Julio 2015

Entender a través del lenguaje

Escrito por  Esmeralda Merino
Entender a través del lenguaje

Hablar es un misterio… Qué natural nos parece articular palabras y comprender lo que nos dicen, y, sin embargo, qué profunda complejidad requiere este proceso...

 Es curioso cómo los niños asimilan el funcionamiento del lenguaje; con él fabricarán frases que siempre tendrán contenidos nuevos. Cuando escuchamos sonrientes al pequeñuelo que dice con su lengua de trapo «yo no cabo» en lugar de «yo no quepo», constatamos que el niño percibe la lógica del lenguaje antes que su sonido.

Con el lenguaje nos referimos no solo a cosas que suceden ahora, sino también a las que se dieron en el pasado o pueden ocurrir en el futuro. Nos sirve, además, para hablar de conceptos abstractos sin materialidad física, como la justicia o el miedo, o sobre cosas inexistentes, como unicornios alados o perejil transparente, y todo ello lo representamos en nuestra pantalla mental, lo cual nos lleva a concluir que hay un nexo de unión entre el lenguaje y lo que pensamos.

Insignes eruditos han mantenido que la lengua materna impone al individuo una forma peculiar de ver el mundo, ya que las palabras acumulan la experiencia de cada generación. Esto significa que las palabras propias de una lengua conectan, sugieren o nombran determinados aspectos de la realidad y con determinados matices. Jaspers afirma que «El lenguaje es, de algún modo, el lugar en que se conserva el saber adquirido, el sentimiento aclarado y el querer esclarecido. Es como la cámara del tesoro del conocimiento durmiente que el hablante puede reanimar en cualquier momento». Por este motivo, cualquier traducción siempre es problemática y, en algunos casos, casi imposible, ya que toda lengua original tiende a silenciar lo inefable, lo sobrentendido, lo implícito u oculto.

Tampoco todos los idiomas ofrecen las mismas posibilidades para el pensamiento abstracto, ni se puede acceder a lo pensado de la misma manera en todas. De ahí que cuando una lengua desaparece, se extinguen con ella sus conquistas particulares en cuanto a altura de pensamiento. No es casual que los filósofos persigan los significados de las palabras y los asimilen conscientemente. Mediante el recuerdo y la reconstrucción tratan de hacer resurgir las maravillas sumergidas en el lenguaje.

Los vocablos llegan a nosotros inmersos en fórmulas confeccionadas con multitud de influencias y conexiones (aposiciones, omisiones, repeticiones, etc.), que implican una forma de pensar. Somos herederos inconscientes de las palabras y de sus recursos.

Las palabras abren puertas a determinados objetos pensados. Las cosas se vuelven presentes cuando las nombramos; sentimos la brisa al evocarla por su nombre, y podemos hacer realidad lo que no es inmediato para nosotros: dioses, personajes que no hemos visto, conceptos. Hablar de la Luna nos lleva a ella. Por eso, cuando desaparece un término de nuestro vocabulario, quedamos vacíos de su significado, deja de ser nuestro. Hemos perdido un tesoro.

La verdadera importancia de las palabras no está en ellas consideradas aisladamente, sino en el movimiento de la frase en la que se insertan; allí es donde se clarifican, delimitan y precisan recíprocamente. Sin embargo, nadie se pone a razonar sobre las concordancias o las conjugaciones antes de empezar una frase, sino que nos lanzamos y hablamos sin ser conscientes de ello. Con esa misma naturalidad, los vocablos se van impregnando del ambiente en el que se usan y se van depositando en el inconsciente, sin razonamientos.

Hasta las partículas más desposeídas de significado pueden evidenciar lo que pensamos. Alex Grijelmo lo ejemplifica muy bien: «Es un plato marroquí, pero muy bueno, dice el camarero de un restaurante al explicar uno de sus productos. Y la conjunción pero se convierte en una escopeta».

Las palabras, hábilmente utilizadas, se convierten en recursos para conseguir efectos muy concretos. «Daños colaterales», por ejemplo, es una fórmula eufemística que evita tener que decir «fallecidos por mala puntería».

