Febrero 2020

El arte residual, reflejo de un mundo confundido

Escrito por  Ramón Sanchis Ferrándiz
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Al adentrarnos en cualquier actividad artística, ya sea literatura, pintura, escultura o arquitectura, debemos conocer el lenguaje que utiliza nuestro tiempo y, por ende, comprender cómo le han influido las ideas y corrientes artísticas de cualquier tiempo pasado, porque constituyen el fundamento a partir del cual se consolida la visión actual.

En sus estudios sobre el pasado, el ser humano va y vuelve a él rescatando elementos que puedan resultar de interés para el momento actual. De este modo, el presente se nutre del pasado y se va reformulando con sus antiguas concepciones y actitudes.

No obstante, Agustín Fernández Mallo señala en su Teoría general de la basura que, del pasado, tan solo conservamos las partes duras (fósiles, osamentas, metales, monedas, las ruinas de sus edificios, lápidas e inscripciones funerarias, tejidos, armas, etcétera), aunque no así las partes blandas (como la voz, las representaciones poéticas o teatrales, sus preocupaciones psicológicas, sus ritos y anhelos existenciales, etcétera). A partir de esas partes duras, el arqueólogo, el historiador, el teórico de la literatura o la creatividad artística, ha de imaginar buena parte de lo que fue el pasado, extrapolando o imaginando las partes blandas que desconoce. Y lo hacemos reinterpretándolas (no como fueron, sino como creemos que fueron), actualizando su mensaje, aunque con un alto margen de error.

Internet y la cultura

Según Fernández Mallo, cuando en el presente descubrimos hechos del pasado, los asimilamos a nuestra cultura ya actualizados, hasta llegar a considerarlos como propios. De este modo, los hechos del pasado no solo se suman y superponen a los actuales, como en un sándwich de varias capas en que todas ellas están tocándose, sino que dan lugar a un efecto multiplicador que nos configura y modula. Visto así, cada nuevo descubrimiento del pasado nos habla, nos alecciona, nos afecta y reconfigura en el presente; es decir, se hace nuestro, se torna sincrónico con el momento presente (y no diacrónico).

Para Fernández Mallo, existe un «tiempo topológico» que no solo contabiliza el avance del tiempo en sentido cronológico, sino que se trata de un tiempo que periódicamente vuelve al pasado para recoger cada instante ya vivido y traerlo a nuestro presente, agregando los hechos pasados a nuestra visión actual. A causa de ello, nuestra sociedad de la información ya no distingue claramente entre presente y pasado, porque recopila una infinita cantidad de datos, sucesos y detalles, en un revoltijo informe, como si todo hubiera sucedido hoy mismo. En ese aspecto, nos dice Fernández Mallo, Internet actúa como un gran contenedor de basura:

«Internet es como un océano al que vamos tirando cosas (...) Y que esos objetos estén en el fondo, en la superficie o en suspensión, no depende de cuándo los hayamos tirado, no depende de lo antiguos o contemporáneos que sean, sino de una característica de cada objeto que nada tiene que ver con el tiempo: su densidad».

Hay un acceso global a lo que se almacena en ese gran contenedor, una globalización en el sentido espacial y temporal. Y ese ser humano inmerso en la globalización no ha mejorado por ello, tal como le pasa también al artista y, por tanto, al arte. Hay una facilidad de acceso a los recursos, pero no un mejor uso de ellos; hay un mayor cúmulo de información, pero no una mejor formación, que siempre ha de ser selectiva, adecuada al nivel de preparación y desarrollo de cada persona que la recibe, es decir, utilizada con discernimiento, con mimo, con paciencia.

A cambio, en ese gran saco cabe todo, lo cual es similar a comer con demasía y a deshoras; allí se aúnan la cultura y la contracultura, la visión de las imágenes más abyectas y las buenas intenciones; el aleccionamiento moralista y la vulgaridad más descarnada… Lo cual torna al hombre insensible sobre lo bueno que pueda encontrar, indiferente ante cualquier mensaje, de modo que nuestra sociedad «navega», rumbo a la zozobra más cruel, en donde los que piensan están ausentes en los momentos de agonía, porque nadie percibe ese lento deslizarse hacia la nada. Es el canto final de nuestra distopía, que pretende rebelarse contra los sueños utópicos que tampoco supo alcanzar.

