Agosto 2011

Juventud y voluntariado

Escrito por  Esmeralda Merino
Juventud y voluntariado

Estamos en el Año Europeo del Voluntariado, declarado así por el Consejo de Europa, el órgano que fija el rumbo y las prioridades políticas generales de los veintisiete países de la Unión Europea.El voluntariado ha merecido la atención de esta alta institución por la proyección social que tiene en el presente. Aunque siempre ha habido voluntarios, especialmente personas con espíritu caritativo, es en este momento cuando podemos decir que está institucionalizado, reconocido e impulsado por los órganos rectores de la sociedad.Hoy en día, la actividad de los voluntarios abarca prácticamente cualquier tipo de actividad. Puede ser deportiva, asistencial, virtual, en países distintos al de origen, en catástrofes, etc., y se puede decir que no hay grupo humano que no pueda practicar el voluntariado.

Pero ¿por qué este aparente boom del voluntariado en los últimos tiempos? ¿Qué es lo que ha otorgado visibilidad a esta acción? Tal vez la propia marcha de la sociedad y del mundo en que vivimos sean la respuesta. Hasta el siglo XIX, prácticamente todas las ayudas que un particular podía ofrecer eran a nivel individual, o bien estaban relacionadas con actos de caridad o beneficencia.La sociedad era bien distinta a la nuestra: las comunidades presentaban una relación más directa entre sus miembros, para bien y para mal, y todos estaban ubicados en su entorno. Querer compararlo al mundo hiperconectado de hoy es tan difícil como hacerlo con una sociedad de otro planeta.

En el mundo occidental, es frecuente que en un edificio de ocho pisos, muchos de sus vecinos no se conozcan entre sí. En pocos metros cuadrados, cientos de personas pisan el mismo suelo todos los días sin saber unos de la existencia de los otros. En cierto sentido, es como si viviéramos en mundos paralelos.Esto contrasta con la multiplicidad de posibilidades de comunicación que nos proporcionan las nuevas tecnologías para contactar con un amplio abanico de gente. Pero esto no es suficiente para satisfacer la necesidad del ser humano de estar presente en el mundo, de modificar las circunstancias con las que no está de acuerdo, de sentirse útil convirtiéndose en protagonista de los cambios deseados.Antes de llegar a un voluntariado institucionalizado, hubo grandes ejemplos individuales que rompieron la dinámica de su propio proceso social y ejemplificaron para las generaciones siguientes una forma de actuar diferente a la entonces conocida y valedera para establecer un nuevo modelo de comportamiento.

Así, por ejemplo, Henry Durant, un hombre de negocios suizo, se horrorizó ante el espectáculo de miles de hombres muertos y heridos tras la batalla de Solferino, en Italia, e intentó ayudar en lo que pudo en aquel desastre, recabando para ello la colaboración de muchos de los habitantes de la zona. Sin embargo, la impotencia de no poder atender a tantos heridos que morían simplemente por falta de cuidados le impulsó a promover una organización internacional de ayuda, una ayuda neutral en la que no se hicieran distinciones entre los bandos. Sus ideas sentaron las bases para que en 1864 la Convención de Ginebra tomara la decisión de crear una agencia de ayuda internacional, que luego sería la Cruz Roja Internacional.En un ámbito distinto, el barón de Coubertin fue un pedagogo empeñado en transmitir la idea de que se pueden adquirir valores espirituales a través de la correcta práctica del deporte. El día que soñó con una extraordinaria competición a la que concurrieran deportistas de todo el mundo, abrió el camino a los Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Sus ideales de competir sólo por conseguir la gloria, sin ánimo de lucro y bajo el signo de la fraternidad ilustran el esfuerzo desinteresado y lleno de obstáculos de un solo individuo, que logró que se congregaran deportistas de catorce países bajo el lema: “Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”.

