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Enrique Martínez Lozano (Teruel, 1950) es psicoterapeuta, sociólogo y teólogo. Animador de encuentros y retiros, conferenciante y autor de varios libros, se halla comprometido en la tarea de articular psicología y espiritualidad, abriendo nuevas perspectivas que favorezcan el crecimiento integral de la persona. Su trabajo asume y desarrolla la teoría transpersonal y el modelo no-dual de cognición.
 
Enrique Martín Lozano tiene el don de articular psicología y espiritualidad de un modo sencillo, a la vez que profundo y eficaz, potenciando el crecimiento personal y la experiencia de la más genuina espiritualidad, desde la atención a nuestro peculiar momento de transformación cultural.

¿Quién es Enrique Martínez Lozano?
Soy –somos, porque el sujeto de ese «soy» no es el yo particular– el Ser (la Consciencia, la Vida), eso inefable, permanente e inalterado que constituye el «fondo» de todo lo que es y que se «disfraza» temporalmente en esta «forma». Si me pienso, me percibo como una persona; si, acallada la mente, atiendo, me descubro Ser.

¿Qué le llevó a verse de ese modo?
Lo que se hizo presente en un «instante» me abrió los ojos para reconocerme en las expresiones utilizadas por Jesús: « Yo soy la vida » (en el Evangelio de Juan) y « Yo soy todas las cosas » (en el Evangelio apócrifo de Tomás). De aquello me queda una certeza innegable. Sin embargo, con frecuencia vuelvo a quedar atrapado en el mundo de la forma –de la persona o del ego–, en el «estado mental» o hipnótico que me hace creer que las cosas son como la mente las ve; desconecto de lo que realmente soy (somos) y me confundo con el yo que creo ser. Ahí me encuentro, entre la certeza de plenitud y los efectos prácticos de la hipnosis mental.

¿Por qué estudió teología y por qué dejó los hábitos?
Estudié teología y pedí ser ordenado sacerdote porque, a los veinte años, sentí que el mensaje de Jesús de Nazaret –el Evangelio– y su propia persona llenaban mi vida de sentido. Y dejé el ministerio porque, sin haberlo elegido, me vi conducido a una espiritualidad trans-religiosa (trans-confesional), y ya no podía transmitir el mensaje de la Iglesia en su literalidad.

¿Cómo empezó en el campo de la ayuda y cuáles son sus influencias en psicología?
Siempre sentí vocación hacia la ayuda personal. Se materializó a partir de mi propio trabajo psicoterapéutico. Y reconozco el influjo del psicoanálisis, la psicología humanista y la psicología transpersonal.

¿Es necesaria la psicoterapia, o integración del yo, para gozar de una espiritualidad sana y eficaz?
Sin autoconocimiento experiencial, que implica trabajar en la integración psicológica, lo más probable es que el llamado «camino espiritual» se vea boicoteado por problemas psicológicos no conocidos, no aceptados y no trabajados. Desde mi experiencia, he comprobado que el descuido del trabajo psicológico se convierte en una fuente de trampas, con frecuencia inconscientes, pero siempre dañinas.

¿En qué habría que centrar el trabajo psicológico?
En todo aquello que favorezca la integración armoniosa de la personalidad. De modo sintético, lo plantearía de esta manera: la persona, además de los límites inherentes a su forma, suele arrastrar alguna herida emocional, a consecuencia de la cual ha quedado atrapada en miedos no resueltos y en necesidades tiránicas. Si esto no se afronta adecuadamente, será inevitable que viva a merced de ellos, lo cual significa girar en torno al ego –no olvidemos que lo que llamamos «yo» es un haz de miedos y necesidades–, y eso mismo constituirá un obstáculo insalvable para avanzar en el camino espiritual, que consiste justamente en desidentificarse del yo.

