Noviembre 2011

Elogio de Sigmund Freud

Escrito por  Rocio Juan
Elogio de Sigmund Freud

VIDA

Decía Nietzsche que todo genio tiene una máscara. La de este personaje es una de las más impenetrables: la de la discreción. Vivió durante 50 años en una austera casa de alquiler en Viena y mantuvo su consulta siempre en la misma habitación, la lectura en el mismo sillón, el trabajo literario en el mismo escritorio. Padre de familia de seis hijos, sin necesidades personales, sin otras pasiones que las del trabajo profesional y la vocación.

Nunca desperdició un ápice de su tiempo. Aparte de las clases en la universidad y de las reuniones con estudiantes una vez por semana y de una partida de cartas los sábados por la tarde, de la mañana a la medianoche se dedicaba al tratamiento de enfermos, al estudio, a la lectura y a la labor científica.

Durante más de 50 años Freud realizó ocho, nueve, diez y a veces once análisis diarios, lo que quiere decir que nueve, diez u once veces se concentraba durante una hora entera en el alma de otra persona, escuchaba y pesaba cada una de sus palabras, a la vez que su memoria infalible comparaba los resultados del nuevo psicoanálisis con los de otras sesiones anteriores. Y luego, de repente, al acabar cada sesión, debía salir de este paciente y entrar en otro, el siguiente, y eso ocho o nueve veces al día, guardando y clasificando en su interior, sin notas ni medios mnemotécnicos.

Cuando ya tarde, acababa de atender a los pacientes, empezaba entonces la reflexión, el análisis de los resultados. Y todo ese esfuerzo gigantesco, dedicado sin pausa a miles de personas, lo desarrollaba sin la ayuda de ningún secretario o asistente: escribía todas las cartas de su puño y letra, él sólo llevaba a cabo todas las investigaciones hasta el final y también sólo daba la forma definitiva a sus trabajos.

Toda esta actividad sería inconcebible sin una condición indispensable: una naturaleza sanísima. Hasta los 70 años este gran médico nunca estuvo enfermo de gravedad ni padeció jamás de los nervios. Nunca sufrió de dolor de cabeza ni de cansancio. Jamás tuvo que suspender una sesión por indisposición. Solamente en la vejez una terrible enfermedad intenta quebrar su salud, pero con la herida apenas cicatrizada, se pone de nuevo en marcha.

Su imagen exterior también muestra una proporción perfecta en cada rasgo, un aspecto del todo armónico. Los caricaturistas se desesperan ante su rostro, pues sus rasgos perfectamente regulares no se prestan  a la necesaria exageración para el dibujo.

Su inclinación natural a las relaciones humanas no se correspondía con ninguna carrera académica. Se hizo médico y buscó instintivamente la manera de, como mínimo, acercar su campo de actividad al dominio del alma. Escogió, pues, la especialidad de psiquiatría y se dedicó  a la anatomía del cerebro, porque entonces en las aulas de medicina no se practicaba todavía la psicología aplicada al individuo: Freud la tendrá que inventar.

CLAROSCUROS

Desgraciadamente, hoy se conoce más a Freud por sus errores que por sus logros.
Puede que muchos detalles de su obra sean discutibles, pero ¡qué importan los detalles! Puede que en su obra y en su terapia predomine una cierta sobrevaloración de lo sexual, pero este hincapié estaba condicionado históricamente porque se había silenciado la sexualidad durante décadas.

La controversia sobre si la líbido está o no sexualmente marcada, que exista o no el complejo de castración o la actitud narcisista, carece de la menor importancia para la aportación decisiva de Freud a la historia del pensamiento: es decir, el descubrimiento del dinamismo del alma y de una nueva técnica de abordar los problemas.

Y, sí: se equivocó cuando decía que la aplicación eficaz del psicoanálisis no es difícil de aprender. Se equivocó, porque el arte de preguntar y escuchar requiere un oído tan fino, una clarividencia, una sensibilidad y una calidad espiritual, que sólo alguien con una verdadera vocación de psicólogo es capaz de curar. Por eso, hoy en día el psicoanálisis es una triste parodia de la práctica original de Sigmund Freud, que estaba basada en el genio y la paciencia.

