Junio 2007

El cambio climático nos obliga a cambiar costumbres

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El cambio climático nos obliga a cambiar costumbres


Al punto que hemos llegado, el cambio climático debe contemplarse como una realidad de futuro inmediato y poco nítida en sus límites que se mezcla con lo actual y supone el punto de partida hacia nuevas formas de organizar nuestra vida. 
 

El cambio climático es hoy el punto de referencia al que se dirigen todas las miradas, donde confluyen todos los discursos y donde se reflejan todos los impulsos. Hace pocos años sólo se hablaba de cambio climático en círculos reducidos de especialistas o en el ámbito del sensacionalismo ecologista. Formaba parte del inmenso arsenal con el que se agreden las tendencias políticas y no se le daba credibilidad, precisamente por ser considerado como un arma arrojadiza de las políticas radicales. Ni siquiera la comunidad científica formaba un frente común, y se sucedían las discusiones públicas entre especialistas que argumentaban el origen antrópico del hipotético cambio climático frente a los que negaban tal posibilidad. 

Sin embargo, hoy parece que no existe duda ante la inminencia de este fenómeno complejo y sus causas. Y lo que es peor, sus nefastas consecuencias sobre la dinámica del propio planeta, y por supuesto, sobre el desarrollo económico y social de nuestra civilización. El cambio climático ha pasado, casi instantáneamente, a ocupar el lugar permanente de preocupación de todos los programas económicos y agendas políticas, de todos los sectores sociales, incluyendo a los más reacios a las causas ecologistas.

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LAS CONSECUENCIAS DEL CAMBIO DEL CLIMA

A este incremento espectacular de presencia del cambio climático en los medios de comunicación, ha contribuido especialmente la ronda de consultas y presentaciones que los científicos del IPCC (algo así como el Panel Intergubernamental para el estudio del Cambio Climático, dependiente de la ONU) fueron realizando entre 2006 y 2007 para presentar el último informe elaborado por este organismo. También fue determinante el hecho de que un político de la relevancia e influencia de Tony Blair diese la voz de alerta hace pocos meses, poniendo especial énfasis en el retroceso económico que supondría la instauración de un cambio climático a escala planetaria.
Ahora, la amenaza del cambio climático aparece detrás de muchas decisiones. El efecto sobre el clima (y por extensión, sobre el medio ambiente) se encuentra ya entre los criterios de decisión de muchas acciones. El temor a los efectos devastadores sobre nuestra economía está comenzando a movilizar voluntades. Durante décadas, los colectivos ecologistas hemos estado dando argumentos éticos para tener una actitud de respeto al medio ambiente, pero lo que realmente capta la atención del ciudadano en general, y de la clase política en particular, es la posibilidad de perder nuestro modo de vida, nuestro estado del bienestar. De igual manera que el fumador se suele quitar del vicio nicotínico, no por la encomiable decisión de liberación personal, sino por la oportuna dosis de miedo que aporta la última revisión médica.
Sin embargo, el que ha pasado por la experiencia de abandonar el tabaco (u otra adicción de perniciosas consecuencias) sabe que la decisión firme de dejar de fumar debe acompañarse de la incorporación de nuevas conductas que consoliden esa determinación. Se deja de fumar para recuperar una calidad de vida perdida, pero se deben transmutar unos hábitos y costumbres por otros acordes a la nueva situación. De igual manera, si se quiere alejar la amenaza del cambio climático y sus desastrosas consecuencias para nuestro estado del bienestar, no basta con incorporar tecnologías más limpias y procesos más eficientes, sino que hay que modificar los hábitos y costumbres, cuya resultante global ha conducido a esta situación.

BORDEANDO LOS LÍMITES

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Para entender las características y alcance del cambio climático, hay que desterrar la idea de que se trata de una variable discreta, es decir, con límites inequívocos y definidos. Yo puedo evitar precipitarme por un barranco porque hay un límite definido a partir del cual deja de haber suelo en posición más o menos horizontal. Si doy un paso más, caigo. En el caso del cambio climático, los límites de la variación del clima no están tan claros, especialmente en el caso de los climas que presentan cierto margen de variación como una de las características, tal y como ocurre con nuestro clima mediterráneo, imprevisible hasta cierto punto. Quiero decir, que de igual manera que no puedo averiguar qué cigarrillo es el que me va a producir cierta enfermedad respiratoria, tampoco podemos afirmar hasta cuándo podemos seguir manteniendo las características de nuestro modo de vida que están incidiendo en el cambio climático. La incertidumbre se incrementa cuando se cree, desde la comunidad científica que el cambio climático ya está produciéndose. En una llanura de cambios graduales, ¿cuándo podemos decir que hemos alcanzado el horizonte?

