Noviembre 2011

H. P. Blavatsky: filosofía de vanguardia

Escrito por  Esmeralda Merino
H. P. Blavatsky: filosofía de vanguardia

Lo dice la Real Academia Española: precursor es el que enseña doctrinas o acomete empresas que no tendrán razón ni hallarán acogida sino en tiempo venidero. El mundo del pensamiento, de la ciencia o de la mística se ha nutrido siempre de aquellos que tuvieron visión de futuro. Visionarios fueron Julio Verne y Leonardo da Vinci, Galileo y Einstein, Jesús y Buda. Para que hoy nos parezca “normal” lo que nosotros conocemos, fue necesario que otros despejaran algunas incógnitas del mundo que teníamos que recibir. Comprobamos, casi sin excepción, que las ideas que hoy para nosotros son evidentes, para sus promotores fueron motivo de calumnia y persecución.



Helena Petrovna Blavatsky, conocida por sus discípulos como HPB, fue una mujer excepcional, rodeada de interesantes circunstancias que hacen de ella un personaje atrayente: sus inacabables viajes, su extraña biografía, el pintoresco escenario del siglo XIX, que fue el escenario de sus andanzas de mujer rebelde, y sobre todo, su obra, cuyos manuscritos originales se conservan en el British Museum, en una cámara hermética acondicionada con todos los adelantos técnicos, a la que solo se tiene acceso con un permiso especial.

Blavatsky volvió a poner en circulación muchos conocimientos olvidados que aparecían como nuevos para su época. Valiente como pocos en sus peripecias por el mundo, nos sigue asombrando a medida que comprobamos muchas de sus predicciones. Tuvo que enfrentarse a la ignorancia de su tiempo, a las envidias y a las traiciones, y sufrió las penalidades que eso conlleva.

Una vida llena de sorpresas

H. P. Blavatsky nació prematuramente en la ciudad rusa de Ekaterinoslav, en la fascinante noche del 30 al 31 de julio de 1831, que para el pueblo ruso equivale a nuestra Noche de San Juan. Ante el temor de que la recién nacida muriese sin haber podido lavar el pecado original de su alma, se organizó su bautismo apresuradamente. Y ahí empezó su leyenda.
Era la primogénita de una aristocrática familia; su madre estaba emparentada con el zar y su abuela era una princesa, sin contar los numerosos altos cargos civiles y militares que había en la familia. Todo se dispuso para que el rito ortodoxo se celebrara con los atavíos y galas que correspondían a la ocasión. Los numerosos padrinos y madrinas, los cirios encendidos y el oficiante estaban preparados, la larga ceremonia de más de una hora que todos habían de soportar de pie estaba dispuesta. Pero algo no salió según lo previsto. Una niña pequeña no pudo controlar su cirio y prendió fuego a las ropas del sacerdote. Aquel día hubo varios heridos y Helena quedó sentenciada ante todos a una vida llena de tribulaciones.

Pronto se dieron cuenta los que rodeaban a Helena de que no era una niña corriente. Con cuatro años aterrorizaba a sus ayas anticipándoles lo que pensaban decir, y no se granjeó muchas simpatías prediciendo con certeza el día de la muerte de algunos viejos parientes. Eran cosas de niña, pero todos comenzaron a temerla. Durante toda su infancia estuvo rodeada de muebles que se movían solos, ruidos, susurros, cosas invisibles para los demás y personas ausentes, así como de algunos accidentes de los que escapaba milagrosamente.

Recibió los estudios básicos que se pedían a una dama de la nobleza: leer y escribir en ruso, rudimentos de francés e inglés y algún instrumento musical. La escasez de bibliotecas públicas daba ventaja a quienes podían acceder a una privada, como la que tenía la abuela de Helena, con la que se fue a vivir a los once años, cuando murió su madre. Además contaba con una colección zoológica famosa por aquellos días entre todos los museos rusos de historia natural. Y si hemos de creer a su hermana Vera, pasaban horas buscándola antes de encontrarla hablando con alguien invisible para todos menos para ella o en detenida conversación con las focas y cocodrilos allí disecados, de los que escuchaba interesantísimas autobiografías. Dice Vera que sabía describir estas historias de forma tan brillante que los adultos, sin querer, se detenían a oír sus narraciones.

Siempre prefirió jugar con los niños de la servidumbre que con sus iguales y desafiaba a todo y a todos. Nadie como ella era capaz de las más atrevidas travesuras, y tampoco nadie como ella podía concentrarse tanto en el estudio cuando así lo decidía. En aquellas ocasiones, la copiosa biblioteca que tenía a su disposición era insuficiente para satisfacer sus ansias de lectura.

A los diecisiete años se casó con Nicéforo Blavatsky, que tenía setenta. Con ello, la familia se aliviaba porque no veían claro el futuro de aquella hija, y ella, a su vez, escapaba del control familiar. Pero tres meses más tarde huyó a caballo y se embarcó disfrazada de grumete rumbo a Egipto. Tardó diez años en regresar para que su matrimonio fuera legalmente nulo, aunque siempre conservó el apellido de aquel hombre que pudo haber sido su abuelo. Fueron años de viajes por Asia Central, India, América del Sur, África y Europa.

