Juan Ramón Jiménez y Amado Nervo abrazaron la poesía y en ella destacaron más que en ningún otro género de los que cultivaron. Ambos pasaron por diferentes fases en su producción literaria. Pertenecieron al movimiento modernista pero, poco a poco, se fue diluyendo esa fuerte impronta y su obra poética cobró tintes de una intimidad sincera y transparente, sin dejar por ello de usar durante ese tránsito el simbolismo para dejar paso a la poesía pura, sin adornos innecesarios.

Se aprecia en la trayectoria de su obra una sencillez cada vez más lograda, y se trasmite con más acierto la autenticidad del autor. A medida que pasa el tiempo, el poeta habla con más sinceridad, sin ensoñaciones, transformando el paisaje de una simple descripción estética a una interpretación de este.

Si bien es cierto que la vida de Juan Ramón Jiménez dura tres décadas más que la de Amado Nervo, este hecho no impide apreciar la copiosa cantidad de poemas de este último.

La tristeza, la melancolía, el simbolismo, la mística y la espiritualidad son elementos comunes en ambos autores.

Primera etapa

En ambos autores hallamos una fuerte impronta modernista y romántica. Ante un final de siglo que llegó a la cumbre del materialismo, y a diferencia de otros géneros literarios, como por ejemplo, la novela naturalista, la poesía buscaba una evasión del mundo a través de los versos modernistas, que sugerían otros mundos exóticos, lejanos, otras realidades soñadas…

En Juan Ramón Jiménez, se corresponde con una etapa sensitiva (1898-1915), de una evidente influencia de Bécquer, del simbolismo y del modernismo. En ella predominan los recuerdos, las descripciones del paisaje, los sentimientos indefinidos, suaves, la música y el color, la melancolía y los ensueños amorosos. Se aprecia una lírica en la que el autor deja constancia de su habilidad para mostrar una poesía emotiva y sentimental, en la que sobresale su sensibilidad a través del perfeccionismo de la estructura formal, propia de una época de aprendizaje.

Algunas obras de este periodo son Almas de violeta (1900), Arias tristes (1903) y Jardines lejanos (1904).

También en esta primera etapa, se aprecia ya la particular ortografía del autor, que prefirió ser fiel a su criterio ortográfico, a favor de la sencillez y la simplificación, y que vamos a respetar a lo largo de este artículo.

A esta etapa hacen referencia los primeros versos del poema « Vino, primero pura» de Eternidades, en que el poeta hace un repaso de la evolución de su poesía [1] .

Vino, primero pura,

vestida de inocencia;

y la amé como un niño.

En Amado Nervo, esta primera etapa coincide también con el Romanticismo. Encontramos obras como Perlas negras (1898), Místicas (1898), Poemas (1901), El éxodo y las flores del camino (verso y prosa, 1902) y Los jardines interiores (1905), entre otras.

En ambos autores hay un esfuerzo estético en el uso del lenguaje y coinciden con las ensoñaciones propias del modernismo, así como con unos sentimientos propios de las corrientes del momento; pero al final de esta primera etapa se puede reconocer cómo, poco a poco, van dominando el lenguaje para tener cada vez más voz propia.

« Mi vida es todo poesía. No soy un “literato”, soy un poeta que realizó el sueño de su vidaPara mí no existe más que la belleza», nos confiesa Juan Ramón en Ideolojía [2] , pero la belleza fue muy importante no solo en sentido estético.

Rescatamos este poema, publicado póstumamente por la Fundación Juan Ramón Jiménez, en el que ruega para que la belleza produzca bondad, intención que siempre le acompañó.

¡Señor, que todos sueñen!,

¡que todos, Señor, piensen en una paz divina

que desciende…

y que asciende!

¡Que la belleza haga

buenos a todos! [3] .

En Elevación, Nervo nos revelaba: «Si eres bueno, sabrás todas las cosas / sin libros... y no habrá para tu espíritu / nada ilógico, nada injusto, nada / negro, en la vastedad del universo».

