Martes, 01 Diciembre 2020 00:00

El ideal clásico de Hölderlin

Friedrich Hölderlin vivió sus años con una auténtica exaltación idealista, mística, poética y heroico-romántica llevada desde la médula de sí mismo a una coherente existencia. Si bien se deslumbró con los reflejos revolucionarios de Francia, pronto se apartó de esa ráfaga de violencia cegadora, y su natural prefirió adentrarse en la contemplación poética de la naturaleza y buscar en el remanso pacífico de su espíritu la comunión con ella, así como en sus reflexiones filosóficas.

«El hombre es un dios cuando sueña, pero un mendigo cuando reflexiona».

Si acaso, cuando piensa…

Su Hiperión, el titán hijo de Urano y Gea, «el que camina en lo más alto», «el que observa las alturas», ya descubre, con el título de esta su magna obra, todo el mensaje simbólico que esparce en sus páginas, a modo de siembra generosa que parece decirnos: «Somos peregrinos contingentes en busca de lo bueno, lo bello y justo; de la verdad». El poeta toma el nombre de este dios griego para el personaje de su novela, que desarrolla al estilo epistolar con tres interlocutores: Diótima, maestra en el amor, Belarmino, el amigo confidente de sus actos y reflexiones, e Hiperión (él mismo).

Su biografía está en comunión con su obra de un modo superlativo. Nació en 1770, el primer día de primavera, en un pueblo de Suabia, Baviera. No en vano estudió lengua griega en el seminario protestante de Tubinga, donde nació una amistad con Hegel y Schelling, compañeros de habitación. Estudiaron a Spinoza y Kant y él estuvo influenciado por Schiller, Novalis y Goethe, a los que conoció, aunque este último no lo tuvo en gran estima, sino más bien repudió su estilo poético. Educado en el pietismo por su abuelo, al quedar con pocos años huérfano de padre, esto le concedió unos conocimientos bíblicos que fomentaron su rebeldía, dejando el seminario al finalizar los estudios y no querer ejercer el sacerdocio, y tomando como evasión la influencia francesa de la Revolución; aunque su sensibilidad lírica y espiritual se refugiaba en el puro idealismo.

Un reo entregado voluntariamente a todas las pruebas y castigos que enferman su mente y purifican su alma. Fiel discípulo de sus estudios griegos, su pandeia, recibida desde niño, parece despertar en él toda la admiración por el mundo helénico como el culmen de una sociedad perfecta. Pero el realismo existencial le demuestra la dificultad de alcanzar en su vida tal sociedad. Y ese dolor le produce atormentados sufrimientos. Aunque él parece seguir la máxima de Plotino: ¿se puede ser feliz en medio del sufrimiento? Sí, si sabemos elevar nuestra alma hacia lo superior. Y qué más alta excelencia para el joven Friedrich que elevar su alma hacia el empíreo de su ideal, la Grecia clásica… Escribe a su amigo y confidente Belarmino: «Temo acabar sufriendo la suerte de Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podía digerir». ¿Es que acaso Hölderlin pecaba contra los tres principios intocables de los Olímpicos?: «no dañar a un niño, no ofender al huésped, y aún más, no divulgar los secretos divinos a los humanos».

Tal vez en esto último… Tal vez, en su discernimiento búdhico el poeta llegaba a rozar el mágico, profundo y espiritual rapto místico… y como un nuevo Prometeo sufre el castigo. La locura quijotesca es así. La mediocridad era una tara que había que superar con la divina locura, tan afín al espíritu griego, el clásico y el actual. Su amor por Diótima hasta la muerte de ella (Sussete en la realidad, conocida en su trabajo como instructor de los hijos de esta, enamorados ambos y despedido un tiempo después ante el escándalo). Fue todo un arrebato romántico de amor, elevado al sublime espacio idealizado de su obra, en donde Diótima representa la luminosa experiencia que le proporciona la inspiración para escribir sus páginas. Y la muerte de ambas, la real y la imaginada, le llenan de una dulce, apacible y profunda melancolía que nubló su mente desde la mitad de su vida, a los treinta y cinco años, hasta el final, con setenta y tres. Siguió escribiendo, arropado por un bondadoso artesano que lo alojó en una habitación en la parte alta e independiente de su casa.

