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Febrero 2007

Hipótesis Gaia: una concepción filosófica de la naturaleza

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Gaia.jpgTodos nosotros hemos sido educados en una visión del mundo judeocristiana, basada en la Biblia, según la cual Dios creó el mundo en seis días por un acto de su voluntad, hizo al Hombre a su imagen y semejanza y puso a toda la creación a su servicio. Es lógico considerar entonces que la naturaleza nos pertenece (en sentido global) y que por lo tanto podemos disponer de ella a nuestro antojo, sin tener en cuenta nuestra posición en el planeta.Naturalmente estas ideas son muy cómodas, pues nos imaginamos a Dios a nuestra imagen y semejanza, como una inmensa persona a la cual podemos suplicar, adorar, tratar de comprar por medio de rituales, etc. Este es también, a groso modo, el punto de vista de las religiones animistas, donde se pide al cielo la lluvia, a la tierra la fertilidad y buenas cosechas, etc.
Con el advenimiento del Renacimiento, la Revolución Industrial y los grandes avances científicos y tecnológicos, a partir del s. XVIII y XIX surgió un nuevo punto de vista: el mecanicista. Toda la Naturaleza estaba sujeta a Leyes, estas leyes conseguían explicar los fenómenos naturales, el origen del hombre, el nacimiento del Cosmos…Y todo era predecible y sujeto a cálculos. Un buen ejemplo de esto lo tenemos en la anécdota que nos cuenta que cuando Pierre Simon de Laplace presentó a Napoleón su nuevo libro sobre el origen del Sistema Solar y el emperador le preguntó el porqué no había nombrado a Dios en todo el texto, Laplace le contestó: Sire, no he tenido necesidad de usar esa hipótesis.
Por todo esto, hubo bastante movimiento en la comunidad científica cuando, hace unos cuarenta años, James E. Lovelock publicó la hipótesis de Gaia. La idea de Lovelock es que la vida (toda la vida global terrestre) tiene la capacidad de mantener su entorno de manera que sea posible la continuidad de su propia existencia. Si algún cambio medioambiental amenazara a la vida, ésta actuaría para contrarrestarlo. Este sistema que se conserva a sí mismo, no sólo se adapta a los cambios, sino que incluso hace sus propios cambios alterando su medio ambiente siempre que sea necesario. Lovelock presentó numerosos ejemplos de este sistema homeostático (que es el nombre científico con que se conoce este proceso). Repasemos brevemente algunos de ellos.


a) La atmósfera terrestre:

El 20% de la atmósfera terrestre está formada por oxígeno libre, que es altamente reactivo. Si no hubiera nada que produjese el oxígeno, éste reaccionaría con el hierro de la tierra o con el carbón y desaparecería. Lo más curioso es que está en la justa proporción para que se pueda mantener la vida, ya que una proporción más alta aumentaría enormemente la reactividad y se combinaría por una reacción en cadena. De hecho, sin la relativa abundancia de oxígeno y metano y la escasez de dióxido de carbono (es decir, sin la vida), la temperatura se estabilizaría hacia los 242ºC.

b) La sal en los océanos:

La concentración de sal en los océanos es justo la adecuada para las plantas y los animales marinos que viven en ellos. A estos organismos les cuesta un gran esfuerzo metabólico disminuir la concentración salina en sus fluidos vitales. De hecho, si la concentración en sal del agua marina fuese un poco más alta, ya no podrían hacerlo y morirían. Pero, según toda lógica científica normal, la concentración de sal en los océanos es mucho más baja de lo que realmente debería ser, ya que los ríos terrestres aportan continuamente sales disueltas a los mares, y el agua del mar al evaporarse se vuelve pura y sin sales, para caer en forma de lluvia sobre la tierra. Por lo tanto, la concentración en sal debería aumentar, y sin embargo no lo hace. Podría ser una coincidencia, pero también podría ser una manifestación a escala planetaria de la vida.

c) La temperatura terrestre:

La temperatura terrestre se ha mantenido prácticamente constante a lo largo de cientos de millones de años. Sin embargo, la radiación solar, que es la principal causante de la temperatura, ha ido aumentando progresivamente. Se calcula que en los orígenes de la tierra era 1/5 de la actual. ¿Qué mantenía entonces la temperatura constante? La altísima concentración de dióxido de carbono en aquel momento creaba un efecto invernadero y ayudaba a mantener la temperatura constante. Gaia actuaba (indica Lovelock) por medio de las plantas para mantener la mejor temperatura para la vida.

