
Reconozco que soy un «tipo raro»: cuando voy al cine, busco sesiones donde no haya mucho agobio y, por supuesto, no compro bebidas de cola gigantes ni engullo cantidades escandalosas de palomitas. Voy a ver cine, no a comer y beber, y por eso me disgusta escuchar el crunch, crunch de la masticación del maíz inflado a mi alrededor.
La última ocasión en que fui a una sala de cine a ver una película basada en la historia de un grupo de rock (Bohemian Rhapsody), no tuve tanta suerte. Aunque, como fan de Queen, salí profundamente impactado por el film, no pude librarme del crunch, crunch y los sorbidos de refrescos de cola. Por ello, para evitar sorpresas desagradables, en esta ocasión escogí la sesión de tarde de un lunes.
Soy consciente de que, aunque Bob Dylan es un referente de la música popular, la mayoría de la gente posterior a los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964) ha ido olvidando su importancia a nivel musical y su influencia en los jóvenes de los 60 y parte de los 70. Aun así, quedé sorprendido cuando, al entrar en la sala de proyección cinco minutos antes de la hora prevista de comienzo, solo había una persona. Concretamente una señora perteneciente a la mentada generación. Pensé que iría acudiendo gente puesto que, como es sabido, hay que tener en cuenta los quince minutos de retraso por publicidad. No fue así: cuando se apagaron las luces y comenzó la proyección, estábamos la señora y yo, lo cual era perfecto para mis pretensiones de estar exento de ruidos indeseables y olores a comida. Así pues, me dispuse a saborear los placeres del séptimo arte.
Aunque este sea un espacio dedicado a la filosofía y el rock, voy a hablar de la película. No como crítico de cine, puesto que no lo soy, pero sí como gran aficionado.
Tanto la interpretación del protagonista (Timothée Chalamet) como la ambientación de la Nueva York de los 60 me parecieron magníficas. La película se centra en un período de cuatro o cinco años, desde la aparición de Dylan en el Greenwich Village y el ambiente musical neoyorquino dentro del circuito del folk tradicional hasta la polémica actuación en el festival folk de Newport acompañado de una banda eléctrica de rock.
Hay momentos memorables, como el encuentro de Dylan con su idolatrado Woody Guthrie, con Pete Seeger como testigo. Es en el comienzo de la película cuando un jovencísimo Dylan canta una canción dedicada a Guthrie y este, ya bastante enfermo, muestra su aprobación golpeando un mueble dada su imposibilidad para hablar. Es un símbolo de traspaso de poder del maestro al discípulo: las viejas generaciones del folk aprueban al nuevo maestro.
La película es casi un musical pues, aunque cuenta una historia, la música está constantemente presente: hay muchas canciones enteras y momentos de inspiración del artista componiendo. Por eso creo que es una película para fans de Dylan y del folk o folk-rock. Personalmente, la disfruté bastante y, a pesar de sus 141 minutos de duración, se me hizo corta.
La canción que el director muestra como protagonista es Like a Rolling Stone. Este tema marca el cambio de Dylan hacia el folk-rock, con el ya mencionado escándalo que supuso para los puristas del folk más tradicional.
Desde el punto de vista filosófico he escogido otra no menos famosa: The Times They Are A-Changin’ («Los tiempos están cambiando»). La canción se convirtió en un himno de rebeldía de la juventud. El tema menciona los diversos sucesos convulsos que vivía el mundo a principios de los 60, con constantes cambios sociales, la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles de las minorías raciales en EE.UU. Nos habla de una parte de la juventud que no cree en sus políticos (¡qué curioso lo poco que hemos cambiado!) ni en la forma de vida americana. Es el comienzo de la contracultura y del posterior movimiento hippie. Me he permitido mostrar la letra completa, dado que se trata de un premio Nobel de literatura, y también por su belleza y simbolismo:
Acercaos todos
por donde quiera que andéis
y admitid que las aguas que os rodean han crecido.
Y aceptadlo pronto u os calaréis hasta los huesos
si creéis que vale la pena vuestro tiempo,
así que lo mejor será que empecéis a nadar o, si no, os hundiréis como una piedra.
Porque los tiempos están cambiando.
Venid, escritores y críticos que, con vuestra pluma, hacéis profecías.
Tened los ojos bien abiertos, la oportunidad no se volverá a presentar.
Y no habléis tan pronto, porque la rueda aún está girando
y no se puede decir a quién va a señalar.
Porque el que ahora pierde, será el que más tarde gane,
ya que los tiempos están cambiando.
Venid, senadores, congresistas, por favor, oíd la llamada.
No os quedéis en la puerta,
no bloqueéis la entrada,
porque el que se haya detenido será el que resulte herido.
Afuera hay una batalla enfurecida.
Pronto sacudirá vuestras ventanas y hará temblar vuestras paredes,
porque los tiempos están cambiando.
Venid, madres y padres
de todo el país,
y no critiquéis lo que no podéis entender.
Vuestros hijos e hijas
ya no están a vuestras órdenes.
Vuestro antiguo camino envejece muy rápido.
Haced el favor de apartaros del nuevo si no podéis echar una mano,
porque los tiempos están cambiando,
ya se ha trazado la raya,
ya se ha echado la maldición.
El que ahora es lento, será más tarde rápido,
así como el presente ahora, será luego pasado.
El orden se desvanece con rapidez
y el que ahora es el primero será luego el último,
porque los tiempos están cambiando.
Un mes después de interpretar por primera vez este tema, John F. Kennedy fue asesinado y la canción se convirtió en una especie de profecía. El público aplaudía a rabiar en los conciertos; sin embargo, aunque era verdad que los tiempos parecía que estaban cambiando, el desorden y la injusticia estaban cada vez más patentes en la sociedad.
