Martes, 01 Octubre 2019 00:00

Buenos y malos tiempos

Hace poco, leí que para conocer y amar un lugar (y a su gente) hay que hacerlo andando despacio. Normalmente elijo anécdotas que suceden durante el Camino de Santiago. En este caso, ocurrió entre etapas (ahora que pienso, ¡qué tontería!, ¡esto también es parte del Camino!).

En las poblaciones que atravesamos por tierras alavesas, hay un espacio cubierto amplio, que, a veces, se aprovecha para los mercados semanales. Aunque diferentes, cumplen la misma función: guarecerse de la lluvia. En el caso que nos ocupa, era una superficie de unos 400 m2. Allí asistimos al espectáculo cotidiano de la ciudad: niños jugando ante la mirada atenta de sus padres, personas de todas las edades conversando en pequeños grupos, ancianos solos o acompañados realizando su paseo diario... Todo bajo techo. Un lado del recinto daba al río, del que nos separaban enormes ventanales, desde donde se disfrutarían las competiciones de piragua, tradicionales en aquella zona.

El rato que pasamos en esa síntesis de zona de recreo, mercado y tantas cosas más fue la demostración de que la gente del norte no tiene inconveniente para «salir» en uno de esos días que los mediterráneos llamamos «malos». Sentados a cubierto, tras los ventanales, también vimos cruzar a gente por un puente de piedra. Si no llevaban impermeable o paraguas, andaban tranquilamente y con la frente alta, eran autóctonos. Cuando iban enfundados en chubasqueros, cruzando raudos el puente, se trataba de turistas.

Luego, fuimos hasta una plaza interior para cenar. La gente llenaba los establecimientos; mejor dicho, los soportales, de pie, con su bebida en una mano y el pincho en otra, mientras los niños correteaban entre sus piernas. Me hubiera gustado preguntar a alguien: «Perdón, ¿se da cuenta de que el tiempo “no acompaña” y los niños se están empapando?». Me imagino a mí mismo un día cualquiera: salgo a la calle y veo unas nubes; inmediatamente mi ánimo cambia. ¡Como si las inocentes nubes fueran culpables de algo!

Llovía cuando llegamos, por la noche y también toda la etapa del día siguiente... Sin embargo, vimos a la gente en plena actividad, sin asomo de preocupación por lo que yo llamo «mal tiempo». El clima del norte («mal tiempo» para mí, «tiempo» para ellos) puede resultar un buen entrenamiento para enseñarnos a realizar nuestro deber más allá de las circunstancias. O, por lo menos, que lo externo no marque excesivamente nuestro Camino interno.

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Domingo, 01 Septiembre 2019 00:00

Las dos caras del albergue encantado

En aquella etapa del Camino de Santiago, llegamos a la ciudad e introduje la dirección del albergue en el móvil. Resultado: un paseo de dos kilómetros. La ruta de la aplicación indicaba un desvío hacia unas viviendas acostadas sobre la montaña. Una cuesta nos llevó hasta la parte trasera del edificio. Me adelanté. El asfalto terminaba en una cancela oxidada. El móvil insistía en dicha ruta... Decidí apagarlo.

Rehicimos con cierto disgusto el trayecto junto al río. En un cruce, mil metros más tarde, aparecieron flechas amarillas. Cruzamos la carretera y pasamos bajo la vía férrea. En seguida, vimos un cartel indicando la dirección del albergue, justo al contrario y paralela a la vía. Seguimos caminando hasta llegar a una vieja casa incrustada en el bosque. Tal y como temíamos: era nuestro albergue. Apareció el hospitalero, nos enseñó la casa y los trucos de sus luces. Pagué el precio estipulado y no le volvimos a ver. El olor a humedad era fuerte.

Ya en la sombría habitación, elegida la litera, descargamos las mochilas. La caminata imprevista, el día plomizo, la comida frugal, la humedad y condiciones generales del albergue..., provocaron nuestro desánimo. Pero poco después, reíamos de este nublado psicológico. Me explicaré.

Esa misma mañana habíamos despedido a dos amigos, casi hermanos, tras unos días de convivencia. Visitamos ermitas enclavadas en cumbres cubiertas por la niebla, las entrañas de una catedral gótica, abruptos acantilados, grutas... Como centro de operaciones en esos días habíamos alquilado una casa de dos plantas, con todo tipo de modernos electrodomésticos y excelente mobiliario.