El lenguaje no es un resultado, sino un proceso. Necesitamos utilizar palabras para llegar al significado. Cuando pensamos, damos pasos mentales articulados, de manera que cada uno se enlaza con los otros, lo que nos permite comprender al comparar y relacionar cosas. Con ello generamos nuevos pensamientos, que a su vez obtendrán su expresión apropiada e inédita mediante el lenguaje.

El lenguaje que recibimos no solo nos trae palabras, sino estructuras. Es asombrosa la cadena de operaciones que son necesarias para manifestar algo. Pero, como en todo, hay niveles, y existe una correspondencia entre la altura del entendimiento y la del lenguaje. Un conocimiento profundo del lenguaje aumenta la claridad del pensamiento. Esto nos pone en guardia ante el empobrecimiento idiomático de nuestro tiempo, que Lázaro Carreter ya denunciaba cuando decía que vivimos en una época de anemia idiomática. Por lo tanto, cuidado...

El acto de ver (televisión, ordenadores y videojuegos) ha suplantado al acto de discurrir, y constatamos que el lenguaje de conceptos abstractos ha sido sustituido por otro mucho más pobre y concreto, no solo en cuanto a número de palabras, sino especialmente en cuanto a riqueza de significado. Las expresiones del lenguaje actual aluden vagamente pero no capturan el significado, falta precisión. Es lo que algunos autores han llamado el pensamiento insípido, que brota en un clima de confusión mental.

Rectas palabras

Podríamos preguntarnos si el hecho de que el ser humano incremente su capacidad de pensar de modo riguroso perjudica a algún oscuro fin, o si conviene, más bien, que embote su entendimiento y que no perciba los trucos que se pueden provocar con el lenguaje.

Las palabras están cargadas de connotaciones que pueden posibilitar una serie de mensajes entre líneas, de sentidos no explícitos que vadean los razonamientos y se introducen de forma directa e inconsciente gracias a los recursos que el propio lenguaje otorga. La verdad o falsedad no solo tienen cobijo en las palabras, sino también en la manera de formular las frases. Cuando un noticiero dice: «Los aviones hacían incursiones», se está escamoteando el resto del contenido. Hacían incursiones, sí, pero «para luego bombardear». Por ello es de vital importancia la intención con que se maneja el lenguaje. Hoy, más que nunca, para proteger la salud moral del ser humano, se hace necesario comprender qué significa la rectitud en las palabras.

Al utilizar las palabras básicas con un determinado sentido, se orienta el pensamiento por el cauce de ciertos esquemas mentales, igual que conduciríamos un tronco de madera en una corriente de agua si le amarrásemos unas sogas que lo arrastran. Cuando no se matiza, el significado de los conceptos se empobrece, se simplifica y se banaliza. Empobrecer el lenguaje equivale a desmemoriar las conciencias y adormecerlas. Para la gran mayoría, lo ausente no brilla por su ausencia; sencillamente, no existe.

Cuando se vacían las palabras de su contenido tradicional, se despoja al lenguaje de la valiosa herencia que transporta. Al borrar el pasado, anulamos un inestimable recurso para esclarecer situaciones, y quedan trastocados los modelos éticos, políticos, religiosos y estéticos. El demagogo, por ejemplo, troquela la mente de sus seguidores con palabras que fascinan, no con argumentos. Las operaciones lingüísticas falsas permiten que el que habla se adorne con un lenguaje vacío y fingido, con fórmulas que no dicen la verdad.

Con el arte deliberado del lenguaje, también se puede desviar la atención hacia cuestiones superficiales, con propuestas de ingeniería gramatical antinaturales: «Los compañeros y compañeras que estén disgustados y disgustadas con los dirigentes y las dirigentes elegidos y elegidas en el último congreso, pueden quedar inscritos e inscritas en el registro».

