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Noviembre 2013

Libertad: ¿una palabra vacía o una realidad?

Escrito por  Cinta Barreno
Libertad: ¿una palabra vacía o una realidad?

Libertad es una palabra que ha resonado en muchas ocasiones a lo largo de la Historia, generalmente porque se la anhela y se carece de ella. Pero ¿en qué consiste la libertad? ¿Nuestro mundo nos ofrece la posibilidad de ser libres?

 Hay muchas formas de libertad, pero la esencia de la libertad surge del espíritu.

Nuestra libertad está condicionada por los medios para poder expresarla, y la constante relación con el mundo va dándole matices. Lo único que permanece es el sentimiento interior de querer ser libres.
Las tradiciones de Oriente nos dicen que el hombre está en una constante búsqueda de la libertad, que nosotros traducimos como liberación. Pero esta búsqueda de la liberación surge desde lo más profundo de la raíz espiritual del ser humano. Es una necesidad de expresión, una necesidad de ser.
Aristóteles nos dice que existen ciertos principios de justicia y búsqueda de la libertad que están condicionados fundamentalmente por la unión del hombre con Dios.
Por lo general, tanto en Oriente como Occidente, se ha tratado de identificar la espiritualidad con la libertad, y por el contrario, se relacionó la materia con la esclavitud, con la limitación.
El ser humano, por naturaleza, ama la verdad y la libertad.
Hoy a muchos no les interesa para nada la verdad, ya que cada uno se fabrica la suya propia, subjetiva, particular, sesgada según sus preferencias, escogiendo lo que le gusta y rechazando lo que no le apetece, sin que implique compromiso existencial y consecuencias personales. Si no existe interés por la verdad, la libertad pierde peso y, como máximo, sirve para moverse con soltura, pero sin importar demasiado su contenido. El psiquiatra Enrique Rojas nos dice que el contenido de la libertad justifica una vida, retrata una trayectoria, deja al descubierto lo que uno lleva dentro, las pretensiones fundamentales y los argumentos.

¿Libertad o esclavitud?
libertad2Actualmente se cree que el ser humano más libre es aquel que no se compromete con nada, que vive la vida sin compromisos, que no tiene ataduras. Se cree que la fidelidad a un ideal, a un sentimiento, recorta la libertad. De esta manera, apartamos de nosotros los nobles ideales, las formas de vida dignas, los sentimientos, los valores atemporales… que no parecen indicados para esta supuesta libertad moderna. La misma que esconde una terrible esclavitud: vivir bajo las cadenas del miedo, la indecisión, el qué dirán, la incapacidad de elegir vivir unas ideas y unos sentimientos propios.
Creemos ser libres porque podemos elegir, pero ¿qué es lo que realmente elegimos? Seamos sinceros y reflexionemos.
La fuerza de los hábitos y las costumbres que impone el materialismo nos dirigen hacia una vida ligera, fácil y divertida, dejamos de vivirla con autenticidad y realización del propio ser. Esto, como nos decía el poeta checo Rainer Maria Rilke, no es progreso en el sentido de la vida, sino renuncia a todas sus posibilidades y amplitudes, y consecuentemente, nos lleva a un empobrecimiento del ser humano.
La sociedad nos promete ser libres y únicos, pero con sus pautas y normas, para que todos sigamos la misma estrategia vital, mediante el consumo, el ingrediente mágico de la fórmula postmoderna de la libertad.
El mito de la caverna de Platón sigue vigente. Actualmente han decorado la caverna de libertad, y los elementos decorativos más relevantes son:

  • Relativismo, muy cómodo, por cierto, porque hace que nadie se moje y adquiera responsabilidad. A cualquier pregunta, la respuesta es “depende”, las normas y las creencias se vuelven acomodaticias según el momento y el arbitrio de cada individuo. Con esta actitud se evaporan las instituciones, se debilitan las ideas y finalmente se pierden las utopías, es decir, la capacidad de soñar con un mundo mejor.
  • Hedonismo, ese culto ciego a uno mismo por disfrutar lo máximo a costa de lo que sea. Un egocentrismo puro y duro que nos mantiene fijados en nosotros mismos y nos hace perder el mundo de vista, que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y la búsqueda de sensaciones nuevas y cada vez más excitantes.
  • Permisividad, todo vale, todo debe probarse, rienda suelta a las sensaciones. Esto arrasa los mejores propósitos e ideales.

Sus sombras, proyectadas en la pared de la caverna, tergiversan la realidad. A la prisión la llamamos libertad, al sexo practicado sin compromiso lo llamamos amor, y al bienestar y nivel de vida los equiparamos con la felicidad. Como nos dice el sociólogo polaco Zigmunt Bauman, la novedad se convierte en buena noticia, la precariedad es ahora un valor, la inestabilidad un ímpetu y la hibridez una riqueza.
Animalizar al hombre en aras de no sé qué libertad es uno de los mayores engaños.

La verdadera libertad
El mundo de hoy es excesivamente materialista, egoísta y despiadado. Y a menudo, parece natural avasallar la libertad de los otros utilizando los medios económicos o físicos para imponer determinadas ideas, sin tener en cuenta que la libertad individual termina cuando choca con la libertad colectiva. Se nos ha hecho demasiado natural la falta de principios morales.
A pesar de todas las organizaciones de derechos humanos y todas las leyes fundamentales que rigen la convivencia, prevalece lo material, y aún más, la parte económica. En un mundo así es difícil que pueda darse la auténtica libertad. La propaganda, en manos de los factores económicos y de fuerza, es tan excesiva que la ahoga.
Como nos decía el filósofo argentino Jorge Ángel Livraga, podemos ser libres teniendo conciencia de nosotros mismos, es decir, teniendo conocimiento y aceptación de nosotros, y un conocimiento y aceptación del mundo circundante. Pero, por lo general, no sabemos reconocernos, nos inventamos y nos soñamos, y no tenemos el amor para con nosotros de aceptarnos con nuestras debilidades, errores y pequeñeces. Esto conlleva que nos cueste aceptar a los demás con esta misma condición, sin soñarlos en la perfección física, psíquica o espiritual, cuando nosotros no podemos ofrecer lo mismo.
La filosofía clásica nos enseña que únicamente es libre el ser humano que se conoce y se posee a sí mismo. Este no se aleja de la acción ni de la entrega, sino que crece más cuanto más experimenta y es más libre cuanto más crece.

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