¿Entendéis ahora el impacto sufrido pocas horas después ante una habitación oscura, solitaria y húmeda, sin acceso ni siquiera a un microondas? Si nuestra llegada allí se hubiera producido sin pasar por el apartamento, quizá hubiera sucedido esto:

«Nos encontramos una casa tradicional en la falda de la montaña, junto a un maravilloso prado con una fuente y rodeados de robles. Un espacio sencillo para retomar la tranquilidad y la soledad, alejados del estrés de la ciudad. Un lugar donde experimentar la cantidad de necesidades prescindibles que hemos creado a nuestro alrededor».

En todo caso, lo cierto es que aprovechar la vida supone prestar la atención justa a las cosas. En el Camino, dormir cada día en una cama diferente te habitúa al cambio; no te permite apegarte a las cosas buenas, regulares o malas. El deleite y el disfrute tienen caducidad. ¡Ah! El padecimiento y el aburrimiento, ¡también!

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Jueves, 01 Agosto 2019 00:00

La magia del camino

Una etapa larga en el Camino de Santiago plantea un dilema trascendental en la vida del peregrino: «¿Comemos durante la etapa o esperamos a finalizarla?». Aquel día, el dilema quedó zanjado tras la aparición de un restaurante en la entrada de un pueblo. Nos miramos, sin palabras, y descargamos las mochilas junto a una mesa.

Entré, pedí dos bocadillos y cervezas. Salí fuera y nos sentamos a la sombra de un gran árbol. Quedaba un buen rato de etapa, bajo el sol de agosto, pero en ese momento la única preocupación era retomar fuerzas. Justo al salir el camarero para servirnos, entraron en la terraza un joven y dos chicas. Nos saludamos en «espanglish» (mucho gesto y palabras sueltas). Él señaló nuestros bocadillos con una enorme sonrisa y siguió al camarero hacia el interior del bar.

Al quitar la servilleta que envolvía mi enorme bocadillo, el chico salió del establecimiento apartando la cortina de la puerta. Su gesto mostraba decepción. «¿Any problem?», le pregunté. ¡Me dio a entender que nos habían servido los últimos bocadillos! Antes de que cargaran sus mochilas, dejé mi bocadillo en su mesa. Tras una breve discusión les convencí, y compartimos nuestra comida. Poco después, antes de enfriarnos, retomamos el camino. Pasamos junto a nuestros «invitados» y volvieron a darnos las gracias. La etapa resultó agotadora. Hicimos una última parada y yo aproveché para quitarme las botas un rato. Cuando ya iba a calzarme, nos alcanzaron nuestros invitados. Él nos pidió que nos acomodáramos, aunque no estaba seguro de entenderle.

De pronto, hizo trucos de magia que nos dejaron boquiabiertos. Su intención era ofrecernos un espectáculo. Tras un rato, sorprendiéndonos una y otra vez, me pidió agua y la derramó en su mano izquierda. Luego la cerró y, con la mano, empezó a frotarse el otro brazo desde la muñeca hacia el hombro. Entre contorsiones, daba a entender que quería conducir el agua por el interior de su cuerpo. Al cabo de unos minutos, cansados de reír, imitó un redoble con su voz y abrió su mano derecha. ¡Todos vimos caer agua!

Un bocadillo nos proporcionó uno de los espectáculos más maravillosos de nuestra vida en el lugar más inverosímil para ello. Con «la magia del Camino» no me refería a la prestidigitación que presenciamos aquella tarde, sino al hecho de aprender a compartir lo que tienes o sabes. Seguro que nos «llenó» tanto su espectáculo como nuestro bocadillo a ellos.

 

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Jueves, 01 Noviembre 2018 00:00

Aprendiendo a ser flexible

Tengo que admitir que me encantaba planificar las etapas. Era una forma de disfrutar del Camino antes de hacerlo. En los primeros años llegaba a señalar en un cronograma los momentos en que íbamos a descansar durante el día y la duración de cada parada. La mayor parte del tiempo llevaba en la mano un mapa, e incluso había visto en Internet imágenes de los lugares por los que íbamos a pasar.

