Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven y la carta a la amada inmortal

Tras la muerte de Beethoven en 1827, Anton Schindler y Stefan von Breuning, amigos de Beethoven, encontraron entre sus pertenencias, entre otros muchos documentos, un escrito de puño y letra del mismo Beethoven que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces: la famosa Carta a la amada inmortal.

Aquí tenemos un extracto de la misma:

«Lunes, 6 de julio por la mañana.

Mi ángel, mi todo, mi ser mismo. Solo unas pocas palabras hoy. Escribo con lápiz, con el tuyo […] ¿Por qué este profundo dolor, cuando habla la necesidad? ¿Puede nuestro amor existir si no es a través del sacrificio, de no pedir todo del otro? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas completamente mía y yo no sea completamente tuyo?

¡Oh, Dios! Contempla la hermosa naturaleza y consuela tu alma acerca de lo que debe ser. El amor lo pide todo, completamente y con razón. Así es para mí contigo y para ti conmigo. Solo que olvidas muy fácilmente que yo debo vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos, tu sentirías este dolor tan poco como yo.

[…] Nosotros probablemente nos veremos pronto. Hoy todavía no puedo compartir contigo los pensamientos que he tenido durante estos últimos días acerca de mi vida. Si nuestros corazones estuvieran siempre juntos y unidos, yo, por supuesto, no tendría nada que decir. Mi corazón está tan lleno de cosas para decirte… Y, en cambio, a veces no encuentro las palabras para expresarlo.

No es nada en absoluto. Alégrate. Continúa siendo mi fiel y único tesoro, mi todo, como yo lo soy para ti. Los dioses deben concedernos lo que el destino nos tenga deparado.

Tu fiel Ludwig

Lunes, 6 de julio por la tarde

Estás sufriendo, mi queridísima criatura. […] ¡Oh, donde quiera que estoy, tú estás conmigo! Arreglaré contigo y conmigo para poder vivir a tu lado. ¡Qué vida, estar sin ti!

[…] Lloro cuando pienso que probablemente no recibas las primeras noticias de mí hasta el sábado. Por mucho que tú me ames, yo te amo aún más profundamente. Pero nunca te escondas de mí.

[…] ¡Oh, Dios mío! ¡Tan cerca, tan lejos! ¿Acaso no es nuestro amor un verdadero edificio celestial tan firme como el mismo firmamento?

Buenos días, el 7 de julio.

Aunque aún estoy acostado, mis pensamientos vuelan hacia ti, mi inmortal amada, por momentos alegres y por momentos tristes, esperando que el destino nos otorgue al final una resolución favorable.

Yo solo puedo vivir totalmente contigo o no viviré. Sí, estoy dispuesto a vagar sin rumbo tanto tiempo como haga falta hasta que pueda volar a tus brazos y pueda considerarme enteramente en casa contigo, y pueda dirigir mi alma abrazada por ti al reino del Espíritu.

Sí, desafortunadamente así debe ser. Tú debes dominarte tanto más cuanto que conoces mi fidelidad a ti. Nadie más podrá poseer jamás mi corazón… nunca, nunca.

¡Oh, Dios! ¿Por qué uno tiene que estar separado de lo que tanto ama? Mi vida en Viena es ahora muy desdichada. Tu amor me hace el hombre más feliz y a la vez el más infeliz. A mi edad debería tener cierta estabilidad y regularidad en mi vida. ¿Puede eso existir en nuestra relación?

[…] Permanece serena. Solo a través de la tranquila contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo de vivir juntos. Sé paciente. Ámame hoy… ayer. ¡Qué doloroso anhelo de ti… de ti… tú… mi amor… mi todo! Adiós.

¡Oh!, continúa amándome. Nunca juzgues mal el más fiel corazón de tu amado.

Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros.

Ludwig».”

carta amada inmortal

La amada desconocida

¿Quién era la destinataria de tan apasionadas palabras? La respuesta al enigma se la llevó Beethoven a la tumba y desde entonces se han hecho muchas conjeturas.

La relación de Beethoven con las mujeres fue un tanto compleja, reflejo de su propia personalidad. Ferdinand Ries, discípulo de Beethoven, observó que, si bien el maestro solía enamorarse con mucha frecuencia, esos amoríos solían tener muy corta duración, ya que las destinatarias de sus desvelos, o bien eran de una escala social superior, o bien algunas de ellas estaban casadas o finalmente terminaban casándose con otro. Esto fue una tónica a lo largo de toda su vida, pero el caso de la enigmática Amada Inmortal tuvo un carácter diferente.

De entrada, en la carta no se cita su nombre ni tampoco el año y el lugar en que fue escrita. Los únicos datos concretos que él da es que fue escrita en tres fases: se empezó un lunes día seis por la mañana, se continuó por la tarde y se terminó al día siguiente por la mañana.

También podemos hacernos una pregunta: ¿por qué conservaba él la carta? Ante esto tenemos varias opciones. La primera es que no mandara la carta, la segunda es que lo que él conservó fuera un borrador (lo más probable, dadas las características del escrito) y la tercera es que la carta fuera devuelta a su destinatario, posibilidad que no existía en el correo de la época, ya que esto se implantó más tarde.

