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Noviembre 2013

Más mitos de Platón

Escrito por  Giosef Quaglia
Más mitos de Platón

2400 años después de existir en tierras griegas, Platón nos sigue desvelando respuestas humanas a inquietudes universales y atemporales a través de la narración de los mitos que recoge y transmite para la posteridad.

 

Seguimos con Platón en el 2400 aniversario de la fundación de la Academia. Para el viejo filósofo, los mitos contienen elementos maravillosos porque son instrumentos que con pocas palabras tienen la propiedad de explicar las verdades más profundas de la vida.
El mito es ante todo un “símbolo” (eikonon), útil para desprender enseñanzas morales que sirvan para elevar nuestros sentimientos y para ampliar nuestros horizontes mentales e intuitivos.
Además, no tendríamos que olvidar que en los mitos se inspiraron aquellos que levantaron las pirámides de Egipto y de México, el Partenón de Atenas y los templos de la India y de Roma, o aquellos que esculpieron y pintaron en el Renacimiento, todas ellas maravillas que nos siguen asombrando hoy en día.
Mientras que muchos hablan de personas que serían referencias a seguir, algo así como mitos (estrellas del cine, del deporte, de la música), por sus riquezas, su belleza física, su éxito, romances, glamour, otros, en cambio, prefieren celebrar ejemplos de coherencia y valores humanos.
Platón nos habla de Sócrates, un personaje que físicamente era muy feo (dicen las malas lenguas que era tan feo que se parecía a un sileno y que por eso provocaba la risa de la mayoría de la gente). Sin embargo, ese personaje para Platón sería un mito, porque en el día a día era coherente consigo mismo, no con el vecino, escuchaba los dictados de su corazón y de los dioses (las fuerzas de la naturaleza), era fuerte, valiente, generoso, y amaba a su ciudad y a su gente por encima de sí mismo, como lo demostró en varias ocasiones poniendo en riesgo su vida. No hablaba de alguien que fue fruto de sus fantasías literarias, sino de un héroe, un mito, que existió realmente. Sócrates seguramente inspiró a Platón a escribir sus mitos. Veamos algunos de ellos:

Mito de la escalera del Amor
Platón dice que para aprender a amar habría un camino natural a seguir. El hombre o la mujer comienza naturalmente a entusiasmarse, a enamorarse, por la belleza de un cuerpo. Ese cuerpo le resulta atractivo y despierta en él o en ella el amor. Pero todos sabemos que muchas veces una pareja se junta y al poco tiempo se separa. En algunos casos, o muchos, ¿puede ser que el origen del alejamiento haya sido el haberse quedado en el primer escalón? Pues comenta Platón que si este hombre o mujer crece un poco, ha de advertir que la belleza que ve en un cuerpo está también en otro cuerpo, y en otro, y en otro, y ultérrimamente en todos los cuerpos, en todas las formas del universo y, sobre todo, tarde o temprano, ha de advertir necesariamente que lo que hace que un cuerpo resulte bello es el interior, es el alma (el cuerpo no es sino el reflejo del alma), y le empezará a gustar más el interior de las personas, sus valores, como la generosidad, la nobleza, el honor... Y si valoramos el interior, valoramos la capacidad de creación que tenemos las personas en las artes, en las ciencias… Así, poco a poco podríamos llegar a conocer esa belleza última y suprema que es la causa y origen de todas las demás bellezas y que representa el amor perfecto, la Afrodita Urania de los mitos griegos.
Dirían los sabios que, sanamente entretenidos en la visión y vivencia de los prodigios del amor, nos iríamos elevando, iríamos elevando nuestra conciencia y dejaríamos un poco de lado nuestro egoísmo y nuestro egocentrismo para acercarnos a uno de los temas fundamentales de la filosofía de todos los tiempos: el “conócete y mejórate a ti mismo”.
Esto demostraría que la filosofía y el amor están estrechamente relacionados (“filos”, de hecho, significa amor). Para Platón la filosofía es “la forma más intensa de amor” y a la vez una “música divinamente inspirada”.

Mito del lenguaje sagrado
Nosotros sabemos que, por ejemplo, el castellano viene del latín, el latín viene del griego (en parte, del etrusco), el griego del sánscrito y este del sénzar, el lenguaje sagrado del Tíbet antiguo.
Pero ¿nos hemos preguntado alguna vez de dónde puede venir el sénzar o, por ejemplo, el aymara, otro lenguaje sagrado que según nos dicen se habla en la zona del lago Titicaca desde hace más de doce mil años?
La respuesta la tenemos en Platón. El primer lenguaje habría sido enseñado a todos los hombres por los dioses. Sería un lenguaje que podía ser percibido sólo con la ayuda de instrucciones especiales y símbolos, como los números, las figuras geométricas, la geografía y, por supuesto, los mitos. Y lo más maravilloso es que hoy siguen existiendo muchos vestigios y pruebas de este lenguaje.

