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Mayo 2015

Caminando con tacones: ante todo, ser mujer

Escrito por  El Taller de la Dona
Caminando con tacones: ante todo, ser mujer

A veces, se exige de la mujer una determinada actitud ante lo que la sociedad considera que debe ser su papel, pero ¿dónde radica la verdadera identidad de la mujer? ¿Dónde se esconde la fuerza femenina? Tal vez convenga replantearnos que la mujer, por el hecho de serlo, tiene determinados puntos fuertes y débiles que son inherentes a su condición, y que conviene conocer para sacar de ellos el mejor provecho.

 El miedo

Las mujeres somos vulnerables ante ese estado patológico que llamamos miedo. Podemos sentir miedo de casi todo y tenemos que combatir ese mecanismo corrosivo y contagioso. Hemos aprendido a vivir con nuestros miedos, pero si entendemos sus causas, seguramente podremos disminuir la tiranía de sus efectos.

José Antonio Marina define el miedo como un sentimiento que, ante ciertos estímulos, provoca alteraciones en los sistemas digestivo, respiratorio o cardiovascular, o sensación de falta de control y necesidad de huida, lucha, inmovilización o sumisión. Estas alteraciones también acompañan a estados como la ansiedad o el estrés, tan comunes en nuestras vidas.

La ansiedad se manifiesta cuando, sin la presencia de un estímulo que lo justifique, nos invade un sentimiento desagradable, con alteraciones respiratorias o digestivas, o cuando sentimos preocupaciones excesivas y recurrentes a las que no podemos oponer ningún mecanismo de respuesta.

Esta ansiedad se transforma en estrés cuando nos sentimos amenazadas o desbordadas por las demandas del ambiente o por las que nos creamos nosotras mismas (prisa, responsabilidades) que exceden a nuestros recursos; entonces la capacidad de actuar se resiente y el organismo resulta castigado.

Hoy todas decimos, en un momento u otro, que padecemos estrés. El estrés está de moda, y hasta nos resultan simpáticas las «mujeres desesperadas» o «al borde de un ataque de nervios». Pero la realidad es otra. Estos temas de éxito son reflejo de una atadura más. Una mujer histérica, hipocondríaca u obsesiva no es el modo natural de ser de la mujer, sino un condicionante impulsado por la deficiente educación a que hemos estado sometidas.

También el miedo es una gran atadura. Y ocurre que quien puede suscitar temor siente que tiene poder, ya que se apropia parcial o totalmente de la voluntad de la víctima. Por eso, el miedo es utilizado en tantas relaciones violentas de pareja para conseguir que alguno de los dos se someta a la voluntad del otro. Las manifestaciones de ira, el talento para ridiculizar, humillar o avergonzar son formas de ejercer el terror que nos pueden hacer ver el mundo de una forma diferente. Sin embargo, tengamos en cuenta que los miedos, como los disparos de una pistola, salen de dentro, aunque el gatillo se apriete desde fuera.

Hay mujeres con una especial sensibilidad para padecer las situaciones tensas, las discusiones, las broncas, los gestos o expresiones de furia. Para ellas, son experiencias que las trastornan dejándoles un malestar que tarda en desaparecer. Lo normal es que esta aversión haya sido aprendida. Son nuestros miedos internos, que se conservan en la amígdala y no se borran con el tiempo, los que pueden tener un efecto desastroso sobre nosotras haciéndonos sus rehenes. Tengamos en cuenta que los miedos se aprenden, a veces por un suceso traumático, como puede ser un accidente o un fracaso amoroso, por situaciones repetidas de humillaciones o agresiones sin posibilidad de defensa, por asimilación de mensajes alarmantes (nos fabrican miedos según convenga manipular en una u otra dirección) o por la forma en que se habla en una familia de los conflictos. Está comprobado que, de la misma manera que se aprende la seguridad básica de una persona, se aprende la inseguridad, la desconfianza y el miedo.

