Marzo 2015

Simone Weil, una filósofa socialmente comprometida

Escrito por  María Angustias Carrillo de Albornoz
Simone Weil, una filósofa socialmente comprometida

La historia nos reserva a veces pequeñas sorpresas a través de algunas vidas no suficientemente exploradas, que se convierten en objeto de atención para los que viven un momento diferente al suyo. Es el caso de Simone Weil, mujer de firme carácter, cuyo pensamiento nos llega más de un siglo después de que naciera.

Además de ser una de las tres mujeres filósofas más importantes nacidas a comienzos del s. XX, junto con María Zambrano y Hannah Arendt, Simone Weil es la que estuvo más implicada en poner en práctica sus ideales de educación y de justicia para lograr una humanidad más sabia y más libre.

Sus citas, rotundas y certeras, aparecen como referencias a su pensamiento, marcado por un itinerario vital e intelectual que se manifiesta en tres direcciones: una búsqueda continua y apasionada de la verdad, que la lleva a estudiar Filosofía y a interesarse por todas las manifestaciones religiosas; una marcada pureza natural que se asombra ante la contemplación de la belleza del mundo y del arte, en donde presiente la huella de Dios; y una vulnerabilidad ante la desgracia de las clases más desprotegidas de la sociedad, que la llevó a luchar por mejorar sus vidas.

La mayor parte de lo que conocemos de su vida y su obra está diseminada en cuadernos escritos a mano, que sus familiares y amigos fueron recogiendo y editando después de su muerte. Su compasión por las condiciones esclavizantes de los trabajadores y su rebelión contra la ignorancia y la injusticia del orden social imperante, la hacían estar muy por encima de cuantos solo hablaban de teorías. Ningún intelectual de izquierdas, a cuyos líderes comenzó admirando, había intentado antes que ella experimentar la vida cotidiana de los obreros, su tristeza, su desesperación, su cansancio y sus angustias vitales. Cada día aumenta el número de sus admiradores, atraídos por su inclasificable y original personalidad, que sabe combinar de forma coherente el conocimiento y la honestidad intelectual con una ética personal, por la que se rige a través del compromiso consigo misma, una entrega generosa y una férrea voluntad que, a través de una disciplina implacable, le impide hacer nada superficialmente y sin una marcada finalidad.

Pero no fue solo la trayectoria de su vida y su pensamiento filosófico, su identificación con los más débiles y su lucha sin tregua por ayudarles a mejorar sus existencias lo que hace de ella una mujer admirable. Es también constatar cómo su vida fue una continua ofrenda de puro amor hacia los demás, un ejemplo de dación y sacrificio en el mejor sentido de esta palabra. Renunció a una cómoda forma de vivir para hacerlo con absoluta austeridad, rechazando incluso, en los últimos meses de su vida, comer más de lo que le daban como ración a un compatriota en el frente de batalla; pasó de ser una profesora universitaria de prestigio y brillante porvenir a trabajar como obrera en una fábrica en condiciones infrahumanas; y de ser una preciosa niña mimada perteneciente a la alta sociedad, a convertirse en una miliciana austeramente vestida.

Más de un siglo después de su nacimiento, Simone Weil sigue provocando una reflexión profunda para entender y buscar soluciones a los grandes problemas que aquejan a la humanidad.

Filosofía y compromiso

Según Ferrater Mora, los temas capitales de la filosofía de Simone Weil pueden resumirse en este aforismo suyo: «Dos fuerzas reinan en el universo: la luz y la gravedad» (la «pesantez»). La luz es lo sobrenatural, la gracia; la pesantez es la naturaleza. La luz ilumina la pesantez y la atrae hacia sí, elevándola. La pesantez se hace, en efecto, liviana por medio de la caridad, la cual es a la vez religiosa y humana, pues transforma las almas y a la vez las mismas condiciones de vida. La experiencia religiosa no es necesariamente algo que solamente pueden vivir los «intelectuales»; es algo que pueden vivir los humildes, los obreros.

Por la originalidad de sus experiencias y la profundidad de sus reflexiones, muchas de absoluta actualidad, Simone Weil aporta claves para establecer un nuevo orden social basado en la justicia, lo que exige una primacía del deber moral sobre el derecho positivo. Ella aboga por un orden social en el que las necesidades del cuerpo y del alma queden satisfechas para todos, para lo cual es preciso que las colectividades sacien de luz sobrenatural aquellos rincones de nuestra constitución humana sin cuya luz la opresión y la pesantez moral se perpetúan. Simone Weil es un caso raro y excepcional de intelectual idealista, comprometida y luchadora, en medio del ambiente positivista y ateo que la rodeó.

Su familia proporcionó a Simone una exquisita y completa educación, y su mundo estuvo siempre enriquecido de profundas y variadas experiencias culturales, artísticas y científicas, desarrollando en ella una especial sensibilidad para la belleza, el arte y la música. Su vocación por la carrera de Filosofía, su interés por el estudio de las religiones y, en general, toda su trayectoria, es también una exploración de los más profundos abismos del ser humano.

Fue una de las primeras mujeres que se graduaron en la prestigiosa École Normale Supériure de París, con el título de «agregée de philosophie», reservado solo a los graduados más brillantes.

Su filosofía es difícil de clasificar; es una buscadora insaciable de la verdad, que intuye oculta detrás de todo lo que percibe, y persigue desesperadamente la unión mística con un Dios al que se siente pertenecer, y que concibe como un Todo Único, por encima de todas las creencias. Es una autora solitaria, sin tradición ni herederos, que fue casi olvidada tras su prematura muerte, pero que hoy nos fascina por su intensa biografía, por su forma de vincular sus ideas sociales, filosóficas y místicas a sus vivencias cotidianas. Aunque nunca llegó a pertenecer a ningún partido ni a ninguna religión, pues su idea de justicia estaba siempre muy por encima de las ideologías de su tiempo y de las religiones establecidas, siempre tuvo claro su compromiso en la defensa de los derechos humanos, del derecho de todos a la educación y a una vida digna.

