Ciencia — 1 de abril de 2025 at 00:00

Theano, filósofa y matemática

por

Theano de Crotona

Se dice que, cuando en la antigua Grecia, ante una disputa, un juicio, etc., era necesario el concurso de algún ciudadano incorruptible, de intachable conducta y moralidad, llamaban a un pitagórico. Aparecen como hombres y mujeres elegantes, pulcros, impecables en su sencillez y, distinguiéndose en sus vestiduras, aun sin ser lujosas, y en su forma de hablar, de moverse, por su pureza, frescura, elegancia. Si bien en nuestro tiempo a Pitágoras solo se le relaciona con las matemáticas y su famoso teorema, hay que decir que la escuela pitagórica era mucho más que un conjunto de individuos dedicados al estudio de la geometría y la aritmética. Era un verdadero sistema de desarrollo integral del individuo, y perseguía la armonización interna del hombre y sus distintos aspectos o planos de su personalidad, para convertirse en un canal, en una caña hueca, a través de la cual el ser pudiera expresarse de la mejor forma; de esta manera se armonizaría con la naturaleza en todos sus planos, hasta los más elevados, la región de los Números puros, volviéndose a reunirse con la mónada, de la que surgió todo el universo, en el acto de la creación expresado en la Tetractys.

La fraternidad fundada por Pitágoras en Crotona (Sicilia) se regía por severas reglas de conducta, libremente aceptadas al entrar en la escuela. Este código moral iba dirigido al dominio de la personalidad, del yo animal, para que le «estorbara» lo menos posible al alma en su camino ascendente. Este sentido de purificación de la personalidad iba ligado a la idea de la reencarnación o trasmigración de las almas, que el platonismo recuperaría, heredada del orfismo[1] y de las doctrinas egipcias e indoiranias, conocidas directamente por Pitágoras en su estancia en Babilonia y Egipto. Se basa en cuatro aspectos, según señala Porfirio en su biografía sobre Pitágoras:

– El alma es inmortal.

– Las almas cambian su lugar pasando de una forma de vida a otra.

– Todo lo que ha sucedido retorna en ciertos ciclos y no sucede nada realmente nuevo.

– Hay que considerar todos los seres animados como emparentados entre sí.

El hombre, al purificarse, iba liberando cada vez más su alma de la tierra que la aprisionaba reencarnación tras reencarnación, hasta que llegara un momento en el que el alma, libre por fin de ataduras, no necesitara encarnar más, uniéndose de este modo a la Divinidad. Este tipo de enseñanzas más esotéricas iban acompañadas del conocimiento profundo de la esencia de la naturaleza, basada en el Número, el principio inteligible a través del cual el cosmos, gobernado por el espíritu, manifestaba al hombre su armonía interna, cuyas proporciones armónicas se expresan a través de la música, y que se transmitían bajo secreto a los mathematikoi, o conocedores, mientras que los akousmatikoi u oidores se limitaban, bajo voto de silencio, a seguir los preceptos morales y a conocer las enseñanzas exotéricas, hasta que estuviesen preparados, y tras una serie de duras pruebas, demostraran que eran dignos de esas enseñanzas. Si bien podemos tomar esta distinción, existente en todas las grandes escuelas iniciáticas, como un signo de «elitismo» o «discriminación», también es cierto que hoy en día no todos entendemos (ni tenemos por qué entender) la teoría de la relatividad o las complicadas fórmulas de la física cuántica, por poner un ejemplo. Además, para entrar al círculo de los mathematikoi, el discípulo debía pasar una serie de pruebas, necesarias para demostrar que se estaba preparado para recibir ese tipo de conocimiento profundo de la naturaleza del hombre y del cosmos. Servía, junto con la obligación de guardarlo en secreto, para que no cayera en manos equivocadas. Y… ¿no tenemos el ejemplo, hoy en día, del peligro que corre un conocimiento en malas manos? (Pensemos, por poner un ejemplo, en los «manuales» de fabricación de bombas caseras, que hoy circulan por internet…).

Por otra parte, Pitágoras aceptaba como discípulos a hombres de muy diversa condición, incluso a esclavos; y también a las mujeres, al mismo nivel, algo que para la mentalidad griega era casi revolucionario, pues las mujeres solían estar apartadas de la «alta» cultura y relegadas al gineceo, al ámbito doméstico, excepto algunos casos paradigmáticos, como el Thiasos[2] sáfico o algunas cortesanas o «hetairas» (que más que prostitutas de lujo pudieran ser una «institución» parecida a la de las Geishas, salvando, por supuesto, las distancias culturales y temporales). Se sabe que en la primitiva comunidad pudieron existir unas veintiocho pitagóricas, tanto alumnas como maestras: se conocen los nombres de Theano, Arignote, Themistoclea, Myia y Damo, entre otras.

