Febrero 2018

La posverdad: cómo maquillar la verdad

Escrito por  Tomeu Caffaro
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La actual situación que vivimos, sobre todo la política y los movimientos de las masas, ha hecho florecer un nuevo concepto para explicar por qué se han producido resultados que, en apariencia, van en contradicción con lo que se podía esperar (o lo que era previsible), o para describir algunos comportamientos de cómo se desarrolla nuestra sociedad que, a veces, nos cuesta entender. Me refiero al término de la posverdad , tan mencionado en la victoria de Donald Trump o en el Brexit.

¿Qué es la posverdad? Analizado literalmente, post se refiere a lo que viene después o lo que está detrás (la definición oficial de la RAE: «detrás de» o «después de»), de tal manera que, en una interpretación literal, la posverdad es lo que hay detrás de la verdad o lo que viene después de la verdad. Por lo tanto, en principio, parece que el término no debería causar muchos problemas en su uso. Pero la realidad es bien diferente.

A poco que investiguemos en la red, buscando información o definiciones al respecto (el término es relativamente reciente, se atribuye al columnista Davis Roberts en el año 2010 y el Diccionario Oxford la ha recogido últimamente), podemos encontramos definiciones como la siguiente: posverdad o mentira emotiva es un neologismo (palabra nueva) que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Parece un tema difícil de entender, así que intentemos analizarlo un poco más despacio. Esta primera aproximación, cuando la analizamos, ya plantea que es una mentira, aunque encubierta, porque a la hora de crear opinión pública, o intentar influir sobre ella, lo que realmente ha sucedido tiene menos importancia que las emociones y las creencias personales. Es decir, se nos plantea, abiertamente, que de verdad no tiene nada y que, buscando influir en la opinión pública lo hace con las emociones y las creencias de la gente. Traducido al castellano antiguo, sería poco más o menos tal que así; que si vemos un camión que arde en medio de una calle de la ciudad y nuestra intención es que no haya gasolineras en las ciudades, publicaremos una noticia como esta: «En grave peligro todo un barrio de la ciudad, al arder un camión cargado de gasolina cerca de una gasolinera» (la verdad es que el camión llevaba sus extintores, en pocos minutos fue extinguido el fuego y la gasolinera estaba a dos manzanas; pero esto no importa).

Si nuestra intención es que los camiones no circulen por la ciudad, publicaremos la siguiente noticia: «Grave atasco en la ciudad, por culpa de un camión que se quemó y cortó la circulación en la avenida principal de la ciudad en hora punta» (la verdad es que, era al mediodía, el camión se apagó a los pocos minutos y, más allá de la retención propia que generan todos los curiosos conductores mirando, pero ninguno ayudando, no hubo más incidentes; pero esto no importa).

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Con esta primera aproximación a lo que es la posverdad, ya podemos empezar a definirla. Si tuviéramos que usar un lenguaje llano, podríamos decir: exagerar una parte para esconder la otra; es decir, contar medias verdades que, en el fondo, es peor que mentir.

Ahora bien, en el campo donde la posverdad está triunfando es en el mundo de la política. Y si buscamos una definición de posverdad en relación con la política, encontraremos algo parecido a esto: se denomina posverdad (o política posfactual) a aquella en que el debate se enmarca en apelaciones a emociones desconectándose de los detalles de la política pública y por la reiterada afirmación de puntos de discusión en los cuales las réplicas fácticas –los hechos– son ignoradas.

Posverdad en la política
Cuando nos referimos al tema de la política, separar las emociones de los hechos es muy difícil. La política es un gran campo que, muchas veces, tiene más de sentimental que de racional. Según la definición que hemos hallado, hay que apelar a las emociones, sacándolas de los detalles, y reiterar afirmaciones (que pueden ser falsas). Pongamos un ejemplo: si se ha cogido in fraganti, con las manos en la masa del dinero público, a un representante popular, la mejor manera de hacer posverdad es que el representante sea entrevistado por un amigo de la prensa y poner el siguiente titular de la entrevista: «Mi partido ha defendido siempre la honestidad. Y eso es lo importante. Mis adversarios, me tiene envidia –manía–». O, tal vez, otro titular como este: «Que digan lo que quieran. Lo importante, es que el país se recupera de la crisis gracias a mi partido». Y, en el colmo de la desfachatez, diremos que sea entrevistado otro mandatario del partido, más importante que el representante cogido con el dinero en el bolsillo y dirá aquello de: «No creo lo que se comenta de mi amigo, pero el del otro partido, más».

Y, en último término, también podemos hallar una definición general con el siguiente texto: «La posverdad difiere de la tradicional disputa y falsificación de la verdad, dándole una importancia secundaria». Se resume como la siguiente idea: «el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad». Aquí, ya nos lo dejan muy claro: Lo importante, es la apariencia, no la verdad.foto 3

Resumiendo; la posverdad equivale a mentir porque, sobre la base de nuestras intenciones y emociones, conocidas por el interlocutor, las vamos a utilizar a nuestra conveniencia.

