Sociedad — 2 de abril de 2009 at 19:46

Mecanismos moleculares del cáncer

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Normalmente nos cuesta entender por qué aparece el cáncer. Con las enfermedades infecciosas es más fácil porque uno puede rápidamente encontrar la causa: un microorganismo, virus o bacteria, que nos ha invadido, en un momento en que por factores climatológicos, de estrés, de malnutrición, etc. nuestras defensas estaban bajas. En las enfermedades genéticas, por otro lado, hemos nacido con un cambio, o mutación en uno de nuestros genes, fruto de la combinación de la información de nuestro padre y nuestra madre, y tenemos que asumirlo. Pero cuesta comprender que en nuestro cuerpo haya una especie como de instinto de autodestrucción que haga que algunas células lleguen a proliferar tanto como para matarnos.

En general, solemos ver las cosas de forma dualística, creemos que estamos sanos hasta que de repente estamos enfermos, pero en realidad, constantemente el cuerpo enferma y sana, es decir, que nuestra propia vida física es un difícil equilibrio para mantener una cohesión y una integridad celular, y a nivel molecular y celular son dramáticas las luchas que ello conlleva, de las cuales por suerte no nos enteramos.
Nuestro organismo está maravillosamente diseñado, pero no es eterno. Si lo fuese, no enfermaría ni se moriría. Pero no es así. Puesto que es perecedero, ha desarrollado muchos sistemas de control y defensa para tener gran probabilidad de sobrevivir durante muchos años.

El cáncer es el resultado del fallo encadenado de muchos de estos mecanismos, y se va desarrollando a lo largo de varias décadas, se estima que necesita una media de veinte años para que sus efectos se manifiesten.

El cuerpo físico está constituido por millones de células, todas ellas con la misma información genética, pero cada una especializada en una función, como parte de distintos órganos y sistemas. Nuestras células tienen un número limitado de replicaciones, después de las cuales entrarán en un programa de autodestrucción, para que al haber envejecido los errores que puedan haber acumulado no se propaguen. Además, las células están sometidas a muchos estreses ambientales y sustancias tóxicas que pueden dañar su ADN, y también se pueden producir cambios en el momento de la replicación, es decir, cuando se copia la información genética para trasmitirla a la célula hija. Por tanto, si nuestro sistema defensivo descubre que una célula está dañada, o ha dejado de actuar correctamente o si ha sido infectada por un virus, también se le induce ese programa de autodestrucción, y se le obliga a morir.

Inicialmente las células que se vuelven cancerígenas sufren una mutación en su material genético por la que empiezan a replicarse a una mayor velocidad. Esa mutación se produce en un gen que interviene en el crecimiento y división celular, es decir, en un oncogén. Dentro mismo de la célula hay proteínas que detectan estos cambios, a las que se conoce como supresores tumorales (la más conocida es p53) que activan la maquinaria de reparación del ADN, para que se corrija el error. Si eso no se consigue los supresores tumorales llevan a la célula al suicidio (llamado en términos científicos apoptosis). Por tanto, para que se produzca el cáncer debe darse una segunda mutación que desactive a estos supresores tumorales. Y nunca es sólo una, sino que deben darse varias mutaciones para que la célula escape totalmente de la muerte programada. Posteriormente, el acúmulo de células que se va generando necesitará crear vasos sanguíneos para poder abastecerse de todo el alimento y oxígeno que necesita, y finalmente desarrollará otros mecanismos para invadir nuevos tejidos y volver a reproducirse en otros puntos del cuerpo (metástasis). Es decir, que para que se produzca el cáncer muchos genes tienen que empezar a funcionar mal. O dicho de otra manera, muchos mecanismos defensivos deben dejar de actuar.

El cáncer puede aparecer en cualquier tejido del cuerpo, pero hay algunos cánceres más comunes que otros. En especial aquellos que derivan de células en constante división, como la piel y el intestino grueso y que además están expuestos a agentes mutagénicos (rayos ultravioletas y carcinógenos alimenticios, respectivamente) mientras que por la misma razón, es extremadamente raro en el corazón, cuyas células sólo se dividen en caso de lesión. Tampoco se da en los glóbulos rojos de la sangre pues no tienen núcleo y no se dividen (las leucemias están causadas por los glóbulos blancos).

En círculos médicos se llama tumor a cualquier bulto producido por un aumento en el número de células. Mientras ese crecimiento es lento y las células se mantienen juntas se considera benigno, y cuando el tumor empieza a invadir otros tejidos y se traslada a otras partes del cuerpo se habla de tumor maligno, es decir, cáncer.

Aparte de la predisposición genética que pueda existir, se considera que el cáncer es fundamentalmente consecuencia del ambiente, es decir, de nuestro estilo de vida. Entre los agentes mutágenos conocidos están el humo del tabaco, el asbesto, el alcohol, el benceno, algunos conservantes químicos, los rayos X, los rayos ultravioletas, los rayos gamma, los isótopos radioactivos, algunos virus, como el del papiloma, el de la hepatitis o el de Epstein-Barr y ciertas bacterias, como Helicobacter pilori.

Hoy por hoy es más fácil prevenir el cáncer que curarlo. Los estudios científicos indican que la mejor prevención es tener un sistema inmune potente y para eso, lo mejor es realizar ejercicio regular y controlar la dieta, es decir, incrementar las frutas y verduras y reducir el consumo de sal, grasas, carnes, alcohol y azúcares, así como no fumar y tener cuidado con la exposición al sol.

 

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