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A pensar también se aprende

Las formas estilísticas, es decir, el estilo de la expresión lingüística, modifica nuestra percepción de la vida. Pero no solo eso: hay que prestar atención a la gramática, como principio y fundamento de la forma lógica que adquiere el lenguaje; al vocabulario, como portador de contenido a través de las palabras; y a la metáfora consciente, pues parábolas y alegorías son herramientas para comprender.

 También hoy, como en el mundo clásico, existen sofistas. Y los sofistas modernos, como era de esperar, ponen los recursos expresivos del lenguaje a su servicio, no al servicio de la verdad. Con ello se bloquea de forma fraudulenta pero muy eficaz el entendimiento de los receptores del mensaje. ¿Consecuencias?: se desarticulan las estructuras mentales que orientan la vida intelectual, volitiva y emocional del ser humano en su vida en sociedad.

Cuando los tecnócratas se refieren al «comportamiento» de los precios, desvían la idea del comportamiento hacia los precios; la mentira está en que el comportamiento es de las personas que los fijan. Todo el idioma está integrado por un cableado formidable del que apenas tenemos conciencia, y que, sin embargo, atenaza nuestro pensamiento.

Los mecanismos de defensa de una persona ante tales cargas de profundidad se relacionan directamente con su capacidad de reflexión sobre el lenguaje, con su propio dominio del idioma. Hay una relación directa entre el antídoto contra la manipulación y nuestro conocimiento del lenguaje. Es decir, nos conviene familiarizarnos con los entresijos del idioma.

Leer y escribir: una virtud

¿Por qué es importante leer? ¿Es importante aprender a utilizar el lenguaje escrito? La verdad es que estas preguntas equivalen a decir: ¿para qué sirve el entender? Julián Marías propone que hay que escribir para pensar.

La escritura solo es un conjunto de rasgos sobre el papel si falta un lector que ponga en marcha esa memoria colectiva que se aglutina en cada lengua. Cada texto es, en sí mismo, una propuesta de reconstrucción. La inteligencia del que lee es activada cuando resuena interiormente el lenguaje que nos habla desde lo escrito. Surgen los ecos, las ideas, las referencias, las alusiones, mediante los cuales el texto será recobrado y comprendido por el intérprete. Lo escrito es lo que permite convertir el pasado en presente.

Nada más importante en la formación humana –dice López Quintás– que acostumbrarse a pensar, hablar y escribir con propiedad y precisión. El lenguaje que utilizamos va creando un camino en el que se da el fluir del pensamiento. Este discurrir origina la reflexión y, con ella, el pensamiento abstracto.

Es importante aprender a escribir, pero no de cualquier manera, sino de forma reflexiva y rigurosa con el lenguaje, permitiendo aflorar esos otros resultados que aparecen después del primer acercamiento. Ante el esfuerzo que supone el cultivo del lenguaje y el respeto por las palabras, podemos conseguir llegar a otros niveles, y entonces obtenemos el regalo de entender.

Rectas intenciones, rectas palabras. Recomendaciones antiguas para un mundo moderno, donde el ser humano necesita, hoy como siempre, herramientas para caminar correctamente por la vida.

Para saber más

  • Jaspers, Karl. Lo trágico. El lenguaje. Ágora. Málaga, 1995.
  • Lledó, Emilio. El silencio de la escritura. Centro de Estudios Constitucionales. Madrid, 1992.
  • Grijelmo, Álex. La seducción de las palabras. Taurus. Madrid, 2000.
  • López Quintás, Alfonso. La revolución oculta. Editorial PPC. Madrid, 1998.
  • Sartori, Giovanni. Homo videns. Taurus. Madrid, 2002.
  • Altmann, Gerry T. M.  La ascensión de Babel. Ariel. Barcelona, 2002.
  • Chamizo Domínguez, Pedro José. Artículo “Ortega ante el lenguaje”. Universidad de Málaga, 1998.
  • Chomsky, Noam. El lenguaje y el entendimiento. Seix Barral. Barcelona, 1971.
  • Marías, Julián. Artículo “Pensar y escribir”.
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