Octubre 2007

LA MAGNÉTICA ATRACCIÓN DEL DESIERTO

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LA MAGNÉTICA  ATRACCIÓN DEL DESIERTO

Durante la semana de la travesía en la que en total recorrimos unos ciento diez kilómetros saliendo a las cuatro de la mañana y descansando en los campamentos base cuando al mediodía el sol hacía imposible seguir la marcha, tuvimos sol, mucho sol, pero también lluvia y una tormenta de arena que ocultó la luz.


CUANDO SÓLO QUEDA ENTUSIASMO
Habíamos tomado la decisión de realizar una travesía a pie por el desierto con un grupo de amigos, ya medidos en otras travesías, y con la idea de que todo esfuerzo “hace crujir los huesos, pero ilumina el rostro” como nos lo había recordado, alguna vez, el filósofo Jorge Livraga. Debíamos encontrarnos en Ouarzazate, al sur de Marruecos, cercano a la frontera con Argelia, e internarnos en el desierto de dunas de Erg Chebbi, en Merzouga. La travesía duraría casi una semana e iríamos haciendo escalas en oasis y en jaimas, preparadas a estos efectos por el equipo de Juan de Dios y de Anaam Alí (Alí “el cojo”). Mientras el grupo caminaba siguiendo los pasos de Alí (“el joven”), nuestro guía local, nos manteníamos en contacto por GPS con los campamentos base, con el fin de no perdernos en la inmensidad de arena.Para llegar a las dunas fue necesario atravesar los contornos del desierto de piedras que rodean la isla de arena de Erg Chebbi.

Quizás fue esa una de las partes más duras, ya que las piedras calcinadas (negras por arriba y completamente blancas por debajo) se convirtieron en una pesadilla para los pies, pues llegaron a fundir literalmente algunas suelas de goma de los caminantes. El resultado fue que al llegar al oasis de Disernimina, el calor, el cansancio y las ampollas habían hecho estragos en muchos de los miembros del grupo. Sin embargo, y esto llamaba la atención de nuestro guía local (que incluso él también sufrió alguna ampolla que otra) y de los bereberes que se ocupaban de montar los campamentos base, todos los miembros del equipo mostraban una actitud de fortaleza y alegría que denotaba la fuerza que los convocaba más allá del dolor de sus cuerpos. Las jaimas y el agua fresca se convertían en un verdadero placer de dioses (del desierto…) y el té caliente con dátiles nos devolvía la energía necesaria para seguir adelante.

El tercer día de la travesía dejamos el desierto de piedras y grava y nos adentramos en las dunas, un verdadero mar de arena. Para poder penetrar en el corazón de este desierto fijamos un campamento base en las jaimas “Alí-Dunas” junto a la gran duna, una especie de montaña de arena impalpable de unos cuatrocientos metros de altura que cobijaba con su sombra al campamento.

fotos_desierto__3_.jpgEN EL DESIERTO TE PIERDES O TE ENCUENTRAS
Caminar a través y sobre dunas es una experiencia impresionante que resulta muy difícil trasladar a aquellos que no la hayan vivido. La arena quema, te hundes hasta casi la rodilla, el calor abrasa mientras el viento leve peina las crestas de las dunas y cuando subes a una de ellas te sientes el rey del desierto y junto a tus compañeros caminantes te notas a la vez solo y acompañado y detrás de cada duna tienes la sensación de que un Djinn, un genio del desierto, te observa. Según con el ánimo con el que te internes en el desierto el Djinn te acoge o te rechaza. Esta afirmación puede resultar algo romántica o incluso mítica, pero aquellos que han atravesado el desierto no me dejarán mentir. En el desierto te pierdes o te encuentras…, me refiero a ti mismo, es como si se tratara de un viaje al corazón de cada uno, por eso me refiero a “esa magnética atracción que tiene el desierto”.

En ciertos momentos, mientras avanzábamos a paso rápido por las dunas, dejabas el cuerpo de lado para poder mantener la marcha y avanzabas con la mente y con las ideas que se agolpaban en nuestra frente cubierta por el “ergza” protector que con el sudor terminaban curtiendo de azul nuestros rostros como tuaregs redivivos.

Uno de los tramos (quince kilómetros) lo hicimos a lomo de dromedarios en otra experiencia que también fue inolvidable, pues allí se conjugaban viejos recuerdos, reminiscencias, trozos de lecturas en las que tantas veces nos habíamos recreado de la mano de aventureros reales y ficticios. El roce ronco de las cabalgaduras, el balanceo, los sonidos guturales de los dromedarios, las imágenes de los otros compañeros cabalgando en silencio, además del calor y de la arena fueron marcando cuadros e imágenes ancestrales en nuestras retinas, escenas que no tenían tiempo, que se escapaban al presente, que eran de siempre.

Durante la semana de la travesía en la que en total recorrimos unos ciento diez kilómetros saliendo a las cuatro de la mañana y descansando en los campamentos base cuando al mediodía el sol hacía imposible seguir la marcha, tuvimos sol, mucho sol, pero también lluvia y una tormenta de arena que ocultó la luz; y todo, durante una larga media hora, se hizo gris y oscuro, no pudiendo ver más allá de nuestras narices.