Los poetas recuperan la inspiración como esa caña hueca por la cual son capaces de percibir la belleza en todas las cosas, aunque la tengan que plasmar y traicionar, en cierto modo, a través de palabras y versos, que pulen y pulen hasta llegar a la versión que más se aproxima a esa «otra realidad».

Juan Ramón Jiménez era hipercorrector. Corregía y corregía hasta lograr el verso o poema más logrado, y se caracterizó por su insatisfacción, por su anhelo de encontrar la palabra exacta: «No sé cómo decirlo / porque aún no está hecha / mi palabra perfecta». Amado Nervo también quitó y añadió poemas en sus colecciones, pero no llegó al extremo del autor de Platero y yo.

En cuanto a cómo los poetas se ven a sí mismos, Nervo se identifica con la figura del poeta inspirado, cuyas rimas dice en el poema Mediumnidad: «Nunca mías han sido / en realidad: al oído / me las dicta… ¡no sé quién!» [4] ; en cambio, Jiménez, aunque también mostró esa faceta de receptor, manifestó con más insistencia su obsesión por encontrar las palabras exactas, muy consciente de su creación y su esmero en lograr la perfección, tomando esa gran responsabilidad como el faro que guía sus versos.

Segunda etapa

Luego se fue vistiendo

de no sé qué ropajes;

y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,

fastuosa de tesoros…

¡Qué iracunda de yel y sin sentido!

Siguiendo con la clasificación común aceptada por la crítica, esta etapa es la intelectual de Juan Ramón Jiménez (1916-1936), en la que el descubrimiento del mar se presenta como motivo trascendente.

Es en Diario de un poeta recién casado donde Juan Ramón da un giro a su poemario y plasma de un modo magistral esta idea de cómo debe ser la poesía. Ricardo Gullón recoge en Conversaciones con Juan Ramón qué dice el poeta sobre esta obra suya:

«El libro esta suscitado por el mar y nació con el movimiento del barco que me traía a América. En él usé por vez primera el verso libre; este vino con el oleaje, con el no sentirme firme, bien asentado. El libro es el descubrimiento del mar, del amor y del cielo; tengo muy dentro de mí la idea de que lo determinó el mar, y, según le digo, los problemas de él son los del cielo, amor y mar. Ortega y Basterra piensan que es un libro metafísico, y tienen razón. Unamuno me decía que la poesía debe ser siempre más ideológica que otra cosa, pero yo pienso que debe ser más bien sorprendente, más bien encantadora [5] .

El mar simboliza la vida, la soledad, el gozo, el eterno tiempo presente. Por otro lado, presenta también la novedad del verso libre y una depuración poética, y da paso a una poesía que busca la trascendencia, mucho más metafísica y abstracta, en la que queda manifestada la evolución espiritual.

Es en este segundo período donde se puede reconocer de manera manifiesta a ambos autores.

La soledad, necesaria para cualquier poeta, es imprescindible para los protagonistas de este artículo. No solo se incluye en los títulos de los poemas y es tema de reflexión; es un asunto fundamental, porque es a través de ella como se oye la voz del silencio, la voz interior que deriva de aquietar los pensamientos más racionales y dejar fluir la intuición. En la soledad se encuentran aquellas verdades o parte de las verdades que florecen cuando hemos interiorizado lo observado.

En «Soledad», recogido en Elevación, decía Nervo: «Soledad, yo he bebido tus goces… / Soledad muda y sabia, tú, a Dios conoces: ¡llévame a Él!». En el mismo año, en 1916, Juan Ramón, en El Diario, publica el primer poema, «Soledad»:

[…] tus olas van, como mis pensamientos,

y vienen, van y vienen,

besándose, apartándose,

con un eterno conocerse,

mar, y desconocerse.

Eres tú, y no lo sabes,

tu corazón te late y no lo sientes…

¡Qué plenitud de soledad, mar solo! [6]

Un anhelo de eternidad y alegría también encontramos en esta nueva etapa. En Juan Ramón está en construirse a sí mismo y en sentirse infinito y libre. Lejos del nihilismo de abocarse a la nada, el poeta se identifica con el todo. El poema «Eterno» así lo expresa: «Vivo, libre / en el centro de mí mismo. / Me rodea un momento / infinito, con todo —sin los nombres / aún o ya—. / ¡Eterno!» Y, más adelante, en Eternidades, afirma: «Lo seré todo, / pues que mi alma es infinita; / y nunca moriré, pues soy todo».