¿A qué nos referimos con « trascender el yo » ?
Lo que llamamos «yo» es un éxito notable del proceso evolutivo pero, si lo absolutizamos, considerando que es el culmen o la meta de la evolución, puede constituir un obstáculo en aquel mismo proceso. El «yo» es una creación de la mente; trascender el yo significa reconocer que la mente es solo una herramienta a nuestro servicio, pero nunca nuestra identidad. Esa comprensión opera el paso del «estado mental» a lo que podríamos denominar «estado de presencia»: tengo mente, pero no soy la mente (el yo), sino la Presencia en la que el yo, como un objeto, aparece.

Zumaia

¿Es posible una espiritualidad laica, atea o agnóstica? ¿Qué es la espiritualidad trans-religiosa?
No solo es posible, sino deseable. Porque la espiritualidad no se halla directamente conectada con la religión, sino con lo humano. La espiritualidad es la dimensión de profundidad; no tiene que ver con las creencias, sino con la comprensión de quiénes somos. Y esa comprensión no viene de la mente –incapaz de conducirnos más allá de sí misma–, sino del silencio.

¿Qué papel tienen el silencio y la meditación en esa vía?
Silencio no es mutismo, sino acallamiento de la mente y del ego. O, dicho con más rigor, no-identificación con ellos. En ese sentido, es indispensable para comprender experiencialmente quiénes somos y qué es lo real. Porque, si no se silencia la mente, solo tendremos «interpretaciones» de lo real (construcciones mentales). Es el silencio de la mente lo que nos permite trascenderla, es decir, ver más allá de ella. Gracias al silencio, dejamos de tomarnos por lo que no somos (el yo) y entramos en conexión consciente con lo que realmente somos. La práctica meditativa busca eso: ejercitarse en acallar la mente para vivir en la atención.

Se trata, por tanto, de un camino de atención…
Exactamente. Es justo ahí donde me parece que reside la clave de la sabiduría: en pasar del pensar al atender. El pensamiento es la herramienta del modelo mental de conocer; la atención lo es en el modelo no-dual. El silencio significa dar ese paso. Y la sabiduría implica vivir en la atención (presencia) y, desde ahí, utilizar la mente. Podría decirse que la identificación con la mente nos introduce en un estado hipnótico, en el que tomamos como real lo que solo es una construcción mental. El silencio, al acallar la mente, deshace aquel efecto hipnótico y nos abre a la verdad, más allá de las trampas del ego.

¿Cuál es el guion del ego?
Es un guion simple de formular: los demás están ahí para complacerme, y la realidad tiene que ser como yo deseo . Por eso, cuando el guion no se cumple, el ego siente una frustración difícil de gestionar. A partir de aquel guion, se rige por la ley del apego y la aversión: aferrarse a lo que le gusta y rechazar lo que le desagrada. Y todo ello se resume en una sola palabra: egocentración , que psicológicamente se correspondería con el narcisismo, en la conjugación constante del «yo», «mi», «me», «conmigo».

¿Cómo podemos aprender ese «quién soy yo»?
Tal vez sea necesario empezar por desaprender . O aprender lo que no somos . En cuanto me pongo a ello, descubro que no soy nada que pueda nombrar ni pensar, porque tanto lo nombrado como lo pensado son solo objetos mentales, que puedo observar. Pero no soy nada que pueda ser observado –eso sería solo un objeto que percibo–, sino Eso que observa. No soy ningún contenido de la consciencia, sino la consciencia en la que aparecen –que se expresa en– todos los contenidos. Soy Eso que no puede ser pensado, aunque lo perciba de un modo inmediato y autoevidente.

¿Hay alguna «pauta» inicial?
Se puede empezar por algo parecido a esto –todo lo que se proponga serán solo posibles «puertas de entrada»–: « Cuando no pones pensamiento, ¿qué queda? ». Indaga. Si atiendes –desde el no-pensamiento–, percibirás por ti mismo que no eres «algo» –que sería siempre un objeto para ti–, sino una pura Presencia que escapa al pensamiento y a la palabra. Es esa Presencia la que es consciente, la que tiene una percepción inmediata y evidente de que, sencillamente, es. Eso –el único Sujeto–, y no cualquier objeto con el que nuestra mente nos había identificado, es lo que realmente somos. El «yo» ha quedado muy atrás.