En su afán de buscar la verdad, Helena P. Blavatsky dio siete veces la vuelta al mundo, recibiendo enseñanzas de personajes de todos los continentes y de todas las razas y culturas; vivió durante un tiempo en el Tíbet, un lugar inaccesible para el siglo XIX, en especial para una mujer. Su hermana Vera afirma que “cuando salió de su casa sabía, a lo sumo, lo que saben todas las de su clase: un algo de francés, un poco de labores y de piano”, y cuando la volvió a ver “retornó con los más extraños y profundos conocimientos de lenguas orientales: hebreo, árabe, zendo, sánscrito y hasta zenzar”. Su tía Nadejda asegura que antes de su partida “era simplemente una mujer de sociedad; es decir, muy superficialmente educada. Respecto a estudios serios abstractos, misterios religiosos de la Antigüedad, teúrgia alejandrina, filosofías y filologías arcaicas, ciencia de los jeroglíficos, hebreo, sánscrito, griego, latín, etc., ella jamás lo había visto ni en sueños. Puedo atestiguarlo bajo juramento, que carecía, repito, de las nociones más elementales de semejantes cosas”.

Pasó sus últimos años en Londres, donde murió el 8 de mayo de 1991. La muerte la encontró en su puesto, sentada sobre su mesa de trabajo.

Buscando la verdad

HPB defendió la filosofía como instrumento imprescindible para todo aquel que quisiera descubrir el secreto de la vida: “En nuestro siglo de vapor y de electricidad el hombre vive con velocidad prodigiosa que le deja apenas el tiempo de reflexionar, y pasa de la cuna a la tumba atado al lecho de tortura de las conveniencias y de los hábitos”. Siempre se opuso abiertamente a toda vía que significase el dogmatismo y el intelectualismo, insistiendo en la importancia de “honrar la verdad con los actos”.

El camino que HPB propone es el de buscar la verdad a cualquier precio, sabiendo que no será sino la nuestra, es decir, relativa, pero esta búsqueda que nos obliga a obrar con integridad y rectitud de ánimo nos transforma, nos hace descubrir nuestros verdaderos motores de acción y nos permite evolucionar a pesar de las condiciones exteriores: “Cuanto más elevada es nuestra conciencia, más podemos impregnarnos de verdad”.

En 1875 funda, junto al coronel Olcott, la Sociedad Teosófica, aunque no ocupó nunca ningún cargo directivo. Su pretensión era promover la fraternidad y el estudio comparativo. Blavatsky consideraba que todas las creencias tienen algo válido: “Cada filosofía y cada religión, por incompletas y ridículas que sean en apariencia, están basadas sobre un fondo de verdad; nosotros las comparamos, las analizamos y discutimos las enseñanzas que están en ellas contenidas”. Busca incansablemente los puntos de concordia entre las disciplinas científicas y la Gran Ciencia que tenían los antiguos. Para HPB las diferencias de credos y ceremonias son solo aparentes, y le corresponde a la filosofía seguir el encadenamiento que nos lleve a desentrañar sus misterios.

Su gran obra, La doctrina secreta, se basa en las estancias de Dzyan, que la autora dijo haber tenido a la vista cuando estudió en el Tíbet. Ella fue la primera reveladora en los tiempos modernos de la enseñanza en la que se basan todas las religiones, y la primera que hizo un esfuerzo para dar una síntesis filosófica de todas las edades y de todos los momentos de la humanidad, que sería mucho más antigua de lo que todavía hoy la ciencia reconoce.
Blavatsky mostró siempre una devoción incondicional a sus Maestros, como antes Platón había honrado a Sócrates y como los grandes personajes de la humanidad reconocieron siempre a aquellos que les habían enseñado el camino y les habían animado a que lo recorriesen por sí mismos.

Su obra

Helena P. Blavatsky escribió sobre pueblos antiguos o alejados de la civilización occidental, sobre temas parapsicológicos y sobre ritos que habían sobrevivido desde tiempos inmemoriales. Su obra literaria fue inmensa. Además de La doctrina secreta, escribió también Isis sin velo, La voz del silencio, La clave de la teosofía, Por las grutas y selvas del Indostán y unos mil artículos en ruso, inglés, francés e italiano, cuyo volumen supera el contenido de sus libros, sin contar sus cartas.

La ciencia materialista y el positivismo de su momento defendían que los aparatos más pesados que el aire no podían volar y que el fondo de los océanos estaba lleno de agua sólida por la presión, y arremetían contra toda expresión mística y parapsicológica, mientras las grandes religiones se volvían más dogmáticas en su afán de detener el ateísmo. Ella dejó escrito que el siglo XX sería la oportunidad de demostrar con medios más eficaces y mentalidad más abierta que lo que afirma en sus obras es cierto.