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Pero la gran paradoja es que el arte contemporáneo necesita de Internet para llegar a cuanta más gente mejor, sin darse cuenta de que le hace el caldo gordo a la misma sociedad que quiere denunciar, a la sociedad consumista que le gustaría denunciar, encauzar o mejorar. Está atrapado también en la que Güy Debord llama «la sociedad del espectáculo», pues necesita mostrarse, dado que si no te muestras no existes. Creemos ser quienes utilizamos los medios de comunicación y, sin embargo, somos nosotros los que estamos mediatizados. Según Güy Debod, todo está supeditado a esa gran puesta en escena que es la manera contemporánea de entender la vida (los medios de comunicación, la propaganda, la vida política, las promesas sociales, la estadística al servicio del poder, la maquinaria electoral, las opiniones teledirigidas). De este modo, en la sociedad actual, «el aparecer» se ha convertido en algo más relevante incluso que «el tener», de igual modo que este reemplazó en su día al «ser». Y el arte se ha mimetizado con el medio, se ha tornado más permeable a él de lo que creía, porque un mundo vacío, deshumanizado, pobre de espíritu, enfría el corazón de quienes viven en él.

Sin embargo, nos dice Fernandez Mallo, el arte puede adoptar dos estrategias: cambiar ese mundo desde dentro de esa gran red, o crear otras redes alternativas. Él propone este segundo camino para el arte; sin embargo, a mi modo de ver, el arte (al igual que la ciencia, la religión, la política y la filosofía), ha de mancharse las manos de barro en el mundo actual para entenderlo y poder renovarlo desde dentro, so pena de parecer una élite desconectada del pueblo.

En busca de los referentes

Hoy en día, nuestra sociedad de la información aglutina datos y pareceres sin orden ni concierto, sin que el usuario pueda discernir entre tal exceso de información, sin poder distinguir entre lo útil y lo inútil. Internet es un gran mar en el que pueden hallarse las grandes joyas del saber y las opiniones más zafias. La nuestra es una sociedad de los contrastes y de las contradicciones, tan dispuesta a encumbrar la libertad como a admitir el libertinaje. El hombre se aleja de lo que supone la tradición, sin saber bien cómo reemplazarla; por tanto, ya no hay normas válidas, ni valores, ni ideas claras del rumbo a seguir, pues ya no hay una verdad sino muchas, una verdad hecha a medida de cada cual a la que llamamos posverdad. Y en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Así, se prueba todo (sea válido o no), se experimenta sin criterio, hay dudas, incertidumbre, susceptibilidad, narcisismo, individualismo excesivo, ambición, envidia, competencia atroz, especulación, puro marketing comercial. Y el arte que hace ese ser humano contemporáneo es su fiel reflejo: hace culto a lo fugaz, a lo grotesco, a lo inmediato, a lo material, a lo pasajero.

Como dijera Zigmunt Bauman, vivimos en una «sociedad líquida» que no quiere ponerse límites y que, por la misma razón, no admite marcos referenciales, de modo que, a la postre, nada le sirve de guía. En tal estado de cosas, resultan más perjudicados quienes están en proceso de formación, los más jóvenes, los más incautos o los crédulos, es decir, todos aquellos que son más maleables y que debieran ser quienes abanderaran un cambio de paradigma social. Así, esta sociedad desencantada huye de las palabras grandilocuentes, pues le suenan al oído como utópicas, ya no cree que exista la verdad, la justicia, la bondad, ni la belleza. Son, como mucho, sueños platónicos que ya no pueden guiar al mundo.

Y de este modo, la caída social es la caída del arte. Porque un amasijo de hierros que cada cual interpretará como Dios le dé a entender, ya no emociona al ciudadano medio, ya no le dice nada, ya no le remueve las tripas ni le llama a mejorar como ser humano ni a lograr que el mundo sea mejor y más bello. Porque el individuo está anestesiado: fue primeramente anestesiado con un exceso de sueños y utopías y ahora, está adormecido en una nada silenciosa e informe.

El positivismo le prometió al mundo una evolución continua y siempre creciente, en suma, un progreso interminable, plagado de logros que le llevarían a una cúspide cada vez mayor. Sin embargo, hemos descubierto amargamente que la vida más bien se parece a una montaña rusa que sigue un trazado sinusoidal que a una rampa siempre ascendente. Hemos descubierto en casi todos los pueblos de la tierra, la ascensión a cimas doradas y la posterior decadencia, así como la existencia no de una sino de varias edades medias, aunque no siempre hayan coincidido en el mismo tiempo para todas las culturas.

El retorno a los orígenes

En este análisis del arte tampoco debemos olvidar la diferencia entre cultura y civilización, que según Spengler, en su libro La decadencia de Occidente, radica en que una civilización alienta ideas elevadas y trascendentes, dando contenido a lo formal (la cultura). Porque, a la postre, todas las culturas y civilizaciones (al igual que las corrientes, estilos o movimientos artísticos) están sometidas al desgaste natural de las cosas: nacen, crecen, se reproducen y mueren, pues al fin y al cabo todo lo material es perecedero. Tan solo perduran, si en ello no nos miente Platón, las ideas, en virtud de su raíz inmaterial y trascendente. Por tanto, son las ideas, esas grandes ideas arquetípicas que están más allá de las modas y de lo cambiante, las que pueden dar lugar a nuevos esplendores, a brillos nuevos con sueños antiguos, a nuevos horizontes con anhelos ancestrales.