Mito de Thot
En ese mito, Platón nos explica a través de Socrátes que en Egipto había antaño uno de los antiguos dioses del lugar llamado Thot (Θεὺθ).
Un día, Thot acudió a Thamus (Θαμοῦ), más conocido como Amón (Ἄμμωνα) para mostrarle sus artes, diciéndole que debían ser entregadas a todos los egipcios. Cuando llegó el turno de la escritura, Thot dijo: Rey, ese arte (tamathema) hará a los egipcios más sabios y más memoriosos, es como una medicina para la memoria y la sabiduría. A lo cual Amón le contestó: ¡Thot! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar el daño o provecho que aportan a los que pretenden hacer uso de ellas. Y tú, precisamente, atribuyes a la escritura poderes contrarios a los que tiene. El arte de la escritura –siguió hablando Amón– sólo producirá el olvido (λήθην) en las almas de los que la aprendan. Fiándose (πίστιν) de la palabra escrita, descuidarán la memoria. Querido Thot, no es un fármaco de la memoria lo que has encontrado, sino un simple recordatorio (ὑπομνήσεωςφάρμακον). Lo que proporcionas a tus discípulos (μαθηταῖς) no es ninguna sabiduría, sino solo apariencia de sabiduría (δόξαν). Ellos, habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas de verdad, parecerá que tienen muchos conocimientos (εἶναι δόξουσιν), siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, unos completos ignorantes (ἀγνώμονες), y además, serán difíciles de tratar porque se creerán sabios sin serlo.
¿Qué nos ha querido decir Platón con ese mito? Que la sabiduría, el conocimiento, no está en los libros, no se despierta leyendo compulsivamente muchos libros, sino que está en las personas.

carro aladoMito del carro alado
El alma, tanto la de los hombres como la de los dioses, se parece a una fuerza que lleva a un carro alado con dos caballos y un conductor, un auriga. Ahora bien, los caballos de los dioses son buenos y fáciles de conducir; en cambio, en lo que se refiere a nosotros, a los seres humanos, tendríamos un caballo que es muy hermoso, de color blanco, de erguida planta, dócil y valeroso (alma irascible) y otro que, en cambio, sería todo lo contrario: malo, feo, pesado, sordo, amante de los excesos (alma concupiscible). Necesariamente, pues, resulta difícil y duro el manejo de nuestro carro, que simbólicamente representa nuestra vida.
Ahora bien, el carro que conducimos es un carro alado, tiene alas (las alas representan la inteligencia). Platón dice que si el auriga siguiera su inteligencia, llevaría el carro a la Llanura de la Verdad, el mundo de las ideas, al mundo de los dioses, entendería a los dioses, viviría con ellos, es decir, viviríamos en armonía con la naturaleza y seríamos capaces de plasmar en la tierra bellas obras y acciones; seríamos, pues, arquitectos de nuestro templo interior. Pero el auriga que se dejara empujar especialmente por el caballo negro puede ser que nos llevara a una vida de aparentes comodidades materiales y bienestar, pero en realidad nos condenaría a una vida de sufrimientos interiores.
Para evitarlo habría que librar una batalla interna y pedir auxilio a los guerreros que llevamos en nuestro interior. Son aquellos guerreros representados por nuestro caballo blanco, que el gran poeta Homero en La Ilíada llamó Agamenón, Aquiles, Héctor, Andrómaca, Ulises, Penélope, y que simbólicamente representan nuestras virtudes, nuestros valores morales: perseverancia, valor, moderación, autocontrol, astucia, paciencia...
Si nos dejamos conducir por nuestros guerreros interiores, por los valores morales, cuando viéramos algo que es legítimamente objeto de nuestros deseos, como puede ser una prenda de ropa, un perfume, unas vacaciones en una isla paradisiaca, un chico o una chica con formas escultóricas, tendríamos un caballo negro que no haría caso de nada y se lanzaría sobre el objeto de sus deseos, y en cambio, un caballo blanco que estaría bien atento, pero antes de emprender cualquier acción pediría consejo al más sabio, a su auriga. Este, lo primero que haría, sería tirar de las riendas a los dos caballos y hacerlos sentar sobre sus ancas. Es el momento de la reflexión, de la idea que ha de preceder todas nuestras acciones. No se trata de empeñarnos en una disciplina demasiado severa para el caballo negro, porque él es también nuestro protegido, es el protegido del auriga, sino que se trata de no secundar siempre sus caprichos y darle solo lo que le corresponde según su naturaleza y según las circunstancias.
Saber coger las riendas de los dos caballos, alimentarlos de forma apropiada, sería la clave para conseguir armonía en todo lo que hacemos y la verdadera felicidad.

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