De Theano de Crotona se sabe bien poco; fue alumna de Pitágoras, contrajo matrimonio con él y tuvieron dos hijos y una hija, Arignote (o Damo). Theano se convirtió a su vez en maestra de la escuela, y se le atribuyen incluso varios textos, de los que solo nos quedan referencias indirectas: una Vida de Pitágoras, una Cosmología, Teorema de la razón áurea, Teoría de los números y Construcción del universo, además de varias cartas y una obra de orden moral, titulada Sobre la piedad, en la que expone la responsabilidad del hombre y de la mujer como mantenedores de la ley, la justicia y la armonía: la mujer en el ámbito familiar —el interno—, y el hombre en el externo. De hecho, cada uno de los dos es importante en los dos aspectos, pero casi más la mujer en ese sentido: si esta falla, la sociedad entera se resiente. Hay que tener en cuenta que, desde siempre, la mujer ha sido la principal educadora, la que transmite todos los valores familiares, sociales, humanos, de generación en generación. Ambos roles, el masculino y el femenino, son igual de importantes, y en la concepción pitagórica del mundo, entre dos polos opuestos no existe la competencia, sino la armonía de los contrarios.

Pitágoras huyó de su isla natal, Samos, por culpa del tirano Polícrates; de la misma forma, tendrá que exiliarse de Crotona, debido a un movimiento antipitagórico, tal vez de raíces políticas, instigado por un aristócrata que precisamente no había sido admitido por la escuela; resentido, movilizó a la muchedumbre con falsos rumores, acusándoles de ser la causa de todos los males, incluso terremotos (de siempre los hombres honestos e incorruptibles han sido incómodos para el poder establecido, para los «amos de la caverna»). Muchos de los miembros morirían asesinados, otros sobrevivieron, exiliados, desperdigados por la «coiné».

A la muerte de Pitágoras sobre el 500 a. C. (unos dicen que en Crotona, durante el asalto, otros que fue en el exilio), su viuda, Theano, se hizo cargo de la escuela, conservando el cuerpo principal de las doctrinas de su maestro y esposo. De hecho, posteriormente, la escuela se dividió: por un lado, un grupo de los acusmáticos se centraron en conservar las enseñanzas exotéricas, tal y como las recibieron, sin apenas cambios; mientras que los matemáticos, que se consideraron los continuadores de su obra, gracias a Theano, conservaron el lado más profundo de sus enseñanzas, profundizando en los conocimientos filosóficos y esotéricos; en lugar de aferrarse a la letra muerta, trataron de conservar el espíritu. Aquí es donde cobra mayor importancia la labor callada, oculta, casi de espaldas a la historia, que Theano realizó al seguir la senda que trazara Pitágoras. Gracias a esta extraordinaria mujer, las ideas del filósofo samio pudieron sobrevivir a la destrucción y al exilio, a las persecuciones y matanzas que hubo, no solo en Crotona sino en las demás «filiales» de la Magna Grecia, y pudieron así surcar las aguas de la historia, inspirando a Platón y a los neoplatónicos, llegando su legado hasta la República de Roma, de la mano de Catón el Mayor, según cuentan Plutarco y Cicerón, seguidor igualmente del neopitagorismo.

En definitiva, vemos cómo a menudo la historia no se construyen solo con grandes hazañas, obra de grandes hombres inspirados directamente por la Divinidad, sino que, además, esas obras deben mantenerse en el tiempo, a base de constancia, paciencia, perseverancia, fidelidad y lealtad, así como amor, voluntad e inteligencia. Y, en este caso, si bien fue Pitágoras de Samos quien encendió la antorcha del conocimiento, hay que reconocer también que fue una mujer de Crotona, una filósofa, una matemática, una maestra, quien supo mantenerla encendida, y transmitirla a las generaciones posteriores, a toda la Humanidad.

[1]     Movimiento religioso de origen probablemente oriental, se instauró en Grecia a través de Tracia en el siglo VI a. C. El orfismo toma a Dionisos como su dios y a Orfeo como su sacerdote, reuniendo cierto sentido místico con una ascética de purificación. El espíritu humano procede de otro mundo y se encuentra como desterrado en este, encadenado al cuerpo por la sensualidad.

[2] Escuela de probable contenido mistérico fundada por la poetisa Safo de Lesbos y encaminada a educar a las niñas y mujeres, centrándose en el arte, la poesía y la música.

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