Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

Sol invicto

Me conocieron primero en Babilonia, y, tras el contacto con lo helenístico, me identificaron con Apolo. Mis seguidores más fervientes fueron los soldados. Aureliano y Diocleciano me tuvieron en gran consideración, y este me dedicó un santuario, que restauró en Carnuntum, sobre el Danubio.

Mis residencias terrenas se llamaron mitreos. Se implantaban en cavidades rocosas naturales, o utilizando cisternas.

Soy el Sol en las tinieblas subterráneas. De ellas surge la luz, que sin ellas no se advertiría. De la muerte surge la vida: a través de la del toro, mi animal, momento supremo de mi liturgia, surge la salvación de mis fieles. Soy el único dios que realiza por sí mismo el sacrificio ritual. Recibo mi propia ofrenda. Doy luz a la luz.

Mi tiempo es el solsticio invernal. Es cuando nací, cuando el sol sale de su gruta y os ilumina. Mi conexión con la posición del astro en los equinoccios consiente una transposición de los elementos de la tauroctonía al simbolismo astral.

Con el puñal de Ares cabalgo al toro cuya sangre me daré a mí mismo. El toro, la fuerza vital, primer ser viviente creado por Ahura Mazda. Los animales de Arhimán, el escorpión, el perro y la serpiente, tratarán de beber su sangre derramada, pero no podrán porque yo lo evitaré; y de ella nacerá toda la vegetación de la Tierra. Mi fuerza solar la hará germinar.

En la oscuridad fría y húmeda del mitreo nace la vida, como en el útero materno crece el niño.

El día de mi nacimiento empiezan a alargarse los días. Mi fuerza lo propicia.

Me llaman Sol Invicto. Invencible luz del sol, guerrero de la luz, luchador contra las tinieblas. Propicio la naturaleza, por ello soy juventud, por ello vibro en cada rayo del astro rey.

Sin embargo, mis santuarios poseen toda la fuerza sobrecogedora del submundo. En Roma podéis visitar algunos: el Circo Massimo, el de Santa Prisca, el de San Clemente. Venid a verme. Os sobrecogerá su húmedo silencio, la grandeza apabullante de sus salas y sus corredores, las sombras agazapadas en cada rincón. Os parecerá que resuenan en ellos las voces apagadas de mis sacerdotes, el mugido de mi toro en el momento supremo. Quizá, temerosos, busquéis con la mirada al escorpión que trata de beber su sangre.

Después, salid ala luz. Mirad al Sol.

Ahí me veréis. Triunfante, guerrero.

Sol Invicto.

Publicado en Maestra historia
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