Con el tiempo, el plan se hizo más flexible, ya que tanto detalle nos enclaustraba. Al final, la forma de encarar el día se ceñía a plantear un inicio y final de etapa, con un margen de una población antes o después, y paradas según las necesidades y nuestro estado físico. Es conveniente señalizar fuentes, tramos difíciles y elementos conflictivos, pero solo como conocedores de ello, sin pretender hacer la ruta como si se tratara de un crucero, con parada de 45 minutos en tal ciudad, hora de comida, llegada al barco perfectamente marcada, etc.

Hoy día es común reservar habitaciones en albergues privados con antelación (en los municipales no suele ser así). Esto posibilita una previsión que elimina el riesgo de no encontrar litera. Se gana en tranquilidad, pero tanta previsibilidad mata nuestra capacidad de solucionar imprevistos. En general, en la medida en que se ha ido masificando el Camino, se ha llenado de comodidades y se ha vaciado de contratiempos.

Algo parecido sucede con nuestra vida. Cuando hacemos previsible cada instante de la semana, entramos en un estado psicológico que satisface una parte de nosotros. En cambio, esa rutina confortable anula nuestra espontaneidad, la capacidad de asombrarnos, la fascinación, la resolución ante conflictos… Todo está previsto.

El que elige este tipo de vida cree que así la controla perfectamente. Pero ¿qué tipo de vida? Así es difícil desarrollarse como ser humano porque estamos coartando nuestra libertad. Quizá porque se confunde confort, bienestar, seguridad… con felicidad.

Las etapas que he realizado casi como un viaje programado tienen un color gris. Casi no recuerdo nada de ellas porque son parecidas, sin colores que las definan. En cambio, las etapas con imprevistos, en las que hemos tenido que esforzarnos y tomar decisiones durante la marcha, brillan, nos han dado nuevas amistades y experiencia.

Supongo que en el justo medio está la clave.

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Sábado, 01 Septiembre 2018 00:00

Llanos, cuestas y descensos

«Son las seis de la mañana. No ha amanecido en el Camino de Santiago. Unos breves estiramientos y últimos preparativos. La linterna en la mano y la atención despierta, enfocando cada piedra o poste junto al camino. Un pequeño despiste puede suponer una hora de camino añadida.

El camino es llano en el primer tramo; sigue monótono y cansino un buen tramo. A lo lejos se vislumbra una arboleda que no llega a ser bosque y ¡una cuesta! Las piernas lo agradecen tras dos horas avanzando sin ningún desnivel.

Desde lejos parecía un suave y corto repecho… Tras media hora de subida, el dolor empieza a aparecer en las piernas. Por fin, llego a un alto. Ando deprisa para desentumecer los músculos. No me atrevo a parar; dicen que no es aconsejable (y menos, quitarse la mochila). Se inicia una suave pendiente y me dejo caer. El contraste es contundente para el cuerpo y vuelvo a recobrar el ánimo.

Al cabo de un rato mis rodillas están machacadas. ¡Si la pendiente hubiera sido a primera hora, con el frescor matinal! Ahora, con el sol de agosto y tres o cuatro horas en las piernas, cada paso de pronunciado descenso es un verdadero calvario para mis rodillas…».

Esto es una etapa del camino. Podéis cambiar el orden de los factores, pero el producto seguirá siendo el mismo. Si llueve, queremos que pare. Si hay sol, nos gustaría que estuviera nublado. Si el viento arrecia, preferimos que cese…

Si sabemos que ni la lluvia o el sol, ni las cuestas o los llanos son elementos dominables, ¿por qué prestarles tanta atención y desear algo que no está en nuestras manos? ¿No sería más inteligente disfrutar cada instante y apreciar cada uno de los elementos que componen ese tramo del Camino?

Es fácil llevar este ejemplo a nuestra vida (de hecho, un tema fundamental de conversación en verano es el calor que hace; y en invierno, el frío). Si nuestra vida es rutinaria, esperamos alguna sorpresa de vez en cuando; cuando todo en nuestra vida es caos y confusión, esperamos la rutina como tabla de salvación. Mientras deseamos lo que no depende de nosotros, se nos va la vida.

Aprender a disfrutar de las pequeñas cosas que nos pone delante el Camino (o la vida) es todo un arte.