En este período encontramos también Belleza, que, además de ser un tema ampliamente estudiado, da título a una colección de poemas.

Tercera etapa

Etapa verdadera (1937-1958): todo lo escrito por Juan Ramón Jiménez durante su exilio americano hasta su muerte.

Y se quitó la túnica,

y apareció desnuda toda…

¡Oh pasión de mi vida, poesía

desnuda, mía para siempre!

Coincidimos con la afirmación de Manuel Durán: «La evolución del estilo de Nervo —dice— es, quizá, más profunda y sistemática que la de J. R. J., y ciertamente avanza hacia una creciente sencillez, hasta el punto de que, para Alfonso Reyes, aquella poesía “se encamina al silencio”». [7] Empero, la poesía de J. R. J. debe entenderse desde el mundo juanramoniano, y para comprender la sencillez y abstracción a la que él llega, el lector debe ser capaz de penetrar en tal pensamiento, pues los mismos elementos que emplea varían de significado a lo largo de su trayectoria. En cambio, los últimos poemas de Nervo (El Arquero divino, Pensando La última luna) vuelven a ser de pocos versos y de menos abstracción, por lo que los hacen más accesibles a cualquier lector, juega más con el impacto de ofrecer un sentimiento, una idea o una imagen.

Por lo tanto, para Amado Nervo, esta tercera etapa se caracteriza también por «ser una etapa de simplificación, en la cual se aparta de la retórica modernista sin abandonarla del todo y sin esforzarse demasiado por innovar técnicamente». Serenidad (1914), Elevación (1917), Plenitud (1918), El estanque de los lotos (1919). Sin embargo, esta etapa será la de mayor personalismo y en la que mejor se aprecia el pensamiento del poeta, pues el contenido tiene más protagonismo y fuerza que la forma o métrica.

Juan Ramón Jiménez dedicó su Segunda antolojía poética «a una inmensa minoría», pues pertenece a este segundo grupo. Es desde ese interior desde donde se observa el exterior, desde una mirada íntima y personal que se traduce en una lírica única, la del propio poeta. De ahí tanta tinta dedicada a ver la belleza de las cosas y de todos los seres; es la belleza interior la que buscan ambos poetas.

Nervo escribió: «...por lo que a mí respecta, creo que ni hay ni ha habido nunca más que dos tendencias literarias: la de “ver hacia fuera” y la de “ver hacia dentro”. Los que ven hacia fuera son los más. Los que ven hacia dentro son los menos» [8] .

Pero si bien el poeta moguereño ofreció su visión profunda de la vida, del ser humano y de la naturaleza así como lo divino que hay en ella, esta, al ser tan hermética en ocasiones, ha dificultado la lectura de su obra, mientras que Nervo dedicó muchas páginas a expresar su filosofía a través de la poesía con clara intención de llegar al público. No por eso es menos profundo, pero sí más comprensible en una primera lectura.

La poesía de Juan Ramón tiene una evidente huella del neoplatonismo, mientras que en Amado Nervo encontramos filosofía neoestoica y cristiana. Sin embargo, ambos coinciden en plasmar su búsqueda por una espiritualidad que eleve su conciencia e invada su ser y su vida. La mística que desprenden no es religiosa o no es de una religión, sino que es una mística en la que se busca la unidad de todo, desde el individuo a la totalidad, y en la que se percibe una visión panteísta.

¡Buscas la luz y en ti llevas la aurora;

recorres un abismo y otro abismo

para encontrar al Dios que te enamora

y a ese Dios tú lo llevas en ti mismo! [9] .

A Amado Nervo se le conoce popularmente como «el poeta del amor», pues el amor estuvo muy presente en buena parte de su obra poética. « Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor», aconsejaba en el segundo poema de Plenitud [10] .