TRASCENDENCIA

Toda ciencia nueva empieza siempre con un precursor, que hace tomar consciencia del problema a los demás. Palabras que hoy nos son familiares, como inconsciente, superyó, inhibición, complejo, etc. fueron inventadas por él. Sigmund Freud ha dado al género humano una explicación más clara de sí mismo. Él mismo sólo aspiraba a la claridad y en toda su vasta obra no se encuentra una sola frase que no sea claramente comprensible, sin esfuerzo, incluso para el profano.

Recuperó el simbolismo psíquico de los sueños y demostró que soñar es una necesidad psíquica.

Hizo que nuestra época reconozca que ninguna ciencia del alma puede llegar a la verdadera personalidad de un hombre si se limita a considerar su actividad consciente y responsable. Para Freud, el inconsciente está tan activo y vivo como la conciencia e influye en nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, mediante el psicoanálisis, hizo el primer intento metodológico de comprender y curar al individuo a partir del material de su propia personalidad. Freud asignó al psicoanálisis el lugar que en tiempos antiguos ocupó el curador de almas y el maestro de sabiduría o, en épocas piadosas, el sacerdote, porque en la ciencia, durante generaciones no hubo lugar para los neuróticos y psicópatas, no dispusieron de un centro de consulta y orientación. El psicoanálisis trata de comprender a cada persona individualmente por medio de su pasado. Para Freud sólo existe la psicología individual y la patología individual.

Freud no abordó el problema sexual porque lo buscara, sino porque le salió al paso en el curso de sus investigaciones, cuando descubrió que la mayoría de trastornos psíquicos se producen cuando un deseo es inhibido y reprimido por el inconsciente. Y los deseos que el hombre civilizado reprime y esconde pertenecen a aquellos que tienen que ver con los instintos, porque el hombre civilizado no puede admitir que el instinto sexual sigue dominando y determinando al individuo. Gracias a él, al que no asustaba ningún tabú,  las nuevas generaciones han aprendido a no esconder los problemas íntimos y personales, a saber que el conocimiento de uno mismo nos da libertad.

Cuando llega el momento de decidir si en la naturaleza humana prevalece la razón o el instinto, Freud, que es íntegro y honrado a carta cabal, reconoce: “podemos repetir las veces que queramos que el intelecto humano es débil en comparación con los instintos. Y tendríamos razón. Pero esta debilidad tiene algo peculiar; la voz del intelecto es apenas perceptible, pero no descansa hasta hacerse oír. Al final, después de innumerables fracasos, lo consigue. Es éste uno de los escasos puntos en los que se puede ser optimista para el futuro de la humanidad”

Y es aquí cuando reconoce los límites del psicoanálisis: el alma no halla alimento en el psicoanálisis. Éste aporta conocimiento y nada más; no es una filosofía de vida. Ha sabido acercar al hombre a su propio Yo más que cualquier otro método espiritual anterior, pero no ha conseguido agrupar los elementos aislados para darles un sentido unitario.

El gran logro de Freud es que ha hecho aplicable la psicología. Sólo a partir de él, la psicología puede ayudar a la pedagogía en la formación del ser humano; a la medicina, en la curación de los enfermos; a la justicia, en el enjuiciamiento; al arte, en la comprensión del genio creador; y tratando de explicar a los demás su individualidad irrepetible, ayuda a la vez a todos los demás.

Sólo gracias a Freud, cientos de miles de seres han comprendido la vulnerabilidad del alma, en especial la del alma infantil y, a la vista de las heridas por él descubiertas, han empezado a intuir que toda intervención brutal puede destruir un destino y, por lo tanto, todo acto irreflexivo hacia los niños carga a quien lo hace con una responsabilidad hasta entonces desconocida.

El respeto a la personalidad, incluso en sus desviaciones particulares, es lo que Freud ha introducido en la conciencia de hoy y gracias a este mejor conocimiento de la vida psíquica, ha difundido por el mundo una mayor consideración y tolerancia.
Este arte de la comprensión mutua es el único que nos puede ayudar a construir una humanidad mejor y gracias a Freud nos hemos dado cuenta de la importancia del  individuo, del valor único e insustituible de toda alma humana.

Rocío Juan

Para saber más:
La curación por el espíritu, de Stephan Zweig.                                                                                                                                                                 Obras completas volumen I al XXIV , de sigmund Freud.

Deja un comentario