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Domingo, 01 Julio 2018 00:00

Estar fuera y dentro del camino

Llegando a Santiago, ya en las últimas etapas del Camino de Santiago por Galicia, ocupé parte de mis reflexiones en desarrollar una teoría que me sorprendió a mí mismo. Veamos si puedo explicarla en líneas generales.

Un día, acabada la etapa, ya duchado y con ropa de turista, salimos del albergue que estaba situado junto al Camino. En busca de un establecimiento para comer, caminábamos en sentido contrario a los peregrinos. Pasaban en ese momento algunos hablando entre ellos. Todo el que ha hecho el Camino sabe que el saludo habitual es el de «¡Buen Camino!». Ni ellos me saludaron (obvio, ya que yo no estaba «haciendo el Camino» y no tenía puesta la «ropa reglamentaria»), ni yo dije nada. Pasaron a unos centímetros, pero resulté invisible.

Dejad que libere mi imaginación unos instantes. De alguna forma, al llegar al albergue, había « descaminado » y no era visible para los que seguían en su etapa. Yo había salido literalmente del Camino, física y psicológicamente. Me encontraba en otra dimensión y en otro tiempo. Una poco antes yo estaba caminando, muy cansado tras una larga jornada sobre mis pies y mi espalda. Recuerdo que la última hora se me hizo casi eterna, deseando encontrar el albergue cuanto antes.

Una hora después de la llegada me encontraba relajado, aliviado y ligero. Había recuperado energías con alguna bebida refrescante; me había cambiado el calzado; la mochila, con sus 6 o 7 kilos, descansaba ya junto a la litera (durante las horas que dura la etapa ese peso forma parte de uno). Mi actitud era diferente, mis sensaciones y preocupaciones eran otras. Casi podría decir que ya no era el mismo, o mejor, me había quitado de encima algo más que el peso de la mochila tras acabar mi etapa.

Para los que estéis familiarizados con la filosofía oriental no os sorprenderá que relacione esta anécdota con la reencarnación. Al fin y al cabo, cuando se termina una etapa es como «salir» del Camino en todos los sentidos y pasar a otro mundo. La prueba es que era invisible para los peregrinos con los que me crucé. Al día siguiente, eso sí, volví a vestirme, cargué el peso de la mochila, enfrenté un nuevo recorrido; casi como volver a tomar un nuevo cuerpo, con la oportunidad de tener nuevas experiencias.

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Martes, 01 Mayo 2018 00:00

Solo lo imprescindible

A medida que se adquiere experiencia en el Camino de Santiago, desarrollamos múltiples habilidades. Algunas pueden parecer banales, pero su importancia es grande cuando las horas se acumulan en los pies. Es este el caso. Se trata de la capacidad de discernir qué cargamos en la mochila y qué dejamos fuera de ella.

Es usual llevar algo para leer durante el Camino. En el caso de un peregrino que nos encontramos, llevaba un par de libros de texto ¡y un diccionario! Yo mismo he cambiado en este aspecto a lo largo de los años. En las últimas etapas que realicé desde León hasta Santiago, recuerdo que solo cogí un libro, y delgado. Eso sí, lo leí varias veces.

¿600 gramos es un gran peso? Aparentemente no, pero después de 36.000 pasos os aseguro que sí. La suma de kilómetros en las piernas, las horas con la mochila en la espalda, te hacen comprender que hay cosas que no vale la pena llevar encima. Uno acaba distinguiendo con claridad qué es lo imprescindible. Puedes aprenderlo por las buenas, o bien, por las malas. Os daré un ejemplo.

En cierta ocasión, a punto de entrar en una población, una persona se paró delante de mí a unos metros, y respiró profundamente; es decir, resopló. Al momento, desabrochó la correa de la mochila de su cintura y, ni corta ni perezosa, se quitó el cinturón. Era de cuero, muy ancho, y con una gran hebilla de metal. Lo enrolló rápidamente y, con un gesto triunfante, lo lanzó a un cubo de basura que había a su lado. Tras un suspiro, siguió caminando. No sé cómo acabó la etapa esa persona, pero, vista la anécdota, nos lo podemos imaginar…

No hace falta recorrer el Camino Jacobeo para aprender esto. Al igual que la persona del cinturón, nosotros también nos damos cuenta de las cosas prescindibles cada vez que tenemos una mudanza. Solemos almacenar cosas «por si acaso», o porque «uno nunca sabe». Pero llevemos esta situación a otro terreno, y veremos que también almacenamos costumbres y hábitos innecesarios que pesan mucho. Y aún más. También cargamos manías y prejuicios que lastran nuestro recorrido hasta límites insufribles. El Camino te muestra, con gran transparencia, que es muy doloroso andar por la vida con tanto peso inútil.