En Eternidades aparece un tema que no encontramos en Nervo y que va a ser una preocupación en esta última etapa en J. R. Jiménez: el nombre de las cosas. «¡Intelijencia, dame /el nombre esacto de las cosas! / Que mi palabra sea / la cosa misma, creada por mi alma nuevamente». Y en Animal de fondo, en El nombre conseguido de los nombres: «Todos los nombres que yo puse / al universo que por ti me recreaba yo, / se me están convirtiendo en uno y en un / dios» [11] .

La búsqueda del nombre verdadero ya se encuentra en el mito egipcio del nombre secreto de Ra, en el que la diosa-maga Isis (la de mil nombres) inventa un plan para descubrir el nombre secreto del dios. En este punto, encontramos una influencia también oriental que no solo se percibe en los poemas más modernistas de gusto exótico.

En Animal de fondo manifiesta claramente su conciencia de su verdadero yo, unida a Dios, en el poema que da nombre a esta obra:

Y tú eras en el pozo mágico el destino

de todos los destinos de la sensualidad hermosa

que sabe que el gozar en plenitud

de conciencia amadora,

es la virtud mayor que nos trasciende.

Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,

para hacerme sentir que yo era tú,

para hacerme gozar que tú eras yo,

para hacerme gritar que yo era yo [12] .

En este fragmento, se pueden resumir los logros alcanzados por el poeta en su última obra. Una unión en sí mismo y con Dios, Dios en él, él como Dios en una conciencia que lo unifica todo. El amor vuelve a aparecer y como elemento trascendente, donde lo sensitivo o sensual es un gozo estético y lo divino abarca todos los elementos de la naturaleza, que también están en uno mismo.

Una novedad que presenta Nervo respecto a Jiménez es el tono directo al lector, al que anima a elevar su espíritu y donde cada poema es un consejo, un aliento de ánimo y de confianza para que cada persona pueda afrontar la vida con mejor actitud. «Esta es mi riqueza: toda para ti», así dedica esta obra y en ella nos alienta en Alégrate: «alégrate, siempre, siempre, siempre», nos invita a reflexionar en Fides, «¿Sabes tú si el instante / en que, ya fatigado, desesperes, es justo aquel que a la definitiva realización de tu ideal precede? (…) Que tu fe trace un círculo de fuego / entre tu alma y los monstruos que la cerquen y si es mucho el horror de los fantasmas que ves, cierra los ojos y ¡arremete!».

Ya en Elevación escribió tal vez uno de los poemas que más eco popular ha tenido, «En paz», quizás porque a todos nos gustaría poder hacer ese sentimiento y pensamiento nuestros, una reflexión profunda de evidente filosofía estoica sobre la responsabilidad de nuestros actos, cuando afirma: «porque veo, al final de mi rudo camino, / que yo fui el arquitecto de mi propio destino» y un agradecimiento a la vida valorando lo más importante: «Amé, fui amado, el sol acarició mi faz, / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!».

En el epílogo de Elevación aclara su intención:

AMÉN

Lector: Este libro sin retórica, «sin procedimiento»,

sin técnica, sin literatura, solo quiso

una cosa: elevar tu espíritu. ¡Dichoso yo si lo

ha logrado!

Diciembre de 1916.

Sin embargo, el ávido lector se dará cuenta del esfuerzo que hay en lograr esta ansiada sencillez. Tomando como ejemplo «En paz», en solo quince versos encontramos anáfora, metáfora, apóstrofe, retruécano, hipérbaton y epíteto.

Tanto uno como el otro fueron muy perfeccionistas con su legado y, a pesar de haber pasado por varias dificultades en la vida, supieron extraer del dolor, como lo hacen las conchas, su perla más preciada: su obra poética.

En Plenitud hay un motivo insistente en la superación de las apariencias y en el énfasis de ver más allá de ellas la realidad, como indica en el poema Las máscaras: «ninguna ha sido en ningún momento la expresión exacta de tu yo».

Esta sencillez en Juan Ramón se traduce en el uso de poemas cortos y en el verso libre, con los que logró alcanzar la poesía pura.

Como curiosidad, en el aspecto personal, Juan Ramón Jiménez escribió: «Yo siento por Amado Nervo ese cariño que a veces tiene el alma por una rosa, por un ruiseñor. Hay poetas a quienes amo con la frente; a él lo quiero con el corazón» [13] .