Es paradójico que los humanos, cuyos miedos siempre están centrados en que no nos hagan daño los demás, sintamos un miedo desmesurado a la soledad. En la mujer, especialmente, carecer de apoyo le provoca miedo. Hay muchas relaciones que se mantienen no por la satisfacción que ofrecen, sino por la soledad que evitan. En este caso, podemos hablar de mujeres dependientes emocionalmente. Necesitan tanto no sentirse solas que estarían dispuestas a hacer unas concesiones, a veces, mucho más destructivas que la propia soledad.

Para paliar en lo posible los efectos del miedo, sepamos que la cultura es fuente de seguridad; también, la estabilidad de las costumbres y de las creencias. Todo ello tranquiliza, pero estamos en una época de cambios acelerados, y las mujeres tenemos que andar deprisa para no dejarnos arrastrar por el miedo a defender nuestras ideas y nuestros derechos, a no saber qué responder, a defraudar, a que la otra persona cambie la idea que se forjó de nosotras, es decir: hemos de desterrar el miedo a depender de la evaluación de los otros. Esta es la palabra maldita para la mujer y causa de muchos de sus males: dependencia.

Tengamos además en cuenta que la búsqueda obsesiva de bienestar fomenta el miedo, y acudimos a la sumisión como solución confortable. El miedo, como la mentira, es una tentación hacia lo fácil: ¿por qué voy a esforzarme, siendo tan fácil claudicar?, ¿por qué voy a decir la verdad cuando es tan fácil mentir?

Para combatir los miedos, las fobias y el pánico, nos hace falta valor. La valentía nos libera. Puede que resultemos zarandeadas y maltrechas, pero nos transforma, de gatitos amodorrados en un cojín a gatos de descampado con capacidad de pelea para defender su territorio de libertad.

Así como muchos miedos se heredan o transmiten, la valentía, por el contrario, es un hábito adquirido que conforma el carácter, y que por repetición de acciones se convierte en virtud. Es la que nos hace someter el miedo al juicio de la inteligencia, refuta la envidia, el odio, la pereza, la furia, la obsesión sexual, todas aquellas pasiones que limitan nuestra capacidad de tomar decisiones. Nuestros proyectos los elige el carácter, que a su vez se ha ido formando con los actos de la virtud.

La necesaria autoestima

Estamos de acuerdo en que no es nada fácil arrojar lejos de nosotras el impedimento del miedo, y que para acceder a la conquista del valor necesitamos un arma eficaz que consolide la confianza en nuestras propias fuerzas y la esperanza en los resultados. Necesitamos autoestima.

Sin embargo, tengamos claro que los halagos de los demás no crean nuestra autoestima. Tampoco lo logran las posesiones materiales, ni el matrimonio, ni la maternidad, ni las conquistas sexuales, ni la cirugía plástica.Estos aspectos pueden hacernos sentir bien por un cierto período de tiempo, o estar más cómodas en situaciones especiales. Pero la comodidad no es autoestima.

Nuestra necesidad de autoestima es el resultado de dos hechos básicos, ambos inherentes a nuestra especie. El primero es que nuestra supervivencia y nuestro dominio del medio ambiente dependen del uso apropiado de nuestra conciencia. El segundo es que el uso correcto de nuestra conciencia no está «construido» por la naturaleza. Depende de nosotras que pongamos a trabajar la libertad y la responsabilidad de actuar sobre nosotras mismas. Precisamente, la autoestima está en estrecha dependencia con saber elevar el nivel de conciencia de nuestros actos. Unos actos cuyo objetivo primordial es el respeto hacia uno mismo.

El ferviente deseo de «sentirse amada» y las situaciones de dependencia son indicativos de baja autoestima. Tenemos que recordar que no se puede actuar directamente sobre la autoestima y conseguir logros inmediatos, porque esta es una consecuencia, un producto de prácticas generadas internamente a través del tiempo, cuando se ha vivido conscientemente, con responsabilidad e integridad.

Reconocemos a una mujer con sana autoestima porque nunca se siente superior a los demás, no tiene necesidad de «medirse» con nadie, se acepta con optimismo, valora sin falsa modestia sus cualidades y acepta honestamente sus deficiencias. Son personas que acogen de buen grado una colaboración, trabajan bien en equipo y piden de modo natural ayuda cuando la necesitan, saben compartir y comprender. Sobre todo viven conscientemente en un compromiso tomado sobre sí mismas. En ellas la sensación de ser aptas para la vida es tan natural como la vida misma.