Más recientemente, una nueva investigación realizada sobre las costas de Hong Kong ha descubierto que el litoral respira bajo los efectos de las mareas, que originan la aspiración y expiración del aire y la humedad. El movimiento de las aguas debido a las mareas provoca un cambio de presión en el suelo que origina la aspiración y expiración del aire y la humedad a lo largo de la costa. Este fenómeno es imperceptible a simple vista, pero en determinadas ocasiones, como cuando se produce un movimiento rápido de la marea y del aire en el subsuelo, es posible apreciar la formación de burbujas de agua, una de las manifestaciones del proceso de respiración del suelo. Esto no hace más que reforzar la hipótesis Gaia.

Aunque en un primer momento las teorías de Lovelock (que estaban basadas en observaciones y hechos científicos) fueron rechazadas por el canon oficial, fueron siendo aceptadas poco a poco por científicos de reconocida fama mundial, como la microbióloga Lynn Margulis, defensora de la idea de la endosimbiosis como explicación del origen de la célula, según la cual podríamos decir que tanto los animales como las plantas y todos los seres vivos hemos surgido por evolución a partir de la asociación y cooperación entre bacterias. Para ella es el principal motor de la evolución, por encima de las mutaciones por azar, teoría que es la que predomina entre la comunidad científica. No es difícil asociar esta idea con una inteligencia que dirige los organismos en su evolución y mejor adaptación al medio, y que incluso puede provocar cambios en él para su mejor desarrollo. En resumen, la hipótesis Gaia.


Pero la idea de la Tierra como un inmenso ser vivo que evoluciona no es algo que hayamos descubierto. En todas las culturas tradicionales aparece la diosa de la Tierra como una divinidad que surge del Caos primordial y que protege y ampara a todos los seres vivos. De hecho el nombre de Gaia no es casual. Es el nombre de las diosa Tierra en la cultura clásica griega. Pero no es algo exclusivo del mundo griego. Isis (para los antiguos egipcios) e Innana (para los sumerios) recogen la misma intuición; la que la Tierra que nos alimenta es un inmenso ser vivo del cual formamos parte y que evolucionamos con él. No es algo puesto a nuestro servicio por un Dios Personal, sino una manifestación directa de la Divinidad.
El panteísmo como doctrina filosófica también se halla muy cercano a esta idea. Considera a toda la Naturaleza como una expresión de Dios y en toda ella se puede ver Su Obra. Spinoza es el principal filósofo panteísta. Para él la Naturaleza proviene de Dios, es emanación de la Divinidad y el Hombre no es algo aparte de ella. Otra visión del panteísmo (ésta más moderna) expone la idea de la Vida como algo global que no se puede separar en partes (es decir, los seres vivos no serían fenómenos aislados), sino que surge como una especie de conciencia de la Naturaleza en su proceso evolutivo. A esta forma de panteísmo se la llama panteísmo ateo.


Como hemos podido ver (muy brevemente) la historia ha trazado un ciclo y de nuevo estamos volviendo a la visión filosófica y descontaminada del mundo clásico, contemplando al hombre como algo integrado en la naturaleza y al planeta Tierra como un gran ser vivo con conciencia propia, y no como algo muerto, mecánico y vacío que da vueltas alrededor del sol sin sentido alguno. Esperemos que esta nueva visión pueda provocar un cambio en nuestra conciencia y podamos detener el proceso de depredación de los recursos de Nuestro Planeta. Nos va la vida en ello; la Vida seguirá, de eso no cabe ninguna duda, pero el Ser Humano corre peligro de extinción.

Javier Ruiz

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