Ambos poetas dedicaron poemas a su amigo y maestro en el modernismo, Rubén Darío, con el que también mantuvieron una amplia correspondencia.

Conclusión

Tanto Juan Ramón Jiménez como Amado Nervo supieron aprovechar las corrientes literarias para llegar al público de su época; sin embargo, tuvieron la extraordinaria capacidad de no limitarse a ellas y dejar su sello personal en cada etapa ofreciéndonos lo mejor de sí mismos.

Podemos ver que la metafísica alcanzada es fruto de una ética que se presenta de forma estética, logrando un viaje del interior del alma del poeta a una expresión bella para llevarnos a los lectores a una unión con lo divino y también acercarnos a su alma. Leyéndolos los conocemos mejor.

La búsqueda de lo esencial es lo propio de la filosofía y ellos buscaron esta filosofía —que es también una forma de vida— a través de la poesía, al ir más allá de las formas y apariencias. La poesía es un sano recordatorio y una bella inspiración.



[1] Jiménez, J. R. (2007), Eternidades, 1916-1917; edición al cuidado de Emilio Ríos, Bilbao. Beta.

[2] Jiménez, J. R. (1990), Ideolojía (1897-1957). Metamorfosis, IV, ed. Anthropos, p. 36.

[3] Jiménez, J. R. (2000), Bonanza, ed. de A. Recio Mir, Fundación Juan Ramón Jiménez, p. 157.

[4] Nervo, A. (1909-1912), «Mediumnidad», Serenidad. Edición digital basada en la de Madrid, Imp. José Poveda [1915?] (Publicaciones de la Biblioteca del Renacimiento). Localización: Biblioteca Nacional de Madrid (España). http://www.cervantesvirtual.com/obra/serenidad-19091912--0/

[5] Gullón, R. (1958), Conversaciones con Juan Ramón, Madrid. Taurus, pp. 84-85.

[6] Jiménez, J. R. (1959), Libros de poesía de J.R.J, Biblioteca Premios Nobel, Madrid. Aguilar, p. 243.

[7] Durán, M., op. cit., p. 125.

[8] Amado Nervo, en el título de «El modernismo», publica el autor mejicano en La Cuna de América, 45 (10-11-1907), extraído del artículo El peculiar modernismo de Amado Nervo: una revisión, Jesús P. Revista Moralia, (4) (2004).

[9] El poema se titula «Contigo».

[10] El poema se titula «Llénalo de amor».

[11] Jiménez, J. R. (1949), «El nombre conseguido de los nombres» , Dios deseado y deseante, Animal de fondo, en la edición crítica de Rocío Bejarano y Joaquín Llansó, Madrid. Akal (2008), p. 277.

[12] Op. cit . p. 1018.

[13] Jiménez, J. R (1969), Libros de prosa de JRJ, Volumen 1, Biblioteca Premios Nobel, cap. 10, Un libro de Amado Nervo, pp.242- 248.

Publicado en Arte

En 2018 se cumplieron sesenta años del entierro de Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia en Moguer (Huelva), su ciudad natal, y 120 años desde la Generación del 98 a la que perteneció. Con este motivo, volvió a emerger la figura del poeta, nobel de Literatura, que pasó sus últimos años en el exilio. Desde San Juan de Puerto Rico, su última morada, regresó a tierras onubenses y la voz del poeta volvió a escucharse en numerosos actos en su honor.

Metamorfosis de la mariposa. Juan Ramón es como ese gusanillo que deglute hojas tiernas, jugosas, frescas, y espera su momento, pues se sabe mariposa. En su devorar crítico es implacable, irónico, un fino esteta andaluz e intelectual, ¡buena combinación para el sarcasmo incisivo!

Juan Ramón Jiménez es un estilista de lo pequeño. Es como una mariposa que revolotea de flor en flor (de cosa en cosa), para extraer de ello solo unos minúsculos granos de polen, solamente unos breves granos de conceptos poéticos. Y ahí, en su atanor íntimo, sutil, transmutarlos en perfume, en la expresión breve, mínima, etérea de su poesía.

