Sábado, 01 Julio 2017 00:00

Hernando, el halconero

Vivía Hernando, el halconero, junto a la torre de Gasteiz. Era uno de los más diestros cazadores con arte de altanería y estaba reputado así entre todos los compañeros como el más entendido en su oficio. Hernando consiguió enseñar a un halcón, que era su preferido, al que cuidaba con más amor, y el que, en compensación, le traía las mejores piezas, las aves más montesinas, las que más difícilmente podrían derribar otros halcones. Negro, con ojos brillantes, el halcón iba erguido en el guante de Hernando, y al solo movimiento del brazo de este, se lanzaba como una flecha de basalto contra las aves que vanamente querían huir de él. Y así, entre Hernando y su halcón llegó a haber una relación íntima, un afecto casi humano.

Una tarde, la cacería había sido larga, y Hernando estaba cansado y sediento. Bajaba de un alto monte, a cuya cumbre había llegado después de penosa ascensión. El halconero buscaba con gran ansiedad una fuente en que refrescar su sedienta boca. Al fin, junto a una pequeña arboleda, vio con gran alegría una fuente que brillaba al sol del atardecer.

«¡Agua!», exclamó. Bajó del caballo y se echó de rodillas, para beber. El halcón volaba por encima de él. De pronto, cuando el halconero iba a aproximar a sus labios las manos, en que había recogido un poco de agua, la soltó con un grito de dolor. Había sentido un tremendo picotazo en el cuello. Se revolvió, irritado, y vio con extrañeza que había sido su propio halcón el que le había atacado. Quiso atraerlo, para sujetarlo en el guante, pero fue inútil: el halcón siguió volando. Y cada vez que el halconero quería beber, el halcón lo impedía, lanzándose feroz contra su dueño. Hasta que este, lleno de ira y desasosiego, puso una saeta en su ballesta y lanzándola contra el ave, la derribó, muerta en tierra. Mas cuando el cazador iba a recoger el cuerpo traspasado del que hasta entonces había sido su fiel compañero, vio con espanto que en el nacimiento de la fuente una enorme culebra había metido su cabeza y que, cerca, unas aves que habían bebido estaban muertas. El halconero comprendió, con gran dolor y confusión de su alma, que su halcón, con el inexplicable ataque, lo había salvado de una muerte cierta. Y entonces cogió el cuerpo del ave, que aún latía, y lo besó. Después le dio sepultura, ahuyentó a la culebra y alzó allí una fuente.

La fuente se encuentra cerca de la ermita de Santa Águeda, y cuenta la tradición que quien beba de esas aguas el 5 de febrero, fecha en que se celebra la romería, no tendrá mal alguno en el resto del año.

Leyenda del País Vasco

Publicado en Cuentos con sabiduría
Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra página web. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.
Más información Aceptar