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Diciembre 2012

La mejor de las filosofías, el mejor de los cambios

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La mejor de las filosofías, el mejor de los cambios

Aristóteles, uno de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que “el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la ciencia, pensamos que esto es así.

Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.

El profesor y filósofo J. Á. Livraga (1930-1991), fundador de la Organización Internacional Nueva Acrópolis, decía que las cosas no solo están vivas cuando crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo, el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto, su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se disuelva en la nada.

Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.

Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.

Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.

¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.

¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).

La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.

Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.

Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.

Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.

Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros ”.

Este es el extracto de un discurso pronunciado el 6 de junio de 1966, ante un grupo de jóvenes de la Universidad de Capetown, durante su histórica visita a Sudáfrica.

Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto.


José Carlos Fernández

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