Experiencias místicas

weilDurante el curso 1934-35, deseosa de conocer de primera mano la realidad del mundo de los trabajadores, renuncia a su cátedra de Filosofía, en donde tenía asegurada una brillante carrera, para entrar a trabajar en una fábrica de la compañía eléctrica Alsthom. Allí experimentó, como una operaria más, las durísimas condiciones de vida de los obreros de los años treinta. Esta experiencia le produce una fuerte conmoción interior que le cambia la vida, y que la conduce a una serie de experiencias místicas que la acercarán cada vez más a la figura de Cristo, al que admira profundamente como Dios que se ofrenda por la salvación de la humanidad.

La primera de ellas es en 1935, cuando sus padres la llevaron a Portugal, y que ella misma relata en su correspondencia con el padre Perrin, la cual constituye una especie de autobiografía espiritual: « Después de mi año de fábrica, antes de volver a retomar la enseñanza, mis padres me llevaron a Portugal y un día los dejé para ir sola a un pequeño pueblo de pescadores. Tenía el cuerpo y el alma despedazados, aquel contacto con la desdicha había matado mi juventud. Hasta ese momento no había tenido otra experiencia de la desdicha que la mía propia que, al ser solo mía, me parecía de poca importancia y que, al ser biológica y no social, era solo una semidesdicha. Yo sabía bien que había mucha desdicha en el mundo –estaba obsesionada por ella–, pero nunca la había constatado de cerca y de forma prolongada. Al estar en una fábrica, confundida a los ojos de todos y a los míos propios con la masa anónima, la desdicha de los otros penetró en mi carne y en mi alma. No podía separarme de ella y difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a tantas fatigas. Lo que allí sufrí me marcó para siempre (…) Allí recibí la marca de la esclavitud como la marca de hierro al rojo vivo que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. (…) Con este estado de ánimo y en unas condiciones físicas miserables, llegué a ese pequeño pueblo portugués, que era igualmente miserable, sola, por la noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. El pueblo estaba al borde del mar. Las mujeres de los pescadores caminaban en procesión junto a las barcas; portaban cirios y entonaban cánticos, sin duda muy antiguos, de una tristeza desgarradora. Nada podría dar una idea de aquello. Jamás he oído algo tan conmovedor, salvo el canto de los sirgadotes del Volga. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo me sentí entre ellos».

La segunda experiencia tuvo lugar dos años después en Italia, en la pequeña capilla románica de Asís donde tan a menudo rezó san Francisco. « Allí, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».

Al año siguiente experimentará de nuevo la presencia de Dios en la abadía benedictina de Solesmes, tras asistir a los oficios de Semana Santa: « Sentí una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que se transparentaría a través de la más tierna sonrisa de un ser amado. Desde ese instante, el nombre de Dios y el de Cristo se han mezclado de forma cada vez más irresistible en mis pensamientos».

En los pocos años que vivió después, parece ser que sus experiencias místicas continuaron, pero ya no se refirió a ellas sino de pasada y con una gran discreción. Tampoco sus dolores de cabeza cedieron, ni sus accesos de melancolía, que la acompañaron siempre hasta su muerte y que ella trataba de superar achacándolos a la pereza que, curiosamente, consideraba uno de sus peores vicios. Sin embargo, son el esfuerzo y la atención los dos valores que destaca como los más necesarios para la vivencia interior y que ella trata de integrar continuamente en su vida. A ellos alude con frecuencia en sus escritos:

«El deseo de luz produce luz, y hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo y atención. Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años aparentemente estériles, un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará nuestra alma. Cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que ya nada en el mundo nos puede sustraer».

A pesar de su corta vida (1909-1943), Simone Weil vivió no solo las dos guerras mundiales del siglo XX en Europa, sino que también tomó parte en la guerra civil española, incorporándose como voluntaria a las filas republicanas. La guerra era para ella el peor de los males, pero consideró que, cuando ya no se puede impedir, cada cual debe tomar parte en esa calamidad con el grupo al que pertenece. Fue breve, pero muy dura, la experiencia vivida en España en 1936. A partir de entonces se hizo más independiente y liberal en sus posturas políticas, sin abandonar sus ideales ni su sentido del humor. A pesar de sus frecuentes jaquecas y su delicada salud, su fuerte personalidad se fue haciendo cada vez más calmada y dulce.

Después de su muerte, en 1943, se difundieron sus escritos y se redimensionó su figura, convirtiéndola en un símbolo de resistencia frente a la mediocridad cultural, un ejemplo de coherencia entre pensamiento y vida, de conciencia crítica de una sociedad injusta y un referente obligado para los creyentes sin Iglesia.

Más de cien años después de su nacimiento, filósofos, teólogos, sociólogos y lectores de todo el mundo se sienten atraídos por la autenticidad, lucidez y pureza del pensamiento de Simone Weil, y su compromiso consigo misma y con la humanidad.

Bibliografía

Vida de Simone Weil , Simone Pétrement. Ed. Trotta. Madrid, 1997.

Simone Weil, la conciencia del dolor y de la belleza , edición de Emilia Bea (varios autores). Ed. Trotta. Madrid, 2010.

El conocimiento sobrenatural, Simone Weil. Ed. Trotta. Madrid, 2003.

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