En cualquier caso, el enigma de quién era la destinataria sigue en pie. Según Anton Schindler, primer biógrafo de Beethoven, la destinataria sería la condesa Giulietta Guicciardi, alumna de Beethoven y dedicataria de la famosa Sonata para piano n.º 14, conocida como Claro de luna. Pero la credibilidad de Schindler es prácticamente nula, ya que se aprovechó de su relación con Beethoven para su propio beneficio personal hasta el punto de que en su tarjeta de visita ponía «amigo de Beethoven». Él se apoderó de los valiosos cuadernos de conversación del maestro y destruyó dos terceras partes de ellos, aparte de otros documentos, para poder crear en su biografía un Beethoven a su gusto, biografía que se ha demostrado que está plagada de falsedades e inexactitudes. Además, vendió los documentos robados al rey de Prusia a cambio de una pensión vitalicia. Con razón dijo Beethoven de él en sus últimos años, tras enfriarse su relación, que era «un ser abyecto y despreciable».

Desechada la versión de Schindler, los posteriores biógrafos del siglo XIX, en vez de seguir una investigación exhaustiva, partieron de que estuvo enamorado de tal o cual mujer y trataron de acomodar lo mejor posible esa relación a la carta y así fueron surgiendo diferentes candidatas.

La posible respuesta

Pero siguiendo el hilo lógico y los datos que podemos extraer de la carta, hay unanimidad en que fue escrita en el verano de 1812 en la ciudad balneario de Teplitz, en Bohemia, donde Beethoven solía pasar algunas temporadas y donde coincidió y conoció en esas fechas a Goethe por mediación de una amiga mutua: Bettina Brentano, escritora romántica y musa inspiradora de diferentes artistas.

Esto reduce muchísimo el abanico de posibles candidatas, ya que los datos que se deducen de la carta son que se habían conocido en Viena, coincidieron en Praga pocos días antes de la escritura de la carta y que ella estaba en Karlsbad, que es adonde está dirigida la carta.

Siguiendo una investigación muy exhaustiva y auténticamente detectivesca que no deja lugar a dudas, con registros policiales de los diferentes lugares en que estuvieron ambos en esas fechas, Maynard Solomon, uno de los mejores y más serios biógrafos de Beethoven, concluye que solo hay una candidata que cumpla escrupulosamente con todos los requisitos: Antonie Brentano, cuñada de Bettina y cuyo apellido de soltera era Birkenstock.

Antonie era hija de un diplomático austríaco, Johann M. E. Von Birkenstock, consejero de la emperatriz María Teresa y coleccionista de arte. Cuando tenía ocho años perdió a su madre y fue enviada a un colegio religioso. Con dieciocho años fue casada por conveniencia con un comerciante de Frankfurt amigo de la familia y quince años mayor que ella: Franz Brentano (hermanastro de Bettina y Clemens Brentano, los célebres autores románticos), pero a quien ella no amaba. Además, nada más casarse, tuvo que abandonar su amada Viena y trasladarse a Frankfurt, una ciudad fría y extraña para ella que le producía un rechazo total. Todo ello la sumió en una profunda depresión agravada por la muerte de su primer hijo. Según sus propias palabras: «Lo único que me permitía resistir era la esperanza de mis viajes a Viena al menos una vez cada dos años».

stephan von breuning

En 1809 volvió a Viena para ocuparse de su padre, gravemente enfermo, que murió pocos meses después. Allí permanecería más de tres años para gestionar la herencia de su padre y su inmensa colección de obras de arte, obligando a su marido a trasladarse también temporalmente a Viena. Fue entonces cuando conoció a Beethoven, comenzando con él una intensa y duradera amistad. Para ella, Beethoven representaba un modo de vida superior, que expresaba a través de su música. Y lo que sentía por él era auténtica veneración:

«Camina como un dios entre los mortales con actitud altiva, y las bajezas del mundo y sus problemas físicos solo lo irritan momentáneamente, porque la Musa lo abraza y lo aprieta contra su cálido corazón».

No sabemos cuándo esta veneración se transformó en amor, pero en 1811 Beethoven le dedicó una canción titulada An die Geliebte ( A la Amada):

¡Oh, si de tus plácidos ojos,

que brillan llenos de amor,

pudiera sorber las lágrimas de tu mejilla

antes de que la tierra las absorbiera!

Quizá titubean en tu mejilla,

para consagrar cálidamente su fidelidad.

Ahora las recojo con este beso.

¡Ahora tus penas son mías!

Más indicios

También le dedicó otras obras, como los Drei Gesange (Tres canciones), op. 83, así como las famosasVariaciones Diabelli, op. 120 o la Sonata para piano n.º 32, op. 111. Curiosamente, no hace mucho, en 2018, se descubrió un ejemplar desconocido de la primera impresión de la partitura de la Sinfonía n.º 7, terminada el 13 de mayo de 1812, y en la portada figura una dedicatoria manuscrita del autor: «A mi muy estimada amiga Antonie Brentano, de Beethoven».

