Marzo 2018

Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro

Escrito por  Tati Jurado
Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro

Tras el silencio se esconden muchas de las fragilidades humanas. Entre ellas, las que reflejan el desasosiego ante lo incomprensible de los condicionamientos propios o los externos. Unos que, como mecanismo de defensa, te tiran a los brazos de la cotidianidad, que vela como pocos para que lo que no se dice, lo que se calla, pase desapercibido. Es ese espacio donde parece que no pasa nada y, sin embargo, pasa un mundo, el que el Premio

Nobel de Literatura 2017 supo retratar con una prosa tan sencilla como exquisita en Pálida luz en las colinas , su primera novela.

Ambientada en la Nagasaki de la posguerra, Kazuo Ishiguro (1954) sumerge al lector en una novela sin altibajos. No hay tensión, no hay clímax, solo una línea recta plagada de interrogantes. Los huecos que surgen ante la falta de respuestas, de información para entender los por qué , los cuándo y los cómo , desconciertan. Y, sin embargo, una no puede dejar de avanzar en la lectura. La falta de acción no detiene, porque ya desde las primeras páginas se vislumbra que el silencio va a ser el protagonista de esta historia, la cáscara de unas emociones y unos pensamientos que el lector tendrá que desentrañar a través de una narración exenta de juicios. Ishiguro no guía, tampoco induce. Solo se limita a mostrar y no lo muestra todo. Una táctica que le concede al lector la posibilidad de participar en el desasosiego silencioso por el que transcurre la vida de un pueblo marcado por la barbarie y por el choque generacional entre el tradicionalismo japonés y las influencias occidentales.

El escritor japonés hace uso de saltos temporales para mostrarnos determinados acontecimientos que marcaron la vida de Etzuko, una mujer japonesa de mediana edad afincada en Inglaterra. Desde la ventana de su casa, acompañada por la figura silenciosa de su hija menor Niki, que ha llegado desde Londres tras conocer el fallecimiento de su hermana Keiko, Etzuko rememora una época de su pasado, el de ese Japón devastado por las bombas atómicas. El motivo del desarraigo de su tierra natal no es desvelado, tan solo un pantallazo de su vida marital con Jiro, padre de Keiko, la representación de una época en la que la modernidad aún no logra romper del todo con el tradicionalismo que mantiene a la mujer bajo la sombra aún predominante del hombre.

Es la evocación de su relación con Sachiko, una mujer afanada en desafiar al destino impuesto, y la hija un tanto extraña de esta, la que cobra protagonismo en la historia. Las esquirlas de la guerra siguen definiendo una existencia que Sachiko busca cambiar. El consuelo de que ya nada puede ir peor la aferra a una esperanza que Etzuko no logra comprender. La vida que madre e hija llevan y por qué la enfrentan así será un interrogante para la protagonista. Uno al que acude tras el suicidio de Keiko, tal vez ante la necesidad de explicarse, de entender el desenlace fatídico de la vida de su primogénita.

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