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Noviembre 2015

Edipo, símbolo del ser humano

Escrito por  Kyriaki Kornia
Edipo, símbolo del ser humano

Se han realizado muchas interpretaciones sobre el mito de Edipo desde que fue presentado por Sófocles. Koutsothodoros ha dado una interpretación muy interesante del mito, según la cual Edipo simboliza al ser humano que busca la verdad y la encuentra después de haber padecido muchos sufrimientos. Además, el mito completo parece indicar que toda la vida de Edipo es un constante esfuerzo por superar la ignorancia, por conocer la verdad, y en su caso concreto, por conocer su verdadera estirpe.

Una interpretación filosófica del mito

Tebas es la ciudad en la que nace Edipo y representa el mundo terrestre, el mundo de la materia. Allí vivían sus padres físicos, Yocasta y Layo. El mismo nombre de «Edipo» (el de los pies hinchados) muestra la situación en la que se encontraba el héroe. Examinando el tema desde un punto de vista meramente físico, sacamos la conclusión de que la parte inferior del cuerpo estaba inflamada, como si todo el peso cayese sobre ella. Pero si lo examinamos desde un punto de vista simbólico y metafórico, podríamos decir que Edipo es el ser humano que pone su conciencia en los niveles inferiores de la personalidad, el que se limita a satisfacer sus instintos y a conseguir únicamente propósitos materiales.

En Corinto, Edipo se entera de que, en realidad, no es hijo de Pólibos y de Merope. Este descubrimiento es la causa de que Edipo inicie su camino de búsqueda y conocimiento de sí mismo. Desde ese momento, empieza su esfuerzo y su aventura por averiguar sus orígenes, es decir, comienza el camino del ser humano por saber quién es, de dónde viene y hacia dónde va.

Con el fin de dar una respuesta a este interrogante que le atormenta, Edipo se dirige al oráculo de Delfos. El oráculo le ofrece la misma respuesta que ya había dado a su padre algunos años antes: estaba escrito que daría muerte a su padre y que se casaría con su madre.

A raíz de ello, y queriendo «escapar de su destino», Edipo decide no regresar a Corinto sino dirigirse hacia Tebas. De esta manera, llevará a cabo, sin saberlo, aquello que el destino le ha deparado.

En el camino hacia Tebas se cumple la primera parte de lo vaticinado por el oráculo: Edipo da muerte a su padre Layo, es decir, al espíritu, entendiendo el concepto de «padre» como «espíritu», como la parte más elevada del ser humano. Podemos interpretar en ello que Edipo lleva una vida contraria a lo espiritual, apegado a las formas, a la materia, a la personalidad. De acuerdo con el mito, Layo, el padre (el espíritu), golpea a Edipo en mitad de la cabeza con un látigo doble. Con esto, parece querer recordarle su destino divino. Sin embargo, Edipo da muerte a su padre, lo que indica que el héroe se encuentra atado al mundo de las formas. Así pues, el golpe dado por el padre no consigue provocar el despertar de su alma.

Continuando su camino, Edipo se encuentra con la Esfinge, que constituye uno de los símbolos del ser humano mismo. Edipo da solución al enigma de la Esfinge, pero solo superficialmente, de manera formal, sin profundizar en su significado, utilizando únicamente la lógica de su mente inferior. Podemos ver aquí la victoria de la lógica y de la mente concreta sobre la realidad, la tendencia del ser humano a pasar por alto los grandes y eternos interrogantes dando contestaciones simplemente lógicas, con las que Edipo logra destruir a la Esfinge.

Camino de su destino

Así pues, con plena confianza en su lógica y teniendo fe únicamente en lo que sus ojos físicos pueden ver, Edipo se encamina hacia Tebas, hacia el mundo meramente formal y material, para ejecutar la segunda parte del vaticinio del oráculo: la boda con su propia madre. La madre de Edipo, Yocasta, simboliza lo femenino, el elemento pasivo, la materia. El héroe se une a ella con un doble lazo: como madre y como esposa. Con esta doble relación y habiendo ya dado muerte a su padre, su elemento espiritual, Edipo se hunde en el mundo material, en Tebas, donde se convierte en rey.