Lo puro, tú lo dices,

por pequeño que sea es infinito.

Mariposa que jamás se mancillará de barro, porque está presto a evadirse de lo real.

Juan Ramón Jiménez Mantecón nace en Moguer (Huelva), una Nochebuena de 1881. Por lo tanto, pertenece a la Generación del 98, aunque a destiempo. Dice de sí mismo:

Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; mi madre, andaluza y tenía los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años, recuerdo bien que jugaba muy poco y que era amigo de la soledad…

Juan Ramón Jiménez 3

Así pues, es un niño introvertido que vive entre el campo y el mar de Moguer, que en principio quería ser pintor y llega a estudiar para ello. La prueba está en su autorretrato de cuando tenía dieciocho años. También estudia con los jesuitas, en Puerto de Santa María; más tarde, inicia la carrera de Derecho en Sevilla, pero la abandona ese mismo año. Viaja a Madrid en 1900, y le acogen nada menos que Rubén Darío, Villaespesa y Valle Inclán. Se impregna de modernismo, traído de Francia por Rubén Darío, poesía que gustaba de alegorías simbolistas tomadas del mundo clásico griego y romano, lugares exóticos de un mundo ideal e irreal. Así nacen dos obras primeras, Ninfeas y Alma violeta, impresas en tinta verde y violeta respectivamente. De ello dice años después que fue lo más puro y mejor de sí mismo.

Cae enfermo. Vuelve a Moguer. Se enfrenta mal a la muerte del padre. Su hipersensibilidad busca consuelo en su mundo onírico, ideal, mágico. Es una personalidad insegura, frágil, a quien la tragedia existencial no despierta en él al ente filosófico (como en Machado y Unamuno), sino al sensible que levanta el vuelo ante la realidad que le hiere, huyendo a las regiones ideales de sí mismo, o de una naturaleza falsamente bucólica y cándida. Digo «falsamente» porque la Naturaleza tiene las mismas luchas y afanes que nosotros por subsistir; lo que ocurre es que la poesía lírica tiende a idealizarlo. En último caso, lo que magnifica a algunos místicos seres humanos es la falta de mala intención, que a la mayoría nos suele sobrar bastante.

La obra de esta época es triste, melancólica, hondamente enfermiza:Arias tristes, Jardines lejanosPastorales,Elegías. Aquí, según citan sus críticos (1), está influenciado por músicos y pintores: Schubert, Schumann, Beethoven, Mendelssohn. También un toque de alegría con Sorolla, a quien –se dice– conoció en Moguer.

Su segunda etapa nace a raíz de su noviazgo con Zenobia Camprubí, judía nacida en Barcelona en 1887. Ella fue el basamento afectivo del poeta, su relaciones públicas, secretaria y recopiladora. Y, posiblemente, su trampolín hacia la universidad y el mundo anglosajón de EE.UU. Ella tradujo a Tagore al español, y nos dio a conocer a este Juan Ramón de la India; o acaso, su descubrimiento por parte del poeta andaluz nos transformó a nuestro poeta en un converso tagoriano. No hay que olvidar que son frecuentes las referencias a la reencarnación, difíciles de imaginar en un español-andaluz de principios del siglo XX:

Murió. ¡Mas no lloradlo!

¿No vuelve abril, cada año,

desnudo, en flor, cantando,

en su caballo blanco?

Este es el epitafio por la muerte de un muchacho y que abarca la época de Eternidades (lo mejor para mí), Diario de poeta y mar (también llamado Diario de un poeta recién casado) y, cómo no, Platero y yo. Atrás han quedado los poemas modernistas y surge un nuevo Juan Ramón.

Marcha a Nueva York para contraer matrimonio con Zenobia y ella se ajusta a sus necesidades. Ya está casado y equilibrado en cierto modo, ha encontrado a la perfecta compañera que necesitaba, enfermera y enlace con el mundo exterior. Es un hombre de manías. La j en lugar de la g, la s en lugar de la x, que justifica «por cuestiones fonéticas». No quiere saber nada de la vida, dicen que se hace encorchar las paredes para no oír lo que le llega de afuera.