El desierto, al igual que el mar (aunque parezca un contrasentido) tiene algo de monumental, de grandioso, de inconmensurable, de inabarcable, y caminando por sus dunas o en medio de la tormenta recordé aquella frase de Joseph Conrad, en su Lord Jim, cuando dice que “se puede sentir a Dios cuando se observa al mar en una noche de tormenta”. Algo de eso hay también en el desierto, al menos ese dios interior que habita en cada uno de nosotros. Al desierto del Sahara se le calculan unos tres millones de años y su nombre deriva del árabe como traducción de la palabra tuareg Teneré, que significa desierto; no en vano, el desierto es el fondo de un gran mar que se ha secado.
Cuando repostábamos en los oasis la llegada a los mismos resultaba una imagen impactante, una explosión de verdor en las doradas arenas, sombra, agua fresca y por supuesto té caliente y dátiles.

Estos momentos de distensión, entre caminata y caminata, como en el oasis de Oubira, resultaban entrañables para el descanso y la convivencia. También fue sumamente reconfortante la visita que hicimos sobre una de las estribaciones del desierto al poblado de Khamlia, donde pudimos confraternizar con un pueblo de negros que son descendientes de antiguos esclavos y que hoy han organizado grupos musicales que ejecutan las canciones Gnaouas utilizando instrumentos que se derivan de las cadenas con las que antaño estaban sometidos.

fotos_desierto__4_.JPGA LA INTEMPERIE
Cuando la travesía, en su quinto día, llegaba a su fin, Carlos y Manolo, que habían liderado y organizado el grupo, nos tenían reservada la sorpresa de alojarnos, ese último día, en la posada de Alí “el cojo”, “Atlas du Sable” en Merzouga, que es una casbah de estilo bereber con una veintena de habitaciones con inscripciones de Tamazirt (el idioma bereber) en sus muros y una piscina en la que regocijamos nuestros cuerpos una vez que brindamos con cerveza (muy fría) Alhambra traída por Manolo directamente desde Granada y que, a buen recaudo, allí nos estaba esperando. Sin embargo, esa noche, acostumbrados al rigor del desierto, preferimos dormir otra vez a la intemperie, en una jaima que Alí tiene montada a unos mil metros del albergue a la falda de la gran duna.

No quise dejar Marruecos y su desierto sin hablar con Alí “el cojo”, pues necesitaba cotejar mis vivencias de aquella semana entre las dunas con su experiencia. Este bereber cosmopolita que alberga a numerosos aventureros en su casbah se siente parte del desierto, es un “hombre del desierto”. Hay que verlo con sus muletas, pues le falta una pierna, correr dando saltos por la arena, o subido a un cuatro por cuatro o recorrer las crestas de las dunas con su Squart. “Los bereberes somos beduinos, somos nómadas, hay cuatro tribus y hemos hecho del desierto nuestra tierra”, “Tenemos una particular afinidad con estas dunas, aquí está nuestro origen y como se dice en nuestro idioma, ‘arrojoaa Ilal Asli Asla”, toda persona necesita volver a su origen”, “el hombre del desierto vive de lo que hay, no pide nada”, “es gente dura y muy noble”.

Sin duda es así, al menos así yo lo percibí. Juan de Dios, uno de los organizadores, dice que Alí es un hombre “que tiene una bondad natural”, y ello lo demuestra ayudando a sus congéneres, pues a través de la ONG “Le bleu en mouvement” (Azul en acción) está sosteniendo a las poblaciones nómadas del desierto dándoles material escolar, comida e, incluso, haciendo pozos para buscar fuentes de agua. También se está construyendo un dispensario, un pequeño hospital y se prepara un internado para que los niños puedan estudiar.

¿Se pierde mucha gente en este desierto?, ¿has logrado salvar vidas? “Por supuesto, lo he hecho en numerosas ocasiones, aunque a veces ya no hay remedio, el desierto es muy peligroso, hay que saber internarse en él” ¿es verdad que hay espejismos en el desierto? “Claro que los hay, a veces no sólo ves agua sino también en la planicie del desierto ves pistas que de golpe desaparecen”, “he ayudado como guía en las carreras de cuatro por cuatro del Warm-95 y he sacado muchos coches de las dunas”.
Hablas de planicies y de dunas, ¿es que hay muchos tipos de desiertos? “Sí, podemos decir que hay cinco tipos, el Erg que son las dunas, el Reg que es el desierto de piedras, el Jabel que es la montaña, el Lile du Oued que son los cauces de ríos secos y que cuando llueve vuelven a tener agua, y el Hamada que es el desierto llano, hay un plateau de unos cuarenta kilómetros”. Bueno, Alí, y el sol y siempre el calor… “Y las tormentas de arena en el verano”.

¡Cuántas aventuras encierra el desierto y cuántos enigmas! El día que nos tocó partir, volví la vista a la gran duna que enmarca el paisaje del albergue “Atlas du Sable” y quise que mi imaginación vislumbrase la figura del Djinn que nos había acompañado durante toda la travesía. Como se sabe, las más antiguas tradiciones de la zona atribuyen a estos genios la cualidad de ser los espíritus de pueblos ya desaparecidos que actúan de noche y se ocultan al despuntar el día y que según la afinidad que logres tener con ellos te ayudan o te complican la vida. El nuestro, al menos así quiero creerlo, era un espíritu de fuego beneficioso, pues como dice el Corán (15, 26-27), “Hemos creado al hombre de barro, de arcilla modelable. Antes, del fuego ardiente habíamos creado a los genios”, ya que con nuestro grupo hemos logrado vivir una experiencia inolvidable.

Juan Manuel de Faramiñán Gilbert

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