Por resumirlo aún más, te diría que no hace falta saber qué eres; si lo tomas en serio, basta saber que eres . Todo lo que puedes observar es impermanente, aparece y desaparece, va y viene; sin embargo, detrás de todo ello, está Eso que permanece, como fondo inalterable, que sabe que es , pura Presencia o Consciencia de ser. Lo Real no cambia, y lo que cambia no es real.

Cuando hablas de la «autonomía espiritual» pareces hablar como los filósofos estoicos, Epicteto, Marco Aurelio… ¿De qué otras fuentes filosóficas has bebido?
Básicamente, del misticismo cristiano, empezando por el cuarto Evangelio y, en concreto, las palabras que pone en boca de Jesús. De un modo más concreto, la «matriz» de mi camino contemplativo fue un clásico anónimo del siglo XIV, autor de « La nube del no saber ». Y, con él, los místicos renanos y los españoles, sobre todo Juan de la Cruz, Teresa de Jesús y Miguel de Molinos. De otras tradiciones, me ha enriquecido de manera especial el Vedanta advaita.

¿Cómo podemos entender que «Todo es Yo» y que los demás son nuestros espejos?
Todo es Yo –ahora con mayúsculas, porque no se trata de ningún «yo particular»– significa algo tan sencillo como que lo Real –el Ser, la Consciencia, la Vida…– es uno. Las formas son solo «disfraces» de Eso . Decía antes que lo que somos puede ser nombrado como «Presencia». Pero no existen muchas «presencias», sino una y la misma que alienta en todos. La nuestra, por tanto, es una identidad compartida. Desde esta comprensión, es claro que todo constituye un «juego de espejos»: lo Real –que somos– se refleja en todo lo que percibimos.

León

¿Qué opinas de la crisis del mundo actual y hacia dónde crees que vamos?
No sé hacia dónde vamos. Aunque sé que, paradójicamente, la consciencia no va a ninguna parte . Ya estamos –siempre hemos estado– «en casa», aunque se tenga la sensación psicológica de hallarnos «lejos». La mente nos piensa como carencia que necesita ser completada por «algo» de «fuera». La realidad es que somos plenitud desplegándose en esta representación. Tal como lo veo, el futuro de las formas –si hablamos así– dependerá de la comprensión que pueda darse en nosotros. Como se dice habitualmente, el futuro de la humanidad depende de la transformación de la consciencia . Porque solo la comprensión nos libera del engaño de las falsas identificaciones y nos abre a la compasión más genuina.

¿Crees que se puede articular un verdadero entendimiento entre la ciencia y la espiritualidad? ¿Cómo?
No solo lo creo, sino que está siendo cada vez más patente. No digo que la ciencia venga a «probar» la verdad de la espiritualidad –se trata de saberes diferentes y no me parece intelectualmente honesto ni riguroso instrumentalizar a uno al servicio del otro–, sino que las conclusiones a las que va llegando la ciencia –sobre todo, la física cuántica pero también, aunque quizás a más largo plazo, las neurociencias– aparecen como totalmente convergentes con lo que afirma la espiritualidad. Esa convergencia me resulta altamente significativa.

Muchas gracias, Enrique; ¿cuáles son tus próximos proyectos?
Ahora me encuentro embarcado –no puedo no escribir– en la elaboración de próximos libros: uno sencillo –titulado Presencia – que me han pedido para una nueva colección; otro que estoy viviendo apasionadamente sobre Metáforas de la no-dualidad ; y un tercero, para más adelante, en el que llevo ya varios años trabajando, y en el que quiero hacer una lectura simbólica (espiritual) del Evangelio de Juan, mostrando lo que en la vivencia no-dual es evidente: ese texto –como cualquier texto genuinamente espiritual– nos lee a nosotros, nos está diciendo lo que somos todos.
Por lo demás, sigo ofreciendo encuentros de fines de semana y talleres de meditación. A través de todo ello, sencillamente «me dejo decir». Y aunque sé bien que las palabras son radicalmente incapaces de nombrar lo que somos, pueden, sin embargo, provocar un «clic» que permita a alguien reconocer en sí lo que ya es.

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Publicado en Entrevistas