Uno de los cuadros más fascinantes y enigmáticos que nos encontramos al visitar el Museo del Prado en Madrid (España) es el conocido popularmente por Las meninas, del pintor sevillano Velázquez, y cuyo título original era La familia de Felipe IV. Es un lienzo de grandes proporciones (310 x 276 cm), realizado en óleo en el año 1656, en plena madurez y cuatro años antes de morir, a los sesenta.

El nombre popular de «Las meninas» hace mención a las damas de honor de la infanta Margarita de Austria. Meninas significa «niñas» y «señoritas» en portugués, y es que estas doncellas que sirven a la infanta son de las más importantes familias nobiliarias portuguesas, en un periodo de unificación de España y Portugal, las llamadas dinastías filipinas, considerado en la historia de este último país un periodo oprobioso y de ocupación.

Once personajes (y un perro) dispuestos armónicamente crean una escena en la que no es fácil ubicarse y que desconcierta: al parecer, Velázquez está pintando a sus majestades, y la infanta Margarita se ha acercado a saludar a sus padres, acompañada de sus damas de compañía (las meninas portuguesas ya mencionadas), la camarera mayor y el guardadamas de la princesa, en la penumbra, una enana hidrocéfala y lo que parece un niño que está maltratando a un mastín, sentado apacible en un primer plano. Un personaje aparece entrando en la sala, y con él, un rayo de luz visible al fondo y que penetra en ella.

Lo que desconcierta es que los reyes Felipe IV y Mariana de Austria no están dentro de la escena, sino reflejados en un espejo. Posiblemente, están siendo retratados por el pintor sevillano, o han venido a verle trabajar: ellos están, en verdad, donde el espectador que contempla el cuadro, ingenioso juego de perspectivas que, unido al dominio del esfumato, hace que entremos en él, de forma maestra y misteriosa. Más aún si el cuadro, como antes se hacía en el Museo del Prado, se contempla en la penumbra y mirándolo a través de un espejo, como dice el profesor E. Orozco en su libro El barroquismo en Velázquez.

«Como aspiración central, Velázquez se propone la paradoja de que el cuadro no sea cuadro, que el cuadro ofrezca un ámbito espacial con aire ambiente, que, sintiendo su profundidad, nos estimule a penetrar en él, y que, a su vez, nos impresione como si los seres que lo pueblan pudieran también salir del mismo y penetrar en el nuestro».

Se trata, por tanto, de una de las obras maestras de «realidad virtual» del siglo XVII. El efecto es tan desconcertante que, cuando lo vio el poeta y crítico Teófilo Gautier, dijo: ¿Dónde está el cuadro?... Pablo Picasso quedó también impresionado y dicen que se encerró en su estudio de Cannes hasta encontrar la clave del mismo: ¿dónde está realmente cada uno de los personajes? Después, reprodujo su propia interpretación de Las meninas, muy en su estilo, que no sé si decir alucinante o de alucinado.

Los historiadores de arte dicen que, por ser una obra de arte barroca, existen varios mensajes solapados al mismo tiempo:

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1. Estos personajes serían representaciones alegóricas: la enana María Bartola, con una bolsa de monedas en la mano, la Codicia; el niño incordiando al plácido mastín sería el Mal –a quien se figura, tal cual él, como un diablillo vestido de rojo–, queriendo perturbar a la Fidelidad (el perro), en el primer lugar del cuadro. Esto sería también una insinuación de la importancia que Velázquez le daba a esta virtud, más aún para quien está cerca de los reyes.

2. El cuadro sería una defensa del sacerdocio del arte: el pintor, Velázquez, tiene la audacia de aparecer en una escena regia, él mismo, mayor incluso que los reyes, aun con la delicada disculpa de que la imagen de los mismos es reducida por estar lejos y hallarse reflejada en el espejo.

3. Tal y como el Nacimiento de Venus de Botticelli o su famosísima Primavera, el cuadro sería un talismán mágico y astrológico. En 1973, el profesor Jacques Lassaigne, en su tratado Les Menines, explica que varios de los personajes trazan perfectamente la constelación de Corona Borealis (bien uniendo sus cabezas, o mejor, sus corazones). La princesa Margarita sería la estrella del mismo nombre, la más luminosa de esta constelación. La luz que reciben los personajes en el cuadro es la misma que la magnitud relativa de las estrellas de Corona Borealis en el cielo. Los reyes ocuparían la posición –y la luminosidad aparente– de la llamada estrella R, una estrella difícil de ver a simple vista, pero fácil con telescopio, una estrella que aumenta su brillo progresiva y esforzadamente, pero que luego lo pierde de forma abrupta; una metáfora, por tanto, del poder y la fortuna en el mundo.

