Francisco Sanchis Cortés es un hombre joven con espíritu renacentista, de físico atlético, mirada en azul y alma profundamente reflexiva, filosófica. Su amena conversación surge preñada de erudito conocimiento en literatura, filosofía, sociopolítica y música, que él transporta apasionado a sus cuadros. Tras su reciente regreso de Praga, nos recibe en su estudio de Valencia y nos rodean lienzos de gran realismo mítico. En él, todo lienzo es un referente musical: Tchaikosky, Bruckner, Chopin… y Wagner, sobre todo y todos, Wagner.

Le preguntamos por sus comienzos artísticos e infancia: ¿El artista nace, se hace o ambas cosas?
Ambas. Profesionalmente, mis comienzos fueron en publicidad. Aunque, desde que me llega la memoria, en mi infancia ya dibujaba, dado que mi inclinación artística era congénita, también influenciada y magistralmente encauzada por mi padre y mi tío materno, ambos pintores muy reconocidos en Valencia y fuera de ella. Recuerdo que mi padre me inició en el amor a la música clásica como poesía cantada; escuchando, me venían las imágenes. Mi enseñanza fue de discípulo-maestro en el estudio paterno. Porque, para mí, un maestro es quien consigue que el discípulo ame lo que se le está enseñando. Es justo lo que fue mi padre.

¿Cuáles son sus trabajos concluidos y qué proyectos tiene en elaboración?
Tengo varios trabajos que pueden verse en diversos lugares, así como múltiples exposiciones nacionales e internacionales. Para ello les remito a mi página web y varios contactos en Internet.
En cuanto a los proyectos, lo que estoy elaborando es trasladar a los lienzos la historia de la música, llevar todo mi transcurrir de cuarenta años hasta ahora; de hecho, el trabajo que ejecuto ahora lleva el título Música para una exposición , que al contrario que Mussorgsky, que hizo una obra musical inspirándose en una exposición pictórica, yo hago una exposición pictórica inspirado en la música. O sea, estoy pintando la música y no musicalizando la pintura. Y no solo a Wagner, sino también a Verdi, Puccini, Strauss, Monteverdi, Bach, Mahler, Mozart, Bizet, Offenbach… En fin, otros muchos que completen la obra y que representen a la música en un total de doscientos lienzos… de los que ya tengo terminados noventa.

Pero ¿cómo surge la inspiración hasta llegar a sus manos y a la tela?
No lo sé. Es un misterio. Yo escucho la pieza musical y… Por ejemplo, en La muerte del cisne he plasmado la imagen de la bailarina, inclinada, reflejada en el agua del lago como un cisne. O en Rientzi , de Wagner, que me inspiró su momento de oración, en azules suaves y este otro, su muerte entre llamas, en rojos naranja, en gesto estoico, con los puños cerrados, sucumbiendo a la muerte como tantos héroes, solo, abandonado, pero con triunfo redentor. Yo sé que Wagner resulta polémico a causa de la utilización política de sus obras en el pasado no muy lejano, pero su música a nadie deja indiferente. Hay que disfrutarlo y saber evadirse de prejuicios. Él ha llegado a expresar en su música tan gran cantidad de sentimientos… Tiene fuerza emocional al igual que profundidad espiritual (que su contemporáneo Nietzche repudió por ser demasiado religiosa), hasta el punto que hay una nota musical en el dúo de amor de Tristán e Isolda que no está escrita; pero suena, reverbera en el ambiente, y todo el público la espera… Hasta ahí llega el paroxismo escuchando a Wagner. Ahí también toma fuerza la grandiosidad plástica por la mano de pintor… Y todo esto cobra magnificencia teatral cuando el pintor ha conseguido plasmar las imágenes del libreto y la emoción de la música. Por eso él ideo un teatro específico para sus obras, Bayreuth. Y, lamentablemente, en la actualidad, en las representaciones operísticas, se ha desvirtuado, se le ha extirpado su virtud de hermanar música e imagen, dejando vacíos de su magnetismo visual los escenarios, sustituida su escenificación artística por decorados y vestuarios absurdos, a veces incluso ridículos.

