, en el sueño pasivo de una naturaleza, de una Ley, que sabe que aún no puede bastarse por sí solo. Estará protegido, cuidado, guiado. Sin embargo, él ambicionará poseerla, y la ambicionará tanto, tanto, que le será dada. Allí comenzará a nacer para el hombre su básico elemento de torturas, dispuesto a acompañarlo fielmente, por miles y miles de siglos.

Por el camino de la vida

la gran obra 1El cuarto Adam, el Adam bíblico, nacerá entonces en la Tierra. Guiado por su reciente conquista, aprenderá a odiar y a amar. Por infinito caudal de tiempo, ha de aprender a vivir prisionero entre estos extremos. Tendrá su corazón negado a todo lazo de ternura. Conquistar, matar, predominar, serán sus más caros ideales. En ello pondrá el norte de su vida, y a ello tornará a través de cientos de cuerpos, hasta que convencido –puesto que en él ha despertado, a través de las sucesivas experiencias, una conciencia nueva– de la falsedad del camino escogido, lo rechazará, buscando nuevos horizontes. Inexorablemente, arrojará un día al cielo su mirada vacía, recogiendo en las cestas de sus cuencas a millones de estrellas. ¡Qué pequeño se sentirá entonces, qué diminuto, qué nada!

En la pregunta que confiesa a su corazón, se proyectará el germen del primer filósofo. «¿Quién es Dios?» será la base de todas sus torturas, el origen ilimitado de todos sus metafisiqueos, la fuente inagotable para sus disquisiciones. A él ha de cantarlo en todas las maneras posibles. Nacerá con el genio de un Bach, enamorado de la Divinidad, de una Blavatsky, farol humano precediendo el paso de millones de extraviados, de un Nervo, de un Kant, que «sintió» que a Dios no se lo podía captar mentalmente.

No obstante, arrojará también a un lado del camino su razón, para buscarlo sin valladares en el seno de su ser purísimo. Su marcha es eterna, y nunca ve su fin. Pasará por todas las experiencias, hasta alcanzar la coronación de un Buda o un Cristo. Él se resumirá en el nirvana, eterno solo para la comprensión de los que estamos todavía abajo. Pero… ¿y después?

El gran animal del tiempo, que fuera despertado al comienzo de la Creación para que sirviera de vara, de medida a los mundos existentes, sentirá menguada su fuerza y se recogerá en espera de nuevas energías. Muchas noches pasarán antes de la Gran Noche Cósmica, como muchas noches vive el hombre antes de la muerte de su cuerpo físico. Pralaya, en todos sus aspectos, y en todas sus formas, visitará continuamente la Casa de Dios. Una vez, sin embargo, las formas conquistadas serán por la Esencia, y todo se resumirá en ella. ¿Dónde estarán entonces las luchas fratricidas de los hombres? ¿En qué pozo oscuro de los tiempos quedarán sujetas las cadenas de sus vicios, y los egoísmos que ahora les ciegan?...

Por la boca de la sabiduría eterna, tal vez nosotros, los de ahora, sonriamos ante el recuerdo de los pecados cometidos bajo el motor autoritario de la ignorancia. Nos reconoceremos en cada cosa como nosotros mismos, y tendremos tal capacidad de amar como Dios tiene, pues gira en el cuerpo de los más gallardos soles, y trabaja en las diminutas patas del más ignorado de los gusanos. Nosotros seremos el mundo, tal es la conquista hacia la cual vamos. Nosotros estaremos difundidos en el espacio sin límites cuando la gran vida o Manvántara, o Edad de Brahma, llegue a su fin. Convertidos en estrellas, en galaxias, en plantas, en polvo, ya que trascendiendo la forma es como alcanzaremos a estar en todas las cosas, esperaremos la llegada de la noche universal, en la alcoba del Espacio Sempiterno. Este pedazo de oro espiritual, llamado hombre, y que no puede brillar bajo la capa espesa de su cieno psíquico, habrá alcanzado entonces la meta suprema de su Destino.

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