Septiembre 2019

El Mestizo

Escrito por  Mª Ángeles Fernández
El Mestizo El Mestizo

Los españoles y las americanas se casaban. El capitán, de noble linaje, Suárez de Figueroa, y la princesa inca Chimpu Ocllo se enamoran; como en la más romántica de las películas, se aman. Y de ese amor nace un genio de las letras, una de las más claras plumas renacentistas: Garcilaso de la Vega. El Inca Garcilaso. En realidad, ese es su seudónimo. Su nombre es Gómez Suárez de Figueroa.

Nace en Cuzco, en 1539, y crece hablando el español de su padre y la lengua inca de su madre, aprendiendo las historias de la lejana tierra del capitán y las de la tierra en que vive con su madre, la princesa. Aprende a amar a ambas. Aprende a comprender a ambas. Lleva la sangre de ambas.

Y aprende, e interioriza, el joven mestizo, el dolor de ambos: del padre, el sufrimiento que le produce el enfrentamiento en guerra civil entre los Pizarro y los Almagro en las tierras peruanas, los problemas que de ello se derivan, y en los que toma parte por Pizarro. De la madre, también el dolor, el de la pérdida de su imperio, de sus dioses, de sus costumbres.

Garcilaso vive hasta los veinte años en Perú. A esa edad, ya muerto su padre, viaja a España. Quiere reclamar, así lo estima por justicia, los honores y mercedes que se le deben por sus servicios a la Corona. Pero, ay, pobre Inca, no conoces la cicatería y la tortuosa burocracia de la corte e los Austrias, y el desagradecimiento de los estamentos superiores, y aun las rencillas de los Almagro por haberse unido a Pizarro…

Harto de ir de puerta en puerta, de despacho en despacho, de cosechar negativas, dudas, malas caras y «ya se verá», abandona. Por un tiempo decide también él probar suerte con las armas y sienta plaza de soldado. Lucha contra los moriscos en la rebelión de las Alpujarras, mostrando un valor que le hace acreedor al grado de capitán. Pero no se siente a gusto. No es su mundo, el mundo que su mente le reclama. Deja la espada y se va a Córdoba, a Montilla, a casa de unos parientes de su padre que le acogen como a un hijo y con los que vivirá un tiempo. Con ellos y con la pluma, los libros y los pergaminos.

Posteriormente se traslada a Córdoba, y allí frecuenta los círculos intelectuales, donde conoce a los grandes de las letras: Góngora, por ejemplo. Lee cuanto cae en sus manos, estudia los clásicos, aprende las lenguas muertas. Traduce los Diálogos del amor, de León Hebreo.

Ya tiene sesenta y cinco años. Y nunca ha olvidado a su madre, la princesa, su lengua, sus primeras tierras. Escribe La Florida del Inca, relatando la increíble aventura por tierras americanas.

Y su gran obra: los Comentarios reales y la Historia general del Perú. El auge y la decadencia del Imperio de los incas. El mestizo vuelca en su relato toda la epopeya de su padre y todo el amor de su madre. Son sus recuerdos, sí, pero también cartas de sus amigos de América, relatos de viajeros, casi una labor periodística.

Garcilaso une el pasado peruano con la lengua exquisita del Renacimiento. Su pluma es limpia, clara, clásica y moderna, es uno de los mejores escritores de un Siglo de Oro español muy lleno de genios de la literatura.

Madre Historia ama a Garcilaso de la Vega. Al Inca Garcilaso. La unión de dos razas y dos culturas enormes cada una por sí.

¿Hay un día del año en que se reúnen los gigantes de las letras? Porque el Inca muere en 1616, el 23 de abril. Se va al Otro Lado el mismo día que Shakespeare. Un día después que don Miguel de Cervantes…

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