Las civilizaciones clásicas pensaban que el tiempo es cíclico, que siempre se retorna por sendas antiguas para revalorizar de nuevo las formas ya gastadas del presente y sus contenidos. Es lo que expresa la teoría del eterno retorno de Mircea Eliade.

Según esta concepción, toda civilización, con el paso del tiempo, ve cómo decaen sus vivencias y principios, debiendo retornar al pasado para inspirarse, una vez más, en formas similares, aunque distintas, a fin de vencer el desgaste del tiempo. En ese retorno a los orígenes, que no al mero pasado ya fósil, no se trata solo de «ver», lo cual guarda relación con la cualidad física, sino de «mirar», cualidad de la intuición, que nos permite detenernos a observar las cosas con otra visión más profunda.

Esta visión, esa vuelta a los orígenes, obliga a dirigir la mirada hacia el pasado olvidando los hechos para extraer las experiencias que fueron útiles en otra época. Al igual que nos ocurre en nuestra vida cuando recordamos el pasado, junto a los momentos felices aparecen las imágenes de errores cometidos, sucesos dolorosos, traumáticos, el sentido de culpa que los acompaña, etcétera, por lo cual, es necesario olvidar los hechos concretos para destilar sus enseñanzas, la verdadera experiencia. Es conveniente mirar el pasado para aprender, sin quedarse atrapado en él, pues correríamos el riesgo de convertirnos en estatuas de sal, inmovilizados, rígidos, sin la flexibilidad y la altura de miras para avanzar, para encontrar un nuevo camino.

En este sentido, la filosofía de la historia nos enseña que la forma en que evolucionan las civilizaciones no sigue una rampa inclinada ascendente (tal como creía el positivismo), ni una curva sinusoide, con crestas y valles sucesivos, sino el trazado de una espiral que guarda un sentido de avance ascendente. Es decir, cuando los pueblos frenan su marcha y se derrumban desde las cotas alcanzadas, retornan a etapas del pasado, pasan por puntos similares a los que antiguamente sirvieron de inspiración, pero como ya no están exactamente en ese nivel (pues han ganado en comprensión, algo han evolucionado), repiten esa experiencia desde un punto algo más alto (con una visión nueva, más profunda). Valga como ejemplo el Renacimiento florentino, que supo inspirarse en las ideas del mundo grecolatino, sin ser una vulgar copia de aquella época, sino visión renovada.

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Pero el sentido de la inmediatez que genera en nosotros una sociedad consumista también nos impide planificar lo que queremos que sea el futuro, de modo que este saldrá o no saldrá, tanto en la educación, en lo social, en las políticas globales y, cómo no, en el arte.

En el arte contemporáneo, desde la época de Marcel Duchamp, que entronizó con un inodoro sobre un pedestal un nuevo criterio de lo que era el arte, las instituciones han ido dictando lo que es arte y lo que no. Se atiende más al «criterio de la autoridad» que a un verdadero análisis de las bases creativas. Más adelante, las vanguardias han adoptado un papel revolucionario, anarquizante, donde el artista está en lucha contra todo racionalismo. Para Nietzsche, el artista es el único sujeto de la verdad, un comediante que se ríe del propio arte. Allan Kaprow habla de la «educación del des-artista» y del arte convertido en residualidad, en donde los artistas abominan de ser considerados como tales, y Wittgenstein afirma que hay un «destino estercolar del arte». Sin embargo, dirá Slavoj Zizek, lanzando un mensaje en positivo, aunque el mundo está lleno de basura, de imperfecciones, hay que aprender a verlo como es, tal como hay que acercarse a las personas admitiendo cómo son, comprendiendo su modo de ser, su vida, aprendiendo a quererlos.

En el fondo, el devenir histórico del arte contemporáneo es un cúmulo de devaneos, de posturas que unas veces luchan contra el esteticismo y otras contra el racionalismo, que detestan los conceptos, pero se cuelgan diversas etiquetas, que se muestran como anarquistas revolucionarios o conviven con el consumismo liberal, que se declaran en contra de la ética y los valores o abrazan las posturas pseudomísticas.

Con este panorama no ha de extrañarnos que Nietzsche afirme que somos hombres póstumos («epígonos»), porque considera que hemos llegado tarde para hacer grandes cosas, que vivimos aupados a hombros de gigantes, lo cual, en su opinión, nos degrada. Y por ello Nietzsche apela a sacar de nuestro interior esas potencias interiores que andan dormidas, esas fuerzas suprahistóricas que han de devolvernos el verdadero carácter. En suma, volver a encontrar razones en nosotros mismos para vivir de pie, para encontrar el camino de retorno a los orígenes, tanto en el arte como en lo individual y colectivo.

 

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