Allí reina durante mucho tiempo sin enfrentar ningún problema, gozando de los bienes del mundo material. Sin embargo, en un momento dado, la ciudad es azotada por una epidemia, como resultado de los actos impíos de Edipo: el parricidio y el incesto. En esta difícil situación, Edipo se dirige por segunda vez al oráculo de Delfos: «¿Qué debo hacer para salvar a mi pueblo de la epidemia?». La respuesta del oráculo es clara: «Debe ser encontrado el asesino de Layo, que es el culpable de las calamidades que flagelan la ciudad, y debe ser condenado a muerte o exiliado del país». Tanto en un caso como en el otro, el asesino, que es Edipo mismo, debe ser alejado de la ciudad de Tebas. Diríamos que debe morir para el mundo de la materia y, por lo tanto, renacer en otro mundo, en el mundo espiritual.

Este vaticinio es la causa por la que vuelve a surgir el interrogante que venía preocupando a Edipo desde hacía largos años: cuál era su origen. El Edipo-hombre comenzará a despertar y a preguntarse nuevamente quién es él, de dónde viene y hacia dónde va.

Pero, por lo menos en principio, lo que Edipo quiere buscar es al asesino de Layo, y con este fin acude al adivino Tiresias para que le ayude. El «ciego» Tiresias es el símbolo de la mente superior y representa la naturaleza más alta del mismo Edipo. Al principio, el vidente rehúsa ante Edipo a descubrirle al asesino. Esta negación enoja al héroe, que llega a pronunciar palabras injuriosas contra Tiresias haciendo hincapié en su ceguera, la cual es claramente simbólica e indica que la conciencia del augur no está limitada por el mundo de las formas. Tiresias posee la facultad de la visión interna, mientras que Edipo se jacta de la superioridad de su visión física. Por esta razón, cuando posteriormente Edipo se da cuenta de que sus ojos físicos le engañan, decide cegarse.

Pero ¿por qué el adivino rehúsa decir la verdad al héroe? Sófocles quiere mostrar con ello que el ser humano no puede recibir la iluminación como un regalo, como algo que le es otorgado por otro, sino que debe por sí mismo conquistar la Verdad, que se encuentra en su propio interior. Para un hombre inmaduro de espíritu, la Verdad no tiene valor alguno. Solo cuando madure su espíritu y haya desarrollado la visión interna, podrá el ser humano encontrar la verdad que se esconde dentro de sí mismo. Pero incluso cuando Tiresias decide hablar a Edipo y darle a conocer la verdad, este se comporta como un sordo.

A pesar de que el profetizador trata de despertar al héroe, Yocasta, que en el mito simboliza la materia, el mundo material al que Edipo se ha unido, intenta poner obstáculos a la búsqueda del héroe para enterarse de la verdad, diciendo que los vaticinios no tienen ningún valor.

Todos esos años, durante los cuales Edipo vivía supuestamente «feliz», en realidad se movía dentro del error, porque estaba atrapado por los elementos formales y materiales. Su alma estaba aprisionada en las formas, y por esa razón tomaba por verdadero únicamente lo que podía captar por medio de sus cinco sentidos, sobre todo lo que podía ver con sus ojos físicos. Por esta razón, Edipo desprecia al adivino a causa de su «ceguera», sin darse cuenta de que, en realidad, el ciego es él mismo. Ante esta postura, el augur le responde de muy buenas maneras: «Aun cuando tú tie nes visión física, no puedes ver la desventura en la que has caído».

Claro que, más tarde, cuando el héroe comienza a despertar, confesará: «Me temo que el adivino puede ver», «Ahora todo se ve claramente». Y es en ese momento cuando se arranca los ojos físicos, queriendo indicar que ya no los necesita, porque ha desarrollado sus ojos espirituales. Posteriormente, cuando Edipo llegue a conquistar el conocimiento tras grandes sufrimientos, esta luz brillará dentro de su alma, iluminando incluso sus ojos externos. Siendo ciego físicamente, no solamente no tendrá necesidad de guía alguno, sino que él mismo podrá guiar a otros que disponen de vista física.