Un paso más en la aceptación es tener la voluntad de querer ser eficaz, que es un modo de comprender. Tiene una buena autoestima quien se arrecia en la perseverancia ante las dificultades, cuando persiste en su voluntad de comprender ante lo que resulta dificultoso, cuando se es capaz de mantener un compromiso con las metas propuestas aunque se encuentre muchos obstáculos en el camino.

La autoestima no se da, se adquiere. No es un lujo personal sino un requisito para la supervivencia; es como el sistema inmunológico de la conciencia, que entronca directamente con la práctica de la virtud y proporciona resistencia y capacidad de regeneración para enfrentar los desafíos de la vida. De todo ello deducimos que una misma cosa podemos vivirla como una amenaza o como una oportunidad. Cada una de nosotras tiene la última palabra.

Caminando con tacones

caminando con tacones2¡Y aquí estamos! Nuestra sociedad, implícitamente, exige de nosotras que seamos superwomans, las mejores en todo. Debemos estar siempre atractivas, espléndidas en ocasiones, dispuestas a rendir al máximo en casa, manteniéndola siempre «de escaparate», ocuparnos de nuestros hijos, de nuestros mayores, ser ultraperfectas en el trabajo… y así, hasta llenar una larguísima lista de ocupaciones.

Esta mujer del siglo XXI, que se ha lanzado a la conquista de nuevos retos, lo ha hecho con plena conciencia, pero también tiene que darse cuenta de que ya no necesita imitar el modelo masculino para procurarse un lugar destacado en la sociedad; tiene que darse cuenta de que siguiendo ese modelo olvida algo tan importante como es reconocer su propia identidad. Una identidad que le proporcionará las armas más sólidas para prescindir de muletas y comenzar a caminar con tacones.

Ha llegado la hora de reconocer ese lugar en donde se genera nuestra mayor fuente de energía: en nuestro propio interior, en nuestro maravilloso universo femenino. Ha llegado la hora de que caminemos con tacones. ¡Y bien altos! Que nos suene en los oídos el rítmico taconeo de nuestro avance por la calle de la Vida, mientras somos conscientes de que construimos el Destino.

Una mujer camina con tacones:

  • cuando piensa qué hacer con su vida y toma decisiones;
  • cuando permitimos que afloren la mesura y la prudencia, la sensatez y el decoro;
  • cuando nos levantamos después de una caída;
  • cuando nos sentimos respetuosas con la vida y compasivas con todas sus criaturas;
  • cuando encontramos respuestas en nuestras convicciones internas;
  • cuando dejamos oír nuestra voz sin ira y sin temor;
  • cuando abrimos nuestras manos hacia el otro en gesto llano y sincero;
  • cuando aspiramos a la cordura;
  • cuando nos sentimos parte de la creación y depositarias de vida;
  • cuando utilizamos ese motor imparable que es la generosidad.

¡Qué enorme resistencia psicológica da a la mujer el caminar con tacones!

¡Cómo nos impide dormitar ante la inconsistencia de la vanidad!

¡Cómo nos muestra la auténtica importancia de lo valioso!

¡Cómo agiganta lo genuinamente femenino haciéndonos Embajadoras de la Vida!

Bibliografía

La mujer, sexo fuerte. Ashley Montagu. Ediciones Guadarrama. Madrid.

El mundo según las mujeres. Margarita Rivière. El País-Aguilar. Madrid,2000.

El poder de la autoestima. Nathaniel Branden. Editorial Paidós. Barcelona,2000.

El mito de la belleza. Naomi Wolf. Emecé Editores. Barcelona,1991.

Los seis pilares de la autoestima. Nathaniel Branden. Editorial Paidós. Barcelona,2001.

Anatomía del miedo. José Antonio Marina. Anagrama. Barcelona,2006.

Vindicación de los derechos de la mujer. Mary Wollstonecraft. Editorial Debate. Madrid, 1998.

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