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Jueves, 01 Febrero 2018 00:00

Cómo desarrollar un sentido especial

Hay un poder que se despierta en el peregrino del Camino de Santiago cuando lleva varias etapas a sus espaldas. Intentaré describirlo. Se trata de un sexto sentido, capaz de detectar con una facilidad asombrosa dónde hay una flecha amarilla. Puede parecer algo trivial, pero no es así, pues su desarrollo supone alargar o acortar mucho tiempo. Todo el mundo sabe que esta es la señal (y también una concha) que indica el Camino y el sentido correcto a seguir en el sendero que lleva a Santiago.

Lo natural es ver una nueva flecha poco después de pasar por la anterior. Este nuevo sentido se desarrolla con los años. Podemos estar en medio de una conversación animada, o ensimismados en cualquier pensamiento, y ese dispositivo interno, como un radar, capta todas las señales. Así, cuando uno anda un tiempo sin encontrar ninguna, aparece cierto desasosiego en el peregrino. Si pasa más tiempo, ese pequeño malestar se convierte en una preocupación que crece con cada paso. Por fin, si no asoma ninguna flecha en un recodo o un tronco de árbol, el agobio se apodera del caminante… y se para.

En los primeros días de nuestra experiencia en el Camino (siempre junto a mi pareja), antes de desarrollar este extraño poder, nos perdimos algunas veces. Una vez, aparecimos de pronto en un campo de árboles frutales y tuvimos que desandar lo caminado, perdiendo una hora. Aún no habíamos «actualizado» esta aplicación natural que no necesita ninguna conexión. El nivel más avanzado de este poder se alcanza en las ciudades que atraviesa el Camino. A pesar del movimiento y acumulación de estímulos, el peregrino experimentado puede distinguir con precisión, a decenas de metros, una pequeña flecha amarilla bajo un bordillo o en una señal de tráfico.

Estas flechas las comparo con otras que aparecen en la vida y nos marcan la dirección adecuada hacia nuestros sueños. No es poesía barata. Si logramos despertar ese dispositivo interno, más allá de los imprevistos, avanzaremos hacia nuestros objetivos más anhelados. Podemos disfrutar de mil cosas en nuestro trayecto, pero manteniendo la atención hacia lo que verdaderamente nos importa. Pararemos a descansar, o a hacer el vago un rato, pero algo en nosotros estará pendiente de localizar esa «flecha», esa señal, que nos indica el sentido adecuado, y que tenemos que seguir caminando.

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Lunes, 01 Enero 2018 00:00

El respeto hacia todos los peregrinos

Uno se encuentra en el Camino de Santiago con todo tipo de personas: agradables y desagradables, silenciosas y alborotadoras, humildes y engreídas…

Cerca de un final de etapa, los Arcos, en Navarra, decidimos parar en una aldea para comprar un bocadillo. Tras pedirlo en un bar, entraron otras tres personas. Al salir a la terraza y sentarnos en una mesa, vimos al grupo salir del bar con el gesto torcido. Se sentaron cerca y, con el lenguaje común de los peregrinos, nos dieron a entender que se había acabado el pan. Les ofrecimos uno de nuestros bocadillos; tuve que insistir, pues no querían aceptarlo. Reanudamos la marcha, y unas dos horas después, a punto de llegar a los Arcos, con un calor sofocante, paramos a descansar. Al cabo de unos minutos llegaron los tres italianos y ocurrió algo maravilloso. Entre risas, empezaron a hacer juegos de manos y todo tipo de trucos. Mi pareja y yo, sentados en medio del camino, asistimos boquiabiertos a un espectáculo de magia fantástico: eran prestidigitadores profesionales.