De los años veinte hasta nuestra guerra civil (o incivil), escribe Piedra y cielo y Caricaturas líricas, y otros escritos en donde ejerce de incisivo crítico de todo aquel que llega a conocerle. Los jóvenes poetas ansían la crítica del maestro y la temen (Luis Cernuda le tuvo toda la vida un rencor mortal). Al iniciar la contienda, pretende fundar una guardería infantil con pedagogías renovadoras (¿influenciado por Giner de los Ríos?), pero fracasa (también Tagore fracasará en el mismo proyecto con ideas pedagógicas renovadoras). No prospera la idea y, sin más, se marcha de España para siempre. ¿Por qué no regresó como otros? En otros escritores era comprensible, dado el compromiso social que ejercieron, pero ¿él?... Se desplaza por Miami, Cuba, Puerto Rico, Argentina; todos son lugares que conocieron sus conferencias. Se instala en EE.UU., pero después se traslada a Puerto Rico definitivamente, porque, según él, no aguanta la asfixia de vivir en EE.UU.

Vuelve a escribir poesía, dejada durante una década, y su verso se estiliza. Es claro exponente de la llamada «poesía pura». Escribiendo y reelaborando sus versos, se sitúa en la misma tendencia de Baudelaire, Mallarmé y Valéry, que tenían la misma inclinación que él a corregir continuamente en su afán de llegar a la pureza, por quitarle elementos impuros: métrica, sonoridad, ideas… Entonces, ¿qué queda para elaborar un poema? Declara que «el verdadero poeta es el que toma el encanto de la cosa, de cualquier cosa, y deja caer la cosa misma»; es lo mismo que dijo Mallarmé: «no pinar la cosa, sino el encanto que produce»… Y ya sabemos a lo que condujo; a la pintura abstracta. Y como dijo cierto crítico de arte: «Después de la abstracción no queda nada».

Se dice que él iba por las librerías buscando sus antiguos ejemplares, por no estar de acuerdo con algunos poemas. De todos modos, esto solo demuestra inseguridad, pues como decía A. Machado, aunque lo escrito en un pasado ya no te guste, no cabe duda de que es un fiel reflejo de esa realidad pasada, la cual no hay que repudiar.

Juan Ramón esteriliza todo lo que atrapa para sus poemas (es el defecto de la poesía pura), semeja un alquimista que pretenda educir el espíritu de la materia. Creo que hubiese sido un excelente místico de nuestro Siglo de Oro. Pero, claro, Jiménez no veía a Dios, con mayúscula, en todas las cosas; sino a dios, en minúscula, en sí mismo dando eternidad a todas las cosas.

Se dice (esa doxa parmesiana tan habitual) que careció de humanidad. Era un estilista que escribió, según él mismo dijo, «para la gran minoría»… pero no quiso redimir a nadie, como otros lo pretendían, ni se sabe que fuese «en el buen sentido de la palabra, bueno». Adolece de una filosofía existencial en la que la poesía no era un medio de comunicación artística hacia el hombre, sino un fin en sí misma, una adoración estética en el interior de sus abstracciones personales. Sus últimos poemas así lo proclaman.

Juan Ramón Jiménez 2

En el año 1956, le es concedido el Nobel de Literatura. A los pocos días, muere su esposa, de cuya carencia ya no se recupera, falleciendo dos años más tarde en Puerto Rico, un 29 de mayo de 1998.

Paranoico, crítico cruel, injusto, envidioso de muchos contemporáneos… estos son los calificativos que nacen al conjuro de sus anécdotas vivenciales, de sus relaciones humanas y de las lecturas de sus propios análisis críticos…

Pero al leer su poesía, ¡ay!, al leer su poesía… nos llega el perfume de la rosa, la tibieza del rayo solar, el fulgor de la lejana estrella soñada, la exquisitez del gesto, la ternura del sencillo animal, el sorbo de agua pura y cristalina… las mariposas blancas del espíritu, del alma artística que fue Juan Ramón Jiménez. Y su hermosa despedida: Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…

(1) J. Guerrero y otros.

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