Otro hecho significativo es que, entre las pertenencias de Beethoven, se encontraron dos retratos en miniatura de marfil que, tras diversos estudios anatómicos y comparaciones con retratos autentificados de Antonie Brentano, se concluyó que eran de ella. Antonie guardaba, a su vez, un retrato en miniatura de Beethoven. Y sabemos que un regalo de ese tipo significaba en esa época algo más que una simple expresión de estima.

Después de la muerte de su padre, Antonie a veces estaba enferma varias semanas seguidas, quizá por la tristeza de la pérdida y también por la negra perspectiva de tener que volver a Frankfurt. En esos momentos evitaba toda compañía con una sola excepción: Beethoven. El músico la visitaba regularmente y, cuando llegaba, se sentaba al piano en la antecámara y tocaba solo para ella. En Beethoven encontró no solo consuelo, sino también la posibilidad de salvarse de una triste perspectiva.

Años después describiría a Beethoven como «una persona grande y excelente, un artista íntegro, pero un ser humano más grande aún que el artista, con un corazón tierno y un alma resplandeciente llena de intenciones puras».

Aparte de consolar a Antonie, Beethoven solía frecuentar también la mansión de los Brentano, donde se sentía uno más de la familia, para asistir a los conciertos de cámara que ofrecían allí los mejores músicos de Viena y para complacer a los amigos con sus interpretaciones al piano, llegando a ser un buen amigo no solo de Antonie, sino también de su marido, Franz, a quien Toni (que era como la llamaban en familia) describe como un buen hombre a quien respetaba porque él también la respetaba y era bueno y afectuoso con ella, a pesar de que siempre estaba enfrascado en sus negocios. Y no solo era bueno con ella, ya que también fue amigo y benefactor de Beethoven.

Con ello, la carta y lo que podemos deducir de ella cobra nuevos tintes y podemos plantearnos un escenario un poco más amplio que la simple relación entre los amantes. Por un lado, tenemos los sentimientos que se profesaban ellos dos, pero por otro, tenemos la arraigada incapacidad para el matrimonio que demostró Beethoven a lo largo de su vida, quizá por la necesidad de libertad e independencia que requería para poder plasmar su arte. Y, por otro lado, tenemos la sincera amistad que sentía por Franz. Estimaba profundamente a ambos y no quería ser el elemento de ruptura de esa unión.

Sentimientos encontrados

Todo ello producía en Beethoven una serie de sentimientos encontrados y de angustia que se reflejan en la carta, donde la aceptación y el renunciamiento luchan por prevalecer. Es posible que en el encuentro previo que tuvieron en Praga días antes de la carta, Antonie le hubiera declarado a Ludwig que sus condiciones personales no eran un obstáculo insuperable para la unión entre ambos y que estaba dispuesta a abandonar a su marido y permanecer en Viena antes que regresar a Frankfurt. Y también es posible que esto le provocara a Beethoven una especie de vértigo, ya que seguramente no estaba preparado para este súbito vuelco de los acontecimientos.

No sabemos los hechos que se sucedieron desde la escritura de la carta, el encuentro entre los amigos en las semanas posteriores y la partida del matrimonio a Frankfurt en noviembre de ese mismo año, pero lo que es seguro es que superaron la crisis, alcanzaron una nueva etapa en sus relaciones y la pasión se convirtió en una exaltada amistad que mantuvieron hasta el fin de sus días, si bien no volvieron a verse, ya que ella no regresó a Viena en vida del compositor.

Prueba de esa amistad es que Beethoven compondría para Maximiliane, hija de Toni, el Trío en si bemol mayor WoO 39 (1812) y le dedicaría la Sonata para piano en mi mayor, op. 109 (1821).

Antonie siempre guardó un gran recuerdo de él. Se conservan cartas de un amigo de Antonie que residía en Viena informándole del fallecimiento de Beethoven, así como una descripción completa del funeral, una copia del discurso fúnebre de Grillparzer y numerosos recortes de periódicos que hacían alusión a la noticia.

Después de la relación entre ambos, no hay noticia de una sola relación de amor durante el resto de la vida de Beethoven, más allá de relaciones de amistad que nunca pasaron de eso.

Uno de los significados más importantes para Beethoven del asunto de la Amada Inmortal fue que Antonie Brentano fue la primera —y parece ser que la única— mujer que lo aceptó totalmente como hombre; la primera que le dijo que le amaba realmente sin ningún tipo de reservas y que estaba dispuesta a renunciar a todo, incluso con la condenación de la sociedad, por él.

Pero, a la vez, ella comprendió la importante barrera que se oponía a la unión entre ambos y supo también renunciar sin, al mismo tiempo, negarle su amor. Fue un gran mérito por su parte haber estado a la altura de las circunstancias. Y en compensación, el destino le deparó un tipo muy especial de inmortalidad.

 

Publicado en Arte
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