Pero este tema destapa otros no menos interesante. Para poder hacer posverdad, uno debe conocer los sentimientos de la gente (que varían de un país a otro, incluso de una región a otra, dentro de un mismo país), los intereses de las personas, las corrientes de opinión, los movimientos de las masas, etc. Lo que nos lleva a resolver una pregunta que, quizás, desde hace tiempo se nos había pasado u olvidado: ¿por qué hay tanto interés en controlar o conocer el tráfico de los grandes de la comunicación como Facebook, Twitter, Instagram, etc.? Porque a través de ellos, podemos conocer los intereses de las personas, las corrientes de opinión, los movimientos de las masas, etc. Es decir, si se conoce la información que circula por la red, sobre todo a través de las redes sociales, se saben los gustos y opiniones de la gente y se puede controlar a la gente a través de la posverdad, haciendo un periodismo de interés.

Entonces, podemos decir que, para esta parte del periodismo, el «periodismo de investigación» ha muerto. Esa idea de que un periodista no se atrevía a publicar una noticia hasta que no la tenía contrastada y confirmada (incluso desde varias fuentes), ya no existe. Ahora la noticia la generan los intereses en base a lo que interesa a los grandes grupos de comunicación, y nada más.

El bulo de la posverdad, al descubierto
Todo lo referido, hasta ahora, me recuerda una fábula cercana en el tiempo. Su autor no es otro que Mario Roso de Luna, quien en su libro Por el reino encantado de Maya nos habla del origen de la parábola. En su referido libro nos narra la célebre alegoría de Lichtwehr que dice tal que así:

« Cierto día —el último día de la Edad de Oro—, la Mentira sorprendió a la Verdad mientras dormía; la arrebató sus albas vestiduras; se revistió con ellas, y quedó así constituida en única soberana de la Tierra.
Seducido el mundo por el falso brillo de la Mentira disfrazada de Verdad, hubo de perder bien pronto su primitiva inocencia, renunciando a toda sabiduría, a toda probidad y a toda justicia. Expulsada y menospreciada la Verdad, rindióse desde entonces a la Mentira, que le había usurpado su nombre, el culto que antaño solo se rendía a lo verdadero y justo. Todo cuanto la Verdad decía era al punto calificado de visión, y todo cuanto hacía, se deputaba como lo más intolerable de las extravagancias. A despecho, pues, de sus legítimos fueros, llegó la Verdad hasta suplicar doquiera porque se la oyese y atendiese, pero fue rechazada con los peores modos de todos cuantos lugares visitara. ¡Hubo hasta algún insolente que se atrevió a calificar de libertinaje su casta e ingenua desnudez!... “¡Vete noramala! —le decían—. ¡Vete lejos de aquí, mujer odiosa, que así te atreves a presentarte desnuda ante nuestros pudorosos ojos! ¡Jamás lograrás seducirnos con tus absurdos!”

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Convencida la Verdad de que la Humanidad cordialmente la execraba, huyó al desierto. No bien hubo llegado a él, encontró junto a unas zarzas las chillonas vestiduras que había dejado la Mentira cuando a ella le robó las suyas, y, como no tenía otras, se las puso, quedando así la Verdad siempre verdad, pero disfrazada ya con el vestido propio y característica de la Mentira...

La Verdad, así metamorfoseada, pudo ya retornar entre los hombres, que la acogieron entonces con asombro y alegría. Aquellos mismos que antes se habían escandalizado con su desnudez, fueron los que mejor la recibieron bajo tamaña apariencia extranjera y bajo el bellísimo nombre de fábula o “Parábola”, que ella entonces adoptó ».

Y esto es, a mi juicio, exactamente la posverdad; la mentira disfraza de verdad. Y por mucho que los políticos, empresarios e intereses económicos nos lo quieran vender, la posverdad es una mentira que se nos presenta con las vestiduras robadas a la verdad para confundirnos. Pueden apelar a nuestros sentimientos, intereses económicos, a nuestras debilidades, etc., pero por más ruido que se haga, por más que se intente disfrazar la verdad, no es más que una simple mentira.

¡Cuánta Filosofía le falta a nuestro mundo! Sí, Filosofía (y la escribo con mayúsculas con intención), porque la Filosofía no es otra cosa que amor a la sabiduría y, por ende, amor a la verdad. Nuestro mundo vive preso de los intereses económicos, políticos, empresariales, de comunicación, etc., y cada grupo solo tiene ojos para sus propios intereses, olvidando, con total y absoluto desprecio por la vida, que llegará el momento en que la Dama de la Guadaña les tocará el hombro y se los llevará, dejando atrás todo lo conseguido. Pero cuando digo todo, es todo. Y no me vale la excusa de decir que trabajan para la siguiente generación, porque de ser así, habría que preguntar a la siguiente generación qué es lo que quiere, olvidando aquello que nos enseñó Khalil Gibran, en su libro titulado El profeta , sobre los hijos (« Vuestros hijos no son vuestros. Son los hijos del anhelo de la Vida de sí misma. Vienen a través de vosotros, pero no son vuestros »).

Por eso, que no nos hablen de posverdad, que nos hable de la Verdad (con mayúsculas) y que nos cuenten lo que son las cosas, para que, a través de ellas, hagamos experiencia y nos sirvan para aprender, para hacer filosofía. Para que cuando la Dama de la Guadaña nos toque el hombro y se nos lleve, la sigamos, ahora sí, con toda la experiencia acumulada, con toda la sabiduría que hayamos podido recoger y digamos: «Nos vamos, sonó la hora; es hora de ir al otro lado».

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