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Agosto 2014

El fracaso de Europa

Escrito por  Francisco Capacete González
El fracaso de Europa

Aunque a veces nos sintamos impotentes para modificar el curso de los acontecimientos, sobre todo en lo que se refiere a las grandes injusticias globales que hoy padece el mundo, una reflexión sosegada nos puede llevar a descubrir qué es lo que sí podemos hacer para enmendar el rumbo.

 La elevada abstención en las pasadas elecciones europeas no es síntoma del fracaso de Europa como civilización. En todo caso, es consecuencia del fracaso de la política europea. Con estas líneas quiero compartir con los lectores un hecho histórico que, desde mi humilde punto de vista, es fundamental en cómo le va a ir al mundo en los próximos decenios: Europa ha desaprovechado su oportunidad para fomentar la solidaridad y la fraternidad entre todos los pueblos del mundo. Y la ha perdido porque alguna vez la tuvo a su alcance.

Con la experiencia de las revoluciones liberales de los siglos XVII y XVIII que se desarrollaron en su seno, tras la experiencia de la Gran Guerra que padeció en su mismo vientre, las conciencias de los ciudadanos de Europa, incluidos los estadistas, miraron hacia la revolución de la fraternidad. Conformamos la Sociedad de Naciones (SDN). Creada por el Tratado de Versalles (París), el 28 de junio de 1919 para sentar las bases de la paz y reorganizar las relaciones internacionales, entre sus miembros fundadores se encontraban 14 países europeos (Bélgica, Checoslovaquia, Dinamarca, España, Francia, Reino de Grecia, Reino de Italia, Países Bajos, Portugal, Reino de Yugoslavia, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, Reino de Rumanía, Suecia y Suiza). Prácticamente, toda Europa comenzó a pensar en fraternidad global.

Años más tarde, comenzaron a tomarse decisiones equivocadas: la escisión en la Segunda Guerra Mundial, el tórrido enfrentamiento durante la Guerra Fría, el posicionamiento a favor de Palestina y en contra de Israel, el posicionamiento a favor de la economía por encima de la consolidación de la trama social europea. En lugar de trabajar por la paz mundial, alentamos la confrontación. En lugar de fortalecer la SDN y fomentar la solución amistosa de conflictos, generamos más conflictos. En lugar de favorecer el trabajo de la Corte Penal Internacional (en sus doce años de funcionamiento, solo ha dictado una sentencia condenatoria), se financian guerras locales a través de la venta de armamento. Joan Carrero declaró que “La UE está controlada por las grandes familias financieras” (ver Diario de Mallorca del 29/09/13), que impiden que se juzgue a los responsables de los genocidios tutsis y hutus de la zona de los Grandes Lagos de África.

Definitivamente, Europa ha fracasado.

Ahora nos llega el turno a los ciudadanos de a pie. Nosotros podemos aprovechar y protagonizar la oportunidad histórica de la revolución de la fraternidad. Y los ciudadanos españoles contamos con cierta ventaja: somos de los ciudadanos más solidarios de la UE. Es verdad que los estados nórdicos son más solidarios en el sentido de que en los últimos años han invertido más dinero en catástrofes y ayudas internacionales. Pero otra cosa es la sociedad, los hombres y mujeres del barrio que compran su barra de pan en la panadería de la esquina. Somos de los que más galas y festivales solidarios organizamos, no nos cuesta echar una mano al vecino y participamos de manera notable en numerosas misiones de paz y reconstrucción. Pero ¿cómo vamos a aprovechar este potencial para fomentar la fraternidad global?

Hay que trabajar desde las bases. La fraternidad es un ideal y no un hecho presente. Para llegar a este ideal tenemos que dirigir nuestros pasos hacia donde él está. Cuidado, porque no se pueden usar cualesquiera medios; los fines no justifican los medios –por mucho que le pese a Maquiavelo y al brazo armado de la Santa Sede–. Debemos usar medios adecuados para no desviarnos de nuestro cometido.

La filosofía moral nos recomienda tres pasos: cortesía, convivencia y concordia. La cortesía, entendida como una serie de formalidades que son como aceite en las relaciones humanas. En lugar de actuar de cualquier manera, podemos usar estas formalidades para suavizar el estrés y el choque cotidiano de unos con otros. La convivencia es vivir y dejar vivir. Dejar vivir no como indiferencia sino como conciencia del otro. Es asunción consciente de la diferencia y comunicación de corazón para compartir lo que cada uno es. La concordia, virtud de origen romano, es un alto grado de humanismo, un vivir corazón con corazón. Si introducimos en la educación estos valores, si los fomentamos en el tejido social, si cada uno de nosotros se esfuerza por integrarlos en su día a día, llegaremos a vivir como una realidad la fraternidad global.

Esto es una revolución social que no tiene como objetivo ni derramamiento de sangre, ni luchar contra nadie. Nadie puede quedar excluido. ¡Tú tampoco!

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