Por la noche, en animada charla en el albergue, un fanfarrón relataba que había hecho la etapa en tres horas. Mi pareja y yo habíamos empezado la jornada a las ocho de la mañana y terminábamos rendidos a las cuatro de la tarde, con más de 30 km recorridos. Sentimos vergüenza ajena. Nos levantamos y dimos un paseo antes de acostarnos. Comentamos entonces la gran diferencia entre los entrañables italianos y el vanidoso que tan solo quería lucirse. Sin embargo, ver a todos compartir el Camino como uno mismo provocaba un sentimiento de respeto generalizado, incluso para aquel pobre fanfarrón… Lo vimos al día siguiente; finalizó la etapa muy tarde, ayudando a un chico que llevaba las dos piernas vendadas...

Pienso en esto algunas veces. En el trabajo, en la universidad, en vacaciones, conocemos nuevas caras. A veces, surge una amistad rápidamente; en otras ocasiones, un gesto basta para que aparezcan suspicacias. No negaré valor a ciertas intuiciones que nos hacen ser desconfiados, pero eso no puede convertirse en una norma de vida. El Camino enseña a no juzgar a primera vista, a respetar a todo aquel que se esfuerza por conseguir su meta, por superarse cada día. Entonces, que nos caiga mejor o peor pasa a ser algo muy secundario.

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El Camino, más allá de la experiencia particular de cada uno, nunca deja indiferente. Y viene siendo así desde hace más de mil años... En realidad, el ser humano siempre ha recorrido largas distancias buscando lugares que anhela.

En ocasiones, elegimos un destino maravilloso y, al verlo, sufrimos una decepción. Otras veces, llegamos a un lugar con menos encanto a priori, y nos resulta impactante. Quizá, si lo pensamos, lo que hace extraordinario un castillo, una montaña, una calle, un río…, es el esfuerzo por alcanzarlo, esfuerzo que ha transformado nuestra visión y nuestra actitud. Por el contrario, un paisaje fabuloso puede resultarnos anodino si nada nos ha costado tenerlo delante.

Es fácil, en general, comparar el Camino de Santiago con el sendero de la vida, de nuestra propia vida, y obtener valiosos consejos. Santiago sería el objetivo a largo plazo de un proyecto que nos hemos propuesto; cada etapa es una meta parcial a realizar con constancia; una mochila cargada en exceso nos indica claramente que deberíamos elegir mejor nuestras preocupaciones para andar ligeros de equipaje si queremos llegar lejos… Pero empecemos ya.

Comienza la aventura

Tras un largo viaje en coche, llegamos a Sangüesa, en Navarra. Allí nos esperaba un taxista que nos llevó hasta Jaca. Todo estaba medido, pero, al llegar a Jaca, vimos que había cambiado el horario del autobús. Perdimos un tiempo precioso. Dos horas después de lo previsto llegamos a Somport, sellamos las credenciales en un hostal e iniciamos la ruta a pie. Estábamos solos, con la única excepción de un irlandés que perdimos de vista en cuestión de minutos.

En la montaña se hace de noche rápido. No nos preocupaba, pues cerca de la frontera aparecía marcado un camping en la guía. Al llegar allí, ¡estaba cerrado! La noche se nos echó encima cruzando un bosque. Pasamos junto a unas casas cargados de mal humor y decidimos acampar en un prado. Sacamos las cosas y comprobamos que las piquetas de la tienda y el martillo se habían quedado en el coche. Plantamos la tienda como pudimos. Desde el inicio de la ruta, programada con detalle, todo había salido mal: «¿Esto es el maravilloso Camino de Santiago?».

Sin embargo, antes de dormir en la pequeña tienda, empezamos a entender que los contratiempos constituían parte del viaje: sin ellos el Camino no tendría sentido; solo hacía falta cambiar de actitud y la realidad también cambiaría.

Una cosa es programar en el papel; otra, las situaciones que aparecen en la «ruta» cotidiana. Al realizar un proyecto acumulamos datos, fijamos fechas y, cuando lo vemos claro, nos ponemos en marcha… y surgen los problemas: «¡Pero si todo estaba tan claro y era tan fácil sobre el papel!».

Esos imprevistos están en la vida. Gracias a ellos desarrollamos habilidades y adquirimos experiencia. Nuestra capacidad de superación aparece en la medida en que enfrentamos retos, corremos riesgos y buscamos soluciones a las circunstancias adversas.

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