Fases del despertar

Podemos localizar la primera fase del despertar del héroe en el momento en que, mientras Yocasta trata de calmarle diciéndole que las profecías no tienen valor alguno, le manifiesta que la muerte de Layo ocurrió en un cruce de caminos. La referencia a esta encrucijada hace que, por primera vez, Edipo comience a sospechar y confiese con amargura que el tema está perfectamente claro y que acababa de proferir maldiciones en contra de sí mismo. Termina diciendo que, en caso de que él tuviese alguna relación de parentesco con el extranjero al que mató en la encrucijada, se consideraría a sí mismo como el más miserable de los hombres y el más digno de odio.

La segunda fase de su despertar es el momento en que Edipo se entera, por boca de un pastor de Corinto, de que Pólibos ha muerto pero, a la vez, es informado de que Pólibos no es su verdadero padre.

En la tercera fase, en una conversación con el pastor de Corinto y el pastor de Tebas, Edipo comprende, ya con toda claridad, que su verdadero padre era Layo y que su verdadera madre es Yocasta. Es entonces cuando el héroe enfrenta claramente la verdad, hasta entonces oculta, enterándose de su verdadero origen y linaje, y llega al conocimiento de sí mismo. Entonces exclama: «Ahora todo se ve claramente». En este momento Edipo ha llegado a su completo despertar.

Analizando la tragedia completa, podemos sacar la conclusión de que, tanto las responsabilidades asumidas por Edipo frente a sus súbditos como su postura resuelta y su fuerza de voluntad en el tema de la investigación del asesinato de Layo, son características de un yo inferior que se encuentra en la aurora de su madurez.

Edipo alcanza su plena madurez cuando llega a Atenas, la ciudad de la sabiduría, la ciudad de la luz. Al llegar allí, Edipo se compromete a ser el eterno vengador de Tebas, según lo que declara el mismo Creonte. Por lo tanto, de ahora en adelante vivirá como alma perfecta en un mundo espiritual (representado por Atenas), y abominará del mundo material (representado por Tebas). Como cuerpo-forma, el héroe quiere ser enterrado en Atenas por Teseo, mientras que como conciencia, considera que tiene el deber de estar en el mundo de la materia que Tebas representa, con el fin de ayudar a los tebanos en su evolución que, aunque lenta, es segura.

Como conclusión, podemos decir que de las dos tragedias de Sófocles, Edipo rey y Edipo en Colona, la primera presenta la caída del alma inmadura al mundo de las formas y de la materia, mientras que la segunda muestra el ascenso y regreso del alma al reino del espíritu.

Por lo tanto, podemos comprender fácilmente que este drama no es solamente el drama personal de Edipo, sino el de toda la humanidad. Este drama existe en el corazón y en la mente de cada ser humano, que vive y sufre eternamente entre lo que está arriba y lo que está abajo, entre el cielo y la tierra. Es el ser humano que se encuentra crucificado entre el mundo de la materia y el del espíritu. Así como dentro de cada uno de nosotros existe un Arjuna (el héroe de las epopeyas hindúes que intenta conquistar la parte más luminosa que como humano le pertenece), de la misma manera, existe también un Edipo, que intenta, a través del dolor, llegar a conquistar la Verdad.

El drama de Edipo no puede ser completado en una vida, sino que se prolonga durante un gran número de vidas, que constituyen los peldaños de la gran escalera de la evolución de la Humanidad y de su marcha hacia la Divinidad.

Para saber más

Edipo: el símbolo de toda la humanidad. E. B. Koutsothodoros.

Edipo rey, de Sófocles, un acercamiento interpretativo. H. S. Spyropoulos. Ed. Grigoris. Atenas, 1986.

Edipo rey, de Sófocles, crítica e interpretación. G. Markantonatos. Ed. Gutenberg. Atenas, 1986.

Edipo rey. Sófocles. Ed. Patakis.

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