¿Adaptarse a lo que descreía? ¿Plegarse a los convencionalismos sociales, a los poderes políticos y sus humillantes prepotencias? ¿Aceptar las hipócritas presiones familiares y sociales? No. Hölderlin preferió refugiarse, para no sufrir, en la cápsula cristalina y luminosa de su Arcadia. Su pathos ante el ethos de los otros. Por todo ello escribió su Hiperión, que fue publicada parcialmente en la revista Thalia, dirigida por el gran poeta alemán Schiller, amigo del autor. Lo escribió entre 1794-95 y fue premonitoria narración cuando los griegos se levantaron, en 1821, contra la secular ocupación turca y sembró arrebatadas y románticas manifestaciones en toda Europa, lideradas por personajes famosos, como el británico Lord Byron, que no logró ver el éxito de la independencia griega, pues murió de tifus en la ciudad griega de Mesolongi. Pronto decayó el arrebato social de las altas élites europeas, que había sido dirigido por el Imperio británico con intereses políticos y comerciales y que se guiaron por el inconsciente imaginario. Hasta que comprobaron lo alejado que se hallaba el pueblo griego de la Hélade clásica.

Lo mejor de uno mismo

Para Hölderlin, esa aventura se acunó tan solo en su imaginación romántica, que plasmó en su libro, y su imaginario personal. Él anhela la areté, lo excelso de sí mismo en un mundo ideal. Se lo repite, insistente y tenaz, a su más venerado y profético amigo, Adamas, su educador en la paideia. El espíritu secreto de sí mismo que definiría posteriormente Jung como «inconsciente personal» e «inconsciente colectivo», que sería este último la necesidad de Hölderlin para vivir pasajes históricos de su vida anterior… «dulzura y esperanza, ideal, amargura en la realidad»:

«¡No lloréis cuando lo más perfecto se marchita! ¡No os entristezcáis cuando calla la melodía de vuestro corazón! ¡Pronto vuelve a encontrar una mano que la hace brotar de nuevo!».

Pero ahí está también el personaje de Alabanda, su alter ego. El guerrero que empuja en la narración a que Hiperión tome las armas para salvar a Grecia de la opresión otomana… y él desiste en la lucha al comprobar las bajas pasiones que animan a los guerreros.

«Cuando una vez, en la cálida medianoche, le señalé los dioscuros, Alabanda puso su mano sobre mi corazón y dijo: Solo son estrellas, Hiperión; solo letras con las que está escrito en el cielo el nombre de los héroes fraternales; ¡pero ellos están en nosotros, vivos y verdaderos con su valor y su amor de dioses, y tú, tú eres el hijo de los dioses y compartes tu inmortalidad con tu Cástor mortal!».

En otro pasaje dice el autor:

—Seguro, Alabanda —le dije—, seguro que las cosas acabarán cambiando.

—¿Y, cómo? —respondió—, los héroes han perdido su fama y los sabios sus discípulos. Los grandes hechos, cuando no son asumidos por un pueblo noble, no son más que un golpe violento en una frente sorda, y las más altas palabras, cuando no resuenan en corazones igualmente elevados, son como una hoja muerta cuyo rumor se hunde en el barro. ¿Qué quieres hacer?

—Quiero —dije— empuñar la pala y arrojar la inmundicia a un foso…

Qué proféticas palabras surgidas de un alma sensible que vislumbra las limitaciones humanas. Qué modo de analizar, desde el profundo sufrimiento de quien sueña en un mundo mejor y sabe lo difícil que supone lograrlo si todos los humanos no se hermanan en una empresa común, como hace la naturaleza y el cosmos; evolucionar hacia la armoniosa excelencia.

¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja un nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos! En el taller, en las casas, en las asambleas, en los empleos, que cambie todo en todas partes.

Publicado en Arte
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