Abril 2019

Ni quito ni pongo

Escrito por  M.ª Ángeles Fernández
Enrique de Trastámara Enrique de Trastámara

En los comienzos de 1366, una inmensa hueste invade Castilla. La componen los hombres de don Enrique de Trastámara, hermano bastardo de don Pedro I de Castilla, ansiosos por derrotarle y evitar así la anexión cien veces intentada de sus tierras de Aragón; y franceses, deseosos de vengar la afrenta hecha a doña Blanca de Borbón, casada dos días con Pedro y abandonada por doña María de Padilla, amor prohibido. Traen con ellos bretones, gascones e ingleses, capitaneados por Beltrán Duguesclin, el más terrible guerrero de la época. Forman todos ellos las Grandes Compañías, como llaman en Francia a una turba de aventureros que viven del pillaje, verdadera calamidad para el reino franco. Su rey, Carlos V, no sabía cómo librarse de ellos; y es entonces cuando el caballero Duguesclin los recluta: son 30.000. Les ofrece batallas y el saqueo de Castilla. Los une a sus 200 caballeros, a la nobleza de Francia y a fuerzas del papa de Aviñón, que les paga el sueldo porque le ha sido dicho que combatirán a los musulmanes.

Es un inmenso ejército, y extraño: Aragón, Francia, hombres del papa, facinerosos, nobles, el hermano del rey… Buscan venganza, tierras, pelea y saqueo.

Llegan a Calahorra, donde Enrique se proclama rey, y, como tal, empieza a repartir tierras, y gran número de señoríos van a parar a manos inglesas y francesas. Luego, Toledo, e igual proceder. Tierras para unos y saqueo para otros. Y baja hacia Andalucía.

Don Pedro pide ayuda a Portugal, que se la niega, solo le permite pasar por sus tierras hacia Galicia, desde donde embarca hacia Bayona, entonces inglesa, para entrevistarse con el Príncipe de Gales.

Mientras, don Enrique ya no necesita a las Grandes Compañías y las licencia; y se van, cargados de botín y dejando respirar a las tierras de España. Se quedan Duguesclin y el inglés Calverley, cada uno con sus respectivos hombres. Don Pedro se entrevista con el Príncipe de Gales, llamado el Príncipe Negro por el color de su armadura, buen guerrero y buen caballero, que como tal se pone al lado del legítimo rey.

Le acuden también el duque de Lancaster y su propio padre, con todos sus vasallos. No gratis, claro, que a cambio les promete Vizcaya, Soria, Álava, Guipúzcoa, Nájera y toda Navarra; que así se desmembraban entonces los reinos como cosa propia.

Don Enrique se entera de la invasión que llega por Roncesvalles y se alía con el rey de Navarra, que ve peligrar sus tierras. Pero pierde al inglés Calverley, que, no queriendo luchar contra su príncipe, regresa a Inglaterra con sus hombres.

Don Pedro pasa los Pirineos. Se van a enfrentar los dos hermanos, y tres países: Castilla e Inglaterra por un lado y Francia y otra parte de Castilla por otro. Cerca de Nájera, a orillas del río Najerilla.

Un heraldo del Príncipe de Gales ofrece ser mediador en la batalla y evitarla así. Enrique duda, enfrente tiene un enorme ejército, pero su orgullo le hace negarse. Planta su bandera frente a la tienda del inglés. Y comienza una de las más encarnizadas batallas del siglo XIV. Hermano frente a hermano. En el primer y durísimo enfrentamiento pierde Enrique, que huye a Nájera. Muerto en el campo deja a Garcilaso de la Vega, nada menos. La espada ha derrotado a la pluma. Y Duguesclin prisionero, con el también escritor marqués de Villena y el cronista López de Ayala.

Y Pedro y el Príncipe Negro, enfrentados. Pide el inglés su paga y la retrasa el castellano, que es un tanto marrullero: dineros no tiene, dice; y de las tierras, le da cartas de propiedad, pero al mismo tiempo pide a sus propietarios que no las entreguen. Así que ahora, sin qué comer, son los ingleses los que viven del merodeo. Pobre España, pobres sus moradores. Pedro, llamado el Cruel, o el Justiciero por otros, va matando a los valedores de su hermanastro.

Hasta que el Príncipe Negro, harto, sin la paga prometida y diezmados y hambrientos sus hombres, los reúne y regresa a su país, diciéndose que en qué hora accedió a ayudar al castellano.

Enrique ha sitiado Toledo, fiel a Pedro, y este acude en su socorro. Enrique sale a su encuentro; se le ha unido de nuevo Duguesclin con su tropa. Pedro ha alzado su campamento en los Campos de Montiel, y allá va el bastardo, por sorpresa, amparado en la noche. Y allí sorprende a Pedro al romper el alba. Estamos ya en 1369, tres años desde los primeros encuentros. Pedro, avisado, se arma. La batalla es terrible, y Pedro tiene que refugiarse en el castillo.

A la muerte le lleva la traición: uno de sus seguidores, Rodríguez de Sanabria, se escabulle y pide ver a Duguesclin; pide tierras y señoríos por entregar a su señor, por llevarle hasta la tienda de Enrique para un duelo singular.

Y Pedro le cree. Acude a la tienda, esa noche. Grandes guerreros los dos, la lucha es titánica, avivada por el odio. Es más fuerte Pedro, y queda encima de su hermanastro, caído en el suelo. Va a herir. Pero Duguesclin sale de su escondite, derriba a Pedro y le hace quedar debajo. El bastardo hiere al hermano y luego le corta la cabeza.

Duguesclin, al empujar a Pedro, pronuncia la famosa frase: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».

Pedro había reinado diecinueve años. Tenía treinta y cinco. Ahora, el rey de Castilla y León es Enrique de Trastámara. Trono de sangre. Como tantos otros.

 

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