Todos sabemos que las causas del cambio climático hay que encontrarlas en el incremento de la concentración de los gases con efecto invernadero en la atmósfera. Los gases con efecto invernadero tienen la característica de retener parte de la radiación solar que, después de haber rebotado en el suelo terrestre, se dirige a las capas altas de la atmósfera y al espacio exterior. Esta radiación retenida por las moléculas de los gases con efecto invernadero distribuye calor, por lo que la temperatura de la atmósfera se incrementa paulatinamente. Los gases con efecto invernadero son el dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (NO2) y gases fluorados. Menos estos últimos, totalmente sintéticos, el resto de los gases tienen un origen natural (combustión natural, respiración, procesos de fermentación y digestión, vulcanismo) y un origen vinculado a la actividad humana (centrales térmicas, industria, agricultura y ganadería, transporte, etc.)
Puesto que el clima es el resultado del equilibrio de varios componentes del planeta (atmósfera, hidrosfera, criosfera, litosfera y biosfera, en relación al aire, agua líquida, agua sólida, suelo y conjunto de seres vivos, respectivamente), cuando se incrementa la temperatura de la atmósfera rápidamente, se produce un desequilibrio en el conjunto que conduce a cambios en el clima. Este es el fundamento básico. La solución pasa por reducir la concentración de gases con efecto invernadero, que son los responsables directos de que suba la temperatura. Para reducir la concentración hay que combinar medidas para frenar la emisión de estos gases, con medidas para retirar cantidades de estos gases de la atmósfera. En el primer caso, lo evidente es reducir el consumo de productos manufacturados y de energía y orientar nuestro consumo hacia productos que requieran menos energía. En el segundo caso, mientras se inventan dispositivos para capturar estos gases de la atmósfera, hay uno que ya ha inventado la Naturaleza y que es muy eficiente: las plantas verdes, que crecen y se desarrollan extrayendo dióxido de carbono (uno de los gases con efecto invernadero) de la atmósfera, por lo que cualquier política de mantenimiento e incremento de las plantas verdes (bosques, praderas, cultivos, las algas de los océanos, etc) reduce el cambio climático.

cambio_climatico02.jpgEN BUSCA DE SOLUCIONES

Hay mucha gente que confía únicamente en la tecnología para superar este problema. El argumento es simple (no sencillo): la ciencia está en condiciones de desarrollar la tecnología necesaria para eliminar las emisiones de gases con efecto invernadero sin necesidad de sacrificar el consumo. Esta creencia es a todas luces impracticable, por muchos motivos sociales (desigual distribución de la tecnología), económicos (muchos procesos contaminantes no soportarían la carga de una tecnología “limpia”), técnicos (no se ha desarrollado esta tecnología para todos los procesos), ecológicos (el progreso interminable no es sostenible en términos de ecosistemas y ciclos de materia). Lo más sensato y eficaz es consumir menos y con más seso y dejar de destruir las plantas verdes.
Las soluciones afectan a dos niveles: el del ciudadano, donde estamos todos, y el supraindividual, el de las corporaciones, instituciones, administraciones, Estado. En el primer nivel los resultados de nuestra acción son directos. Sólo dependemos de nosotros. En el segundo nivel nuestra acción puede ejercerse de manera indirecta, siempre teniendo presente que el “poder hacer” es como la energía, que ni se crea ni se destruye. Todos tenemos una cuota de “poder hacer”; si no la ejercemos, otros la usarán por nosotros. Si la energía no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma, el poder hacer no se crea ni se destruye, sólo cambia de mano.
Al punto que hemos llegado, parece evidente que el cambio climático, lejos de considerarlo como una opción de límites claros fija en el horizonte, debe de contemplarse como una realidad inmediata y poco nítida en sus límites, que se mezcla con lo actual y que supone el punto de partida hacia nuevas formas de organizar nuestra vida. La reducción del consumo, el consumo responsable y una visión reorientada hacia los procesos naturales, no es algo que pueda imponerse por la fuerza, ni por la ley, sino que se reconduce a través de la formación. El consumo ilimitado surge como consecuencia del propio desequilibrio individual. Cuando una persona está centrada en sí mismo, necesita menos para ser feliz, y por tanto, contamina menos. No pueden decirme que no puedo tener dos coches, sino más bien, cómo descubrir y aprovechar mis propias potencialidades para que no me llame la atención tener dos coches.
El cambio climático es un punto de partida, no para consolidar un modelo de vida que nos está llevando a aniquilar la Naturaleza, sino para explorar alternativas más humanas y naturales, que pasan por recuperar hábitos de menor consumo, y sobre todo, por encontrar móviles que nos lleven a cultivar el interior antes de esquilmar lo exterior.

Por Manuel J. Ruiz.
Grupo GEA-Jaén.
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