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El catedrático de Perspectiva e ingeniero de caminos Angel del Campo Francés, en su libro La magia de las meninas (1978) desvela muchos misterios ópticos de este cuadro, y dice que la solución al enigma que plantea el cuadro se basa en el uso de seis espejos (?), y que quizás lo que hacen todos juntos en la sala es una experiencia con la «linterna mágica» del jesuita Athanassius Kircher: un rayo de luz (el que entra desde el fondo) es proyectado sobre un pequeño retrato en madera pintado por Velázquez, y la imagen, ópticamente amplificada y dirigida por espejos, es proyectada sobre la pared.

Este mismo investigador, recientemente fallecido, explica también el significado geométrico alegórico del triángulo equilátero que forman la cabeza de la infanta Margarita, los reyes reflejados en el espejo y el rayo de luz que entra por la puerta. Significan, dice, el infinito del espíritu (rayo de luz), la realidad (la princesa, que es claramente protagonista de este cuadro) y la ilusión (Felipe IV y la reina Mariana de Austria pálidamente reflejados en el espejo).

Otra forma de leer esto sería, quizás:

1. Lo real es aquello que ni nace ni muere, el espíritu simbolizado por la luz (metáfora muy amada por todo verdadero pintor).

2. Después viene lo que somos verdaderamente (representado por la infanta).

3. Y, por último, las responsabilidades o dignidades, que si importantes en el mundo, van y vienen, están hoy sí, mañana no, no otorgando ni arrebatando nada a quien las asume: tan importantes como la imagen de los reyes en el espejo, que se reflejan ahora y un momento después ya no. Es la misma triple diferencia que hay entre lo que somos, lo que creemos ser y lo que los demás creen que somos.

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También se plantea el enigma de qué es lo que en verdad está pintando Velázquez en el lienzo sobre el caballete de madera: ¿es la escena de las meninas? (o sea, el mismo cuadro), ¿a sí mismo?, ¿a los reyes, que están presenciando la escena? Es posible, incluso, que la imagen en el espejo de los reyes sea la imagen reflejada de lo que está pintando Velázquez. El espectador, al posicionarse justo delante del cuadro de Las meninas, observaría esta imagen, que es el centro de la composición.

También es interesante analizar las perspectivas: el punto de fuga está en la puerta abierta, por donde entra el rayo de luz, custodiada por una especie de guardián del umbral (como los genios de las puertas o pilonos de la magia egipcia). Velázquez usó una composición geométrica aúrea en forma de espiral, que va disponiendo todos los espacios en el cuadro. El centro de dicha espiral, es decir, desde donde irradian todas las líneas de fuerza, es el pecho de la infanta, pues el cuadro está realizado en homenaje a ella, y además, la princesa Margarita estaba en la línea sucesoria de la dinastía, truncada por el nacimiento infausto de Carlos II el Hechizado.

El pintor barroco Luca Gordiano dijo que este cuadro era «la teología de la pintura», y el filósofo francés Michael Foucault que, en él, el espectador es invitado a formar parte de la realidad, no puede ser tan solo espectador, sino que afecta a cuanto mira. Esta es una visión del mundo como la que nos da la física cuántica actual o la filosofía egipcia de hace 5000 años. Para este autor, la pintura sería toda una estructura o matriz de conocimiento en la que el observador participa en una representación dentro de otra representación, pues, al decir aristotélico, todo en este mundo es género y especie al mismo tiempo, todo es causa y efecto, todo es parte de algo y está formado de partes.

Los enigmas sintetizados en el talismán astrológico que es este cuadro no impiden que, en un momento dado, aquietemos los vientos que se originan en la mente, y en silencio, con la inocencia de un niño, nos adentremos en la escena y acariciemos al mastín que se halla en reposo, mirando con extrañeza nuestra turbación.

 

Publicado en Pintura
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