Poco a poco se fueron desbrozando las diferentes sendas del voluntariado. Los voluntarios son, en su mayoría, jóvenes. En la juventud radican las máximas potencias, la mayor energía para mover las circunstancias, pero no solo hay que ser joven de cuerpo, sino tener esa juventud interior que permite enfrentar los obstáculos hasta vencerlos y llevar a la práctica aquello que antes fue un sueño idealizado. Es la Afrodita de oro de los griegos, la que otorga la capacidad de plasmar los sueños en la realidad circundante.Las circunstancias presentes ofrecen un panorama conflictivo y contradictorio a los jóvenes. Por una parte, el acceso a informaciones de lo que sucede en cualquier parte del globo vierte sobre ellos la cruda realidad de las terribles desigualdades que hay, no solo según el lugar de nacimiento, sino también según el sexo, las condiciones físicas, el grupo social, etc. Esto provoca como reacción una especie de angustia existencial y un deseo de no ser engullido por el sistema, siempre que no se caiga en un estado de sopor indiferente para evitar cuestionar el propio papel en los problemas y sus soluciones.

En Occidente se ha buscado tanto el confort físico que se ha producido una especie de desajuste que podríamos llamar espiritual: el mundo no va bien. La sobrevaloración de los elementos materiales hace que las personas reaccionen como los lobos que se muerden unos a otros para arrebatarse la presa, mientras la competencia es enaltecida constantemente como forma de actuar. Se oscurece así la parte más elevada del ser humano y llega a parecer normal el uso de la violencia y de métodos que están descartados por la moral. Es entonces cuando la juventud promueve acciones para mejorar aquello que entienden fuera de la justicia natural y para cambiar aquellas estructuras que coaccionan el desarrollo del ser humano.Cierto es que una parte de los jóvenes queda aprisionada en un entorno establecido, bien porque prefieren no enfrentarse a las circunstancias a sabiendas de que les supondrá la pérdida de algunas comodidades adquiridas, o bien porque caen aplastados por un mundo que no comprenden.

Recordemos que las sociedades que llamamos del bienestar ofrecen una tasa de suicidios, de problemas de drogas y de violencia social que no se han conocido en otras épocas menos “desarrolladas”. Pero lo natural es que la juventud quiera mover montañas y lleve una semilla de heroicidad. La acción del voluntariado se puede considerar como una colección de de pequeños actos heroicos que, a la larga, van transformando nuestras sociedades. Así que, si es cierto lo que dijo un filósofo del reciente pasado siglo –“una Humanidad sin héroes es una Humanidad sin altura, sin volumen, sin peso, sin fuerza”–, los voluntarios son muy necesarios en este momento.Mientras desciende la militancia de los jóvenes en las diferentes políticas de partido y disminuye su participación en las distintas Iglesias, se involucran cada vez más en el voluntariado. Ningún campo queda fuera de la cobertura voluntaria, sea cultura, salud, educación, religión, deporte o tecnología.A medida que las circunstancias reclaman ayuda en un sector que manifiesta carencias, allí surgen iniciativas para tratar de paliarlas. Ese es el motivo de que actualmente haya muchas organizaciones que se dedican a la defensa y cuidado del medio ambiente, tan degradado por el inadecuado uso que los humanos hemos llegado a hacer del planeta y sus recursos.

La acción de deteriorar el lugar en que vivimos por fines económicos era inconcebible hace dos siglos. Es el grado mayor de materialismo: codicia primando sobre sentido común.La característica más distintiva del voluntario es la acción. Todo planteamiento de ayuda se mide en sus resultados, en la acción práctica que lleva a cabo, constatable y percibida por su entorno. Esto hace que las organizaciones de voluntarios canalicen acciones que sin ellas serían dispersas, otorguen un método para llegar al objetivo final y enriquezcan con ello el entramado social. Las vinculaciones y lazos que se establecen a través de la actividad del voluntariado proporcionan una cohesión social que en la actualidad han perdido otras células nucleadoras de individuos tradicionalmente, como la familia, el gremio o el grupo social al que se pertenece. Es evidente que el papel del voluntariado, dada su creciente expansión en número de participantes y acciones emprendidas, es un motor de transformación de la sociedad, aunque tenga menos visibilidad social que otros factores de tipo político o económico, y como tal ha sido recogido en la legislación.

