Junio 2007

Hoy la Tierra llora

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Hoy la Tierra llora


Hay una pregunta que nunca he podido dejar de hacerme: ¿qué siente la Tierra cuando se queman sus árboles? Si el planeta pudiera expresarse, ¿cómo nos haría llegar su dolor? 

Por ridículo que parezca, si los seres humanos varían de un lugar a otro en sus lenguajes y formas de expresión, ¿por qué no habría de tener la Tierra algún sistema que fuera propio de ella, que pudiera ser entendido por los más intuitivos y perspicaces?

Si partimos de la base de que sólo los humanos somos los que estamos conscientemente vivos, todas las preguntas anteriores carecen de sentido. La Tierra no sería más que una bien acondicionada roca girando en su órbita alrededor del Sol. Pero no puedo evitar el recuerdo de tantos filósofos antiguos que supieron presentar con propiedad y claridad sus pensamientos sobre la vida Universal, la que atañe a todo lo que existe, aunque se presente bajo las más variadas formas.

Según ello, la Tierra vive, tiene sus ciclos de salud y enfermedad, de tranquilidad y de zozobra… En su propia escala, goza y padece como lo hacemos los humanos.
Sea como sea, si nosotros, en nuestra pequeñez y -por qué no- en nuestra ignorancia, nos sentimos impresionados por los embates de los cometas interestelares y por los incendios monumentales, ¿cómo pensar que los más directamente afectados están fuera del alcance de esta proyección vital?

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La Tierra llora...

Los hombres se reúnen de tanto en tanto para estudiar el estado de la Tierra.

Se mantienen encuentros mundiales en los que se dan cita científicos, expertos ecologistas, presidentes y enviados especiales de casi todas las naciones, periodistas, interesados y curiosos.

Todos están de acuerdo en el deterioro cada vez más evidente que presenta la Tierra, pero es casi imposible que se pongan de acuerdo en soluciones prácticas e inmediatas.

La Tierra está enferma; el clima se enloquece, las sequías y las inundaciones aumentan lo mismo que el hambre y la polución.

Desaparecen plantas y especies animales y el aspecto de nuestro planeta envejece a diario.

Pero los intereses creados son superiores a estos efectos que ya no pasan desapercibidos para nadie. Tienen más peso las luchas políticas y los dividendos económicos de las industrias que la salud de la Tierra y la de todos sus habitantes… Quienes así actúan, relegando las soluciones a un mañana difuso, nos hacen recordar aquello de “después de mí, el diluvio”. Lo que equivale a decir… allá nuestros hijos y nietos.

Lo que nunca se toma en consideración es la ancestral sabiduría de los pueblos de la antigüedad, que proclamaban que la Tierra es un ser Vivo, inteligente, más evolucionado que los hombres que soporta en su superficie y con un destino propio que nada ni nadie puede alterar. Es fácil actuar impunemente ante un planeta que no reclama nada; es difícil reaccionar ante un Ser inteligente que de pronto puede pasarnos la cuenta por tantos desastres cometidos.

Hoy la Tierra llora, sufre por los hombres que la ignoran y la maltratan. Expresa su llanto con cientos de síntomas que deberían ser más que suficientes para llamar nuestra atención.
Pero el orgullo opaca nuestros ojos y nos ciega con la ilusión de que todo será siempre como ahora y es el hombre quien maneja a la Naturaleza.

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¿Estaremos todavía a tiempo de aprender a ver y saber hacer?
Si la vida es Una, es Una para todos. Ya vendrán más adelante las tan apreciadas demostraciones. Hoy nos queda el asombro, el dolor, la impotencia, la maravilla de vivir en este infinito mundo del que apenas alcanzamos a comprender una mota de polvo y al que, por lo visto, poco podemos ayudar, por más que nuestros deseos de aliento vuelen mucho más lejos que nuestras mentes.

Delia Steinberg Guzmán

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