No hay que ser demasiado avispado para darse cuenta de que esta canción y su significado siguen siendo válidos hoy en día más que nunca. Los tiempos siguen cambiando y, por desgracia, el dolor, la desigualdad y la tiranía han aumentado.
Sin embargo, no hay que desanimarse y rendirse. Estos versos de Dylan reflejan una esperanza de renovación. Es rebeldía, es no conformarse, es seguir en la lucha por los ideales nobles de generosidad, justicia, igualdad, fraternidad…
A lo largo de la historia siempre ha habido seres humanos, almas rebeldes, que destacan por su capacidad de destrozar las normas establecidas. Las vanguardias, los pioneros en cualquier campo de la sociedad, son los auténticos protagonistas de los cambios que mueven las páginas del libro de la historia.
También podemos encontrar la rebeldía interior que hace posible que, ante las dificultades de la vida, tengamos la capacidad de sobreponernos y superar las circunstancias adversas.
Por otra parte, están los que se visten de rebeldes, pero en realidad no lo son. Siguen las modas establecidas para no ser excluidos de los círculos sociales, pero forman parte de la masa y no de la vanguardia. Los grandes rebeldes han marcado profundamente la historia de la humanidad, y los no tan grandes han transformado de manera positiva su propia historia y las de sus semejantes.
Para ser rebelde hay que desmarcarse de la masa sin importar lo que otros puedan decir de nosotros. Para afrontar esta actitud se necesita valor, pues las oscuras conciencias que manejan a la masa temen a las «ovejas negras» que no siguen sus dictados. Y la masa también los teme, porque ellos mismos no se han atrevido a abandonar el rebaño.
Pero, como decía antes, no todo es negativo, también hay muchos seres humanos que son conscientes del valor de la rebeldía y tratan de imitar y seguir la actitud de esos valientes que dan nacimiento a las vanguardias. A Bob Dylan le gritaron «Judas» cuando cambió la guitarra acústica y la harmónica por la guitarra eléctrica. Sin embargo, sus discos «eléctricos» Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde fueron éxitos de ventas.
La historia de la filosofía esta llena de ejemplos de rebeldía, es una constante dentro del mundo de la filosofía.
Sócrates desafió abiertamente las creencias y normas de la sociedad griega. Su método de cuestionar y refutar las ideas tradicionales, así como su crítica a los poderosos y a la democracia ateniense le llevaron a ser condenado a muerte por «corromper a la juventud» y «no creer en los dioses de la ciudad». Ambas acusaciones, totalmente falsas, pero era un personaje que molestaba a los poderosos.
Pitágoras también fue un rebelde al oponerse a las creencias religiosas y sociales tradicionales. Su comunidad filosófica tenía reglas estrictas y sus seguidores vivían bajo un código ético muy diferente al de la sociedad griega convencional. Fue criticado por su misticismo y su influencia sobre sus seguidores.
Spinoza fue perseguido por sus ideas filosóficas radicales, que incluían una visión panteísta de Dios, y su desafío al dogma religioso. Su obra Ética proponía una visión del mundo que contradecía las enseñanzas de la Iglesia, lo que le valió tanto la censura como la persecución.
Descartes desafió el sistema de pensamiento medieval escolástico al promover la razón y la duda metódica. Su famosa afirmación «Cogito, ergo sum» («Pienso, luego existo») se oponía a la visión religiosa y tradicional sobre el conocimiento. Su obra fue censurada, sobre todo por su propuesta de un Dios más relacionado con la razón que con el dogma religioso.
Rousseau fue un crítico feroz de la sociedad y la política de su tiempo. En su obra El contrato social, defendió la soberanía popular y la idea de que el poder debía residir en el pueblo, no en monarquías o aristocracias. Sus ideas revolucionarias contribuyeron a inspirar la Revolución francesa, pero también le granjearon conflictos con la Iglesia y el Estado.
La lista es interminable; la mayoría de los filósofos que han dejado una huella profunda en la sociedad coinciden en estas características. Y es que el alma del rebelde no puede permanecer indiferente ante las injusticias.
Vivimos en una era donde imperan los fanatismos, las hambrunas, la pandemia de las drogas. Hay tráfico de seres humanos a través de mafias que trasladan bajo condiciones subhumanas a aquellos que huyen de sus países en busca de un lugar mejor donde poder vivir. En los países de acogida hace ya algún tiempo que se está sembrando el descontento, pues junto a los que vienen en busca de un trabajo que les permita vivir con dignidad, los hay que vienen con el propósito de delinquir amparándose en la laxitud de la justicia de los países llamados democráticos. Los jóvenes ven con cierta pasividad que no pueden adquirir una vivienda que les permita independizarse debido a los sueldos bajos en comparación con el aumento de los precios en general. Los recaudadores de impuestos de la nueva Edad Media han vuelto.
Si a esto le unimos los tambores de guerra que suenan cada vez más cerca, no cabe duda de que nuestro mundo necesita un cambio. Para ello necesitamos una renovación del ser humano, que le haga capaz de vencer sus egoísmos, y que le permita conjugar lo mejor de las civilizaciones del pasado con los avances de las nuevas tecnologías.
Y para empezar a cambiar el mundo, como diría mi admirado Confucio, hay que empezar por uno mismo.
Los tiempos están cambiando y más que van a cambiar, y de ti depende, querido lector, anotarte en el bando de los que observan la historia como meros espectadores desde sus cómodos asientos o, por el contrario, unirte al bando de los rebeldes: aquellos que construyen la historia.