A pesar de sus dones naturales y de sus viajes, es asombroso cómo pudo escribir sobre tan variados temas y citando sus fuentes de consulta, dada la amplitud del trabajo y los medios de la época. Se centra en el simbolismo de las antiguas religiones y se esfuerza por demostrar con toda clase de argumentos la antigüedad del hombre y las doctrinas antiquísimas acerca de su origen. HPB se enfrentó valientemente a autoridades de su época analizando minuciosamente el darwinismo, para encontrar sus puntos débiles “presentando otras y más antiguas enseñanzas, aunque solo sea como hipótesis para una apreciación científica futura”.

Pretende demostrar que existe una sabiduría atemporal que se ha asomado a través de diferentes filosofías y religiones, y que en todas las épocas de la Historia han existido Maestros que se han ocupado de mantener encendida la llama del saber en los momentos más oscuros de la humanidad. También defiende la importancia de la acción recta y consciente. Explica que el ser humano es un complejo sistema constituido por varios cuerpos sutiles, no solamente físico. La actualización de corrientes de energía en estos cuerpos sutiles otorgaría poderes que no son milagrosos, sino que potencian elementos naturales. Pero advierte de los grandes peligros de poner en práctica estos poderes sin un grado suficiente de purificación y de conciencia.

Es curioso cómo el lenguaje de los grandes físicos de este principio del siglo XXI ha evolucionado considerablemente hasta acercarse de forma ostensible al que ella usa. Los experimentos en física cuántica han demostrado que, en el nivel de las partículas elementales, toda materia es energía. Nuestro cuerpo físico está constituido por átomos y por partículas subatómicas y las leyes que las rigen influyen indiscutiblemente en nuestro funcionamiento, tanto en el nivel físico como en los diferentes planos de conciencia. Las diversas manifestaciones de la materia son el resultado de varios estados vibratorios; las frecuencias más bajas corresponderían al nivel físico denso, mientras que las frecuencias más altas se darían en el nivel emocional, mental o espiritual.

Dice la física que el ser humano constituye un complejo con un patrón de onda que se organiza de una forma coherente. Hay un aumento de su nivel energético gracias a un estado coherente interno, repercutiendo esto en la captación de información y en su desarrollo como ser evolutivo. De igual modo que solo captamos los colores del arco iris aunque el espectro de luz es mucho mayor, estamos rodeados por un montón de energías invisibles, de ondas electromagnéticas, que cubren de forma continua un amplio margen de longitudes de onda. Cada onda electromagnética tiene sus propias aplicaciones prácticas específicas. Fenómenos como la materialización, la telepatía o la clarividencia serían completamente naturales en este contexto.

Blavatsky fundó una asociación para la investigación de los fenómenos espiritistas y eso le trajo una larga serie de críticas y calumnias que la persiguió hasta el final de sus días. Quiso explicar los peligros de los estados de conciencia que adquiere un médium, a pesar de que ella tenía evidentes facultades psíquicas. Criticaba la búsqueda espiritual a través de la pasividad.

Los estados modificados de conciencia pueden conducir al descubrimiento de nuevos aspectos de la realidad, pero no representan en sí mismos ningún signo de alta espiritualidad. Si el individuo no está preparado, puede llegar a convertirse en una entidad pasiva bajo el empuje de fuerzas exteriores a él, como el médium del espiritismo o el individuo hipnotizado. Por el contrario, cuando responden a necesidades de integración de nuevas situaciones o nuevos desafíos, la canalización implica un acto voluntario que permite enfocar el intelecto, ejerce una influencia activa sobre uno mismo y evita así hacerse poseer.

Según varios testimonios de personas cercanas a ella, H. P. Blavatsky no pretendió jamás ser infalible y tenía horror de la adulación de su persona. Ella simplemente se consideraba embajadora de una enseñanza inmemorial que transmitía por indicación de sus Maestros, de los que se consideraba fiel servidora.
Helena P. Blavatsky no ha dejado a nadie indiferente. Ningún movimiento o búsqueda en filosofía arcaica ha podido evitar tocar algunos elementos que presenta. Su vida es ejemplo de consagración total a un ideal filosófico, en un intento sobrehumano de querer aportar un poco de luz en el camino de la humanidad en su búsqueda de respuestas ante la vida.

“El que vive por la Humanidad hace más aún que aquel que por ella muere” (HPB, Isis sin velo).

Esmeralda Merino
Corresponsal de la revista Esfinge en Madrid

Para saber más:
Helena Petrovna Blavatsky, una mártir del siglo XIX.  Mario Roso de Luna. Berbera Editores. México.
H. P. Blavatsky. Reflexiones sobre la actualidad de sus enseñanzas esotéricas. VV.AA. Editorial NA, 1991.
La dimensión cuántica. De la física cuántica a la conciencia. Teresa Versyp. Edición de la autora, 2005.

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