En España, existe una Ley del Voluntariado aprobada en 1996 y dieciséis leyes de voluntariado correspondientes a las distintas Comunidades Autónomas, que han creado un marco legal para proteger y dar soporte al movimiento voluntario.La Ley del Voluntariado reconoce que el moderno Estado de Derecho debe incorporar a su ordenamiento jurídico la regulación de las actuaciones de los ciudadanos que se agrupan para satisfacer los intereses generales, asumiendo que la satisfacción de los mismos ha dejado de ser considerada como una responsabilidad exclusiva del Estado para convertirse en una tarea compartida entre Estado y sociedad.El voluntariado se convierte en una expresión de la conciencia creciente de esa responsabilidad social, que lleva a las organizaciones de voluntarios a la elaboración y ejecución de proyectos dirigidos especialmente a la erradicación de situaciones de marginación.Esta ley reconoce la actividad de los voluntarios como valiosa y necesaria en todos los ámbitos en que se desarrolla, pero pone énfasis en que se aprovecha mejor el esfuerzo, el entusiasmo y la dedicación de los voluntarios cuando es canalizada su labor a través de organizaciones, y hace hincapié en que la acción individual, aislada y esporádica, puede ser bienintencionada pero es mucho menos eficaz.Las características del voluntario quedan también establecidas.

Una persona voluntaria es aquella que se compromete por iniciativa propia y de manera desinteresada en una acción organizada al servicio de la sociedad. Es decir, el voluntario practica la generosidad, el servicio a los demás y sabe del compromiso. Es libre, porque lo realiza sin coacción, y en ocasiones, tiene que realizarla a pesar de presiones sociales, económicas o políticas externas. En el fondo, los principios del voluntariado son aquellos que responden a la pregunta: ¿qué sociedad queremos?No solo los poderes públicos están prestando atención a los grupos de voluntarios; también están siendo objeto de estudio en cuanto al beneficio de su labor para los propios voluntarios. Así, Fredrickson, Levenson, Branigan y otros proponen que experimentar las emociones positivas generadas por la acción voluntaria (alegría, entusiasmo, satisfacción, complacencia, etc.) hacen más resistentes a las personas frente a la adversidad, facilitan el establecimiento de relaciones de amistad y amor, beneficiosas en situaciones de conflicto o escasez, y deshacen los efectos fisiológicos que provocan las emociones negativas. Parece  también  que  cuando  las personas  se sienten  felices  se centran menos en sí mismas, les caen mejor los demás y desean compartir su buena fortuna incluso con desconocidos.

Un voluntario implicado en su actividad experimenta sensaciones parecidas a las de un músico concentrado en una nueva composición o un investigador embebido en un experimento, es decir, su labor concentra su atención placenteramente: se pierde la noción del tiempo y los obstáculos se afrontan con decisión.Son los jóvenes los más damnificados en este siglo XXI, que ven que el mundo que han heredado está lleno de lacras, que su herencia de un planeta saludable, el mismo planeta del que gozaron cientos de generaciones, les llega mancillada y herida gravemente, que por acciones que sucedieron antes de presentarse ellos en el mundo existen numerosas desigualdades y desequilibrios.Todo esto choca con la naturaleza de los jóvenes, que se sienten fuertes para emprender acciones que mejoren lo que conocen, que se rebelan ante situaciones que no comparten, que tienen de forma natural una sed de justicia que no ven reflejada en su mundo.Los jóvenes, los jóvenes de espíritu, que muchas veces coinciden con los jóvenes de edad, son los agentes de la nueva solidaridad, de la vieja justicia natural, de la eterna sed de la condición humana de lograr un mundo mejor. Los voluntarios participan en este logro poniéndose como carne de cañón allí donde se les necesita.

Esmeralda Merino

Corresponsal de la revista Esfinge en Madrid.

 

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