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Y para eso utiliza ¿óleo, acuarela, acrílico?
Hace muchos años hice una serie de acuarelas; pero en general mi material es el óleo. Me resulta más adecuado a mi obra. Como se sabe, este material fue desplazando a la témpera a partir del bajo Medioevo, resultando el más adecuado y aceptado por todo pintor que se precie.

¿Y desde la base emocional?
Empecé a inspirarme en Wagner, pues me emocionó por su profundidad La muerte de Sigfrido . Al terminar, me supo a poco y pensé: ¿Y por qué no la tetralogía completa? Y dejándome llevar por la inspirada emoción, continué y ahí ya, me embriagó la música… Yo veo que en las óperas de Wagner, como en las tragedias griegas, se refleja lo más sublime y lo más reprobable del ser humano. Por esto me gusta la filosofía, pues toda obra musical, sea poema sinfónico, piano, violín o chelo, tiene un mensaje que debe llegar al espectador, al receptor, y en ello, la reflexión filosófica nos ayuda a comunicarnos con lo más elevado de todos nosotros. Para captar la esencia del autor hay que conocer su vida, con éxitos y fracasos, sus filias y sus fobias, así como los lugares de su biografía; y a ser posible, su lengua vernácula. Quien pretenda entrar en ese mundo, tiene que sumergirse en él.

Todo esto requiere un proceso disciplinado: mente organizada, método, proyección práctica… y marketing.
Por supuesto. Cuando yo era adolescente, escuché a mi padre hablar de su pretensión de pintar sobre la Divina comedia; pero lo desechó porque otro pintor se le había adelantado. Yo pensé entonces que no importaba, porque si Gustavo Doré se inspiró en El Quijote , no impidió que lo hicieran Segrelles , Dalí y otros; cada técnica y estilo son únicos. Eso tiene que tenerlo mentalmente claro el artista. Al igual que el método, aunque no lo parezca, dentro del «caos» de un estudio, que se rige por un ordenado desorden. En cuanto al marketing es otra historia. Es cierto que tengo obra en varios puntos de Europa; pero localmente y dadas las circunstancias de la crisis económica, el cierre de casi todas las salas de exposición y el poco interés oficial, está difícil, a no ser que volvamos a contar con el mecenazgo particular, como ya ocurrió en el Renacimiento. Pero esto no impide que me sienta un individualista que vive en armonía con su entorno y consigo mismo, reivindicando el derecho de ser quien soy y como soy.

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Hay autores (Jinarajadasa, Zambrano…) que dicen en su obra que la filosofía y el arte (pintura, poesía, música, etc.) van parejos. Que para alcanzar el reflejo del arquetipo e ir por su senda estelar es necesaria la guía filosófica. Platón nos habla de cuatro arquetipos: lo Bueno, lo Bello, lo Justo, lo Verdadero; ¿desde cuál de ellos se ve proyectado?
Con todos, porque uno lleva al otro. Pero lograr un reflejo de ellos sería osadía por mi parte. Si acaso, estoy de acuerdo con Dostoievski cuando dice que «la belleza salvará al mundo». En mi trabajo artístico pretendo comunicar mi sentir y que vuelva a mí, una vez alcanzado el cometido. ¿Cuál? Creo que la autoafirmación, casi mística, de que soy portador de algo superior que me ha dirigido hacia una dimensión muy profunda. Una dimensión que me hace llevar a cabo algo bueno, que se expresa en lo bello y trabaja por medio de lo justo para alcanzar lo verdadero; que es lo divino que hay en nosotros. Hay quien dice: «la pintura es color». No, entonces no me busquéis. Yo busco contar la música desde el Misteri d´Elx hasta hoy, que conlleva la experiencia y voluntad de la humanidad toda, con sus creencias y anhelos porque, por ejemplo, ¿qué sería de las sinfonías de Beethoven sin la mitología que está en todas sus obras?

¿Se ha hecho esto antes?
No así. Es verdad que Wagner y algún otro fue pintado en un tema puntual; pero nunca se ha acometido esta gigantesca obra de la historia de la música. Y ese es mi cometido, completar una colección de doscientos cuadros para una gran exposición de la historia de la música.

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